jueves, 3 de abril de 2025

4. CONOCIMIENTO DE UNO MISMO. San Pedro de Alcántara

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EL CONOCIMIENTO DE UNO MISMO

 

MEDITACIONES

SOBRE LAS VERDADES ETERNAS

Y LA PASIÓN DEL SEÑOR

PARA PEDIR EL AMOR DE DIOS 

San Pedro de Alcántara

 

ORACIÓN PARA COMENZAR

TODOS LOS DÍAS:

 

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Poniéndonos en la presencia de Dios, adoremos su majestad infinita, y digamos con humildad:

  

 “Omnipotente Dios y Señor y Padre mío amorosísimo, yo creo que por razón de tu inmensidad estás aquí presente en todo lugar, que estás aquí, dentro de mí, en medio de mi corazón, viendo los más ocultos pensamientos y afectos de mi alma, sin poder esconderme de tus divinos ojos.

    Te adoro con la más profunda humildad y reverencia, desde el abismo de mi miseria y de mi nada, y os pido perdón de todos mis pecados que detesto con toda mi alma, y os pido gracias para hacer con provecho esta meditación que ofrezco a vuestra mayor gloria… ¡Oh Padre eterno! Por Jesús, por María, por José y todos los santos enseñadme a orar para conocerme y conoceros, para amaros siempre y haceros siempre amar. Amén.”

 

Se meditan los puntos dispuestos para cada día.

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EL CONOCIMIENTO DE UNO MISMO

Del tratado de la oración y meditación

de san Pedro de Alcántara

 

Después de haber considerado tus pecados de la vida pasada y presente y su gravedad, es cosa de grandísimo provecho detener un poco los ojos de la consideración en pensar tu nada; esto es, cómo de tu parte no tienes otra cosa más que nada y pecado, y cómo todo lo demás es de Dios; porque claro está que así los bienes de naturaleza como los de gracia, que son los mayores, son todos suyos; porque suya es la gracia de la predestinación que es la fuente de todas las otras gracias, y suya la de la vocación, y suya la gracia concomitante, y suya la gracia de la perseverancia, y suya la gracia de la vida eterna. Pues ¿qué tienes, de qué te puedes gloriar, sino de nada y pecado?

Reposa, pues, un poco en la consideración de esa nada, y pon esto sólo a tu cuenta, y todo lo demás a la de Dios, para que clara, y palpablemente veas quién eres tú y quién es El; cuán pobre tú y cuán rico El, y, por consiguiente, cuán poco debes confiar en ti y estimarte, y cuánto confiar en El, amar a Él y gloriarte en Él.

Pues consideradas todas estas cosas arriba dichas, siente de ti lo más bajamente que te sea posible. Piensa que no eres más que una cañavera, que se muda a todos vientos, sin peso, sin virtud, sin firmeza, sin estabilidad y sin ninguna manera de ser. Piensa que eres un Lázaro de cuatro días muerto, y un cuerpo hediondo y abominable, lleno de gusanos, que todos cuantos pasan se tapan las narices y los ojos para no verlo.

Parézcate que de esta manera hiedes delante de Dios y de sus ángeles, y tente por indigno de alzar los ojos al cielo, y de que te sustente la tierra, y de que te sirvan las criaturas, y del mismo pan que comes y del aire que recibes.

Derríbate con aquella pública pecadora a los pies del Salvador, y cubierta tu cara de confusión con aquella vergüenza que padecería una mujer delante de su marido cuando le hubiese hecho traición, y con mucho dolor y arrepentimiento de tu corazón pídele perdón de tus yerros, y que por su infinita piedad y misericordia haya por bien volverte a recibir en su casa.

 

ORACIÓN PARA FINALIZAR

TODOS LOS DÍAS:

 

PETICIÓN ESPECIAL DEL AMOR DE DIOS. San Pedro de Alcántara

 

4 DE ABRIL. SAN ISIDORO DE SEVILLA, DOCTOR DE LA IGLESIA (570-636)

 


04 DE ABRIL

SAN ISIDORO DE SEVILLA

DOCTOR DE LA IGLESIA (570-636)

SIEMPRE que hemos pasado ante la estatua de San Isidoro —obra de Alcoverro y Amorós—, que tiene majestuoso asentamiento en la escalinata que da acceso a la Biblioteca Nacional, hemos exclamado irreprimible mente: está en su sitio. Y es que la egregia figura del gran Doctor de las Españas —del gran Doctor de la Iglesia— representa —por santo y por sabio— al genio victorioso a través de los siglos, por encima de mezquinos odios, de confesiones políticas o religiosas, de escuelas, de doctrinas; representa la indestructible unidad espiritual de España y es como una consigna permanente de Imperio…

Foco que ilumina de ciencia toda la Edad Media, alguien le ha llamado con justicia «último Padre de Occidente». Pero es más definitiva la loa que de él hace el VIII Concilio toledano: «Doctor egregio de nuestro tiempo, esplendor recentísimo de la Iglesia Católica; el último de los predecesores en edad, mas no inferior a ellos en doctrina, y, lo que sobrepasa a todo, el más docto de nuestro siglo».

Dos ciudades se disputan este tesoro con no menos tesón que derecho: Cartagena y Sevilla. Lo cierto es que su nombre excelso las colma a ambas de gloria; y no sólo a ellas, sino también a León —donde reposan sus restos — y aún a España entera. Lo dice el Martirologio: «Insigne en santidad y doctrina, ilustra a España con su celo en favor de la Fe católica y su observancia de las disciplinas eclesiásticas».

«Con el santo serás santo» —dice la Escritura— San Isidoro, hijo menor de los cristianísimos Duques de Cartagena, Severino y Teodora, y hermano de tres Santos, no desmiente esta sentencia. Quizá es más santo que todos —templado como Leandro, profundo como Fulgencio, piadoso y místico como Florentina— porque todos han sido sus maestros. Especialmente Leandro —obispo hispalense— ha cultivado su espíritu y corazón con amor entrañable, procurando hacer de él un hombre ecuánime, un alma capaz de proseguir su línea de conducta frente a la herejía arriana y de tranquilizar aquella Iglesia agitada y revuelta. Probablemente lo ha tenido también a su lado en el convento; pero, haya sido o no monje —las dos opiniones son aceptables— lo cierto es que toda la vida se señalará por su cariño a los monasterios y escribirá su Regla de los monjes.

El rey Leovigildo martiriza a su hijo Hermenegildo y destierra a Leandro y a Fulgencio. Rudo golpe para el joven Isidoro, huérfano a la sazón. Sin embargo, no desmaya. Al contrario: pronto empieza a distinguirse como acérrimo defensor de la ortodoxia, llegando, incluso, a poner en peligro su vida por defenderla. Esta lucha —pródiga en enseñanzas para el futuro— termina con la muerte del perseguidor...

Hacia el año 600 el nombre de Isidoro bastaba para dar autoridad a cualquier asamblea. Por eso, a la muerte de Leandro, lo sentaron en la Sede hispalense. Ninguno, sin duda, más compenetrado con su santo hermano, ni más capaz para consolidar el renacimiento literario y religioso promovido por él, aunque fuljan en el cielo de la Iglesia española estrellas de la magnitud de Eladio, Masona, Ildefonso y Braulio.

Precisamente su amigo Braulio le escribe por estos días: «Tú eres gloria purísima de España, sostén de la Iglesia, luz que nunca se ha de apagar. Tus libros nos han llevado a la casa paterna... Nos has enseñado todas las cosas del cielo y de la tierra». «Por siglos y siglos —dirá Menéndez Pelayo— fue San Isidoro el grito de guerra de la ciencia española». Por su ciencia y por su fe —beatus et lumen noster Isidorus— morirán los mozárabes andaluces.

Los libros a que se refiere el Obispo de Zaragoza son: las Etimologías, verdadera enciclopedia del saber humano de su tiempo; las Sentencias, considerado como la primera Suma teológica; los Oficios eclesiásticos, manual de liturgia y enseñanza en atrios y monasterios; los dos libros Contra los judíos, llenos de caritativo optimismo; los Sinónimos, tratado de mística al que aflora su alma inconmensurable, y el libro De la naturaleza de las cosas, que dedica al «cristianísimo rey Sisebuto, su hijo y señor». De todo escribe su pluma erudita y ligera. Todo su empeño consiste en poner una nota de equilibrio en este tiempo de transición y desintegración en el que las viejas instituciones romanas ceden el paso a una civilización nueva. Y logra formar un conjunto armónico de los pueblos que componen el reino godo, sobre los cimientos de religión y cultura. Es un triunfo completo: porque acaba de desarraigar el arrianismo y la herejía de los acéfalos, robustece la disciplina eclesiástica, reúne concilios en Toledo y Sevilla e inicia un gran movimiento intelectual en sus libros y en sus escuelas.

Si como sabio salva la civilización del naufragio universal y lega a la posteridad un tesoro inmenso, como santo no desmerece su conducta. Un texto antiguo nos lo pinta en pocas palabras: «Fue largo en limosnas, insigne en hospitalidad, sereno de corazón, afable en las exhortaciones, sabio en el consejo, humilde en el vestir, sobrio en la mesa, habilísimo para ganar almas a Dios, eminente en toda virtud y pronto a dar la vida por la verdad». A lo que añadimos nosotros: alma ávida de luz pura, de inteligencia celestial, vuela de ciencia en ciencia y de virtud en virtud, hasta remontar el último vuelo, el más alto, el más hermoso: el vuelo hacia Dios...

JUEVES DE LA CUARTA SEMANA DE CUARESMA. Dom Prospero Gueranger

 


JUEVES DE LA CUARTA
SEMANA DE CUARESMA
Año Litúrgico – Dom Prospero Gueranger


La Estación se celebra en S. Silvestre - S. Martín de los Montes. El antiguo “titulus Equitii” que se atribuyó al papa S. Silvestre es de la mitad del siglo tercero. En el siglo VI el papa Símaco (498-511) construyó al lado una basílica en honor de S. Martín de Tours, el primer santo no mártir, celebrado en Occidente; pronto la devoción de los romanos le suplantó por el santo papa Martín I.” (653). Esta Iglesia fue el primer título cardenalicio de S. Carlos Borromeo, y en el siglo XVIII el del Cardenal Beato José María Tommasi sabio liturgista cuyo cuerpo en ella se venera.

 

COLECTA

Suplicámoste, oh Dios omnipotente, hagas que, a los que nos castigamos con piadosos ayunos, nos alegre también tu santa devoción: para que, mitigados los afectos terrenos, consigamos más fácilmente los celestes. Por el Señor.

 

LECCIÓN

Lección del libro de los Reyes.

En aquellos días fue la mujer Sunamita a Elíseo, en el monte Carmelo: y, cuando la vio venir el varón de Dios, dijo a su siervo Giezi: He allí a la Sunamita. Vete a su encuentro, y dile: ¿Te va bien a ti, y a tu marido, y a tu hijo? Y ella respondió: Bien. Y, habiendo llegado al varón de Dios, en el monte, se abrazó a sus pies: y se acercó Giezi, para separarla. Y dijo el varón de Dios: Déjala: porque su alma está en la amargura, y el Señor me lo ha ocultado, y no me lo ha indicado. Y ella le dijo: ¿Acaso pedí yo hijo a mí señor? ¿No te dije que no me burlaras? Y él dijo a Giezi: Ciñe tus lomos, y toma mi báculo en tu mano, y vete. Si te encontrare un hombre, no le saludes; y, si te saludare alguien, no le respondas: y pondrás mi báculo sobre la cara del niño. Y dijo la madre del niño: Vive el Señor, y vive tu alma, que no te dejaré. Levantóse entonces él, y la siguió. Y Giezi les había precedido, y había puesto el báculo sobre la cara del niño, el cual no tenía voz. ni sentido: y volvió en su busca, y se lo anunció, diciendo: No ha resucitado el niño. Entró entonces Elíseo en la casa, y he aquí que el niño yacía muerto en su lecho: y, entrado que hubo, cerró la puerta detrás de sí, y del niño: y oró al Señor. Y subió, y se acostó sobre el niño: y puso su boca sobre la boca de él, y sus ojos sobre los ojos de él, y sus manos sobre las manos de él, y se tendió sobre él: y se calentó la carne del niño. Y, bajando, se paseó por la casa de una parte a otra: y después subió, y se tendió sobre él: y respiró el niño siete veces, y abrió los ojos. Entonces él llamó a Giezi, y díjole: Llama a la Sunamita. Y, habiendo entrado ella, le dijo él: Toma tu hijo. Fue ella, y se arrojó a sus pies, y le veneró, postrada en tierra: y tomó a su hijo, y salió. Y Elíseo se volvió a Gálgala.

 

LA LEY ANTIGUA. — Todas las maravillas del plan divino para salvar al hombre se hallan reunidas en este relato. El hijo muerto es figura del género humano privado de la vida por el pecado; pero Dios ha determinado devolvérsela. Primero es enviado un criado junto al cadáver; este criado es Moisés. Su misión viene de Dios; más la ley de que es portador no restituye la vida. Esta ley está representada en el bastón de Giezi con el cual intentaba en vano tener contacto con el cuerpo del hijo. La ley es señal del rigor; establece un régimen de temor, a causa de la dureza del corazón de Israel; ella apenas triunfa; y los justos para ser verdaderamente tales deben aspirar a algo más perfecto y filial. El Mediador debe suavizar todo haciendo descender del cielo la caridad, está prometido, está figurado; más aún no se ha encarnado ni ha habitado entre nosotros. El muerto no ha resucitado y por tanto se necesita que venga el mismo hijo de Dios.

 

EL REDENTOR. — Elíseo es figura de este divino Redentor. Mirad como se encoge para adaptarse a la medida del cuerpo del hijo, como se une fuertemente a todos sus miembros en medio del silencio de esta habitación cerrada. Así el Verbo del Padre, ocultando su esplendor en el seno de una Virgen, se unió a nuestra naturaleza, y “tomando la forma de un esclavo se anonadó hasta hacerse semejante al hombre'” “con el fin de devolvernos la vida y una más abundante todavía'” que aquella que tuvimos al principio. Observad también lo que sucede con el hijo y cuáles son las señales de la resurrección que él se obra. Su pecho se dilata siete veces y aspira; este movimiento indica la entrada del Espíritu con sus siete dones en el alma humana, templo de Dios. Abre sus ojos para considerar el fin de esta ceguera mortal; porque los muertos no gozan ya de la luz, y las tinieblas de la tumba son su herencia. Finalmente considerad a esta mujer, a esta madre; es figura de la Iglesia. Implora la resurrección de sus queridos catecúmenos, de todos los infieles que aún viven en las sombras de la muerte Unámonos a su oración, y esforcémonos por obtener que la luz del Evangelio se derrame más y más y que los obstáculos que opone a su propagación la maldad de Satanás, junto con la malicia de los hombres, desaparezcan para siempre.

 

EVANGELIO

Continuación del santo Evangelio según S. Lucas.

En aquel tiempo, iba Jesús a una ciudad, que se llama Naim: e iban con Él sus discípulos, y una turba copiosa. Y, cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, he aquí que llevaban a enterrar un difunto, hijo único de su madre: y ésta era viuda: y con ella venía mucha gente de la ciudad. Cuando el Señor la vio, movido de misericordia hacia ella, le dijo: No llores. Y se acercó, y tocó el féretro. (Y los que lo llevaban se pararon.) Y dijo: Joven, a ti te lo digo, levántate. Y se sentó el que estaba muerto, y comenzó a hablar. Y se lo entregó a su madre. Y se apoderó de todos el respeto: y alabaron a Dios, diciendo: Un gran profeta ha surgido entre nosotros: y Dios ha visitado a su pueblo.

 

EL MILAGRO DE NAIM. — Hoy y mañana aún, la Iglesia nos ofrece continuamente figuras de la resurrección; son un anuncio de la proximidad de la Pascua y al mismo tiempo un aliento esperanzador para todos los muertos espiritualmente que piden de nuevo la vida. Antes de entrar en las dos semanas consagradas a los dolores de Cristo, la Iglesia asegura a sus hijos el deseado perdón, ofreciéndoles el espectáculo consolador de la misericordia de aquel cuya sangre nos reconcilió. Libres de todos nuestros temores podremos contemplar mejor el sacrificio de nuestra víctima augusta, para asociarnos a sus dolores. Abramos pues los ojos del alma y consideremos el espectáculo que nos ofrece el Evangelio. Una madre desconsolada preside el duelo del hijo único, y su dolor es inconsolable. Jesús se mueve a compasión; manda parar el cortejo; su mano divina toca el féretro y su voz llama a la vida al joven cuya muerte había sido causa de tantas lágrimas. El escritor sagrado insiste en decirnos que Jesús le entregó a su madre. ¿Quién es esta madre desconsolada sino la Iglesia que preside el duelo de un gran número de sus hijos? Jesús viene para consolarla. Pronto, por ministerio de los sacerdotes va a extender su mano sobre todos los muertos, va a pronunciar sobre ellos la palabra de resurrección; y la Iglesia recibirá en sus brazos maternos llenos de vida y alegría a estos hijos cuya pérdida lloraba.

 

LAS TRES RESURRECCIONES. — Consideremos el misterio de las tres resurrecciones obradas por Jesús: la de la hija del príncipe de la sinagoga (la Iglesia nos cuenta este relato en el Evangelio del Domingo XXIII después de Pentecostés); la del joven de hoy y la de Lázaro que presenciaremos mañana. Acaba de expirar la joven; más, aún no la han enterrado; es figura del pecador que todavía no ha contraído el hábito y la insensibilidad del mal; el joven representa al pecador que no ha querido hacer ningún esfuerzo para salir de ese estado: en él la voluntad ha perdido su energía. Le conducen al sepulcro; y sin el encuentro del Salvador hubiera ido a colocarse para siempre entre los demás muertos. Lázaro es un símbolo aún más terrible. Este es ya presa de la corrupción. Una piedra rodada sobre la tumba condena al cadáver a una lenta e irremediable disolución. ¿Podrá recobrar de nuevo la vida? La recobrará si Jesús se digna ejercer en él su poder divino. Por eso la Iglesia ora y ayuna en estos días. Oremos y ayunemos con ella con el fin de que estas tres clases de muertos oigan la voz del Hijo de Dios y resuciten. El misterio de la resurrección de Jesucristo va a producir su efecto maravilloso en estos tres grados. Unámonos a los designios de la divina misericordia; insistamos de día y de noche junto al Redentor. Pocos días después, podremos, ante la presencia de tantos muertos resucitados, clamar con los habitantes de Naim: “Tenemos con nosotros un gran profeta y Dios ha visitado a su pueblo.”

 

ORACION

Humillad vuestras cabezas a Dios.

Oh Dios, Maestro y Rector de tu pueblo, aleja de él los pecados que le combaten: para que siempre te sea grato y esté seguro de tu amparo. Por el Señor.