DÍA DIECISÉIS
SENCILLEZ DEL CORAZÓN DE JESÚS
MES
DEL
SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
O
PRINCIPALES VIRTUDES
DE ESTE ADORABLE CORAZÓN,
CONSIDERADAS EN TREINTA Y TRES MEDITACIONES CORRESPONDIENTES
A LOS TREINTA Y TRES AÑOS DE LA VIDA
DEL DIVINO SALVADOR.
Traducido libremente
de la obra del
P. Francisco J. Gautrelet, de la Compañía de Jesús,
fundador del Apostolado de la Oración
EJERCICIO PRÁCTICO
PARA TODOS LOS DÍAS DEL MES.
Por la señal, etc.
Señor mío Jesucristo, etc.
ORACIÓN PARA EMPEZAR.
¡Oh Jesús!, amable Salvador mío, que os habéis hecho hombre y quisisteis pasar treinta y tres años en este mundo miserable para mostrarnos el camino del Cielo; concededme la gracia de venerar este año de vuestra vida que voy a contemplar, y de poner en práctica las virtudes de que en él me dais tantos ejemplos. Enseñadme la imitación fiel de vuestro divino Corazón.
Y pues sois mi dueño y mi modelo, mi redentor y mi padre, ilustrad mi entendimiento, purificad mi corazón, fortificad mi voluntad, gobernad, dirigid, santificad mis acciones, enseñadme a hacer buen uso de las facultades de mi alma y de los sentidos de mi cuerpo.
Haced que os tenga siempre en mi pensamiento, que mi boca pronuncie a menudo vuestro santo nombre, que mi corazón os ame sin cesar, que no busque yo sino vuestra gloria en todo, y no trabaje ni viva sino para vos. Esta gracia os la pido también para todos mis prójimos. Bien pocos son los que os aman de veras. ¡Qué dolor ver tantas almas agobiadas de penas y trabajos, y más aún de culpas y pecados! Acordaos de esos infelices, a quienes todavía queréis llamar hermanos y tened piedad de ellos. Acabad vuestra obra, amable Redentor, dulce esperanza mía, por los méritos de vuestra santa vida, dolorosa Pasión, preciosa muerte y gloriosa resurrección. Os la pido por el dulcísimo nombre que lleváis, por ese Corazón que tanto nos ha amado, y que os habéis dignado darnos para que sea nuestro refugio, nuestro asilo, nuestra fortaleza y esperanza en estos aciagos días. Os lo pido por la intercesión de vuestra Santísima Madre, que también lo es nuestra.
Con esta intención os ofrezco mis obras y trabajos del presente día en unión de lo que por mí hicisteis y padecisteis en la tierra, y, sobre todo, en unión con el sacrificio adorable de la Misa, en cualquier parte de la tierra que se celebre. Oíd, Señor, a vuestros hijos, y tened piedad de nosotros. Amén.
DÍA DIECISÉIS
(Año dieciséis.)
SENCILLEZ DEL CORAZÓN DE JESÚS
Primer preludio. Representarse a Jesús que dice: Una sola cosa es necesaria.
Segundo. Pedir al Señor nos ayude a buscar el reino de Dios.
Punto primero. Sencillez en los pensamientos. — Segundo. En los afectos. — Tercero. En la intención.
PUNTO PRIMERO
Sencillez en los pensamientos. Consiste esta virtud en saberse sobreponer el hombre a sí mismo y a las demás criaturas para contemplar puramente al Creador. Muchos obstáculos se oponen a esta vista clara y pacífica del alma que quiere unirse con Dios, por lo cual deseaba el Profeta tener alas para volar fuera de este mundo y descansar en aquel supremo Bien. Por fuera nos impiden este reposo de la contemplación los negocios y la agitación del mundo; por dentro, el bullicio de las pasiones, los cuidados de la vida doméstica, las aberraciones de la fantasía, las tempestades del corazón. ¿Dónde hallaremos un corazón tranquilo? En el pecho de Jesús lo hallaremos tan solamente.
Unida su alma al Verbo divino, se ve sublimada a una altísima contemplación, que no puede ser perturbada por criatura alguna de la tierra. No tiene, como nosotros, variedad de pensamientos, en lucha unos con otros y en perpetua agitación. Nada de eso. Uno es su pensamiento, y lo tiene fijo en Dios. En Él ve todas las cosas y en todas las cosas a Él. A El refiere todas las cosas como a su primer principio y último fin, y a Él en todas ellas ama y glorifica.
Nosotros, mientras estemos vestidos de carne mortal, no podremos alcanzar este grado de perfección; mas no hemos de desistir de la empresa, pretendiendo acercarnos a él cuanto posible fuere, con las fuerzas que nos da la gracia. Como para llegar a la perfecta unión con Dios es menester desprenderse del apego a lo visible, no es extraño que haya pocos contemplativos, siendo tan pocos los que se conforman con esa condición.
PUNTO SEGUNDO.
Sencillez en los afectos. Esta no es sino el amor puro con que el alma se une a Dios, amándole en las criaturas y amando a las criaturas en Él. De suerte que la sencillez del pensamiento está en no ver sino a Dios, y la sencillez del corazón o de los afectos está en no amar sino a Dios. En tan dichoso estado, ya no siente el alma aquellos deseos y temores que suelen perturbar el espíritu de los imperfectos, porque la domina entonces un amor supremo que absorbe todos los demás. Entonces reina Dios solo en el corazón, y todo calla en su presencia, como al salir el Sol no huyen sólo las tinieblas de la noche, sino también las estrellas, cuyo débil resplandor no puede competir con el suyo.
“Quién ama a Dios con todo su corazón, dice el Kempis, no teme ni la muerte ni los suplicios, ni el infierno, porque el amor perfecto nos asegura la posesión de Dios”: que es lo que había dicho San Juan, que la perfecta caridad echa fuera el temor.
¿Quién no desea llegar a tan venturoso estado? Pero pocos son los que a él llegan, y aun los que llegan, difícilmente perseveran.
La perfección de este amor se halla en el Corazón de Jesús. Si podemos concebir un acto simplicísimo de amor el más perfecto, puro y noble que pueda darse, nunca interrumpido y siempre subsistente y en ejercicio continuo, ahí tenemos el amor de Jesucristo.
Compadécete de tu pobre corazón, angustiado con mil deseos y temores, afectos carnales y pasiones malas que no dejan lugar al amor: y ten presente que sólo es digno de tu corazón el Señor, que lo crio para sí.
PUNTO TERCERO.
Sencillez en la intención. Si sólo Dios es digno de tu amor, a Dios sólo debe dirigirse cuanto haces y piensas como a tu último fin. Una sola cosa es necesaria, dijo el Señor. Busquemos, pues, la unidad en pensamientos, afectos e intenciones, como lo hizo el Corazón de Jesús. Esta es la sencillez de que habla Cristo cuando dice: “Si tu ojo fuere sencillo, estará alumbrado todo tu cuerpo.” (Mat., VI.) Sencillez nos falta en la vista, que es la intención, pues en vez de una sencillísima mirada al Bien sumo, ojeamos en torno nuestro mil cosas que nos llevan tras sí, y vemos multiplicados objetos como quien tiene la vista mala. ¡Que confusa mezcla de amor de Dios y de amor propio! ¿Dónde encontrar un alma que, olvidada de sí misma, deje en manos de Dios sus intereses? ¿Dónde, un alma que no busque su gusto y placer, su voluntad y conveniencias, sino sólo el agrado de Dios?
Piensa bien esto, alma mía, y muda de rumbo. No pienses más en tu salud, ni en tu honra, ni en tu porvenir. Estoy por decir que no debes pensar ni aun en los intereses de tu espíritu, que nunca estarán más seguros que cuando, olvidándote de ti, pongas tu pensamiento en Dios. Pon en sus manos todo lo que te atañe y gozarás paz inalterable, dulce libertad y segura confianza, que resulta del amor desinteresado y puro de la abnegación completa. Déjalo todo, y lo hallarás todo. Así imitarás al Corazón de Jesús. Dichoso tú sí lo imitas.
ORACIÓN FINAL.
Acto de consagración y desagravio
al Sagrado Corazón de Jesús.
¡Oh Corazón de Jesús! Yo quiero consagrarme a ti con todo el fervor de mi espíritu. Sobre el ara del altar, en que te inmolas por mi amor, deposito todo mi ser; mi cuerpo, que respetaré como templo en que tú habitas; mi alma, que cultivaré como jardín en que te recreas; mis sentidos, que guardaré como puertas de tentación; mis potencias, que abriré a las inspiraciones de tu gracia; mis pensamientos, que apartaré de las ilusiones del mundo; mis deseos, que pondré en la felicidad del Paraíso; mis virtudes, que florecerán al abrigo de tu protección; mis pasiones, que se someterán al freno de tus mandamientos, y hasta mis pecados, que detestaré mientras haya odio en mi pecho, y que lloraré sin cesar mientras haya en mis ojos lágrimas. Mi corazón quiere desde hoy ser para siempre todo tuyo, así como tú, ¡oh Corazón divino!, has querido ser siempre todo mío. Tuyo todo, tuyo siempre, no más culpas, no más tibieza. Yo te serviré por los que te ofenden; pensaré en ti por los que te olvidan, te amaré por los que te olvidan; te amaré por los que te odian, y rogaré, y gemiré y me sacrificaré por los que te blasfeman sin conocerte. Amén.
***
Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.
Corazón Sacratísimo de Jesús, ten misericordia de nosotros.
Jesús, manso y humilde de Corazón, haced nuestro corazón semejante al vuestro.
Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.
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