IV domingo de Pascua.
Jesús promete el Espíritu Paráclito (Joann. 16.)
MEDITACIONES DIARIAS
DE LOS MISTERIOS
DE NUESTRA SANTA FE,
DE LA VIDA
DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR
PARA
EL TIEMPO PASCUA
por el P. Alonso de Andrade,
DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.
Al comenzar
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
MEDITACION
IV domingo de Pascua.
Jesús promete el Espíritu Paráclito (Joann. 16.)
Refiere san Juan que estando Cristo de partida a su Eterno Padre, consoló a sus discípulos, diciéndoles que iba por su bien, para enviarles al Espíritu Santo, el cual volvería por su honra y argüiría al mundo de sus maldades, y juntamente les enseñaría lo que él no había hasta entonces podido enseñarles.
PUNTO PRIMERO. Considera cómo Cristo vino por obediencia del Padre, y acabada la obra de la redención, vuelve por la obediencia al mismo Padre suyo que le envió; en que te enseña la que debes tener a tus mayores, y cómo cosas tan grandes y del servicio de Dios y bien de las almas no conviene intentarlas, sino por la obediencia del que está en lugar de Dios, y que todas se deben empezar por él, y acabadas referirlas a él. Toma esta lección para todas tus acciones, y pídele al Señor que te dé gracia para servirle con ellas, y referirlas todas a su gloria y honra.
PUNTO II. Considera cómo se entristecieron los discípulos, oyendo a Cristo que se partía y ausentaba de ellos; porque como el árbol que está arraigado en la tierra padece dificultad de arrancarle, así también el amor de Cristo, que había arraigado en los corazones de los discípulos, causó gran sentimiento al partirse en ellos. Entra la mano en tu pecho, y reconoce si sientes las ausencias que hace de ti, y si te entristeces porque te deja seco y sin devoción, y llora lo poco que le amas, y la tibieza de tu corazón en servirle, y mira otro sí cuán arraigado estás en los bienes caducos de la tierra, pues tanto sientes la pérdida de la hacienda, el menoscabo de la honra, de la salud y de la comodidad; pues por un pequeño interés revuelves el mundo, y te aíras y alteras; limpia tu corazón de estos afectos terrenos, y ponle en solo Dios y en las cosas del cielo.
PUNTO III. Considera la benignidad con que el Salvador consoló a sus discípulos, diciéndoles cómo iba a su Padre para enviarles al Espíritu Santo, y que todo había de redundar en bien suyo; robe tu corazón tan grande bondad, y gózate de tener tal Maestro, tan santo, tan benigno, tan piadoso, tan amoroso y tan bienhechor de los suyos; pídele que no te deje desconsolado con su ausencia, sino que te consuele y esfuerce, enviándote al Espíritu Santo, consolador, como les ofreció a sus apóstoles.
PUNTO IV. Considera aquellas últimas palabras con que se despidió de ellos: muchas cosas tengo que deciros; pero no podéis llevarlas ahora; cuando venga el Espíritu Santo, os las dirá todas. Mira la prudencia y benignidad del Salvador, que no quiso cargarlos de preceptos, sino atendiendo a su capacidad les dio los convenientes para aquel tiempo, reservando los demás para después, cuando hubiesen recibido la abundante gracia del Espíritu Santo, porque es su yugo suave, y leve la carga de su ley y proporcionada con las fuerzas de los hombres; no digas que es pesada, pues tan suavemente la mide con nuestra posibilidad; el mundo carga a sus amadores sin piedad ni medida de cargas intolerables con que los destruye, fatiga y rinde sus fuerzas y salud; pero Dios nos carga siempre menos de lo que podemos llevar, y pone el hombro para aliviarnos y suavizar nuestro trabajo. Dale muchas gracias por ello, y anímate a llevar el suave yugo de su ley, y enséñate a no cargar a tus prójimos de leyes y mandatos pesados desiguales a sus fuerzas.
Al terminar
Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Ofrecimiento diario de obras
Ven Espíritu Santo
inflama nuestros corazones
en las ansias redentoras del Corazón de Cristo
para que ofrezcamos de veras
nuestras personas y obras
en unión con Él
por la redención del mundo
Señor mío y Dios mío Jesucristo
Por el Corazón Inmaculado de María
me consagro a tu Corazón
y me ofrezco contigo al Padre
en tu Santo Sacrificio del altar
con mi oración y mi trabajo
sufrimientos y alegrías de hoy
en reparación de nuestros pecados
y para que venga a nosotros tu Reino.
Te pido en especial
Por el Papa y sus intenciones,
Por nuestro Obispo y sus intenciones,
Por nuestro Párroco y sus intenciones.