DÍA 27
EL CORAZÓN DE MARÍA
CON JESÚS EN EL SEPULCRO
EL MES DE AGOSTO
CONSAGRADO AL
SANTÍSIMO E INMACULADO
CORAZÓN DE MARÍA
En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
DÍA 27
EL CORAZÓN DE MARÍA
CON JESÚS EN EL SEPULCRO
Considera a la Madre de Jesús junto al sepulcro donde su Hijo ha sido enterrado. Como dice san Bernardo, no sabe ni puede apartarse de Él.
Allí deja escapar estas dolorosas lamentaciones: «Jesús, Hijo mío; Hijo mío, Jesús; mi buen y dulce Jesús: Vos, Creador de todas las cosas; Vos, que os hicisteis hombre por amor a los hombres y fuisteis entregado a la muerte en el más ignominioso de los suplicios; Vos, a quien ni la tierra, ni el mar, ni los cielos pueden contener, ¡os halláis ahora encerrado en este estrecho sepulcro!
¡Mi Hijo ha muerto! ¡Ha muerto! Está ahí, bajo esas piedras. Hijo mío, vida mía, ahí estáis Vos; ahí estoy yo con Vos.»
La misma Santísima Virgen lo reveló a santa Brígida: «Sí; cuando mi Hijo fue sepultado, dos corazones quedaron, por decirlo así, encerrados en un mismo sepulcro.» Es decir, el Corazón de María y el Corazón de Jesús.
Y verdaderamente así debía ser, porque Jesús nos dijo en el Evangelio: «Donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.»
El tesoro del Corazón de María era, ciertamente, Jesús. Jesús estaba en el sepulcro; por tanto, también allí estaba el Corazón de María.
Pero nuestro corazón, ¿dónde está? Está igualmente donde se encuentra nuestro tesoro, es decir, en aquello que amamos. ¿Y cuál es ese objeto? ¿Es Jesús?
¡Ah!, ¿no será acaso algún cadáver todavía con vida, pero destinado muy pronto a corromperse en un sepulcro? ¿O quizá el dinero? ¿O el humo de los honores vanos y de una gloria pasajera?
¡Qué tesoros tan abominables ante Dios! ¡Qué fuentes inagotables de miserias! ¡Ay, cuántos corazones permanecen apegados a ellos!
¡Oh Jesús, mi Bien y mi Tesoro!, tened misericordia de mí.
Hasta ahora mi corazón corría hacia su perdición, persiguiendo los bienes engañosos y miserables de esta vida. ¡Qué grande era mi ceguera!
Me arrepiento de ello desde lo más profundo de mi corazón, y ese mismo corazón os lo entrego y lo uno para siempre a Vos. Que permanezca siempre junto a Vos.
Tierna Madre, alcanzadme esta gracia por el amor que tenéis a Jesús, vuestro Tesoro.
ORACIÓN
Aquí estás separada de tu divino Hijo, ¡oh tierna Madre!, ¡oh Madre desolada! Pero no, en realidad no estás separada de Él: la fe te mantiene unida a Él; tu corazón permanece junto a su Corazón; el sepulcro de Jesús es tu morada y allí permanece tu espíritu.
¡Oh María!, alcánzame la gracia de vivir también yo continuamente unido a Jesús, de unirme espiritualmente a Él en el sepulcro. Él es mi tesoro, mi único bien y mis delicias. Que nada en este mundo me separe de Él y que toda mi dicha consista en hacer de mi corazón un sepulcro nuevo para recibirlo, con el mayor desprendimiento de mí mismo, en la santa Comunión. Amén.
FLOR. Visitar, unidos a la Virgen, a Nuestro Señor Jesucristo en el Santísimo Sacramento.
FRUTO. Pensar con frecuencia en Jesús, en unión con María, y dirigirle todos los sentimientos de nuestro corazón, especialmente en las tentaciones.
ORACIONES FINALES
ORACIÓN
AL SANTÍSIMO CORAZÓN DE MARÍA
¡Oh Corazón de María, Madre de Dios y Madre nuestra! Corazón amabilísimo, objeto de las complacencias de la adorable Trinidad, digno de toda la veneración y del amor de los ángeles y de los hombres; Corazón que más se asemeja al de Jesús, del cual sois la imagen más perfecta; Corazón lleno de bondad y tan compasivo con nuestras miserias: os suplicamos que derritáis el hielo de nuestros corazones y hagáis que se conviertan enteramente al Corazón de nuestro divino Salvador. Llenadlos del amor de vuestras virtudes e inflamadlos con ese fuego celestial que arde sin cesar en Vos.
¡Oh divino Corazón!, tomad bajo vuestra protección a la santa Iglesia; o mejor aún, recibidla y encerradla en Vos mismo. Sed siempre para ella dulce refugio y fortaleza inexpugnable contra todas las tentaciones y todos los ataques de sus enemigos.
Sed nuestro camino para llegar a Jesús y el canal por el cual recibamos todas las gracias necesarias para nuestra salvación.
Sed nuestro auxilio en las necesidades, nuestro consuelo en las aflicciones, nuestra fortaleza en las tentaciones, nuestro refugio en las persecuciones y nuestro socorro en todos los peligros.
Pero, sobre todo, asistidnos en el último combate que habremos de librar al final de nuestra vida, cuando se acerque la muerte y todo el infierno se desencadene contra nosotros para arrebatarnos el alma.
En ese momento solemne, en esa hora terrible de la que depende nuestra eternidad, ¡oh Virgen tierna, misericordiosa y siempre pronta a socorrer!, hacednos experimentar la dulzura de vuestro Corazón maternal y manifestadnos cuán grande es el poder que tenéis sobre el Corazón de vuestro divino Hijo.
Abridnos, en la misma fuente de la Misericordia, un refugio seguro desde el cual podamos llegar a bendecirlo con Vos en el Paraíso por los siglos de los siglos. Amén.
ALABANZA A LOS SAGRADOS CORAZONES DE JESÚS Y DE MARÍA
Que el Santísimo Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María sean conocidos, alabados y bendecidos, amados, servidos y glorificados, siempre y en todo lugar. Amén.
Indulgencias concedidas a quienes reciten la oración y la alabanza anteriores
A petición de varios obispos y sacerdotes devotos del Santo Corazón de María, Su Santidad el papa Pío VII, mediante un rescripto del 18 de agosto de 1807, concedió las siguientes indulgencias:
- Una indulgencia de sesenta días a todo aquel que rece devotamente cada día la Oración y la Alabanza precedentes.
- Una indulgencia plenaria a quienes las reciten diariamente durante el curso de un año entero, en las fiestas de:
- la Natividad de la Santísima Virgen María,
- la Asunción de la Santísima Virgen,
- y la fiesta del Santísimo Corazón de María,
con tal de que, además de cumplir las condiciones ordinarias (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Santo Padre), visiten una iglesia dedicada a la Bienaventurada Virgen María y oren allí según las intenciones del Romano Pontífice.
- Una indulgencia plenaria en la hora de la muerte para quienes hayan practicado fielmente este piadoso ejercicio todos los días de su vida.
- Todas estas indulgencias pueden aplicarse, en sufragio, por las santas almas del Purgatorio.