miércoles, 26 de agosto de 2026

DEL VICIO DE LA INGRATITUD Y SU CASTIGO

 


Jueves de la XIII semana después de Pentecostés

DEL VICIO DE LA INGRATITUD Y SU CASTIGO

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Jueves de la XIII semana después de Pentecostés

DEL VICIO DE LA INGRATITUD Y SU CASTIGO.

 

PUNTO PRIMERO. Considera cómo estos nueve leprosos, desagradecidos a la salud que recibieron de la mano del Señor, eran israelitas, descendientes de Abraham y del pueblo escogido de Dios, y criados en la luz de su fe y santos preceptos; y el agradecido era samaritano y como extraño de aquel pueblo, y ninguno se movió a seguirle y acompañarle para cosa tan debida a la merced recibida del Señor. Pondera cómo los más obligados son los más desagradecidos, y llora el olvido que tienen los hijos de Adán de las mercedes y beneficios de Dios, y cuántas ingratitudes sufre cada día de los hombres. Pondera la grandeza de este vicio, que crece y se aumenta al paso que crecen los beneficios; y cómo en Dios nunca cesan, ni en los hombres las ofensas; así cada día crece y se aumenta su malicia. Mete la mano en tu pecho, y mira si entras en el número de los muchos que son desagradecidos a Dios, y pídele con lágrimas que te tenga de su mano, y no te permita caer en tan grande pecado, y que te dé gracia para serle agradecido eternamente.

 

PUNTO II. Considera que, según piadosamente se cree, el agradecido samaritano convidaría a los demás a venir a dar gracias a Cristo por el beneficio recibido; y, cuando él callase, su ejemplo clamaba y los persuadía a ser agradecidos; mas su dureza y su ingratitud fue tal, que ninguno le siguió. Pondera en este caso la dureza de los ingratos, que, como ponzoñosos escorpiones, sacan veneno del buen manjar que reciben; y, como ciegos, no miran la merced que les hacen; y cómo todas las criaturas les persuaden con su ejemplo a ser agradecidos a Dios, pues todas le alaban y bendicen continuamente por las mercedes que les hace. Llora su obstinación, y pide a Dios que les dé luz y gracia para servirle, y a ti para no seguir sus pisadas, sino las de los agradecidos a sus mercedes y beneficios.

 

PUNTO III. Considera cómo los nueve ingratos eran de mejor sangre que el publicano agradecido, pero de peores costumbres; y que les valió poco descender de buenos, no siendo uno de ellos; y al publicano no le obstó ser de padres más bajos y menos nobles para ser agradecido y preferido a los nueve en el tribunal de Cristo, que pesa el valor de cada uno según sus merecimientos y no según los de sus padres. Pondera que no está la gracia en descender de buenos, sino en parecerse a ellos, y que muchos de bajo linaje son preferidos a los muy altos por su virtud y agradecimiento. ¡Oh, qué diferentemente juzga Dios que los hombres! ¡Oh, qué engañosas son las balanzas del mundo y qué verdaderas son las de Dios! Atiende a estas; no te rijas ni gobiernes por aquellas; considera cuán presto se pasará esta farsa, y luego quedarán todos iguales y recibirán el premio conforme a sus merecimientos; y, por tanto, saca por última consecuencia ser agradecido a Dios y servirle de veras y esperar de su mano el galardón.

 

PUNTO IV. Mira a Cristo a la entrada del castillo en compañía de sus discípulos y al publicano puesto a sus pies; y pon los ojos en el sentimiento que muestra el Redentor en su rostro, y oye aquellas palabras que salen de su boca tan sentidas: «¿No fueron diez los que alcanzaron salud? ¿Y los nueve dónde están?» No ignoraba, como dice Hugo Cardenal, adónde estaban; pero preguntaba por ellos como si lo ignorara; porque desconoce por suyos a los ingratos, y los da por ajenos de su gracia y, por consiguiente, de su reino. Crió Dios a Adán y le enriqueció de infinitas gracias, y él fue tan desagradecido, que, en lugar de gracias, le tornó ofensas; y luego se oyó la voz de Dios que preguntaba por él, como si lo ignorara (1): «¿Adónde estás, Adán?», porque la ingratitud le hizo desconocido y ajeno de la amistad de Dios, el cual le privó de su gracia y de la herencia del cielo, y le desterró del paraíso y le condenó a un número sin número de miserias. ¡Oh alma mía! Mírate en este espejo, y reconoce la grandeza de este vicio por la de su pena y castigo, y no caigas en él, porque no te diga Dios, como a las vírgenes imprudentes, que no te conoce, y te dé con la puerta en la cara, privándote de su gracia y del paraíso de su gloria. Clama al Redentor y dile que tenga misericordia de ti, como la tuvo de estos, y que te cure de la lepra de tus culpas, y te reciba en el gremio de los suyos para servirle eternamente.

(1) Gen. 3.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.