jueves, 5 de marzo de 2026

DE LA ORACIÓN DE CRISTO EN EL HUERTO

 


Viernes de la II semana de Cuaresma.

DE LA ORACIÓN DE CRISTO EN EL HUERTO

 

MEDITACIONES

SOBRE

LA PASIÓN

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

"Mírame, oh, bueno y dulcísimo Jesús:

en tu presencia me postro de rodillas,

y con el mayor fervor de mi alma te pido y suplico que imprimas en mi corazón, dulcísimo Jesús,

vivos sentimientos de fe, esperanza y caridad,

verdadero dolor de mis pecados

y propósito firmísimo de enmendarme;

mientras con gran afecto y dolor

considero y contemplo en mi alma tus cinco llagas,

teniendo ante mis ojos aquello

que ya el profeta David ponía en tus labios

acerca de ti:

'Me taladran las manos y los pies,

puedo contar todos mis huesos' (Sal 21, 17-18)".

 

Esta oración tiene indulgencia parcial siempre que se rece después de la comunión ante una imagen de Cristo Crucificado. En los mismos términos, los viernes de cuaresma, se puede lucrar indulgencia plenaria con las condiciones habituales de confesión, comunión y oración por el Papa.

 

Viernes de la II semana de Cuaresma.

DE LA ORACIÓN DE CRISTO EN EL HUERTO. (Math. 26).

 

PUNTO PRIMERO. Considera cómo Cristo retirado de sus discípulos en la espesura de aquellos árboles oró a su Eterno Padre con suma reverencia, así exterior como interior; porque como dice el Evangelista, cosió su rostro con la tierra, adorando y reverenciando la suma Majestad del Altísimo; y en lo interior con grande atención, respeto y reverencia, empezó su oración, resignándose todo en la voluntad de su Padre, y suplicándole que no se hiciese lo que él pedía, sino lo que fuese su gusto y voluntad. Padre, dice, si es posible, pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la vuestra. Mucho tienes aquí que contemplar y aprender a orar a Dios con toda reverencia de cuerpo y alma, y con toda humildad y resignación en la divina voluntad. Contempla lo que tu Redentor hace y dice, piensa, pide y recibe en este huerto, y toma y aprende tan alta lección en cosa que tanto te importa, como es saber orar a la Majestad de Dios.

PUNTO II. Considera cómo se levantó de la oración y vino a los discípulos, y los exhortó a orar y velar, para no caer en la tentación, y de los discípulos volvió a la oración segunda y tercera vez; en que debes aprender el cuidado que Cristo tiene de ti, y el que tú debes tener de los tuyos, y cómo has de encadenar la acción con la contemplación, ocupándote de tal suerte en lo uno, que no te impídalo otro, acudiendo de la oración al trabajo y negocios exteriores, y de estos volviendo sin destemplarte a la oración: pídele a Cristo esta gracia para ejecutar lo que te enseña.

PUNTO III. Considera la perseverancia de Cristo en la oración, porque no siendo oído la primera ni la segunda vez, volvió la tercera a repetir la misma oración, clamando con ansias de su corazón a su Eterno Padre. Aprende la lección que te da aquí de paciencia, esperanza, confianza y perseverancia, y no desmayes en tus peticiones, si no fueres luego oído; mas confía en el Señor y persevera a sus puertas, y verás buen logro de tu oración.

PUNTO IV. Entra con la consideración en lo interior del corazón de Cristo, y mira qué piensa, qué medita y por quién pide a su Padre, y hallarás, como dice san Buenaventura (1), que no pide por sí, sino por ti y por todos los mortales, a quien tenía presentes, y mirando sus pecados y los tuyos, que eran el cáliz amargo que había de beber, amargándole la perdición humana y el pecado que cometían en su muerte los que se la daban, que no se habían de aprovechar de ella, sino cegarse más y endurecerse en sus pecados, clamó al Padre, pidiéndole que se ordenase la salvación del mundo, de manera que no bebiese cáliz  tan amargo, pero que no se hiciese su voluntad sino la suya. Tus pecados, ¡oh alma mía! son los que le amargan, le congojan y le hacen sudar sangre y padecer agonía: ¡qué dolor debes tener por haberle dado tal amargura! ¡Oh Señor, quién no hubiera nacido, por no haberos ofendido! ¡Oh quién reventara antes que pecara! ¡Pésame sobre cuanto puedo decir, de haber cometido la menor cosa contra vos! ¡Oh mi Dios! orad por mí, que vuestra oración es toda mi confianza, y en ella espero alcanzar el perdón que merezco: pues oráis por vuestros enemigos, y yo soy el mayor de todos, no os olvidéis de mí.

(1) San Buenav. medit. 75.

 

Al finalizar

 

INVOCACIONES A JESÚS EN SU PASIÓN

San Buenaventura

 

Dulcísimo Jesús, Hijo de Dios vivo, Dios y Hombre verdadero, Redentor de mi alma: por el amor con que sufriste ser vendido de Judas, preso y atado por mi salvación: ¡Ten misericordia de mí!

Benignísimo Jesús mío: por el amor con que padeciste por mi alma tantos desprecios, irrisiones, negaciones y tormentos en la casa de Caifás: ¡Ten misericordia de mí!

Pacientísimo Jesús mío: por el amor con que por mi padeciste tantos falsos testimonios, afrentas injurias y acusaciones falsas en la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Mansísimo Jesús de mi alma: por los desprecios, escarnios y burlas de la casa de Herodes; por los azotes, corona de espinas y mofas sangrientas y condenación a muerte de la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Piadosísimo Jesús de mi alma: por todo lo que por mí padeciste en tu adorable Pasión, desde la casa de Pilatos hasta el monte Calvario, donde toleraste por mi amor el ser crucificado para que yo me salvase: ¡Ten misericordia de mí, ten misericordia de mí, ten misericordia de mí! Amén.

 

También puede terminarse recitando el viacrucis