Quinto día
EL ESPÍRITU SANTO Y SUS FRUTOS
NOVENA
AL
ESPÍRITU SANTO
compuesta por Santa Elena Guerra, religiosa italiana fundadora de la Congregación de Oblatas del Espíritu Santo
ORACIONES PARA TODOS LOS DÍAS
Por la señal de la santa cruz, de nuestros enemigos, líbranos Señor Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
ORACIÓN ANTES DE LA MEDITACIÓN
Oh Divino Espíritu, que por la Iglesia eres llamado creador, no solamente porque estás en relación con nosotros, creaturas; sino también, porque moviendo en nuestras almas, santos pensamientos y afectos, creas en nosotros aquella santidad que es obra tuya. Venga también sobre nosotros tu benéfica virtud, y en cuanto a nosotros, te honraremos con este devoto ejercicio. Dígnate visitar con tu divina luz nuestra mente, y con tu suprema gracia nuestro corazón, para que nuestras oraciones suban agradables a ti, y del cielo, descienda sobre nosotros la abundancia de tus divinas misericordias. Amén.
Se lee la consideración diaria.
Quinto día
MEDITACIÓN
EL ESPÍRITU SANTO Y SUS FRUTOS
Llamamos frutos del Espíritu Santo aquellos preciosos efectos que él produce en las almas, mediante la infusión de sus dones, que puestos a disposición de ellas, las fecundan de actos sobrenaturales y de virtudes que son frutos de santidad y de vida eterna. Nuestra naturaleza, corrompida por Adán, se parece a un árbol silvestre que da frutos amargos e ingratos, en estos árboles el Espíritu Santo realiza un saludable injerto que, de cierto modo, les hace transformar su naturaleza; donde el jugo vital, o sea la virtud natural actuante en el hombre, pasa por el nuevo injerto en el que recibe las buenas cualidades y da frutos dulces y sanos. Y, hablando con propiedad, no es el hombre que produce aquellos buenos frutos, sino el Espíritu Santo, principio eternamente fecundo de vida sobrenatural. Todo árbol, bueno o malo, se conoce por los frutos que produce, y cada rama fructífera del árbol será podada por Dios, con el fin de que produzca mayor fruto. (Cfr. Luc 6, 43-44; Jn 15, 2). Por lo tanto, no basta el injerto para que un árbol ruin produzca buenos frutos, es preciso que el empeñado agricultor lo cultive y le haga la poda; y aquí es donde sucede el miserable naufragio de la virtud, de tantos cristianos que reniegan ante el sufrimiento; ellos gozan de ser injertados con el precioso brote de la gracia divina, pero no quieren después que la mano providente del celeste agricultor los pode, esto es, no quieren despojarse totalmente de sus afectos terrenos, no quieren cortar generosamente sus pasiones favoritas, -incluso, quisieran ser ramas fructíferas del árbol del paraíso-, además quieren retener en sí mismos, los parásitos salvajes del antiguo enemigo, es decir, los afectos mundanos: el amor propio, el orgullo, la avaricia y cosas semejantes. Pero, esas vergonzosas ramas que, incluso ante el precioso injerto, permanecen salvajes y estériles, ¿al final no serán rechazadas y arrojadas al fuego?
MOMENTO PARA LA MEDITACIÓN PERSONAL
¡Oh Divino Espíritu!, cuando reflexiono que en mi alma también realizas ese injerto saludable, por el que ella debería producir frutos de vida eterna; inmerso en mi deplorable inestabilidad, libero un amargo suspiro en mi corazón... ¿Dónde están aquellos frutos que yo, como rama de un árbol divino debería producir?, ¿dónde están aquellos frutos que deberían estar maduros, por los ardores celestiales del Espíritu Santo?, ¿cuántos son?, ¿son perfectos?; ¡un amargo suspiro es la respuesta!; pero, ¿de quién es culpa esta vergonzosa esterilidad? Señor, me acuso delante de tus pies: ¡la culpa es mía, y toda mía!, yo no quise que por tu Mano Bendita fueran quitadas, en mi revés, las hierbas dañinas de las pasiones y de los vicios, y rechacé el hierro palpitante de la mortificación cristiana; la indiferencia se opuso a las santas obras; la frialdad y la inconstancia apagaron mi fervor; no correspondí fielmente a tus gracias, al Divino Espíritu; soy semejante a una planta estéril e inútil, que no está apta sino para ser lanzada al fuego, ¡Dios mío al el fuego del infierno no quiero ir!, lánzame, más bien, en el fuego de tu Amor, que purifica las almas y las vuelve fecundas de santos frutos.
ORACIONES FINALES PARA TODOS LOS DÍAS
¡Oh prometido y suspirado Consolador!, Espíritu Santo, procedente del Padre y del Hijo, que escuchando la unánime oración de los discípulos del Salvador, fraternalmente reunidos en el Cenáculo, descendiste para consolar y santificar la Iglesia naciente; sé propicio a nuestras súplicas, descienda otra vez tu Divino Fuego en los corazones de los hombres. Haz resplandecer tu luz hasta los confines de la tierra; llama nuevamente al seno de la Madre Iglesia Romana, a todos los que viven separados de ellas.
Oh Espíritu Santo, que eres el Amor ¡piedad de tanta mediocridad y de tantas almas que se pierden!; haz que rápidamente acontezca aquello que David profetizaba diciendo: "Envía tu Espíritu". Haznos nuevas creaturas, y así renovarás la faz de la tierra. A partir de esta consoladora profecía, unidos en oración, como nos enseña la Iglesia, con plena confianza repetimos: ¡Envía tu Espíritu, Señor, y todo será creado, y renovarás la faz de la tierra!
Padre nuestro. Ave María. Gloria al Padre.
Himno al Espíritu Santo
|
Ven, Espíritu Creador, visita las almas de tus fieles y llena con tu divina gracia, los corazones que Tú creaste. Tú, a quien llamamos Paráclito, don de Dios Altísimo, fuente viva, fuego, caridad y espiritual unción. Tú derramas sobre nosotros los siete dones; Tú, dedo de la diestra del Padre; Tú, fiel promesa del Padre, que inspiras nuestras palabras. Ilumina nuestros sentidos, infunde tu amor en nuestros corazones y, con tu perpetuo auxilio, fortalece la debilidad de nuestro cuerpo. Aleja de nosotros al enemigo, y danos pronto la paz; sé Tú nuestro guía, para que evitemos todo mal. Por ti conozcamos al Padre, y también al Hijo; y creamos en ti, su Espíritu, por los siglos de los siglos. Gloria a Dios Padre, y al Hijo que resucitó de entre los muertos, y al Espíritu Consolador, por los siglos de los siglos. Amén.
|
Veni, Creátor Spíritus, mentes tuórum vísita, imple supérna grátia, quæ tu creásti péctora. Qui díceris Paráclitus, altíssimi donum Dei, fons vivus, ignis, cáritas, et spiritális únctio. Tu septifórmis múnere, dígitus patérnæ déxteræ, tu rite promíssum Patris, sermóne ditans gúttura. Accénde lumen sénsibus, infúnde amórem córdibus, infírma nostri córporis virtúte firmans pérpeti. Hostem repéllas lóngius pacémque dones prótinus; ductóre sic te prævio vitémus omne nóxium. Per te sciámus da Patrem noscámus atque Fílium, teque utriúsque Spíritum credámus omni témpore. Deo Patri sit glória, et Fílio, qui a mórtuis surréxit, ac Paráclito, in sæculórum sǽcula. Amen.
|
|
V/. Envía tu Espíritu y serán creados. R/. Y renovarás la faz de la tierra. Oración Oh Dios, que habéis instruido los corazones de los fieles con la luz del Espíritu Santo, concedednos según el mismo Espíritu conocer las cosas rectas y gozar siempre de sus divinos consuelos. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén. |
V/. Emitte Spíritum tuum, et creabúntur. R/. Et renovábis faciem terræ. Orémus Deus, qui corda fidélium Sancti Spíritus illustratióne docuísti, da nobis in eódem Spíritu recta sápere; et de eius semper consolatióne gaudére. Per Christum Dóminum nostrum. Amen. |