miércoles, 29 de mayo de 2019

DE LO QUE HA DE PEDIRSE EN LA ORACIÓN. San Juan Bautista de la Salle


MEDITACIÓN PARA LA VIGILIA DE LA ASCENSIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO   
San Juan Bautista de la Salle 
De lo que ha de pedirse a Dios en la Oración 
En el evangelio que se lee este día y en lo restante del mismo capítulo, donde se incluye la oración que dirige a su Padre en favor de sus santos Apóstoles; nos da a entender Jesucristo las cosas que debemos pedir a Dios.
No impetra para ellos cosas humanas ni temporales, porque no había venido al mundo para procurárselas a los hombres, y porque, reconociendo que es su Eterno Padre quien le ha deparado sus Discípulos, que a El le pertenecen y que incluso es El quien los ha destinado a predicar el Evangelio y a trabajar en la salvación de las almas; no debe pedir por ellos a su Padre otras cosas sino las que puedan contribuir al fin para el que fueron por Él elegidos. Ésa es la razón de que Jesucristo implore del Padre Eterno, particularmente, tres cosas en su plegaria:
Primera, el alejamiento del pecado, con las siguientes palabras: Presérvalos del mal (1).
Lo mismo debéis solicitar, en primer término, también vosotros de Dios hasta conseguirlo: tal horror de cuanto se asemeje a la culpa, que os abstengáis, como quiere san Pablo, de cuanto tiene aun sombra y apariencia de mal (2). Y, como ése es un bien que no podéis alcanzar por vosotros mismos, importa mucho que solicitéis de continuo la ayuda de Dios para alcanzarlo.
Pedidle, pues, insistentemente que nada os torne desagradables a sus ojos, ya que estáis obligados a inspirar su amor en los corazones de aquellos que educáis.
¿Lo hacéis así? ¿Es eso lo que reclamáis de Dios en las plegarias que le dirigís?
Lo que, en segundo lugar, pide Jesucristo al Eterno Padre por los santos Apóstoles en esta oración, es que los santifique en la verdad (3); o sea, que no sólo los santifique con santidad exterior, semejante a la exigida en la antigua Ley; sino que purifique sus corazones y los santifique con la gracia y la comunicación de la santidad divina que se halla en Jesucristo, y de la cual han de hacerse ellos partícipes, para poder contribuir a la antificación de los otros.
Añade Jesucristo que " con ese fin se ofrece Él al Padre y quiere sacrificarse por la muerte que va a padecer en la cruz " (4).
Ya que fuisteis elegidos para procurar en vuestro estado la santificación de los alumnos, tenéis que ser santos vosotros con santidad no común; puesto que a vosotros corresponde comunicarles a ellos la santidad, tanto por el buen ejemplo, como por las palabras de salvación que debéis anunciarles todos los días.
La aplicación interna a la oración, la afición a los ejercicios piadosos, la fidelidad en dedicaros a ellos y en amoldaros a todas las prácticas de comunidad, os ayudarán particularmente a adquirir esa santidad y perfección, que desea ver Dios en vosotros.
Pedídsela todos los días con insistencia, y tomadlo tan a pechos, que no os canséis de impetrarla hasta que la hayáis conseguido.
Lo tercero que Jesucristo pide al Eterno Padre para sus santos Apóstoles, en su oración del evangelio de este día, es unión muy estrecha de ellos entre sí: unión tan íntima y estable, que desea Él " se asemeje a la que existe entre las tres divinas Personas " (5); no en todo, puesto que las tres tienen una sola esencia; mas sí por participación, y de tal manera, que la unión de espíritu y corazón que Jesucristo ansía entre los Apóstoles, produzca el mismo efecto que la unión esencial existente entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, a saber, que todos ellos tengan unos para con otros el mismo sentir y el mismo querer; las mismas aficiones las mismas máximas e idéntica conducta.
Eso recomienda san Pablo a los fieles en sus cartas (6). Eso es también lo que más descolló entre los santos Apóstoles y en los primeros discípulos de Jesucristo, según refiere san Lucas en los Hechos de los Apóstoles: Tenían todos, dice, un solo corazón y una sola alma (7)
Habiéndoos llamado Dios por su gracia a vivir en comunidad, no hay cosa que debáis pedirle con mayor insistencia que esa unión de corazón y de espíritu con vuestros Hermanos, porque sólo mediante tal unión conseguiréis la paz, en la que ha de consistir toda la felicidad de vuestra vida.
Instad, pues, al Dios de los corazones que del vuestro y del de vuestros Hermanos, forme uno solo en el de Jesús.