DÍA QUINCE.
(Año quince.)
ADELANTOS DEL CORAZÓN DE JESÚS.
MES
DEL
SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
O
PRINCIPALES VIRTUDES
DE ESTE ADORABLE CORAZÓN,
CONSIDERADAS EN TREINTA Y TRES MEDITACIONES CORRESPONDIENTES
A LOS TREINTA Y TRES AÑOS DE LA VIDA
DEL DIVINO SALVADOR.
Traducido libremente
de la obra del
P. Francisco J. Gautrelet, de la Compañía de Jesús,
fundador del Apostolado de la Oración
EJERCICIO PRÁCTICO
PARA TODOS LOS DÍAS DEL MES.
Por la señal, etc.
Señor mío Jesucristo, etc.
ORACIÓN PARA EMPEZAR.
¡Oh Jesús!, amable Salvador mío, que os habéis hecho hombre y quisisteis pasar treinta y tres años en este mundo miserable para mostrarnos el camino del Cielo; concededme la gracia de venerar este año de vuestra vida que voy a contemplar, y de poner en práctica las virtudes de que en él me dais tantos ejemplos. Enseñadme la imitación fiel de vuestro divino Corazón.
Y pues sois mi dueño y mi modelo, mi redentor y mi padre, ilustrad mi entendimiento, purificad mi corazón, fortificad mi voluntad, gobernad, dirigid, santificad mis acciones, enseñadme a hacer buen uso de las facultades de mi alma y de los sentidos de mi cuerpo.
Haced que os tenga siempre en mi pensamiento, que mi boca pronuncie a menudo vuestro santo nombre, que mi corazón os ame sin cesar, que no busque yo sino vuestra gloria en todo, y no trabaje ni viva sino para vos. Esta gracia os la pido también para todos mis prójimos. Bien pocos son los que os aman de veras. ¡Qué dolor ver tantas almas agobiadas de penas y trabajos, y más aún de culpas y pecados! Acordaos de esos infelices, a quienes todavía queréis llamar hermanos y tened piedad de ellos. Acabad vuestra obra, amable Redentor, dulce esperanza mía, por los méritos de vuestra santa vida, dolorosa Pasión, preciosa muerte y gloriosa resurrección. Os la pido por el dulcísimo nombre que lleváis, por ese Corazón que tanto nos ha amado, y que os habéis dignado darnos para que sea nuestro refugio, nuestro asilo, nuestra fortaleza y esperanza en estos aciagos días. Os lo pido por la intercesión de vuestra Santísima Madre, que también lo es nuestra.
Con esta intención os ofrezco mis obras y trabajos del presente día en unión de lo que por mí hicisteis y padecisteis en la tierra, y, sobre todo, en unión con el sacrificio adorable de la Misa, en cualquier parte de la tierra que se celebre. Oíd, Señor, a vuestros hijos, y tened piedad de nosotros. Amén.
DÍA QUINCE.
(Año quince.)
ADELANTOS DEL CORAZÓN DE JESÚS.
Primer preludio. Ver a Jesús ya crecido, a la edad de quince años.
Segundo. Pedirle la gracia de adelantar en la virtud.
Punto primero. Jesús nos excita al fervor, — Segundo. Jesús nos enseña. — Tercero. Jesús nos ayuda.
PUNTO PRIMERO.
Jesús nos excita al fervor. Tratando del más largo espacio de la vida del Señor, no nos dice el Evangelio, sino que Jesús crecía en edad, sabiduría y gracia. El Espíritu Santo nos había dicho que la vida del justo es como la luz del Sol, que va creciendo desde la aurora hasta el medio día; y no podía menos de obrar así el justo por excelencia que es Jesucristo.
El mismo divino Espíritu lo compara con un gigante, que en un instante corre de un extremo a otro; y fue tan rápida en electo su carrera, que se juntaron el principio y el fin, pues desde el primer instante de su vida poseyó toda la plenitud de la gracia. Pero, así como el Sol, siendo siempre el mismo, alumbra y calienta cada vez más hasta el mediodía, lo mismo hizo Jesús, que, siendo siempre igualmente santo, iba dando más luz de doctrina y más calor de caridad al mundo, a medida que crecía en edad. Multiplicábanse sus trabajos, crecían sus padecimientos, y aumentábanse los actos satisfactorios que al Eterno Padre ofrecía por los pecados del mundo. Dábanos cada día mayores prendas del amor que del Cielo le hizo bajar al establo, del establo le llevo al Calvario, y del Calvario al Sacramento del altar.
¡Oh modelo de almas justas, rey de los corazones y sol de los entendimientos, atraedme con el inefable atractivo de vuestro amor y con vuestra gracia poderosa!
PUNTO SEGUNDO.
Jesús nos enseña en qué ha de consistir nuestro adelanto en la virtud. Crecía Jesús en edad, y a medida de la edad, daba mayores muestras de la sabiduría que dirigía sus acciones, hacía nuevos actos de virtud en obsequio del Eterno Padre, daba al mundo nuevas pruebas de su divinidad, alumbraba a los hombres con más vivos rayos de luz, y aumentaba el tesoro de méritos infinitos para honra de Dios y provecho de la Iglesia. Mas no podía adquirir mayor santidad, porque desde su concepción fue unida la humanidad hipostáticamente a la Persona del Verbo, y elevada a toda la perfección de que era capaz.
No nos sucede así a nosotros, que venimos al mundo muy imperfectos y naturalmente inclinados al mal, y con la ayuda de Dios podemos y debemos trabajar para corregir nuestros defectos, adquirir las virtudes que, nos faltan, y crecer en sabiduría y gracia interiormente delante de Dios, y exteriormente delante de los hombres.
Por desgracia, crecemos en edad, y tal vez en fuerzas, salud, habilidad, ciencia y sabiduría, mundana, pero no en la verdadera sabiduría, que, según Santo Tomás, consiste en mirar a Dios, causa primera y fin último, conformando sus juicios con esa regla segura, dando a cada cosa la estima que merece y encaminándolo todo a Dios.
¿Qué uso he hecho yo de los talentos que me ha dado y de las gracias que cada día me concede?
PUNTO TERCERO.
Jesús nos ayuda a crecer en la perfección. Siendo la vida del hombre un camino por el que viajamos a la feliz eternidad, cada paso que damos por él debe hacérnosla merecer con creces, haciéndonos adelantar en santidad. Y si profesamos vida religiosa, que es una escuela de perfección, cada obra nuestra debe ser un paso más hacia ella. No adelantar, dicen los Santos, es atrasar; porque quien no se esfuerza en vencer la corriente de las aguas, es arrastrado por la fuerza de las olas. Quien no lucha contra las pasiones, será víctima de sus incentivos y furores.
“Negociad mientras vengo,"' dice el Señor, (S. Le., XIX.)
“Los justos, dice el Profeta, subirán de virtud en virtud por grados formados en su corazón; con la bendición del divino legislador, llegarán a ver al Dios de los dioses en Sión.” (Salm. LXXXIII.)
Toda la vida cristiana y religiosa está encerrada en aquellas palabras del Evangelio: “Crecía en sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres.”
Mas ¿cómo podremos imitar a Jesús? Con la gracia que previene, acompaña y sigue a cada una de nuestras obras; y esta gracia mana, como de su fuente, del Corazón de Jesús. Quisiera, Señor, crecer en humildad, obediencia, caridad, mansedumbre y paciencia. Curad mi tibieza, y comunicad a este corazón tan frío, cobarde y flojo, los ardores que os abrasan.
¿Qué he adelantado este año, este mes que acaba de pasar? ¿He ganado o he perdido? Examínate, y humillándote por tus faltas e imperfecciones, da gracias a Dios por las gracias que te ha dado y los actos de virtud que con ellas has podido practicar. Haz propósitos para lo porvenir, y en especial para el día de hoy.
ORACIÓN FINAL.
Acto de consagración y desagravio
al Sagrado Corazón de Jesús.
¡Oh Corazón de Jesús! Yo quiero consagrarme a ti con todo el fervor de mi espíritu. Sobre el ara del altar, en que te inmolas por mi amor, deposito todo mi ser; mi cuerpo, que respetaré como templo en que tú habitas; mi alma, que cultivaré como jardín en que te recreas; mis sentidos, que guardaré como puertas de tentación; mis potencias, que abriré a las inspiraciones de tu gracia; mis pensamientos, que apartaré de las ilusiones del mundo; mis deseos, que pondré en la felicidad del Paraíso; mis virtudes, que florecerán al abrigo de tu protección; mis pasiones, que se someterán al freno de tus mandamientos, y hasta mis pecados, que detestaré mientras haya odio en mi pecho, y que lloraré sin cesar mientras haya en mis ojos lágrimas. Mi corazón quiere desde hoy ser para siempre todo tuyo, así como tú, ¡oh Corazón divino!, has querido ser siempre todo mío. Tuyo todo, tuyo siempre, no más culpas, no más tibieza. Yo te serviré por los que te ofenden; pensaré en ti por los que te olvidan, te amaré por los que te olvidan; te amaré por los que te odian, y rogaré, y gemiré y me sacrificaré por los que te blasfeman sin conocerte. Amén.
***
Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.
Corazón Sacratísimo de Jesús, ten misericordia de nosotros.
Jesús, manso y humilde de Corazón, haced nuestro corazón semejante al vuestro.
Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.
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