jueves, 28 de enero de 2021

La Mortificación, Signo Del Espíritu de Jesús (86) HORA SANTA Con San Pedro Julián Eymard.

LA MORTIFICACIÓN, SIGNO DEL ESPÍRITU DE JESÚS

 

Semper mortificationem Jesu in corpore nostro circumferentes, ut et vita Jesu manifestetur in carne nostra mortali

“Traemos siempre en nuestro cuerpo por todas partes la mortificación de Jesús, a fin de que la vida de Jesús se manifieste también en nuestro cuerpo” (2Co 4, 10)

 

Nuestro Señor vino para curarnos y comunicarnos una vida más abundante. Somos por naturaleza enfermos; dentro de nosotros llevamos el germen de todas las enfermedades espirituales, y no necesitamos del demonio para caer en el pecado, dado que nosotros mismos tenemos el poder de condenarnos. No ignoro que el demonio nos tienta; pero las más de las veces se vale de nosotros mismos para tentarnos; está en connivencia con nuestros enemigos interiores y guarda inteligencias con la plaza donde halla un eco fiel. El pecado original deja malas inclinaciones, que actúan con más o menos fuerza según sea el grado de nuestra pureza y fortaleza; con todo, no siempre dependen en absoluto de nosotros las tentaciones.

A estas tentaciones, a las que nosotros mismos dotamos de medios, hay que añadir aquellas otras que proceden de las circunstancias en que nos encontramos, del demonio, y alguna que otra vez de la permisión positiva de Dios. No está en nuestra mano el no ser tentados; de donde se sigue este principio, que hay que curarse y llenarse de una vida sobreabundante, capaz de resistir y combatir sin agotarse; el mayor mal consiste en estarse quedo y seguro de sí mismo. Tan pronto como digo: Estoy perdonado y ya vivo, vuelvo a caer.

Para curarse y vivir de veras es necesario posesionarse del espíritu de nuestro Señor y vivir de su amor; el amor hace la vida y el espíritu forma la ley de las acciones y de los sentimientos. Ahora bien, este espíritu no es otra cosa que la mortificación, ya sea de penitencia, ya de amor. Todo lo demás es mentira y adulación.

Compulsad la vida de nuestro Señor; en cada página os encontraréis con la mortificación: mortificación de los miembros, desprendimiento, penas interiores, abandono, contradicciones; la mortificación es la esencia de la vida de nuestro Señor, y por ende, del cristianismo. Bueno es amar; pero el amor se prueba con el sacrificio y el sufrimiento.

I

La mortificación sanará mi cuerpo, que arrastra consigo toda suerte de enfermedades. El cuerpo está profundamente herido y carece de su robustez primitiva; cada uno de sus movimientos es un paso hacia la muerte y la descomposición; corrupción es también la misma sangre.

¿Cómo restituir salud y fuerzas a tal podredumbre? Los antiguos decían que con la sobriedad; mas el Evangelio dice que con la mortificación, en la cual tan sólo se encuentra la vida del cuerpo.

Los que sin tener fe quieren prolongar la vida, obran conforme a razón y son sobrios. ¡Cuán cobardes no seríamos si con la fe y la gracia no hiciéramos lo que ellos por amor de la vida!

Aun para aquellos que, como los religiosos, llevan por estado una vida sobria, resulta muy fácil hermanar el espíritu de penitencia con sus pobres manjares. Lo cual es necesario para todos, por cuanto no estamos exentos de faltas cotidianas, a más de que tenemos que reparar por otros. Mortifiquémonos, pues, no ya tanto respecto de la cantidad como en la calidad y el sabor. No estamos al abrigo de las tentaciones de gula, y si no supiéramos hallar ocasiones para mortificarnos, careceríamos del espíritu de penitencia y, por consiguiente, del de nuestro Señor.

Nuestro cuerpo, que no es enemigo tan despreciable, sufre calenturas y las quiere comunicar al alma, por lo que hay que curarlas con remedios contrarios, y la verdadera quinina que vuelve a calmar nuestros humores regularizando sus movimientos es la mortificación.

Sólo a fuerza de cadenas se doma el cuerpo; refunfuña al atársele, pero al fin y al cabo se le ata. En cuanto al alma, lástima que viva entregada al cuerpo que la cautiva con apetitos sensuales; los males del alma proceden sobre todo de los objetos exteriores, con los que sólo por medio del cuerpo está en contacto; sus distracciones reñidas con toda paz no nacen sino de lo que ha visto, y la imaginación, órgano corporal, es un pintor miserable y felón. Cuanto más santa sea la acción que ejecutéis, tanto más abominables cosas os pinta este traidor vendido a Satanás. En casa se es menos tentado por la imaginación que delante de Dios, lo cual obedece a que allí el espíritu se recoge menos y no tortura tanto los sentidos para sojuzgarlos. Nada extraño, por tanto, que haya quienes se quejen, no sin algún viso de razón, de que les basta ponerse en oración para que sean tentados; claro, es natural que en estos solemnes momentos ataque la naturaleza corrompida con más saña para conservar su imperio.

Es menester vigilar sobre los sentidos exteriores. El pensamiento o la imagen mala que no se apoya en visión precedente de un objeto deshonesto, dura poco; en tanto que si el ojo se ha complacido en la consideración de ese objeto, la imaginación lo reproducirá sin cesar, mientras no se pierda enteramente su recuerdo; hay para meses, quizá para años, según lo vemos en san Jerónimo, a quien el recuerdo de la Roma pagana iba a turbar después de muchos años pasados en la más austera penitencia.

Tengamos siempre presente que nunca seremos dueños de nuestros pensamientos como no lo seamos de nuestros ojos. Por sí sola poco se tienta el alma; bien es verdad que encierra en sí el foco del pecado original; pero los medios del mal los proporcionan los sentidos, de los que el cuerpo es dócil artífice para el mal. Así lo prueba el hecho de que el niño no experimenta nuestras tentaciones, porque sus sentidos no se han abierto aún al mal. ¿Qué deberemos, pues, hacer? Ver sin ver, mirar sin mirar, y si hemos grabado en nuestra imaginación un retrato, debemos borrarlo, olvidándolo por completo. Quizá sea bueno el corazón; mas los sentidos le hacen volver a donde les plazca. Hasta el mismo niño, que ve sin comprender, si se ha grabado una imagen mala, sentirá más tarde que sus recuerdos despiertan y las miradas deshonestas de otro tiempo vuelven a aparecer en su imaginación para atormentarle. Tapémonos, pues, los ojos y los oídos con espinas que nos hagan sentir su punta afilada para impedirnos que sintamos llamas del horno impuro; si hacemos así, las tentaciones sólo conseguirán purificarnos más. Allá va el corazón donde está el pensamiento; nuestro corazón amará a Dios o al mundo según seamos de Dios o del mundo por nuestro espíritu, que, de la imaginación saca materia para sus conceptos.

Algo es el mortificarnos así para evitar el pecado, cosa que nos exigen por igual la justicia y nuestra propia salvación; pero pararnos ahí como seguros es prepararnos una derrota; más hemos prometido que es llegar hasta la mortificación de Jesucristo. Aun cuando no tuviéramos ninguna razón de justicia, debiéramos mortificarnos por complacerle, porque Él mismo lo hizo para complacer a su Padre. Tal es la mortificación positiva que debe inspirar toda nuestra vida, convirtiéndose en ley de la misma. Buscad en nuestro Señor la virtud que queráis, y veréis que va impregnada de penitencia; y si a tanto no llegáis, os priváis del corazón mismo de la virtud, de lo que constituye toda su fuerza. Es perder el tiempo tratar de ser humilde, recogido o piadoso sin la mortificación. Dios permite que todas las virtudes nos cuesten trabajo. Puede que hoy sintáis poco el sacrificio, porque Dios os quiere atraer por medio de la dulzura, como a los niños; pero esperad hasta mañana, que propio de la naturaleza misma de la gracia es crucificar. ¿Que no sufrís? ¿No será porque no tomáis las gracias del calvario, que es su verdadera y única fuente? El amor de Dios no es más que sacrificio. ¡Oh cuán lejos lleva esto! Mortificar los sentidos es ya algo, pero mortificarse interiormente es el coronamiento del espíritu de penitencia de Jesús en nosotros.

II

Muy pobre habría de ser nuestra corona, si hubiera de componerse solamente de sacrificios exteriores, porque ¡es tan corta la vida! Afortunadamente el hombre trabaja con mucha mayor actividad que el cuerpo y que Dios. Queriendo hacernos adquirir sumas inmensas de méritos para más gloriosamente coronarnos, nos da medios para sacrificarnos en cada uno de nuestros pensamientos y afectos, siendo así perpetuo el movimiento que nos lleva a Dios. Si fuésemos fieles a su inspiración y llamamiento, veríamos que los sacrificios que nos pide son infinitamente numerosos y cambian a cada instante del día. No pide que se traduzcan en actos exteriores todas las inspiraciones que nos da para sacrificarnos, pero sí que las aceptemos en nuestra voluntad y que estemos dispuestos a ponerlas en práctica si lo exigiera. Para lo cual no hay qué apegarse a un estado de alma particular más que a otro, sino poner la propia voluntad en la de Dios y no querer sino lo que Él quiera y cuanto Él quiera.

El que está gozando, siempre quisiera gozar, mas no es éste el designio de Dios; hay que saber dejar el goce y tomar la cruz: acordaos de la lección del Tabor. Muchos hay que quisieran servir a Dios tan sólo por la felicidad que va aneja a este servicio; si el tiempo de la adoración no se les pasa gozando, se quejan y dicen: ¡No sé orar! ¡Falso! ¡Sois sensuales y en eso consiste todo! El defecto mayor en que incurren las almas piadosas es el ser sensuales respecto de Dios: cuando os comunique alegría, disfrutad de la misma, que nada mejor puede haber, pero no os apeguéis a ella; si en cambio se muestra duro, humillaos, sin desanimaros por eso; la máxima que debéis tomar por principio y regla de conducta es que se debe amar a Dios más que sus dones. Cuando san Pablo, cansado de la vida a causa de las tentaciones infernales que le asaltan, ruega a Dios le libre de ellas: “No, contesta el Señor, te basta mi gracia, que mi poder resplandece en la flaqueza” (2Co 12, 9). Estas palabras consuelan y confortan al Apóstol, haciéndole decir más tarde: “Reboso de gozo en medio de las tribulaciones que por doquiera me rodean” (2Co 7, 4).

En la tribulación y en la mortificación interior es, por tanto, donde se encuentra alegría durable y no en los consuelos, siquiera sean espirituales. Es ley que sólo el alma penitente goce de Dios, porque el alma, que en todo se somete a Dios, tiene también sometido el cuerpo, único medio de que haya paz. No bien se ha hecho un acto de penitencia, un sacrificio, cuando inunda nuestro corazón la paz que Dios da en proporción de nuestra mortificación. La mortificación de penitencia, de justicia, por el pecado, devuelve la paz a la conciencia, lo cual es efecto de la justicia divina aplacada; la mortificación de penitencia y de amor da alegría, paz divina, suavidad, unción, algo indefinible que transporta al alma y la arrastra como fuera de sí misma, que espiritualiza al mismo cuerpo hasta tal punto que el alma va a Dios por el éxtasis, olvidándose de que aún está encerrada en un cuerpo, según se ve en los santos. Haced experiencia de lo que os digo, a saber: que la paz del alma guarda proporción con la mortificación; y si llegáis a practicar la virtud en medio del goce y por el goce, podréis decirme que he mentido. Fijaos en los mártires que rebosaban de júbilo y cantaban cánticos de alegría en medio de los más atroces tormentos. ¿No sentían el sufrimiento? Vaya si sentían; mas el fuego del amor interior excedía con mucho las llamas que consumían su cuerpo.

Tengamos presente que el verdadero camino de la santidad es la mortificación. Dios no nos pide sino que nos vaciemos de nosotros mismos, reservándose para sí el llenar el vacío producido: Dilata os tuum et implebo illud (Ps 80, 11). Porque el amor propio es un concentrarnos en nosotros mismos, es estar llenos de nosotros mismos. La santidad es cuestión de mortificación.

¿Que eso cuesta? Ciertamente. La paz es el premio de la guerra hecha a la naturaleza. No puede Dios dar paz sin luchar; de lo contrario, nos daría motivo para ilusiones. La paz nos la dará Él cuando el espíritu de penitencia nos haga más fuertes y cuando le amemos más por lo que es Él mismo que por sus dones. Aceptemos, pues, el plan de Dios. Nuestro Señor quisiera entrar en nosotros por su verdadero espíritu, que es la mortificación; se presenta incesantemente y aguarda con divina paciencia; todo lo encuentra lleno; todas nuestras puertas le están cerradas; nos abandona porque nos encuentra tan llenos de nosotros mismos y tan sensuales en nuestra vida exterior y espiritual, que nada puede hacer.

 

 

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