sábado, 31 de octubre de 2026

La fiesta de todos los santos. — 1 de noviembre

 


La fiesta de todos los santos. — 1 de noviembre

 

Entre todas las fiestas que la Iglesia ha instituido en reverencia de los santos que están en los cielos, la más solemne es la que celebra en este día en honra de todos, porque en ella a todos los abraza, a todos se encomienda y llama en su favor. Instituyóla en Roma Bonifacio IV en honor de la Virgen santísima y de todos los santos mártires, consagrándoles, en el año 607, el templo llamado Panteón, en el cual habían sido adorados todos los falsos dioses de la gentilidad. Más tarde Gregorio IV ordenó que aquella fiesta se hiciese en honra de todos los santos del cielo y mandó que se celebrase en toda la cristiandad señalando para ello este día primero de noviembre. Tres fueron las razones principales de esta institución: reparar lo que la fragilidad humana hubiese faltado por ignorancia o descuido en las fiestas particulares de los santos, alcanzar por la poderosa intercesión de todos los santos juntos las gracias que hemos menester y animarnos a la imitación de sus virtudes con la esperanza de alcanzar el premio de la eterna gloria que ellos alcanzaron. «Consideremos, nos dice san Cipriano, y pensemos con frecuencia que hemos renunciado al mundo y que vivimos en la tierra como huéspedes y peregrinos. Suspiremos por aquel día en que a cada uno se nos ha de señalar morada en aquella verdadera patria y en que, sacados de este destierro y libres de los lazos del siglo, hemos de entrar en el reino celestial. ¿Quién hay que, viviendo lejos de su patria no arda en deseos de tornar a ella? ¿Quién hay que, navegando de vuelta a su hogar y familia, no desee viento favorable para poder abrazar a las prendas de su corazón? Nuestra patria es el paraíso, son nuestros parientes los santos patriarca, ¿por qué no nos damos prisa y corremos para ver nuestra patria y saludar a los parientes? Allí nos espera un gran número de amigos, allí nos echa de menos una gran muchedumbre de parientes, hermanos e hijos, seguros ya todos de su gloria inmortal pero solícitos de nuestra salvación. ¡Qué alegría ha de ser para ellos y para nosotros el vernos y abrazarnos! ¡Qué deleite el de aquellos reinos celestiales donde sin el temor de la muerte se posee una eternidad de vida! ¡Oh felicidad suprema y que nunca se ha de acabar! Allí está el glorioso coro de los apóstoles, allí la alegre compañía de los profetas, allí el innumerable ejército de los santos mártires coronados por la victoria que alcanzaron de los tiranos y verdugos, allí las purísimas vírgenes, que con la virtud de su continencia, triunfaron de las malas inclinaciones de su cuerpo, allí los misericordiosos  que, socorriendo largamente las necesidades de los pobres, cumplieron con toda justicia y observando los preceptos del Señor, colocaron en el tesoro del cielo los patrimonios de la tierra. Apresurémonos con vivas ansias a llegar a donde ellos están, deseemos hallarnos presto con ellos para que podamos reinar presto con Cristo.» (Son. Cipriano, lib. de mortalit).

 

Reflexión: Dice muy bien san Gregorio: «Al oír las cosas de aquella gloria nuestra alma suspira por ellas y ya desea encontrarse donde espera gozar sin fin. Pero los grandes premios no se alcanzan sin grandes trabajos, y así dice san Pablo, que no será coronado sino aquel que legítimamente peleare. Deleítese en hora buena el ánimo con la grandeza de los premios, pero no desmaye en los trabajos de la campaña.

 

Oración: Todopoderoso y sempiterno Dios, que nos concedes la gracia de celebrar en una solemnidad los méritos de todos los santos, rogámoste que, atendiendo a tan grande muchedumbre de intercesores, derrames sobre nosotros la abundancia deseada de tus misericordias. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


 

viernes, 30 de octubre de 2026

DE LA TERCERA BIENAVENTURANZA: «BIENAVENTURADOS LOS QUE LLORAN, PORQUE SERÁN CONSOLADOS». MEDITACIONES DIARIAS DE LOS MISTERIOS DE NUESTRA SANTA FE

 


Sábado de la XXII semana después de Pentecostés

DE LA TERCERA BIENAVENTURANZA: «BIENAVENTURADOS LOS QUE LLORAN, PORQUE SERÁN CONSOLADOS».

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA DE CRISTO,

NUESTRO SEÑOR

PARA

EL TIEMPO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 

 

ORACIONES PARA COMENZAR

Y TERMINAR TODOS LOS DÍAS

EL EJERCICIO DE LA MEDITACIÓN

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Sábado de la XXII semana después de Pentecostés

DE LA TERCERA BIENAVENTURANZA: «BIENAVENTURADOS LOS QUE LLORAN, PORQUE SERÁN CONSOLADOS».

 

PUNTO PRIMERO. Pondera lo primero que en estas palabras condenó Cristo las risas, los deleites, los festines y entretenimientos del mundo, a los cuales no está vinculada la vida eterna que Dios promete a los que lloran, sino la muerte eterna, según aquello del santo Job (1): «Pasan sus días con alegría y bajan en un punto al infierno».

Y lo que dice Cristo (2): «¡Ay de vosotros que reís ahora, porque lloraréis y gemiréis después!»

Porque, así como al día se sigue la noche y a la noche el día, de la misma manera a las delicias de este mundo se sigue la triste noche en el otro, y a la penitencia y lágrimas la luz alegre de perpetua alegría.

Pondera, pues, cuánta es la ceguedad de los mortales, que por gozar aquí de un soplo de alegría soñada pierden la verdadera y eterna que promete Dios para siempre a los que aquí lloran y se afligen con penitencia; y la prudencia de los buenos, que, dando de mano a los deleites sensuales en esta miserable vida, granjean en la otra los eternos.

¡Oh felices los que aquí lloran, porque serán consolados eternamente; e infelices los que aquí ríen, porque gemirán sin consuelo y llorarán sin fin en el infierno para siempre!

Piensa, medita y considera cuán gran yerro es el de los malos, y cuánto acierto el de los buenos; y resuélvete a seguir a estos y no a aquellos, porque merezcas ser consolado eternamente.

 

PUNTO II. Considera el valor de las lágrimas, que, puestas en balanza, pesan tanto como el cielo, pues vinculó Dios a ellas la bienaventuranza, diciendo: «Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados»; adonde has de ponderar, con san Agustín y san Crisóstomo, que todo su valor tienen en la penitencia.

Porque el llanto nacido de verdadera contrición anega y borra los pecados, y alcanza el perdón y la gracia del Señor, que es la semilla de la bienaventuranza; y derramadas por los bienes temporales, son perdidas y no aprovechan nada.

Pondera esta verdad, y no derrames perlas de tan subido valor por tan bajo precio; mas estímalas como merecen, y pide a nuestro Señor que te dé este don de lágrimas y la verdadera contrición de tus pecados, para que merezcas el perdón y con él su divina gracia.

 

PUNTO III. Considera las causas que hay de llorar: los muchos pecados que se cometen en el mundo; las infidelidades, las herejías, las sectas falsas contra la verdadera religión; las guerras entre los cristianos; los pecados entre los fieles, que habían de servir más a Dios; el descuido de los pastores y predicadores en despertar al mundo y mirar por el rebaño del Señor; la infinidad de almas que se condenan por esta causa; el infierno poblado y el cielo desierto.

Llora y gime en el acatamiento de Dios, y pídele con instancia y perseverancia que ponga fin a tantos males, y envíe ministros que miren por el bien de la Iglesia y la salud de las almas; y por la tuya en primer lugar, que es tu primera obligación.

 

PUNTO IV. Considera qué consuelo es el que promete aquí el Redentor a los que lloran; porque, en primer lugar, los consolará con el perdón de los pecados, como consoló a santa María Magdalena, que es la primera consolación; y, en segundo lugar, con la esperanza de la vida eterna y de alcanzar lo que piden, como consoló al santo Simeón, que lloraba por la salud de Israel.

En tercer lugar los consolará, dándoles por las lágrimas una interior alegría y un gozo inefable con que alivie su tristeza y consuele su aflicción.

Y, últimamente, serán consolados, como dice san Agustín, en la gloria, trocando Dios su llanto en alegría, y sus lágrimas en perpetuas aleluyas y cánticos celestiales.

Allí, dice san Juan, limpiará Dios las lágrimas de los ojos de los bienaventurados (1), y no se oirá más llanto, ni gemido, ni clamor, porque todo será un gozo continuado, y una alegría y gloria perpetua sin alguna intermisión.

Contempla la grandeza de su premio, y cuánto se gozan hoy los que le han alcanzado; y esfuérzate a merecerle con la gracia del Señor.

Pídele que te la dé para llorar tus pecados y los de todos los hombres, y esperar de su mano la consolación celestial.

(1) Apoc. 21.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.