sábado, 22 de abril de 2017

EL PODER DE DIOS ES SU MISERICORDIA. Homilia del segundo día del triduo

 SEGUNDO DÍA DEL TRIDUO
EL PODER DE DIOS ES SU MISERICORDIA – Viernes de Pascua
Acabamos de escuchar la conclusión del Evangelio de San Mateo. Jesús se aparece resucitado a los discípulos que había vuelto al lugar donde había comenzado todo cuando Jesús pasando por la orilla de lago llamó a los primeros. Ahora tras su resurrección, los discípulos han recibido la luz necesaria para comprender la vida del Maestro, sus palabras, sus acciones. Todo lo que presenciaron mientras estuvieron con él adquiere una luz nueva y definitiva: Jesús no es simplemente un hombre carismático, ni un maestro especial, ni tan siquiera un profeta. Su resurrección confirma que Jesús es verdaderamente el Hijo de Dios hecho hombre para salvarnos.  Y esta es la confesión de fe que la Iglesia ha profesado siempre; y que también nosotros estamos llamados a profesar: Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.
El evangelista anota que algunos de los discípulos dudaban todavía: no podían creer que verdaderamente aquel que había sido crucificado y sepultado ahora estuviese vivo, resucitado. Quizás su duda era todavía más profunda: aceptar a Jesús resucitado implica aceptar aquello que la Iglesia compendió más tarde en el Credo que recitamos:
Jesucristo Hijo único de Dios,
nacido del Padre antes de todos los siglos:
Dios de Dios,
Luz de Luz,
Dios verdadero de Dios verdadero,
engendrado, no creado,
de la misma naturaleza del Padre,
por quien todo fue hecho;
que por nosotros lo hombres,
y por nuestra salvación
bajó del cielo,
y por obra del Espíritu Santo
se encarnó de María, la Virgen,
y se hizo hombre;
y por nuestra causa fue crucificado
en tiempos de Poncio Pilato;
padeció y fue sepultado,
y resucitó al tercer día, según las Escrituras,
y subió al cielo,
y está sentado a la derecha del Padre;
y de nuevo vendrá con gloria
para juzgar a vivos y muertos,
y su reino no tendrá fin.

Y aceptar que Jesús Resucitado es Dios y Señor no sitúa ante una decisión determinante en nuestras vidas: aceptar o rechazarle, con todas las implicaciones que tiene de obediencia a sus palabras o de rechazo. 

Por ello, a lo largo de los veinte siglos que nos separan de Jesús y en nuestros días, muchos que no están dispuestos a acogerlo porque tienen miedo a que Jesús pueda robarles algo de su libertad o que su seguimiento les exija demasiado, niegan incluso que Jesús haya existido realmente. Dicen que es un invento, un mito, que no hay testimonios históricos de su existencia. Otros sin negar su existencia histórica, elogiando su vida, niegan su resurrección, buscan todavía su cuerpo y su sepultura… pero no quieren confesar que Cristo es el Hijo de Dios.
Es más, también nosotros podemos sufrir la tentación o puede pasarnos por la cabeza, sobre todo en momentos de prueba y dificultad -si esto de Jesús y de la fe, la religión y la Iglesia no será todo un invento… Quizás hayamos tenido estas  dudas o nos haya pasado por la cabeza estas preguntas.

¿Qué les dice Jesús a estos que dudan? ¿Qué es lo que Jesús nos dice?

1.- A mí se me ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra. Por su resurrección, Jesucristo ha sido constituido Señor y dueño de todo. A Él, uno con el Padre y el Espíritu Santo, le pertenecían ya todas las cosas por haberlas creado. Pero ahora, tras su muerte y resurrección, Jesús ha recuperado del poder del Maligno todo lo que ya era suyo y le pertenecía. Lo ha hecho a precio de su sangre, de entregar su vida. Este ha sido el precio por nuestro pecado, este ha sido el precio de nuestra libertad.
Y veamos en ello un reclamo de amor: si por la creación, ya el hombre estaba obligado a amar, obedecer y servir a Dios que lo hizo a su imagen y semejanza y quería compartir con él su misma vida divina; ahora por la redención obrada en la cruz, nuevamente nos llama a que le amemos y no tengamos miedo de entregar nuestra libertad a aquel que quiso morir por nosotros. 
¿Por qué temer a un Dios que se nos ha mostrado así? ¿Por qué dudar de un Dios que ha querido morir por nosotros? ¿Por qué no creer con confianza en aquel que nos ha amado hasta el extremo?

Cristo por su resurrección ha sido constituido Señor y dueño de todo. Su poder alcanza el cielo y la tierra, el mundo natural y sobrenatural. A él le pertenece todo cuanto existe en el cielo y en la tierra. Pero el poder de Dios se ha revelado a lo largo de la historia de la salvación y se realiza en Jesús en un ejercicio de misericordia. No es Dios un poderoso al estilo mundano, sino que el obra siempre movido por sus entrañas de misericordia; es perdonando como Dios se manifiesta omnipotente. ¿Quién es este, que hasta perdona los pecados? –se preguntaban algunos cuando Cristo le dijo al paralítico que sus pecados quedaban perdonados.
Cada vez que en el sacramento de la penitencia confesamos nuestro pecado con humildad y sinceridad, al recibir la absolución por parte del sacerdote, nuevamente Cristo ejerce su poder sobre nosotros, su poder que es misericordia, su poder que nos perdona los pecados. Solo el que es ofendido, puede perdonar; por eso, solo Dios puede perdonarnos. Y cuando aquel que es ofendido perdona, se eleva sobre la misma ofensa y su injusticia, y se hace todavía más grande y magnánimo a los ojos del pecador.
Hoy, demos gracias al Señor porque nos perdona, una y mil veces, y cada vez que nos perdona aparece ante nosotros más omnipotente, más grande, más misericordioso… 

¿Qué les dice Jesús a los que dudan que sea verdadero Dios y verdadero hombre? ¿Qué es lo que Jesús nos dice?
2.- Id, pues, e instruid a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándolas a observar todas las cosas que yo os he mandado.
Porque tiene el poder, porque quiere ejercerlo, Cristo manda a sus discípulos a administrar el bautismo. Bautismo que nos borra el pecado original, bautismo que nos hace hijos de Dios, bautismo que nos hace herederos del cielo. Por el pecado, ya no teníamos derecho a ello; por su poder –por su omnipotencia- Cristo ha querido devolvérnoslo.
Nosotros, bautizados, somos el eco hoy de ese mandato de Cristo resucitado a sus discípulos. Gracias a su obediencia, nosotros recibimos un día el bautismo.  Como ellos, también nosotros estamos llamados a observar todo aquello que Jesús nos ha mandado. Y en esta obediencia es donde está garantizada nuestra libertad: libertad sobre nosotros mismos, libertad sobre el pecado y el error, libertad sobre nuestros miedos y nuestras dudas… porque ya no soy el que vive en mí, sino Cristo. Ya nos soy “yo” –mi hombre viejo- el que decide lo que tengo que hacer, sino Cristo que vive en mí.

Y finalmente, ¿Qué más nos dice Jesús a aquellos que dudamos?
 3.- Estad ciertos que yo mismo estaré siempre con vosotros, hasta la consumación de los siglos. Jesús nos garantiza el estar a nuestro lado. Sí, es cierto, no ya con su presencia física como pudieron gozarla la Virgen, San José y los apóstoles… pero con su otro modo de estar presente en medio de nosotros por medio de la acción del Espíritu Santo:
Sacramentalmente bajo las apariencias de Pan y vino: en la Eucaristía, pero presencia real, verdadera, sustancial.
En su Iglesia, en su Palabra, en sus sacerdotes, en los hermanos, dentro de cada uno de nosotros: Si alguno me ama, guardará mi palabra; y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos con él morada.

Que nuestra oración de hoy sea una confesión de fe en el poder omnipotente de Jesús que hemos experimentado tantas veces al recibir el sacramento de la penitencia -desechando cualquier duda y resistencia a su amor- y si éstas nos acechan digamos convencidos: “me amó y se entregó a sí mismo por mí.”