jueves, 25 de junio de 2026

DÍA 26. AÑO DE COMBATE DEL CORAZÓN DE JESÚS.

 


DÍA VEINTISÉIS

AÑO DE COMBATE DEL CORAZÓN DE JESÚS.

 

MES
DEL
SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

 

O

 

PRINCIPALES VIRTUDES

DE ESTE ADORABLE CORAZÓN,

CONSIDERADAS EN TREINTA Y TRES MEDITACIONES CORRESPONDIENTES

A LOS TREINTA Y TRES AÑOS DE LA VIDA

DEL DIVINO SALVADOR.

 

Traducido libremente

de la obra del

P. Francisco J. Gautrelet, de la Compañía de Jesús,

fundador del Apostolado de la Oración

 

 

EJERCICIO PRÁCTICO

PARA TODOS LOS DÍAS DEL MES.

 

Por la señal, etc.

Señor mío Jesucristo, etc.

 

ORACIÓN PARA EMPEZAR.

 

¡Oh Jesús!, amable Salvador mío, que os habéis hecho hombre y quisisteis pasar treinta y tres años en este mundo miserable para mostrarnos el camino del Cielo; concededme la gracia de venerar este año de vuestra vida que voy a contemplar, y de poner en práctica las virtudes de que en él me dais tantos ejemplos. Enseñadme la imitación fiel de vuestro divino Corazón.

Y pues sois mi dueño y mi modelo, mi redentor y mi padre, ilustrad mi entendimiento, purificad mi corazón, fortificad mi voluntad, gobernad, dirigid, santificad mis acciones, enseñadme a hacer buen uso de las facultades de mi alma y de los sentidos de mi cuerpo.

Haced que os tenga siempre en mi pensamiento, que mi boca pronuncie a menudo vuestro santo nombre, que mi corazón os ame sin cesar, que no busque yo sino vuestra gloria en todo, y no trabaje ni viva sino para vos. Esta gracia os la pido también para todos mis prójimos. Bien pocos son los que os aman de veras. ¡Qué dolor ver tantas almas agobiadas de penas y trabajos, y más aún de culpas y pecados! Acordaos de esos infelices, a quienes todavía queréis llamar hermanos y tened piedad de ellos. Acabad vuestra obra, amable Redentor, dulce esperanza mía, por los méritos de vuestra santa vida, dolorosa Pasión, preciosa muerte y gloriosa resurrección. Os la pido por el dulcísimo nombre que lleváis, por ese Corazón que tanto nos ha amado, y que os habéis dignado darnos para que sea nuestro refugio, nuestro asilo, nuestra fortaleza y esperanza en estos aciagos días. Os lo pido por la intercesión de vuestra Santísima Madre, que también lo es nuestra.

Con esta intención os ofrezco mis obras y trabajos del presente día en unión de lo que por mí hicisteis y padecisteis en la tierra, y, sobre todo, en unión con el sacrificio adorable de la Misa, en cualquier parte de la tierra que se celebre. Oíd, Señor, a vuestros hijos, y tened piedad de nosotros. Amén.

 

DÍA VEINTISÉIS

(Año veintiséis.)

AÑO DE COMBATE DEL CORAZÓN DE JESÚS.

 

Primer preludio. Jesús como capitán convidando al combate.

Segundo. Pedir la gracia de obedecer a su inspiración.

Punto primero. Triunfa del mundo. — Segundo. Triunfa del demonio. — Tercero. Triunfa en todas las pruebas de su constancia.

 

PUNTO PRIMERO.

 

Jesús triunfa del mundo. La vida del hombre en la tierra es una milicia, dice Job, y para el combate nos arma el Corazón de Jesús. En un campo de batalla nos hallamos, y cada día de nuestra vida debe señalarse con nuevas luchas y nuevas victorias. El primer enemigo que nos sale al encuentro es el mundo con sus errores y engaños, empeñado en seducirnos y perdernos. Añade los terrores y amenazas para detenernos en el camino de la virtud, y por otra parte nos ofrece la copa dorada de las delicias y atractivos del vicio, exhortándonos a echar por el camino ancho por donde van casi todos. Con estas tres armas, según dice San Agustín, espera derrotarnos, con errores, terrores y amores.

El mundo, condenado tantas veces por Jesús, no podía menos de hacer guerra a este Señor, pero en vano. “Confiad, dice a sus discípulos; yo he vencido al mundo." El Salvador ha vencido al mundo. Pero nosotros, ¿cómo lo venceremos? ¿Cómo escaparemos de sus lazos? Esto es lo que nos enseña el divino Maestro. A los errores del mundo, opone su eterna verdad. A las amenazas, opone la vista de males infinitamente mayores, que están reservados al soldado infiel a su bandera, y de bienes sin tasa y gloria sin fin, prometida al vencedor. A los halagos del amor mundano, les ha quitado la máscara, mostrándonos la vanidad de todo lo de aquí abajo, e indicando al mismo tiempo dónde está la fuente de la verdadera felicidad. Si no sabes hacer uso de estas armas que el Salvador te pone en las manos, ve al santuario del amor, donde el divino Capitán te está animando a la pelea, y busca y pide las fuerzas necesarias, que allí seguramente las encontrarás.

 

PUNTO SEGUNDO.

 

Jesús triunfa, del demonio. Otro enemigo se presenta, que es el demonio. ¿Se atreverá a medir sus fuerzas con Jesucristo? ¿Le permitirá este Señor que se acerque a su sagrada Persona? ¿Se humillará hasta el punto de pasar por esta prueba? ¡Oh bondad infinita de mi Salvador! Para consolar a sus siervos, ha querido sufrir tentaciones humillantes, penosas e importunas, y al mismo tiempo nos ha dado sublimes lecciones de divina sabiduría, para que sepamos manejarnos con prudencia en semejantes lances. Con el fin de animar a sus discípulos, santificarlos en la tentación y merecerles gracia para salir victoriosos, se dejó conducir por el Espíritu al desierto donde había de ser tentado, y allí permitió al demonio que se apoderase de su Persona, y le llevase al pináculo del templo y a un alto monte. Combatióle aquel enemigo con tentación de gula, de presunción y ambición. Tales fueron las armas que puso en juego. Vencido y derrotado, se retiró por un poco de tiempo; pero luego volvió a la refriega una y muchas veces, pues nos dice San Pablo que Cristo fue tentado de todas maneras para saber por experiencia nuestros males y darnos ejemplo.

Óyelo bien, alma fiel, y consuélate. Óyelo, alma pusilánime, y anímate. No permitirá Dios que seas tentada sobre tus fuerzas. Alégrate, alma generosa, al oír a Santiago que “es feliz el que sufre la tentación, porque una vez probado con ella, recibirá la corona de vida”. Teneos por dichosos, dice el mismo, cuando seáis vejados con varias tentaciones, sabiendo que esa tribulación produce la paciencia, y la paciencia encierra la perfección.” (Jac., I.) El soldado valiente se alegra poder distinguirse en servicio de su príncipe. No te aflijas, pues, de lo que hace tu mérito, te conserva en la humildad y fervor, mantiene tu vigilancia y prepara tu corona.

 

PUNTO TERCERO.

 

Jesús triunfa en las pruebas de su constancia. Hay otro género de tentaciones, y éstas son las que vienen inmediatamente de Dios, las cuales son mucho más penosas y ponen más a prueba la fidelidad de sus siervos. Llenas están las vidas de los Santos de semejantes ejemplos, porque debían asemejarse a su divino Capitán Jesús, que fue grandemente probado en esta parte.

De cuantos tormentos sufrió el Corazón de Jesucristo, ninguno tan cruel como el desamparo de su Padre, que le arrancó aquella queja dolorosa en la agonía de la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

No hay pena más amarga para un alma justa y temerosa de Dios que al creerse dejada de la mano de Dios, privada de su amistad, objeto de su odio y desprecio. Por eso se compadece de ella el amable Jesús, y se le ofrece por modelo de resignación y constancia. Habiendo pedido al Padre en el Huerto que pasase de Él aquel cáliz, añadió al instante: “Hágase vuestra voluntad, y no la mía.” En el Corazón de Jesús hallarán el ánimo y valor que necesitan esas almas en tal aprieto, y con su devoción se les suavizará la pena, porque Él es un asilo seguro contra la justicia de Dios irritada.

 

 

ORACIÓN FINAL.

Acto de consagración y desagravio

al Sagrado Corazón de Jesús.

 

¡Oh Corazón de Jesús! Yo quiero consagrarme a ti con todo el fervor de mi espíritu. Sobre el ara del altar, en que te inmolas por mi amor, deposito todo mi ser; mi cuerpo, que respetaré como templo en que tú habitas; mi alma, que cultivaré como jardín en que te recreas; mis sentidos, que guardaré como puertas de tentación; mis potencias, que abriré a las inspiraciones de tu gracia; mis pensamientos, que apartaré de las ilusiones del mundo; mis deseos, que pondré en la felicidad del Paraíso; mis virtudes, que florecerán al abrigo de tu protección; mis pasiones, que se someterán al freno de tus mandamientos, y hasta mis pecados, que detestaré mientras haya odio en mi pecho, y que lloraré sin cesar mientras haya en mis ojos lágrimas. Mi corazón quiere desde hoy ser para siempre todo tuyo, así    como tú, ¡oh Corazón divino!, has querido ser siempre todo mío. Tuyo todo, tuyo siempre, no más culpas, no más tibieza. Yo te serviré por los que te ofenden; pensaré en ti por los que te olvidan; te amaré por los que te odian, y rogaré, y gemiré y me sacrificaré por los que te blasfeman sin conocerte.  Amén.

***

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

Corazón Sacratísimo de Jesús, ten misericordia de nosotros.

Jesús, manso y humilde de Corazón, haced nuestro corazón semejante al vuestro.

Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.

***

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