31 DE AGOSTO
SANTO DOMINGUITO DE VAL
NIÑO DE CORO (1240-1250)
AQUELLA tarde triunfal de septiembre de 1250, don Arnaldo de Peralta —obispo de Zaragoza—, al hacer en la Seo el panegírico del nuevo Mártir cesaraugustano, evocó estas palabras que Prudencio de Calahorra escribiera pensando en San Vicente: «Alcázar poblado de protectores poderosos, esta noble. Ciudad no teme la suerte del mundo perecedero, pues, para detener las iras del Cielo, le basta presentar a Cristo las joyas brillantes que en su seno guarda. Es Cristo, sí, es Cristo quien ha dotado a Zaragoza de una nueva gloria: ella es la mansión sagrada del Mártir siempre viviente».
El Mártir siempre viviente era esta vez un pequeño triunfador, cuyo nombre —púrpura y sonrisa— tiene para el alma caricias de simpatía y complacencia: Dominguito de Val, florecilla fresca y perfumada que, a manos de los pérfidos judíos, acababa de ofrendar a Cristo su corola de diez primaveras…
Entre la multitud que aquella tarde septembrina oía en la Seo la voz emocionada y vibrante del Prelado, se hallaban los venturosos padres del Mártir Inocente, don Sancho y doña Isabel. Habían presidido, al lado del rey don Jaime el Conquistador, la magna procesión organizada por el Obispo, para el traslado de los restos de Dominguito de la Iglesia de San Gil a la Basílica. No recibían testimonios de condolencia, sino felicitaciones. Y lloraban de felicidad, de emoción santa, porque se sentían orgullosos de su pequeño.
Sin embargo, ¡qué triunfo más distinto habían soñado para él!
Cuando nació, los pareceres acerca de su porvenir se amontonaron sobre su cuna. ¿Sería notario de la Corona de Aragón, como su padre? ¿Sería como su abuelo, capitán y héroe de la Reconquista? Los áureos timbres de su prosapia le abrían todos los caminos...
Por encima de las cábalas humanas, se alzaron los divinos presagios. Ahora, a la vista de los hechos, ¡qué claras aparecían aquellas señales misteriosas con que el niño naciera: el cerquillo o corona en la frente y la cruz tan bien marcada sobre los jazmines de su espalda! No, no eran las huellas de una diadema de perlas: eran los pinchazos de una corona de espinas. No, no era la cruz —la cruz en la espalda— de los cruzados contra el infiel: era la cruz de Cristo. A fe que aquella vida angelical, aquellas gracias sobrenaturales, aquella educación y aquella santidad consciente de Dominguito, no podían concurrir a término más glorioso. ¡Qué bueno y qué santo era! ¡Daba gloria verle con su sotanilla roja y su blanca sobrepelliz —gracia y donosura de los acólitos— como seise o infante de la Seo! Allí estudiaba, allí jugaba, allí, sobre todo, cantaba las alabanzas de Dios y de la Virgen del Pilar, en compañía de sus alegres y candorosos compañeros. ¿Cómo iba o sospechar, en su inocente humildad, que un día llegaría a ser «celeste Patrono de tan bella chiquillada, algo así como capitán de partida de los infanticos cantores traviesos y angelicales»?
Anochece el día 31 de agosto de 1250. De un salón anejo a la Seo sale un grupito de infantes. Uno de ellos es Dominguito de Val, que se dirige a su casa, en la parroquia de San Miguel de los Navarros. Tiene que atravesar todo el barrio de la Judería, con sus callejones de la Verónica, de Callizos, de la Sartén, del Cíngulo y de los Graneros...
Pero hoy, la Aljama de los judíos, sedienta de sangre cristiana, ha encontrado una hiena dispuesta a proporcionársela, a costa de este infantico, cuya voz argentina suena ya a blasfemia en el maldito barrio: es Mossé Albayucet. Como todas las noches, Dominguito pasa «cantando himnos dulces a la Virgen». Lo dicen las Actas. De súbito, un lienzo cae sobre su rostro, una mano brutal le oprime el cuello, unos brazos lo arrebatan. Pocas horas después se halla ante un oscuro conciliábulo.
— Mira, querido niño —le dice zalamero un rabino de mirada torva y pérfidas intenciones —, nada malo te va a pasar; pero has de pisar ese Cristo.
Por la mente de Dominguito pasa al instante el recuerdo de un niño raptado y crucificado por los judíos: San Ricardo de Norwick. Ya conoce su suerte. En él cáliz de sus labios puros florece esta rosa de heroísmo:
— ¡Jamás haré lo que me decís! ¡Cristo es mi Dios!
— Daba lo mismo. Los malvados rabinos se habían conjurado para escarnecer en su cuerpecito inocente el sacrificio del Calvario. Las Actas narran con gran sobriedad el horrendo holocausto: «Le arrimaron a una pared, renovando en él la Pasión del Redentor; le crucificaron, horadando sus manos y pies; le abrieron el costado con una lanza. Cuando hubo expirado, lo envolvieron y ataron en un lío y lo enterraron a orillas del Ebro al amparo de las tinieblas, para que no se descubriese su maldad».
El Cielo se encargó de publicarla milagrosamente.
Y aquella tarde de septiembre del año 1250, Zaragoza entera vibró de odio y de emoción, al escuchar de labios de su Obispo la primera oración a Santo Dominguito de Val: «Domingo, feliz Mártir del Redentor, salve; célebre hermosura del cielo, compañero de los inocentes, perla resplandeciente de los Mártires y fortaleza de los españoles contra los judíos: pues llevas las insignias de la Pasión de Cristo, ruega por nosotros, para que nos alegremos contigo en la gloria». Que sea así.