domingo, 3 de febrero de 2019

EN MEDIO DE LA TEMPESTAD, OBEDECER. San Juan Baustista de la Salle



De la fidelidad a la obediencia, no obstante las más violentas tentaciones
PARA EL DOMINGO CUARTO DESPUÉS DE REYES
San Juan Bautista de la Salle

Mientras dormía Jesús dentro de una barca, surgió tan recia tormenta en el mar, que las olas cubrían la embarcación. Avisado de ello Jesús por sus discípulos, se incorporó, mandó a los vientos y al mar que se apaciguaran, y siguióse gran bonanza. Esto admiró tanto a los que allí se hallaban, que se decían: ¿Quién es este hombre a quien los vientos y el mar obedecen? (1).
Vivir en comunidad observante es hallarse en la barca con Jesús y sus discípulos; pues quienes moran en ella al dejar el siglo para ir en pos de Jesús, se han sujetado a su gobierno y cuentan en el número de sus seguidores. Allí viven a cubierto de las olas que se levantan en el mar tempestuoso del mundo; esto es, de muchas ocasiones que hay en él para ofender a Dios.
Con todo, no por eso se ven libres de penas y tentaciones. Entre éstas, las más peligrosas y más dañinas son las que inducen a no obedecer o a no hacerlo de modo conveniente; pues, como no debió venirse a la comunidad sino para obedecer, tan pronto como alguno se aparta de la obediencia, se ve destituido de las gracias que le son indispensables para perseverar en su estado. Por eso resulta de importancia que, quienes viven en comunidad tengan a mano medios eficaces para ponerse a cubierto de tan funestas tentaciones.
Y estando vosotros expuestos a ellas todos los días, os es muy conveniente contar con remedios que os saquen a salvo de sus malas consecuencias. En ello habéis de poner toda la aplicación y esmero; ya que, de ahí pende, por lo común, la fidelidad a vuestra vocación.
En consecuencia, lo que debéis pedir a Dios con más instancias es que os enseñe a obedecer y a obedecer bien, no obstante los estorbos y dificultades que el demonio suscitará en vosotros con el fin de inspiraros repugnancia hacia ello.
Las tentaciones y dificultades más peligrosas y ordinarias contra la obediencia se relacionan con el que manda o con sus mandatos.
Las relativas al que manda proceden de que se le considera como puro hombre, aun cuando sea para nosotros lugarteniente de Dios, única condición que debiera entonces tenerse en cuenta; ya que, según san Pablo, no hay poder alguno que no venga de Dios (2), máxime cuando se trata de disponer, mandar o prohibir algo concerniente a la salvación.
Sin duda, para inculcárselo así a los hombres y evitar que lo echen en olvido, cuando Dios formula en el Antiguo Testamento alguna orden, casi siempre añade seguidamente: Yo soy el Señor, o bien, Yo soy el Señor Dios vuestro (3).
Y pues no es lícito eximirse de obedecer a Dios, tampoco se puede en las comunidades negar al superior la obediencia, sin hacerse culpable de desobediencia a Dios
De donde se sigue que cualquiera dificultad que surja contra cualquier superior, ha de ceñirse siempre ésta a su persona, y nunca a su condición de superior; pues al acatar sus órdenes, no se le obedece a él personalmente, sino a Dios en él.
No aleguéis, pues, vuestras desavenencias con los superiores para excusaros de obedecerles, porque las haríais recaer sobre Dios mismo.
La segunda clase de tentaciones contra la obediencia debida a los superiores, y la más ordinaria, es que parezca a veces imposible ejecutar lo mandado ya por resultar en sí muy difícil, ya por inspirarnos repugnancia excesiva.
Pero ninguno de esos dos motivos puede excusar de obedecer, si se considera que lo mandado, y lo que obedeciendo se ejecuta, es voluntad de Dios.
Conoce Dios lo que podéis hacer, y no puede ordenaros cosas superiores a vuestras fuerzas. Si son difíciles en sí mismas, a El le toca facilitaros su ejecución, ya que, según san Pablo: a Dios corresponde concederos, no sólo el querer practicar lo bueno, sino, además, la gracia de ejecutarlo (4). Y cuando la voluntad está prevenida y sostenida por la gracia de Dios para el bien, no halla cosa difícil de realizar, ya que Dios allana todo obstáculo que pueda sobrevenir.
Así se ha hecho patente en aquellos súbditos que se arrojaron al fuego sin experimentar daño alguno, o ejecutaron otras cosas tan difíciles como ésa, al primer mandato de sus superiores. ¿Acaso no realizó por obediencia Jesucristo algo tan difícil para Él como morir en cruz por los pecados de todos los hombres?
Las repugnancias que inspira lo mandado deben superarse del mismo modo que las dificultades surgidas para su ejecución; pues limitarse a obedecer en aquello a que se siente uno inclinado, es hacer la propia voluntad, no la de Dios. Ahora bien, de esto tiene uno que estar persuadido: de que cumple la voluntad de Dios al obedecer. Así nos lo enseña san Pablo, el cual, dirigiéndose a quienes viven sujetos a obediencia, les dice: Haced de buena gana todo cuanto ejecutéis, como quien obedece, no a los hombres, sino a Dios (5). Casiano dice también que ha de cumplirse lo prescrito por los superiores como si fueran mandamientos que Dios intima desde lo alto del Cielo; los cuales, así entendidos, nadie dejaría, ciertamente, de cumplir con fidelidad.

EVANGELIO DEL DOMINGO: «¡SEÑOR, SÁLVANOS, QUE PERECEMOS!».


IV DOMINGO DESPUES DE EPIFANIA
Forma Extraordinaria del Rito Romano
En aquel tiempo, subió Jesús a la barca, y sus discípulos lo siguieron. En esto se produjo una tempestad tan fuerte, que la barca desaparecía entre las olas; él dormía.  Se acercaron y lo despertaron gritándole: «¡Señor, sálvanos, que perecemos!». Él les dice: «¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?». Se puso en pie, increpó a los vientos y al mar y vino una gran calma. Los hombres se decían asombrados: «¿Quién es este, que hasta el viento y el mar lo obedecen?».
Mt 8, 23-27
COMENTARIOS AL EVANGELIO
PELIGROS PARA LA SALVACION. San Alfonso Maria de Ligorio
BENEDICTO XVI  EL SEÑOR SIEMPRE ESTÁ CERCA

sábado, 2 de febrero de 2019

EL ROSARIO DE HOY EN REPARACIÓN AL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA EN EL PRIMER SÁBADO DE MES CON SANTA JUANA DE LESTONNAC


Santo Rosario.
Por la señal... 
Monición inicial: Hoy, primer sábado de mes, ofrecemos este rosario en reparación al Corazón Inmaculado de María respondiendo así a su llamamiento en la ciudad de Pontevedra por medio de Sor Lucía, vidente de Fátima: "Mira, hija mía, mi Corazón cercado de espinas que los hombres ingratos me clavan sin cesar con blasfemias e ingratitudes. Tú, al menos, procura consolarme y di que a todos los que, durante cinco meses, en el primer sábado, se confiesen, reciban la Sagrada Comunión, recen el Rosario y me hagan compañía durante 15 minutos meditando en los misterios del rosario con el fin de desagraviarme les prometo asistir en la hora de la muerte con las gracias necesarias para su salvación."
El 2 de febrero de 1640 volaba al cielo santa Juana de Lestonnac, la cual, siendo niña, rechazó la invitación y los esfuerzos de su madre para apartarla de la Iglesia católica y, al quedar viuda y después de educar convenientemente a sus cinco hijos, fundó la Sociedad de las Hijas de Nuestra Señora, a imitación de la Compañía de Jesús, para la educación cristiana de las muchachas. Con alguno de sus pensamientos, meditamos el rosario de hoy.
Señor mío Jesucristo... 
MISTERIOS GOZOSOS
1.- La encarnación del Hijo de Dios en las entrañas purísimas de la Virgen María.
“A todo estoy dispuesta por salvar a los que se pierden y daría con gusto mi vida por la salvación de una sola persona.”
OFREZCAMOS este misterio en reparación por las blasfemias y ultrajes que se comenten contra la Inmaculada Concepción de María.
2.-La Visitación de Nuestra Señora a su prima santa Isabel.
“El mejor medio para atraer sobre sí las bendiciones celestiales es el ejercicio de la caridad con el prójimo.”
OFREZCAMOS este misterio en reparación por las blasfemias y ultrajes que se comenten con la Virginidad perpetua de la Nuestra Señora.
3.-El nacimiento del Niño Dios en el portal de Belén
“Acuérdense de que son hijos de la Santísima Virgen, parte de un Cuerpo que lleva su nombre, y háganse dignos de un título tan glorioso.”
OFREZCAMOS este misterio en reparación por las blasfemias y ultrajes que se comenten contra la maternidad divina de María, rechazando al mismo tiempo recibirla como madre de los hombres.
4.-La purificación de Nuestra Señora y presentación del Niño Jesús en el templo
"Llenémonos de las luces  de la divina sabiduría, para enseñar a los otros las verdades de la fe y los medios de salvación, nunca se hace demasiado por Dios."
OFREZCAMOS este misterio en reparación por aquellos que infunden en los niños y en los jóvenes el desprecio hacia la Virgen Inmaculada.
5.- El niño Jesús perdido y hallado en el templo
“Busquen la unión para que puedan mejor y más eficazmente ocuparse en el servicio de Dios.”
OFREZCAMOS este misterio en reparación por las profanaciones e ultrajes que se comenten contra las sagradas imágenes y representaciones de la Virgen María.

*** PARA RECIBIR LA PROMESA DE LOS CINCOS PRIMEROS SÁBADOS ES NECESARIO, DURANTE CINCO SÁBADOS SEGUIDOS: 1) Rezar el rosario y meditar en sus misterios y 2) Confesar y comulgar con esta intención.

CUANTO MÁS GENEROSAMENTE OS DEIS A DIOS, TANTO MÁS OS COLMARÁ DE SUS BIENES. San Juan Bautista de la Salle

 
PARA EL DÍA DE LA PURIFICACION DE LA SANTISIMA VIRGEN
(2 de febrero)
La Virgen María, pasado el tiempo que ordenaba la Ley, se dirigió al Templo a fin de purificarse. Quiso someterse a tal prescripción, y no eximirse de ella, aun cuando no le obligaba por ser Madre del Hijo de Dios y por haberle concebido y dado a luz sin detrimento de su virginidad.
Admirad la humildad de María en este misterio: se presenta en lo exterior como una de tantas, entre las otras mujeres, Ella que, por sus dos condiciones de virgen y de madre, estaba tan por encima de las demás.
Aprended de María a no querer distinguiros en nada de los otros, y a no pedir ni desear exención alguna en la práctica de las Reglas. En la medida de vuestra fidelidad y exactitud en observarlas, os colmará Dios de sus dones y os hará felices en vuestro estado.
Al mismo tiempo que se purificaba, la Santísima Virgen ofreció a Dios su Hijo, por ser primogénito, y a fin de conformarse a la Ley en toda su perfección.
Mas, el Padre Eterno, deseoso de que este Hijo suyo querido se inmolara a su tiempo en la cruz para satisfacer por nuestros pecados; lo devolvió durante algún tiempo a la potestad de su santa Madre, después que Ella lo rescató, según prescribía la Ley.
Así, la ofrenda que el Hijo de Dios hizo de Sí mismo al Padre era por entonces únicamente interior; aunque fuese exterior por parte de la Virgen Santísima. Jesús se reservaba el ofrecerse exteriormente y a vista de todos, en el árbol de la cruz.
Vosotros os ofrecisteis a Dios cuando dejasteis el mundo; ¿no os quedasteis entonces con algo de vosotros mismos? ¿Os habéis entregado ya del todo a Él? ¿No habéis revocado la ofrenda que entonces hicisteis a Dios?
Ni podéis contentaros con haberos ofrecido a Dios una sola vez: sino que debéis renovar cada día esa ofrenda, y consagrarle todas vuestras obras, haciéndolas única mente por Él.
En pago del ofrecimiento que se hizo de Jesús en este misterio, del que efectuó Él mismo de Sí, y de la humildad que en él demostró la Santísima Virgen; inspiró Dios al santo viejo Simeón que, por un lado, publicara a voces las grandezas de Jesús, diciendo de Él que había venido para ser luz que alumbrase a los gentiles, y la gloria del pueblo de Israel (1); y, por otro, que deseara toda clase de bendiciones a su santa Madre.
¡Ah! ¡Qué ventura supone el darse a Dios! Desde esta vida, recompensa Él y colma de dulcísimos consuelos sensibles al alma que se le consagra. Y hace que sean estimados y honrados de los hombres quienes se complacen en la humillación.
Cuanto más generosamente os deis a Dios, tanto más os colmará Él de sus bienes; cuanto más despreciados seáis ante los hombres, tanto más grandes seréis delante de Dios.

lunes, 28 de enero de 2019

"ME ENCANTA MI HEREDAD". Homilía en la fiesta de santa Paula Romana



Homilía en la fiesta de Santa Paula Romana
Sábado 26 de enero de 2019
Convento de MM Jerónimas de Toledo
“El Señor es el lote de mi heredad y mi copa.”
Estas palabras del salmo 15, que hemos cantado, expresan el convencimiento del salmista que ha hallado en Dios la fuente de su alegría, felicidad y salvación.
Este salmo que la liturgia de santa Paula nos propone es la expresión orante del alma que convencida de la vaciedad y caducidad de los bienes de este mundo, sabe que sólo Dios permanece y que sólo en él puede encontrar su felicidad.  El salmista los expresa así: “Los dioses y señores de la tierra no me satisfacen.”
 “Sólo Dios basta” dice Santa Teresa en su poesía y añade el Papa Benedicto XVI: “Sólo él sacia el hambre profunda del hombre. Quien ha encontrado a Dios, lo ha encontrado todo. Las cosas finitas pueden dar la apariencia de satisfacción o de alegría, pero sólo lo Infinito puede llenar el corazón del hombre.”
Porque, queridos hermanos, ¿quién puede llenar nuestro corazón si no aquel mismo que lo ha creado?
¡No pensemos que la idolatría es cosa del pasado! El hombre no puede vivir sin Dios, y cuando se olvida, rechaza o desconoce al Dios verdadero, se fabrica sus propios dioses e ídolos. El hombre moderno, que se jacta de no creer en Dios, se ha fabricado nuevos dioses, que son ya viejos: dinero, sensualidad, fama… pero nada de eso le da la felicidad.
El salmista ha llegado a esa experiencia: “Solo Dios basta”; -como lo han hecho tantas almas santas, como santa Paula- y  por ello detesta y rechaza a los ídolos de este mundo y también a aquellos que se van tras ellos. Y por eso su corazón exulta y rebosa y exclama: “El Señor es el lote de mi heredad y mi copa; mi suerte está en tu mano: me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad.”
¿Diríamos nosotros lo mismo? ¿Exultaríamos nosotros exclamando: El Señor es lote de mi heredad y mi copa?
¡Cuántas veces, a pesar de saberlo y ser conscientes de que “Solo Dios basta”, andamos ansiosos tras las felicidades falsas, caducas y pasajeras!
¡Cuántas veces ponemos nuestra felicidad -buscamos nuestra felicidad- en los bienes de este mundo, en la fama y la gloria mundana, en el placer y la sensualidad!
¡Tantas veces experimentamos lo que san Pablo dice en la carta a los romanos: “Según el hombre interior, me complazco en la ley de Dios; pero siento otra ley en mis miembros, que va luchando contra la ley de mi razón y me va encadenando a la ley del pecado que está en mis miembros.
¡Desdichado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? ¡Gracias a Dios, por Jesucristo, Señor nuestro, me veré libre!”

El Señor es el lote de mi heredad y mi copa.
Los santos son los hombres y mujeres verdaderamente libres. Libres no solo de la esclavitud del pecado que encadena y destruye; sino libres de todo apego desordenado a las realidades creadas, a los bienes materiales o espirituales. Libres para la tarea del amor pues nada de este mundo les ata e impide amar a Dios sobre todas las cosas.
El salmista siente esa libertad: Solo Dios basta, solo Dios es su lote y su heredad y nada quiere saber ya de los dioses y señores de este mundo.
Santa Paula, a quien tenéis como madre de vuestra vida monástica, llegó también a esta experiencia de fe.
Nacida de familia noble y acomodada, bautizada en la fe cristiana es criada y educada entre las comodidades de su tiempo y de su clase social. Contrae matrimonio y es madre de 5 hijos. Ante todos sus conocidos es ejemplar en su vida cotidiana. Pero, sin percibirlo como malo, vive apegada a lo mundano. Enviuda con tan solo 33 años, y es a partir de aquí, de esta experiencia dolorosa, cuando la vida de Paula cambiará radicalmente.
El trato y amistad con santa Marcela, viuda romana que asombraba a todos los habitantes de Roma por el rigor de sus penitencias, hizo que santa Paula se decidiese a llevar una vida dedicada sólo a Dios.
Hay algo maravilloso siempre en la vida de los santos. Y son esos encuentros providentes entre ellos, que los impulsan hacia la entrega verdadera al amor.  ¡Los santos realizan la mejor evangelización que es la de la propia santidad que irradian y comunican a los otros! Una razón más para que recordemos la obligación de ser santos, porque nuestro mundo de hoy lo necesita. ¡Sí, tenemos un deber de ser santos! No solo por nosotros  sino para que muchos otros lo sean.  
Paula se hace todo un programa de vida: come sencillamente, duerme sobre saco, renuncia a las diversiones y a la vida social, reparte sus bienes entre los pobres y se aparta de todo aquello que pueda distraerla de Dios.
Y nuevamente otro encuentro providencial: conoce a San Jerónimo en Roma, al hospedar a san Epifanio de Salamis y a San Paulino de Antioquía. Paula queda prendada ante el ejemplo de su vida y la profundidad de su enseñanza.
Pero Dios le pedía más, le llamaba a una vocación más alta y ella así lo sabía.
Paula aprovecha la cercanía de san Jerónimo, asiste a sus enseñanzas, se deja guiar por este pastor de almas.
Pero el ambiente y la vida en Roma se hace cada vez más insoportable. 
San Jerónimo sufre el ataque de los envidiosos y la calumnia. Decide abandonar la ciudad y retirarse a Palestina para llevar una vida de penitencia, oración y estudio.
Paula siente la llamada de seguirle, y como un nuevo Abraham, abandona su casa, su parentela y se va hacia la Tierra Santa acompañada de su hija santa Eustoquio y otras mujeres piadosas.
Allí, en Belén, donde el Dios Omnipotente se hizo pequeño, Paula –la pequeña- comienza a imitar a su Dios.  Establece un monasterio llevando una vida reglada de servicio a Dios. Paula la gran dama de la ciudad de Roma se ha escondido a los ojos del mundo, para servir sólo a Dios.
Después de haber renunciado a la pomposidad del mundo, después de haber pasado por el trance doloroso de la muerte de su esposo y de alguna de sus hijas, después de vender su bienes, y abandonar su patria sin saber muy bien como saldrá aquella locura –vista así  por los hombres sin fe- puede exclamar desde los más profundo: El Señor el lote de mi heredad y mi copa. Me ha tocado un lote hermoso me encanta mi heredad.
Con san Pablo –como hemos escuchado en la segunda lectura- ella misma puede decir: “Todo lo que para mí era ganancia lo consideré pérdida comparado con Cristo; más aún, todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en él. No es que ya haya conseguido el premio, o que ya esté en la meta: yo sigo corriendo a ver si lo obtengo, pues Cristo Jesús lo obtuvo para mí.”

El Señor es el lote de mi heredad y mi copa.
Queridos hermanos: ¿Deseamos nosotros que estas palabras sean pronunciadas en verdad desde lo más íntimo de nosotros mismos? ¿Queremos que el Señor sea nuestro lote y nuestra copa?
En la primera lectura tenemos  una enseñanza importante si queremos llegar a esta experiencia de fe. Narra la vocación de Abrán. Ante la llamada de Dios, una llamada que implica una renuncia –sal de tu tierra y de la casa de tu padre- pero que conlleva una bendición incomparable –haré de ti un gran pueblo y te bendeciré-, Abrán obedece a la palabra de Dios.
Todo somos llamados:
Primero llamados a la vida
Segundo llamados a la fe,
Tercero llamados a vivir nuestra fe en una vocación concreta en el matrimonio o la vida consagrada.
Cuarta y última: llamados a la vida eterna.
Entre estas llamadas, hay muchas otras que Dios nos hace cada día… a través de la voz de su Iglesia y sus pastores, a través de su Palabra, a través de las mociones que el Espíritu Santo hace en cada alma… y ante cada una de estas llamadas, la respuesta ha de ser la obediencia a Dios, que se expresa en su Palabra, en sus mandamientos, y para vosotras queridas madres jerónimas en vuestras reglas y constituciones.
Palabra de Dios que se hace actual y viva por la acción del mismo Espíritu Santo que la inspiró.
Palabra de Dios dirigida a nosotros cuando se la acoge en la oración y es escuchada en la fe de la Iglesia. 
Palabra de Dios ante la cual no podemos  cerrar el oído. “Si hoy escucháis su voz, no endurezcáis el corazón.” –nos hace repetir la Iglesia cada día en el oficio divino.
Palabra de Dios que se hizo carne para hacerse pan en la Eucaristía y ser nuestro alimento y estar y morar a nuestro lado.
Aquel que es la Palabra del Padre, lejos de resonar a distancia, está aquí en nuestros sagrarios, vendrá aquí a nuestros altares.
Santa Paula como todos los otros santos, como se nos ponía de manifiesto ayer en la conversión de san Pablo, llega a la santidad porque se encuentra con Jesucristo vivo: él es tesoro escondido por el cual se vende todo, Jesucristo es la perla preciosa por la que vale la pena perderlo todo, incluso la propia vida como testifican con su sangre los mártires. 
Permitidme repetir esa cita del Papa Benedicto XVI en su primera encíclica Deus Caritas est: “No se comienza a ser cristiano –y por tanto no  comenzamos a ser santos- por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona y este es Jesucristo. Él da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.”
El encuentro con Cristo y el trato auténtico con él no puede dejarnos indiferentes. Si escuchamos su palabra, si los recibimos en los sacramentos –particularmente en la Eucaristía y la Penitencia-, si tratamos con él en la oración… nuestra vida no puede ser igual a la de los que no creen, a la de los que no le conocen. Nuestra vida y con ella todos sus aspectos se orienta a Jesucristo, se ilumina en Jesucristo, se ve transformada y modelada por Jesucristo.

El Señor es el lote de mi heredad y mi copa.
Queridos todos:
Quiero en esta tarde decir con todos vosotros: “el Señor es el lote de mi heredad y mi copa: Me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad.”
Quiero decirlo agradeciendo el testimonio de los santos, de Santa Paula, su entrega, su valentía, su generosidad, su amor.
Quiero decir “el Señor es mi lote y mi heredad” agradeciendo el don de la vida, regalo del amor de Dios y con ella todo lo que Dios nos ha dado, muy especialmente nuestras familias y amigos, tantísimos bienes espirituales y materiales.
Quiero decir “me encanta mi heredad” agradeciendo el don de la fe: que nos abre el entendimiento a lo que ni hubiésemos podido sospechar, agradeciendo el don de la caridad que nos diviniza, agradeciendo el don de la esperanza que nos hace capaces de vivir confiados con nuestra mirada puesta en el cielo.
Queridas Madres Jerónimas de este monasterio de san Pablo de Toledo, queridos hermanos sacerdotes presentes, queridos fieles: quiero decir “Me ha tocado un lote hermoso” agradeciendo a Dios el don de mi vocación y el don de vuestra vocación y entrega: un signo del amor de Dios que elige a lo que no cuenta y lo que no sirve para que su Omnipotencia y su gloria resplandezca más grandemente descabalgando a los soberbios y sabios de este mundo. Todos nosotros podemos hacer nuestras las palabras de la Virgen Santísima: “El Señor ha hecho en mí maravillas.”
Quiero decir “me encanta, me encanta mi heredad” agradeciendo a Dios, el habernos hechos sus hijos adoptivos y concedernos por herencia el cielo.
¡Sí! Es verdad. “Me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad.”
Pido en esta tarde por intercesión de santa Paula que nos sea concedida la docilidad a la palabra de Dios, la virtud de la pronta y exacta obediencia, la perseverancia en el bien, la fuerza para huir de las ocasiones de pecar y ofender a nuestro Señor y sobre todo que se renueve en nosotros la virtud del amor a Jesucristo.
Así, como el salmista podremos decir:
“Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré.
Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa serena.
Porque no me entregarás a la muerte,
ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.
Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha.
Amén.”