domingo, 28 de junio de 2026

DIA 29 AMABILIDAD DEL CORAZÓN DE JESÚS.

 


DIA VEINTINUEVE

AMABILIDAD DEL CORAZÓN DE JESÚS.

 

MES
DEL
SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

 

O

 

PRINCIPALES VIRTUDES

DE ESTE ADORABLE CORAZÓN,

CONSIDERADAS EN TREINTA Y TRES MEDITACIONES CORRESPONDIENTES

A LOS TREINTA Y TRES AÑOS DE LA VIDA

DEL DIVINO SALVADOR.

 

Traducido libremente

de la obra del

P. Francisco J. Gautrelet, de la Compañía de Jesús,

fundador del Apostolado de la Oración

 

 

EJERCICIO PRÁCTICO

PARA TODOS LOS DÍAS DEL MES.

 

Por la señal, etc.

Señor mío Jesucristo, etc.

 

ORACIÓN PARA EMPEZAR.

 

¡Oh Jesús!, amable Salvador mío, que os habéis hecho hombre y quisisteis pasar treinta y tres años en este mundo miserable para mostrarnos el camino del Cielo; concededme la gracia de venerar este año de vuestra vida que voy a contemplar, y de poner en práctica las virtudes de que en él me dais tantos ejemplos. Enseñadme la imitación fiel de vuestro divino Corazón.

Y pues sois mi dueño y mi modelo, mi redentor y mi padre, ilustrad mi entendimiento, purificad mi corazón, fortificad mi voluntad, gobernad, dirigid, santificad mis acciones, enseñadme a hacer buen uso de las facultades de mi alma y de los sentidos de mi cuerpo.

Haced que os tenga siempre en mi pensamiento, que mi boca pronuncie a menudo vuestro santo nombre, que mi corazón os ame sin cesar, que no busque yo sino vuestra gloria en todo, y no trabaje ni viva sino para vos. Esta gracia os la pido también para todos mis prójimos. Bien pocos son los que os aman de veras. ¡Qué dolor ver tantas almas agobiadas de penas y trabajos, y más aún de culpas y pecados! Acordaos de esos infelices, a quienes todavía queréis llamar hermanos y tened piedad de ellos. Acabad vuestra obra, amable Redentor, dulce esperanza mía, por los méritos de vuestra santa vida, dolorosa Pasión, preciosa muerte y gloriosa resurrección. Os la pido por el dulcísimo nombre que lleváis, por ese Corazón que tanto nos ha amado, y que os habéis dignado darnos para que sea nuestro refugio, nuestro asilo, nuestra fortaleza y esperanza en estos aciagos días. Os lo pido por la intercesión de vuestra Santísima Madre, que también lo es nuestra.

Con esta intención os ofrezco mis obras y trabajos del presente día en unión de lo que por mí hicisteis y padecisteis en la tierra, y, sobre todo, en unión con el sacrificio adorable de la Misa, en cualquier parte de la tierra que se celebre. Oíd, Señor, a vuestros hijos, y tened piedad de nosotros. Amén.

 

 DIA VEINTINUEVE

(Ano veintinueve.)

AMABILIDAD DEL CORAZÓN DE JESÚS.

 

Primer preludio. Bautismo de Jesús y voz del Padre.

Segundo. Pedir que Jesús venga a mi corazón.

Punto primero. Jesús, delicia del Cielo. — Segundo. Jesús, delicia de la tierra. — Tercero. Jesús, delicia del justo.

 

PUNTO PRIMERO.

 

Jesús, delicia del Cielo. En Él, tiene sus complacencias la Santísima Trinidad. Después del pecado no veía Dios en la tierra, con tas excepciones, sino pecado y desórdenes espantosos. Lejos de ser conocido bendecido y amado, se veía escarnecido hasta tal grado, que no parecía sino que la sola ocupación de los hombres era desfigurar la imagen de la divinidad que había puesto en ellos el Criador. ¿Es esto, Señor, lo que teníais derecho a esperar de vuestras criaturas? ¿Era esto lo que debíais sacar de la creación de este mundo, que está predicando por todas partes vuestra grandeza y poder? Ahora entiendo aquella expresión tan fuerte de la Sagrada Escritura: “Se arrepintió Dios de haber criado al hombre.” (Gen., VI.)

Pero va a empezar otro orden de cosas con la aparición de Jesús en la tierra para restaurarlo todo, como dice San Pablo. He aquí un hombre, nuevo, verdadero padre de todos los hombres, por el cual todo se ha hecho, y por el cual todo se ha de restaurar. Este es el verdadero adorador por quien Dios será conocido y reverenciado, y el verdadero mediador por quien se dará digna satisfacción a la divina justicia. Este es el Corazón puro y santo, en el cual reconoce Dios su imagen. Ahora sí que puede gloriarse el Criador de haber criado un hombre. Ahora puede amar la obra de sus manos, y poner en ella su Corazón, pues ve un corazón que le ama con amor digno de su Majestad.

Gózome, Señor, al oíros decir: “Este es mi Hijo amado, en quien he puesto mis complacencias." Gózome al oír al mismo Hijo vuestro decir a Santa Gertrudis: “He aquí mí Corazón, que es la delicia de la Santísima Trinidad. Te lo presento para que suplas con Él lo que te falta a ti, y él cubrirá tus defectos y negligencias."

 

PUNTO SEGUNDO.

 

Jesús, delicia de la tierra. Triste morada es la de este mundo para el alma que ama a Dios, porque no ve en él sino escándalos, no goza placer que no esté lleno de amargura, sufre mucho y corre grandes peligros. Sin embargo, no es tan penoso e insufrible este destierro, que carezca de todo consuelo. Tenemos a Jesús en el Sacramento, y podemos decir mejor que David: ¡Cuán amables y queridos me son vuestros tabernáculos, oh Señor, Dios de las virtudes! Acerquémonos al altar santo, penetremos hasta el Corazón de Jesús, santuario de la divinidad. Allí encuentra descanso el caminante rendido y recobra fuerzas. Allí, cura sus heridas el soldado cristiano y se anima al combate. Allí, el alma pecadora se purifica y halla paz. Allí, el alma afligida deposita sus penas y encuentra consuelo. Allí, el corazón tibio y lánguido enciende su fervor. Y, sobre todo, allí es donde el corazón fervoroso gusta las dulzuras del amor y comienza a beber del torrente de delicias puras con que Dios embriaga a sus amigos. Por eso, nos convida a ir allá el amante querido, y con dulcísimo acento nos dice a todos: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba.” (Juan., VII) Beba del agua y sangre que manó de su costado, y se purificará con el agua y vivificará con la sangre.

Tú, que sabes lo que es Jesús, podrás decir lo que te pasaría si te quedases sin Él. ¿Podrías tolerar los rigores del destierro, si no estuviese Jesús contigo? Oye lo que decía Santa Gertrudis: “¡En vuestro Corazón encuentro tales delicias, oh dulcísimo Jesús, que fuera de Él no me es posible hallar descanso!”

 

PUNTO TERCERO.

 

Jesús, delicia del justo. Muchos cristianos hay; pero de puro nombre la mayor parte. Cristianos que deshonran su carácter, su religión, y al mismo Autor de ella, que se avergüenza de tenerlos en su cuerpo místico. Cristianos que han echado a Cristo de su corazón para alojar en él al demonio. Cristianos que de un templó vivo consagrado por la unción y presencia del Espíritu Santo, han hecho una caverna de ladrones. En medio de tanto desorden y de tan negra ingratitud con que paga el mundo a Jesucristo, ¿quién consolará a este divino Corazón buscándole una morada digna de su Majestad? ¿En qué corazón hallará donde descansar, donde explayarse libre de traidores? En la antigua Ley -decía el Señor- que en vano había buscado este consuelo, porque no lo había hallado. Mas ahora podremos decir que “en sus siervos se consolará el Señor.” (Mac., VII.) “Sus delicias son estar con los hijos de los hombres.” (Prov., VIII.)

A la puerta de tu corazón llama, porque espera hallar entrada en él. ¿Se la negarás? ¡Oh, si tú supieras lo que es consolar a Jesucristo y desagraviarle de los ultrajes que recibe de los pecadores! Para esto, purifica el templo de tu corazón, adórnalo con virtudes, entona en él cánticos de alabanza, reside en él acompañando a Jesucristo, y puesto que sus delicias son estar contigo, pon tus delicias en vivir en su compañía.

 

 

ORACIÓN FINAL.

Acto de consagración y desagravio

al Sagrado Corazón de Jesús.

 

¡Oh Corazón de Jesús! Yo quiero consagrarme a ti con todo el fervor de mi espíritu. Sobre el ara del altar, en que te inmolas por mi amor, deposito todo mi ser; mi cuerpo, que respetaré como templo en que tú habitas; mi alma, que cultivaré como jardín en que te recreas; mis sentidos, que guardaré como puertas de tentación; mis potencias, que abriré a las inspiraciones de tu gracia; mis pensamientos, que apartaré de las ilusiones del mundo; mis deseos, que pondré en la felicidad del Paraíso; mis virtudes, que florecerán al abrigo de tu protección; mis pasiones, que se someterán al freno de tus mandamientos, y hasta mis pecados, que detestaré mientras haya odio en mi pecho, y que lloraré sin cesar mientras haya en mis ojos lágrimas. Mi corazón quiere desde hoy ser para siempre todo tuyo, así    como tú, ¡oh Corazón divino!, has querido ser siempre todo mío. Tuyo todo, tuyo siempre, no más culpas, no más tibieza. Yo te serviré por los que te ofenden; pensaré en ti por los que te olvidan; te amaré por los que te odian, y rogaré, y gemiré y me sacrificaré por los que te blasfeman sin conocerte.  Amén.

***

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

Corazón Sacratísimo de Jesús, ten misericordia de nosotros.

Jesús, manso y humilde de Corazón, haced nuestro corazón semejante al vuestro.

Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.

***

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