29 de julio
NO MUERE CON EL ESCAPULARIO QUIEN REPUDIA LA GRACIA
MES DE JULIO
EN HONOR
A LA VIRGEN DEL CARMEN
Por la señal de la santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Oración inicial
Oh Virgen María, Madre de Dios y Madre también de los pecadores, y especial Protectora de los que visten tu sagrado Escapulario; por lo que su divina Majestad te engrandeció, escogiéndote para verdadera Madre suya, te suplico me alcances de tu querido Hijo el perdón de mis pecados, la enmienda de mi vida, la salvación de mi alma, el remedio de mis necesidades, el consuelo de mis aflicciones y la gracia especial que pido en este ejercicio consagrado a vuestra devoción (pídase la gracia), si conviene para su mayor honra y gloria, y bien de mi alma: que yo, Señora, para conseguirlo me valgo de vuestra intercesión poderosa, y quisiera tener el espíritu de todos los ángeles, santos y justos a fin de poder alabarte dignamente; y uniendo mis voces con sus afectos, te saludo una y mil veces, diciendo:
3 Avemarías
29 de julio
NO MUERE CON EL ESCAPULARIO QUIEN REPUDIA LA GRACIA
De la obra “Prodigios del Escapulario” del P. Rafael María López-Melús.
El Cardenal Vicente Enrique y Tarancón, siendo Obispo de Solsona -1950- en una Carta pastoral sobre el Santo Escapulario del Carmen, nos cuenta el siguiente prodigio:
Habían sido sentenciados a muerte, en Vinaroz, dieciséis reos. Habíase conseguido, después de muchos esfuerzos, que se confesasen catorce, negándose los otros dos incluso a escucharnos.
Pudo decirse misa aquel día en la capilla de la cárcel, antes de la ejecución. Misa a la que asistieron todos, y durante ella un P. Carmelita que, como capellán militar, residía entonces en Vinaroz, los iba preparando para la Sagrada Comunión, al mismo tiempo que los animaba con la esperanza del Cielo.
Poco después del Evangelio, pidieron confesión aquellos dos que no se habían confesado, y comulgaron los dieciséis, y a todos se les impuso el Santo Escapulario. Yo me retiré después de la misa y no fui testigo de los hechos que se desarrollaron después, pero, que me refirieron al siguiente día todos los que habían asistido a la ejecución.
Cuando esposaron a los presos y los subieron al camión, que los había de conducir al lugar donde habían de ser ejecutados, uno de ellos empezó a blasfemar horriblemente. Ni las reconvenciones de sus compañeros, ni las reflexiones que le hiciera el P. Carmelita y otro sacerdote que los acompañaba, sirvieron para otra cosa que para enfurecerle más y para que arreciara cada vez con mayor rabia en sus maldiciones y blasfemias.
Llegó, al fin, el momento de la ejecución y las últimas palabras que pronunció aquel reo fueron una blasfemia y horrible maldición: maldijo a Dios, a la Iglesia, a los sacerdotes, a los militares y hasta su mujer y a sus hijos. Y con la maldición en los labios y con la rabia más feroz reflejada en su rostro, cayó muerto instantáneamente por la descarga del piquete.
Cuando el alférez que mandaba las fuerzas se adelantó, horrorizado por el hecho, a reconocer con el médico a los ajusticiados, vio en el suelo un objeto que le llamó poderosamente la atención. Se inclinó para recogerlo, y ¿cuál no sería su asombro, y hasta su pánico, cuando vio que era un Escapulario y cuando comprobó, después, que era precisamente el de aquel que había muerto con la blasfemia y la maldición en los labios?
Nunca olvidaré jamás la cara de aquel alférez cuando, al día siguiente, vino a contarme el suceso, enseñándome el Escapulario, que no quería soltar, y repitiendo como fuera de sí:
-" He visto un milagro, señor cura, he visto un milagro".
Realmente el caso era sorprendente e inexplicable. El Escapulario estaba intacto: no había saltado, por tanto, roto por la metralla. El reo no se lo pudo quitar, porque tenía las manos esposadas. No había caído, tampoco, en la dirección del cuerpo, sino en dirección contraria; por eso lo encontró el alférez cuando se dirigía desde su puesto de mando a reconocer a los ajusticiados.
La narración del alférez, la que me hicieran por su parte el P. Carmelita y el otro sacerdote y también un seglar que se hallaba presente en la ejecución, coincidían realmente en todos los detalles.
La Santísima Virgen, nuestra Madre, no había querido que aquel que murió blasfemando muriese con el Santo Escapulario sobre su pecho.
Oración final para todos los días
Infinitas gracias os damos, soberana Princesa, por los favores que todos los días recibimos de vuestra benéfica mano; dignaos, Señora, tenernos ahora y siempre bajo vuestra protección y amparo; y para más obligaros, os saludamos con una Salve:
Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra, Dios te salve. A Ti llamamos los desterrados hijos de Eva, a Ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. Ea, pues, Señora abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, y después de este destierro muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. ¡Oh clementísima! ¡Oh piadosa! ¡Oh dulce Virgen María! Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo. Amén.
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Querido hermano comparte este ejercicio con tus familiares y amigos para que muchos conozcan y amen a la Virgen.
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Nuestra Señora del Carmen, ruega por nosotros.
Ave María Purísima, sin pecado concebida.
SALVE MARINERA
¡Salve!, Estrella de los mares,
de los mares iris,
de eterna ventura.
¡Salve!, ¡oh, Fénix de hermosura!
Madre del Divino Amor.
De tu pueblo, a los pesares
tu clemencia dé consuelo.
Fervoroso llegue al cielo
y hasta Ti, y hasta Ti,
nuestro clamor.
¡Salve!, ¡salve!,
Estrella de los mares.
¡Salve!, Estrella de los mares.
Sí, fervoroso llegue al cielo,
y hasta Ti, y hasta Ti,
nuestro clamor.
¡Salve!, ¡salve!,
Estrella de los mares,
Estrella de los mares,
¡Salve!
¡Salve!
¡Salve!
¡Salve!