jueves, 28 de agosto de 2014

LA IMITACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA EN SAN AGUSTÍN

La imagen de María ha impresionado siempre a los cristianos por su hermosura, su pureza virginal; por su fe, humildad y dulzura; por su entrega total a Dios, por su dignidad de Madre de Dios. Estas perfecciones y prerrogativas han mirado siempre innumerables cristianos con admiración, respeto y deseo de imitación. Por eso la historia de la espiritualidad cristiana lleva escrito en cada una de sus páginas el nombre de María o el de los que se han santificado en las escuelas de sus ejemplos y virtudes. 
De lo escrito aquí mismo puede colegirse que el mismo San Agustín admiró, exaltó e imitó a la Madre de Dios. La contemplación de María le ayudó a descubrir los semblantes de la Iglesia y del alma cristiana. Las dos imitan y son muy semejantes a María; y, cuanto más se asemejan a ella, son mejores y más perfectas. Ambas llevan impreso su sello o carácter mariano. Imitar a María comprende dos cosas: hacerse virgen y madre por la fe y la confesión de Cristo y la práctica de sus enseñanzas. 
Objeto, pues, de imitación son las dos prerrogativas: la virginidad y maternidad, con el fin de hacerse vírgenes de Cristo y madres de Cristo. Por la fe se recibe a Cristo, se le interioriza, se le hace verbo mental y cordial, objeto de contemplación y al mismo tiempo principio de las acciones más nobles. Por la fe, que es la virginidad de la mente, Cristo habita en nosotros y nos asemeja a María, porque decimos «Sí» a la revelación del Padre, que entrega su Hijo al mundo para que crean en él, lo amen y lo adoren. Y cuando el cristiano da a este mismo Hijo al mundo por la palabra, por los buenos ejemplos, por la confesión de la fe, entonces el cristiano se hace madre de Cristo. Tal es el sentido de los textos agustinianos que se han propuesto y el que éste tiene: «Aquella, pues, cuyos pasos seguís, ni para concebir tuvo concurso de varón ni para dar a luz dejó de permanecer virgen. Imitadla en cuanto os es posible... Lo que os admira en la carne de María, obradlo en lo íntimo de vuestras almas. Pues el que profesa una fe que justifica, concibe a Cristo; y el que confiesa con su boca para salvarse (Rom 10,10), da a luz a Cristo» 62. Concebir y dar a luz a Cristo con la fe y las obras: he aquí la buena imitación de María participada por los cristianos. Ser cristiano, pues, es imitar a María, e imitar a María es recibir a Cristo y darlo a los demás. Todo el cristianismo está en estas dos cosas; en lo que llama San Agustín fide concipere, operibus edere Christum 63. Así interpretó el pasaje del evangelio de San Marcos cuando, señalando a los apóstoles y discípulos, dijo: Estos son mi madre y mis hermanos, y todo el que hiciere la voluntad de mi Padre celestial es mi hermano, mi hermana y mi madre (/Mc/03/31-37). Y San Agustín comenta: «También es madre suya toda alma piadosa que hace la voluntad de su Padre» 64. CR/Esta maternidad espiritual tiene consecuencias misionales, como lo dice este pasaje: «La Iglesia espiritualmente da a luz a los miembros de Cristo, como la Virgen María según la carne. Procread, pues, vosotros en espíritu miembros de Cristo imitando a María, y seréis madres de Cristo. Os hicisteis hijos suyos; sed también madres. Al recibir el bautismo os hicisteis hijos, nacisteis como miembros de Cristo. Atraed al bautismo a cuantos podáis, para que así como os hicisteis hijos al nacer a la gracia, os hagáis madres de Cristo cooperando a su nacimiento espiritual por el bautismo» 65. 


He aquí uno de los rasgos más amables de la espiritualidad cristiana. Por todo lo dicho, ya se puede concluir con un autor: «La interioridad agustiniana, que tiene una importancia histórica mundial y de la cual se ha alimentado una vez aun todo un milenio, y, sobre todo, ha vivido la mística del Medievo, es mariológica» 66.
VICTORINO CAPANAGA, O.R.S.A. - AGUSTÍN DE HIPONA,
MAESTRO DE LA CONVERSIÓN CRISTIANA-BAC, MADRID 1974. Págs. 
72-1851