domingo, 23 de octubre de 2016

TOCAR A CRISTO, REMEDIO DE LAS PASIONES. San Ambrosio




Comentario al Evangelio 
 
XXIII DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
Forma Extraordinaria del Rito Romano


Cristo y las pasiones
“Búscale, pues virgen; busquémosle todos, ya que en las almas no hay diferencia de sexo; pero acaso el nombre de virgen es femenino… porque el mismo ímpetu de la carne, por medio de su propia voluntad, la seduce con blandas y muelles razones. Por eso debemos invitar a Dios con oraciones y suplicas para que, como viento benéfico del mediodía, se digne aspirar sobre nosotros la brisa celestial del Verbo que nos oree: esa brisa que acostumbra a agitar los árboles frutales, no como el huracán, sino a mecerlos con suave y tenue soplo como de vientecillo.
Nuestra alma, mientras mora en el cuerpo, como carro tirado por caballos briosos, va en busca de un auriga que la conduzca… Cristo, subiendo al alma del justo como un auriga, la gobierna con las riendas del Verbo para que no sea precipitada en el abismo por la fogosidad de los caballos. Son como cuatro caballos del alma sus cuatro pasiones: Ira, avaricia, concupiscencia y temor. Cuando al comenzar alguna obra están los caballos encabritados, no se reconoce uno a si mismo, pues el cuerpo apesga al alma y la arrastra, contra su voluntad, como carro arrastrado por bestias indómitas y la empujan con violencia los cuidados que la envuelven, hasta que la virtud del Verbo, viene a mitigar esas pasiones. Esta virtud, es como la prudencia del buen conductor, que tira de las riendas para que el cuerpo mortal no dificulte los movimientos del alma, su compañera, que por naturaleza es inmortal.
Primeramente es preciso que dome estos veloces movimientos del cuerpo y los refrene con las riendas de la razón; después ha de evitar que el cuerpo y el alma caminen con paso desigual, como caballos, de suerte que el malo coarte al bueno, el tardo impida al ligero, el brioso perturbe al pesado, pues el caballo del mal relincha y se encabrita y, al despeñarse, rompe el carro y aplasta al que va con el enganchado.
El buen auriga acaricia al caballo alocado, le vuelve al camino de la verdad y le aparte de las sinuosidades del error.
Todo lo tenemos en Cristo. Acérquense a Él toda alma, tanto la que esté manchada con pecados carnales como la que esté aun clavada con los clavos de la avaricia y como la que por entregarse a la meditación asidua está en vías de perfección  y, finalmente, la que es ya perfecta con muchas virtudes. El Señor es inmensamente rico, Cristo es todo para nosotros; si deseas sanar de una herida, es médico; si te abrasa el ardor de la fiebre, es fuente; si necesitas de auxilio, es fortaleza; si tienes hambre, es alimento. Gustad y ved cuan bueno es Yavé; bienaventurado el hombre que se acoge a El. (Ps. 33,9)

Tocarle por la fe.
En El esperó aquella que tenía flujo de sangre y al punto sanó, pero porque se acercó con fe. (Lc. 8,43 ss.). Tú también, hija, toca al menos su orla con fe. Con el calor del Verbo, que sana, se secara el flujo de las pasiones mundanas, que brota como torrente, con tal de que te acerques con fe; con tal que, al menos, toques la orla de su vestido; con tal que le toques con igual confianza en la palabra divina y con tal que, temblorosa, te arrojes a los pies del Señor (Lc.8,43 ss.).
Y ¿Dónde se hallan los pies de Cristo, sino donde está el cuerpo de Cristo?...¡Oh fe, más firme que todas las fuerzas del cuerpo! ¡Oh fe, más eficaz para curar que rodos los médicos! Tan pronto como se acercó la mujer sintió la virtud curativa y consiguió el remedio. Le sucedió como a aquel que mira la luz, que antes de recibir sus sensaciones ya la ha percibido su aparato visual. Una enfermedad incurable, que  había agotado los recursos del arte y los pecuniarios, se cura instantáneamente al solo contacto del vestido. Así, pues, virgen, imita la modestia de aquella mujer en sus modales y su fe inconmovible. ¿Qué fe tan grande la de aquella mujer? Siente vergüenza de ser vista y no se ruboriza de confesar como culpable la causa de su dolencia. No ocultes tus deslices, confiesa lo que El ya conoce; no  te avergüences de lo que no se ruborizaron los profetas. Escucha lo que dice Jeremías: Sáname, Señor, y quedare sano (Ier. 17,14). También ella al tocar el ruedo del vestido dijo: Sáname, Señor, y quedare sana; sálvame, Señor, y seré salva, porque tu eres mi gloria; solamente quedara curada aquella a quien tu hubieres sanado.
Si alguno te dice (muchas veces, son tentados en esta forma los fieles): ¿Dónde esta la palabra de Yavé? Que se cumpla (Ier. 17,15), pues también al Señor le fue dicho: Que baje ahora de la cruz y creeremos en El. Ha puesto su confianza en Dios que El le libre ahora si es que le quiere (Mt. 27,42-43); si alguien, en son de burla, te dijere esto y si quisiere nuevamente llenar tu inteligencia de burdas fabulas, no le contestes; tampoco Cristo quiso responder a esa clase de personas. Interroga únicamente a Cristo, pues si les hablas no te creerán y si les preguntas no te darán respuesta. Di a solo Cristo: Yo no he ido tras de ti a incitarte a su castigo; nunca he deseado el dia de la calamidad (Ier. 17,16). Esto dijo aquella mujer y ceso el flujo. Aunque fatigada, aunque enferma la que por mucho tiempo había buscado a Cristo, a pesar de esto dijo: No sentí trabajo yendo en pos de ti, pues no siente fatiga la que sigue a Cristo; al contrario, llama a los que están trabajados que vengan a El para que descansen (Mt. 11,28). Y en Isaías esta escrito: Los que confían en Yavé renuevan sus fuerzas…(Is. 40,31)

Humildad
Al preguntar después Cristo quien le había tocado (Lc. 8,45), ¿no te parece que ella respondería: ¿Por qué me preguntas Señor? Tú lo sabes: lo que brota de mis labios esta delante de ti, y por eso no me avergüenzo en confesar mis pecados. Sean confundidos mis perseguidores, no yo (Ier. 17,18)
No se ruborizó Pedro al decir: Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador (Lc. 5,8); en efecto, el hombre sabio y prudente, sobre el que había de descansar el edificio de la Iglesia y el magisterio de la doctrina, prefirió ser humilde a enorgullecerse con el buen éxito de sus obras, Y por eso dijo: Señor, apártate de mi. No pide ser abandonado, sino no perder la humildad.
Lo propio hace San Pablo, que se gloria en sentir el aguijón de la carne que Dios le había dejado como contrapeso del orgullo (2 Cor. 12,7). Hay una jactancia que seduce: es la que San Pablo teme, una jactancia lasciva, que procura también evitar el Apóstol, pero en el no es de temerse la caída, porque recelaba envanecerse con las revelaciones, y por eso, como valiente soldado, se alegra porque con la herida corporal había aprendido a comprar la salud del alma.
SAN AMBROSIO
Transcripto por Dña. Ana María Galvez