DÍA CATORCE.
OBEDIENCIA DEL CORAZÓN DE JESÚS
MES
DEL
SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
O
PRINCIPALES VIRTUDES
DE ESTE ADORABLE CORAZÓN,
CONSIDERADAS EN TREINTA Y TRES MEDITACIONES CORRESPONDIENTES
A LOS TREINTA Y TRES AÑOS DE LA VIDA
DEL DIVINO SALVADOR.
Traducido libremente
de la obra del
P. Francisco J. Gautrelet, de la Compañía de Jesús,
fundador del Apostolado de la Oración
EJERCICIO PRÁCTICO
PARA TODOS LOS DÍAS DEL MES.
Por la señal, etc.
Señor mío Jesucristo, etc.
ORACIÓN PARA EMPEZAR.
¡Oh Jesús!, amable Salvador mío, que os habéis hecho hombre y quisisteis pasar treinta y tres años en este mundo miserable para mostrarnos el camino del Cielo; concededme la gracia de venerar este año de vuestra vida que voy a contemplar, y de poner en práctica las virtudes de que en él me dais tantos ejemplos. Enseñadme la imitación fiel de vuestro divino Corazón.
Y pues sois mi dueño y mi modelo, mi redentor y mi padre, ilustrad mi entendimiento, purificad mi corazón, fortificad mi voluntad, gobernad, dirigid, santificad mis acciones, enseñadme a hacer buen uso de las facultades de mi alma y de los sentidos de mi cuerpo.
Haced que os tenga siempre en mi pensamiento, que mi boca pronuncie a menudo vuestro santo nombre, que mi corazón os ame sin cesar, que no busque yo sino vuestra gloria en todo, y no trabaje ni viva sino para vos. Esta gracia os la pido también para todos mis prójimos. Bien pocos son los que os aman de veras. ¡Qué dolor ver tantas almas agobiadas de penas y trabajos, y más aún de culpas y pecados! Acordaos de esos infelices, a quienes todavía queréis llamar hermanos y tened piedad de ellos. Acabad vuestra obra, amable Redentor, dulce esperanza mía, por los méritos de vuestra santa vida, dolorosa Pasión, preciosa muerte y gloriosa resurrección. Os la pido por el dulcísimo nombre que lleváis, por ese Corazón que tanto nos ha amado, y que os habéis dignado darnos para que sea nuestro refugio, nuestro asilo, nuestra fortaleza y esperanza en estos aciagos días. Os lo pido por la intercesión de vuestra Santísima Madre, que también lo es nuestra.
Con esta intención os ofrezco mis obras y trabajos del presente día en unión de lo que por mí hicisteis y padecisteis en la tierra, y, sobre todo, en unión con el sacrificio adorable de la Misa, en cualquier parte de la tierra que se celebre. Oíd, Señor, a vuestros hijos, y tened piedad de nosotros. Amén.
DÍA CATORCE.
(Año catorce)
OBEDIENCIA DEL CORAZÓN DE JESÚS
Primer preludio. Ver a Jesús esperando las órdenes de su Madre.
Segundo. Pedir a Dios esta virtud en toda su perfección.
Punto primero. Obediencia entera. — Segunda. Obediencia continua. — Tercero. Obediencia perfecta.
PUNTO PRIMERO.
Obediencia entera. Quitad la voluntad propia, dice San Bernardo, y no habrá infierno. Ningún obediente verdadero se ha condenado, dice San Francisco de Sales. Perdida estaba yo, dice Santa Teresa, si no hubiera obedecido.
Gran lección nos ha dado Jesús de obediencia, viviendo sujeto a sus padres. Estudia hoy en la escuela de su Corazón esta lección, que vale por muchas.
La obediencia de Jesús fue entera. No en vano tomó la forma de esclavo, pues no tuvo cosa que no sacrificase a la voluntad de su Padre, diciendo que su alimento era hacerla y cumplirla en todo. Y no se contentó con obedecer directamente al Padre, sino que por su amor se hizo súbdito de María y de José. Súbdito del todo, sin más iniciativa en sus actos que la voluntad de sus padres, haciendo y dejando de hacer las cosas, según se las mandaban o dejaban de mandar.
Considera bien y despacio el mérito de esta obediencia y el ejemplo que aquí te da el Salvador. Entiende bien que el esclavo no es suyo, sino de su amo, y que tus talentos y fuerzas, tu vida y el tiempo que vivas, todo es de Dios, y no puedes hacer uso de nada tuyo sino según su voluntad. Esta voluntad te es conocida por los mandamientos de Dios y de la Iglesia, por los preceptos de tus mayores, y, si vives en el claustro, por la regla y constituciones de tu instituto.
Tal vez se te hace pesado ese yugo; mas ten entendido que para el hombre espiritual no hay mayor descanso que vivir bajo obediencia. Esta virtud rige la voluntad y evita sus extravíos, de suerte que el súbdito vive seguro de que va por buen camino y obra sin temor. Bendice al Señor que ha dado a tu flaqueza tan poderoso auxilio.
PUNTO SEGUNDO.
Obediencia continua. “Yo hago siempre lo que es agradable al Padre", decía Jesucristo. Y, en efecto, al venir al mundo, sabemos por San Pablo que dijo al Padre celestial que venía a hacer lo que le mandase; y lo cumplió tan bien, que, según se explica el mismo Salvador, no hizo más que ejecutar lo que veía hacer al Padre, a la manera del que escribe lo que le dicta el maestro, ¿Puede imaginarse mayor dependencia que ésta? Y estando para morir, una de sus postreras palabras fue decir que había hecho cuanto le había mandado el mismo Eterno Padre que hiciese en este mundo.
¡Qué dicha la tuya si, al morir, puedes decir otro tanto! Examina tus obras diarias, y ve si es constante tu obediencia a los mayores en todo tiempo y lugar, y si estás indiferente para hacer o dejar de hacer las cosas, atendiendo sólo a la voluntad del que le rige en nombre de Dios.
PUNTO TERCERO.
Obediencia perfecta. Tal fue la de Jesús, porque obedeció por amor, y se sujetó a la voluntad de las criaturas en vista de que lo quería así el Padre celestial. Si se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz, no se propuso con tan gran sacrificio sino complacer a Dios y salvar a sus hermanos. No hubo nada de forzado ni violento en una obediencia cuyo principio y fin era el amor, y aquel holocausto suyo se consumió en las llamas de la caridad.
Los que viven bajo la obediencia en este mundo y están sujetos a voluntad ajena, son por lo general, más bien esclavos que otra cosa. La mayor parte, si ejecutan lo que les es mandado, es más por necesidad que por gusto, y si exteriormente se sujetan a las órdenes de los superiores, se reservan el derecho de condenar en sus adentros los que les mandan hacer. El juicio y la voluntad, en la mayor parte de los hombres, está en contradicción con lo que Dios siente y quiere, pues no obedecen a la autoridad de la tierra como quien obedece a Dios, de quien toda autoridad desciende, sino como a puros hombres que la suerte ha puesto sobre sus cabezas.
Muy baja y rastrera es semejante obediencia, que no merece el nombre de tal, pues Ie falta la esencia y el mérito de la virtud que lleva su nombre, y no tiene derecho al galardón a ella prometido. No es más que un velo de malicia, como dice San Bernardo.
Considera esta verdad, alma cristiana, y haz la aplicación a ti misma. Tal vez te halles retratada en ese cuadro. Tal vez has obedecido a la autoridad de Dios, o de la Iglesia o de tu instituto por respeto humano, por temor de penas o esperanza de premios aquí en la tierra, o por otros motivos naturales. En ese caso, no has obedecido a Dios, y nada tienes que esperar del Señor, pero tienes que temer el castigo de tu infidelidad.
No permitáis, Señor, que pierda el mérito de la exacta observancia de vuestra ley y de los preceptos de mis mayores, a quienes debo mirar como representantes vuestros. A vos miraré en ellos, y en mi sumisión a vuestra voluntad hallaré mi verdadera libertad.
ORACIÓN FINAL.
Acto de consagración y desagravio
al Sagrado Corazón de Jesús.
¡Oh Corazón de Jesús! Yo quiero consagrarme a ti con todo el fervor de mi espíritu. Sobre el ara del altar, en que te inmolas por mi amor, deposito todo mi ser; mi cuerpo, que respetaré como templo en que tú habitas; mi alma, que cultivaré como jardín en que te recreas; mis sentidos, que guardaré como puertas de tentación; mis potencias, que abriré a las inspiraciones de tu gracia; mis pensamientos, que apartaré de las ilusiones del mundo; mis deseos, que pondré en la felicidad del Paraíso; mis virtudes, que florecerán al abrigo de tu protección; mis pasiones, que se someterán al freno de tus mandamientos, y hasta mis pecados, que detestaré mientras haya odio en mi pecho, y que lloraré sin cesar mientras haya en mis ojos lágrimas. Mi corazón quiere desde hoy ser para siempre todo tuyo, así como tú, ¡oh Corazón divino!, has querido ser siempre todo mío. Tuyo todo, tuyo siempre, no más culpas, no más tibieza. Yo te serviré por los que te ofenden; pensaré en ti por los que te olvidan, te amaré por los que te olvidan; te amaré por los que te odian, y rogaré, y gemiré y me sacrificaré por los que te blasfeman sin conocerte. Amén.
***
Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.
Corazón Sacratísimo de Jesús, ten misericordia de nosotros.
Jesús, manso y humilde de Corazón, haced nuestro corazón semejante al vuestro.
Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.
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