martes, 30 de junio de 2026

DÍA 31. COMPASIÓN DEL CORAZÓN DE JESÚS.

 


DÍA TREINTA Y UNO

COMPASIÓN DEL CORAZÓN DE JESÚS.

 

MES
DEL
SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

 

O

 

PRINCIPALES VIRTUDES

DE ESTE ADORABLE CORAZÓN,

CONSIDERADAS EN TREINTA Y TRES MEDITACIONES CORRESPONDIENTES

A LOS TREINTA Y TRES AÑOS DE LA VIDA

DEL DIVINO SALVADOR.

 

Traducido libremente

de la obra del

P. Francisco J. Gautrelet, de la Compañía de Jesús,

fundador del Apostolado de la Oración

 

 

EJERCICIO PRÁCTICO

PARA TODOS LOS DÍAS DEL MES.

 

Por la señal, etc.

Señor mío Jesucristo, etc.

 

ORACIÓN PARA EMPEZAR.

 

¡Oh Jesús!, amable Salvador mío, que os habéis hecho hombre y quisisteis pasar treinta y tres años en este mundo miserable para mostrarnos el camino del Cielo; concededme la gracia de venerar este año de vuestra vida que voy a contemplar, y de poner en práctica las virtudes de que en él me dais tantos ejemplos. Enseñadme la imitación fiel de vuestro divino Corazón.

Y pues sois mi dueño y mi modelo, mi redentor y mi padre, ilustrad mi entendimiento, purificad mi corazón, fortificad mi voluntad, gobernad, dirigid, santificad mis acciones, enseñadme a hacer buen uso de las facultades de mi alma y de los sentidos de mi cuerpo.

Haced que os tenga siempre en mi pensamiento, que mi boca pronuncie a menudo vuestro santo nombre, que mi corazón os ame sin cesar, que no busque yo sino vuestra gloria en todo, y no trabaje ni viva sino para vos. Esta gracia os la pido también para todos mis prójimos. Bien pocos son los que os aman de veras. ¡Qué dolor ver tantas almas agobiadas de penas y trabajos, y más aún de culpas y pecados! Acordaos de esos infelices, a quienes todavía queréis llamar hermanos y tened piedad de ellos. Acabad vuestra obra, amable Redentor, dulce esperanza mía, por los méritos de vuestra santa vida, dolorosa Pasión, preciosa muerte y gloriosa resurrección. Os la pido por el dulcísimo nombre que lleváis, por ese Corazón que tanto nos ha amado, y que os habéis dignado darnos para que sea nuestro refugio, nuestro asilo, nuestra fortaleza y esperanza en estos aciagos días. Os lo pido por la intercesión de vuestra Santísima Madre, que también lo es nuestra.

Con esta intención os ofrezco mis obras y trabajos del presente día en unión de lo que por mí hicisteis y padecisteis en la tierra, y, sobre todo, en unión con el sacrificio adorable de la Misa, en cualquier parte de la tierra que se celebre. Oíd, Señor, a vuestros hijos, y tened piedad de nosotros. Amén.

 

 DÍA TREINTA Y UNO

(Año treinta y uno.)

COMPASIÓN DEL CORAZÓN DE JESÚS.

 

Primer preludio. Jesús llorando por los desgraciados.

Segundo. Pedir los sentimientos de que está penetrado.

Primer punto. Compasión de los males corporales. — Segundo. Compasión de los males espirituales. — Tercero. Compasión de las aflicciones de sus amigos.

 

PUNTO PRIMERO.

 

Compasión de los males corporales. El sagrado escritor dice en qué se ocupaba el Hijo de Dios mientras vivió entre los hombres, con estas pocas palabras: “Pasó haciendo bien y sa­nando a todos los que estaban oprimidos por el diablo.” (Art., X.) ¿Quién podrá contar los enfermos que curó? Seguíale una gran turba de gente hambrienta de oír su palabra, sin pensar en proveerse de víveres para el camino. Mas el Señor sintió lo que ellos no sentían, y movido a compasión: “Tengo lástima, dice, de esta turba, porque hace ya tres días que me sigue, y no tiene que comer.” (Mat., XV.) La viuda de Naím llora a su hijo difunto. Encuéntrase con ella el Salvador, y no puede menos de enternecerse, y pasa luego a consolarla y le dice: — No llores — y resucita al hijo. Llora Él mismo sobre el sepulcro de Lázaro y hace exclamar a los judíos: ¡Ved cómo le amaba! ¿Sabes amar como Jesús? ¿Sabes sentir las miserias del pobre? ¿Te compadeces de los dolores del enfermo y de las lágrimas del afligido? ¿Tienes gusto y placer en aliviar a los desgraciados? Un corazón cristiano no puede ser un corazón duro.

 

PUNTO SEGUNDO.

 

Compasión de los males espirituales. Estos hieren y tocan más de cerca al Corazón de Jesús; y de éstos hablaba San Pablo cuando decía que Jesús, probado con todo linaje de males, a excepción del pecado, aprendió a compadecerse de los que viven en la ignorancia y el error. ¿Quién podría explicar el dolor que atravesaba su pecho al ver el lamentable estado de los que veía envueltos en el error y en una crasísima ignorancia de Dios y de su ley? Y ¿quién podrá decir lo que siente ahora en el Sacramento del altar a la vista de tantos cristianos cuya conciencia está manchada con el pecado mortal? ¡Cuántas veces ofreció este divino Salvador al Padre oraciones y lágrimas por la salud de estos desdichados! ¿Quieres saber lo que sentía entonces en su Corazón? Acercándose a Jerusalén y viendo la ciudad que tan gran crimen había de cometer, y por él se había de acarrear tan gran castigo, lloró sobre ella, y dijo: “¡Oh, si tú supieras las gracias de paz y salud que hoy se te ofrecen, pero que tú completamente ignoras!” Hoy piensa el Salvador como pensaba entonces, porque si no puede ya padecer, puede, sin embargo, compadecer y compadece. Lo que sentía de Jerusalén, lo siente de toda alma que resiste a la gracia.

¿No eres tú del número de esos desgraciados? ¿No podrá decirte Jesús lo que dijo a Jerusalén? Aplícate a ti aquellas palabras tan sentidas. ¡Oh, si conocieses y estimases la gracia que se te brinda, y supieses oír mi voz, seguir mis inspiraciones, corresponder a mi amor! Tal vez has dado motivos muchos de llorar a tu amado Jesús. Si ha sido así, consuela su Corazón ahora con lágrimas de arrepentimiento y promesas de fidelidad.

 

PUNTO TERCERO.

 

Compasión de los males de sus amigos. Cuanto más se quiera a una persona, más se sienten sus quebrantos; y como ama el Señor tan tiernamente a los que le sirven, mira sus males co­mo propios. Por eso dice del alma justa que está con ella en la tribulación; es decir, que no es ella sola la que sufre, sino el Señor con ella. Consuélate, alma fiel, en tus penas, consuélate oyendo lo que dice tu Salvador: “¿En quién pondré mis ojos sino en el pobrecillo, que tiene traspasado el corazón, y tiembla al sonido de mis palabras?" (Is., LXVI.) Oye también las consoladoras voces del Señor al alma, cuando le dice: “Pobrecita, agitada por la tempestad y privada de todo consuelo, yo pondré en orden las piedras de tu casa, y echaré zafiros en sus cimientos.” (Is. LIV.)

Al oír tan dulces palabras, cobre aliento tu corazón y espere la consolación divina, que no tardará en llegar. Mas entre tanto debes aprovecharte del tiempo de la prueba, y sufrir constante los rigores aparentes de tu Dios. Contigo está, ten confianza. Pasará el tiempo de la prueba. Tras de la humillación vendrá la gloria, y tras de la aflicción la alegría.

¡Qué grato es al alma, dice San Bernardo, habitar, oh Jesús mío, en vuestro corazón! En ese templo y santuario adoraré a mi Dios.

 

 

ORACIÓN FINAL.

Acto de consagración y desagravio

al Sagrado Corazón de Jesús.

 

¡Oh Corazón de Jesús! Yo quiero consagrarme a ti con todo el fervor de mi espíritu. Sobre el ara del altar, en que te inmolas por mi amor, deposito todo mi ser; mi cuerpo, que respetaré como templo en que tú habitas; mi alma, que cultivaré como jardín en que te recreas; mis sentidos, que guardaré como puertas de tentación; mis potencias, que abriré a las inspiraciones de tu gracia; mis pensamientos, que apartaré de las ilusiones del mundo; mis deseos, que pondré en la felicidad del Paraíso; mis virtudes, que florecerán al abrigo de tu protección; mis pasiones, que se someterán al freno de tus mandamientos, y hasta mis pecados, que detestaré mientras haya odio en mi pecho, y que lloraré sin cesar mientras haya en mis ojos lágrimas. Mi corazón quiere desde hoy ser para siempre todo tuyo, así    como tú, ¡oh Corazón divino!, has querido ser siempre todo mío. Tuyo todo, tuyo siempre, no más culpas, no más tibieza. Yo te serviré por los que te ofenden; pensaré en ti por los que te olvidan; te amaré por los que te odian, y rogaré, y gemiré y me sacrificaré por los que te blasfeman sin conocerte.  Amén.

***

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

Corazón Sacratísimo de Jesús, ten misericordia de nosotros.

Jesús, manso y humilde de Corazón, haced nuestro corazón semejante al vuestro.

Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.

***

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