sábado, 8 de diciembre de 2018

LA INMACULADA CONCEPCIÓN. San Juan Bautista de la Salle



PARA LA FIESTA DE LA INMACULADA CONCEPCION DE LA SANTISIMA VIRGEN
8 de diciembre
San Juan Bautista de la Salle
Dios, que predestinó a María desde toda la eternidad para madre de su Hijo, la formó tal en su cuerpo y en su alma que fuese digna de llevarle en su seno.
A ese fin, la preservó de cuanto pudiera desagradar le, por pequeño que fuese. Y, como habría resultado indecoroso para la madre de Dios tener alguna parte en el pecado, la exceptuó Dios de la culpa original, por singular privilegio.
Es verdad que no podemos comprender como ello pudo realizarse; pero no es congruente que pongamos en duda la exención de pecado en la concepción de María, pues tal es el piadoso y común sentir de los fieles, visto con agrado por la Iglesia.
Honrad, pues, hoy a la Virgen Santísima como a la más pura de todas las criaturas, y la sola en la tierra que ha sido preservada del pecado original. Decidle con la universal Iglesia que es toda hermosa y que en su alma no hay lunar alguno de pecado, ni siquiera el que es común a todos los hombres (1).
Pedidle que en este santo día, por virtud de gracia tan singular como Dios le otorgó, os alcance de la de veros totalmente libres de la corrupción del siglo durante el tiempo de vuestra vida, y que de una vez desarraigue en vosotros toda costumbre pecaminosa, único obstáculo a las gracias particulares de Dios.
La Santísima Virgen, no solo fue preservada del pecado original en su concepción; sino que recibió también en aquel momento gracia tan abundante, que la preservara de todos los pecados actuales. Y esta gracia fue de tal modo eficaz en Ella que, nunca de hecho, cometió ni uno solo jamás; por eso dice san Agustín que, al hablar de pecado, debe exceptuarse siempre a la Santísima Virgen.
Al compararla los santos Padres con el Arca de la Alianza, hecha de madera incorruptible (2), nos quieren significar que, desde el primer instante de su ser, recibió la gracia de la inocencia y de la justicia original, la cual nunca perdió después, no obstante haber sido libre como nosotros para obrar el bien o el mal.
Reconozcamos que no se ha dado en la Virgen Santísima acción alguna que la hiciera menos digna de Dios, y que su alma estuvo siempre llena de Dios, que la iba disponiendo para poder albergar y formar dentro de Sí el cuerpo de todo un Dios.
Ya que tenéis la suerte de encerrar con frecuencia dentro de vosotros el Cuerpo del mismo Dios, tributadle con vuestras obras santas la veneración que le debéis, y proceded siempre de modo digno de El, para que se complazca en venir y morar en vosotros. Demostrad también con vuestra conducta que os estimáis felices de poseerle y que, no pudiendo tener de continuo en vosotros su sagrado Cuerpo, continuáis poseyendo sin cesar su Espíritu.
Para hacerla Dios toda hermosa desde el instante de su concepción, preservó también a la Virgen Santísima de la concupiscencia; esto es, de la inclinación al pecado, no consintiendo que se acercase a Ella nada de cuanto con éste se relaciona. Como Dios es la santidad por esencia, se guardó bien de unirse a una criatura que tuviera en sí la menor sombra de mancha.
Dad con María gracias a Dios, por las maravillas que en Ella ha obrado el Omnipotente (3) y, considerándola como la obra maestra de las manos de Dios, pedidla que os desapegue de cuanto pueda contribuir a haceros caer en la menor falta y, especialmente, en los pecados a que estuvisteis sujetos en el siglo.