miércoles, 13 de mayo de 2026

De la Ascensión de Cristo nuestro Señor a los cielos.


 

Solemnidad de la Ascensión.

De la Ascensión de Cristo nuestro Señor a los cielos.

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

PARA

EL TIEMPO PASCUA

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

MEDITACION

Solemnidad de la Ascensión.

De la Ascensión de Cristo nuestro Señor a los cielos.

 

PUNTO PRIMERO. Considera las vivas ansias que tuvo siempre Cristo de subir a su Padre, como la piedra a su centro, y cómo se detuvo en el mundo por glorificarle en él, y convertir a los hombres y traerlos a su servicio; y últimamente creciendo los deseos con la dilación, se llegó el tiempo cuando los tenía mayores, y subió al cielo a gozar de la gloria que tenía merecida; de quien has de aprender a dilatar tus comodidades y dejar a tiempo tus consuelos, aunque sean espirituales, si con viene para el servicio de Dios y bien de los prójimos, y a esperar en la bondad del Altísimo, que pues te dio los deseos, te los cumplirá cuando fuere servido y convenga para tu bien, como cumplió los de Cristo; anímate con su ejemplo a amar a Dios y a desear su gloria; pon toda tu mente en lo eterno, confiando en su divina piedad que muy presto cumplirá tus deseos.

 

PUNTO II. Considera cómo apareció a los apóstoles y a todos sus discípulos, y los mandó ir al monte de las Olivas, que como dice san Buenaventura, distaba una milla de Jerusalén, y allí les volvió a aparecer, y se despidió de ellos con palabras ternísimas, empezando por su Santísima Madre, dándole tiernos abrazos, y luego a los demás discípulos, y a las santas mujeres que le habían acompañado y servido en el discurso de su vida, todos los cuales, como dice el Seráfico Doctor, se postraron a sus pies, y besaron sus llagas con sumo respeto y devoción, derramando muchas lágrimas de pura devoción; y estando así postrados, dice el evangelista san Lucas, que levantó las manos y les echó su bendición, como la suelen dar los padres a los hijos antes de partirse de este mundo. Hazte presente a este espectáculo, y entra con la consideración en el corazón del Salvador, y contempla cómo batallaban en él el amor de su Padre con el de sus discípulos: este le detenía en la tierra y aquel le movía al cielo; y últimamente dio un corte, y fue quedarse y partirse: quedarse con ellos sacramentado y partirse a su Padre, para prevenirles el cielo, conforme a lo cual dice san Gregorio, que en aquella hora comió con ellos y los comulgó como en la cena, para declararles que se quedaba en su compañía. Atiende otro sí al amor que los discípulos mostraron a su Maestro, y a la ternura y sentimiento de sus corazones, las ansias de acompañarle, y cómo Cristo los consolaba, prometiéndoles el Espíritu Santo dentro de breves días. Levanta el corazón al Señor y pídele que no te deje huérfano, sino que te eche su bendición como a discípulo suyo; gime, clama, ora, pide y suplica a tu Padre que te consuele en la partida como a hijo.

 

PUNTO III. Considera cómo luego se oyeron en aquel monte coros de ángeles, cantando dulcísimamente, y se sintió una fragancia celestial, y Cristo con toda aquella santa compañía de los santos padres subió triunfando poco apoco, más resplandeciente que el sol, clarificando los cielos y la tierra, a vista de la Beatísima Virgen y de toda la Iglesia, cuyos corazones se bañarían de gozo, viendo a su Redentor gloriosísimo subir con tal triunfo al cielo, abrasados de ansias y deseos de acompañarle en aquel camino; sus loores se juntarían con los canticos de los ángeles, y sus júbilos con los de los santos gloriosos que le acompañaban, y en medio del gozo se animarían con su vista a trabajar en el servicio de Dios y aumento de su Iglesia, viendo el premio que tiene preparado a los que le sirven fielmente: ven, alma mía, a este monte, hállate presente a este triunfo, y gózate de la gloria de tu Salvador con sus discípulos y dale mil loores con ellos; junta tus voces con las suyas y tus plegarias con sus peticiones: contempla el galardón que da Dios a los que dignamente le sirven, y anímate a servirle para que merezcas acompañarle en este triunfo.

 

PUNTO IV. Considera cómo encubrió una nube al Redentor cuando subió al cielo, quitándole de los ojos de sus discípulos, y cómo vinieron dos ángeles vestidos de blanco, y les dijeron cómo aquel Señor que subía al cielo volvería con la misma majestad a juzgar al mundo; en que tienes mucho que aprender. Lo primero, cómo Dios no gusta que nos demos a su contemplación sin medida, sino con la que pide la prudencia y el buen orden del espíritu; lo segundo, cómo gusta el Señor de que no olvidemos sus juicios y el rigor de su justicia en las mayores fiestas y regocijos, sino que siempre le tengamos presente, para que la misericordia y el premio nos causen amor, y la justicia y el castigo temor que nos refrene en los vicios: y no dicen cuando vendrá, porque no hay día seguro, ni quiere que le tengamos; coteja su vida con su venida, y mira lo que te importa para tu bien y salvación hacer ahora, para cuando venga después a juzgarte como juez y recto justiciero.

 

 

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.