Sábado de la III semana después de la Epifanía.
Del Centurión que vino a Cristo a pedirle la salud para su hijo.
MEDITACIONES DIARIAS
DE LOS MISTERIOS
DE NUESTRA SANTA FE,
por el P. Alonso de Andrade,
DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.
ORACIÓN PARA COMENZAR
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Sábado de la III semana después de la Epifanía.
Del Centurión que vino a Cristo a pedirle la salud para su hijo.
MEDITACIÓN
Habiendo sanado Cristo al leproso en el campo (1), llegó a él un centurión cuando entraba en la ciudad y le pidió salud para su hijo enfermo: ofrecióle Cristo ir a su casa a sanarle, y el centurión replicó: Señor, yo no soy digno de que entréis en mi casa; mas decid una palabra y con ella sanará mi hijo: y admirado Cristo, dijo: No he hallado hombre de tan grande fe en Israel: muchos extraños vendrán de varias tierras y entrarán en el reino del cielo, y los hijos de Abrahán se quedarán fuera y serán lanzados en el infierno, y vuelto al centurión, dijo: Vete en paz, y hágase conforme creíste: y sanó el hijo en la misma hora.
PUNTO PRIMERO. Considera cómo envió Dios la enfermedad sobre el hijo de este centurión, que era la cosa que más amaba, para traerle por este medio a su servicio, y venera los ocultos juicios de Dios, que por medios al parecer de los hombres tan contrarios, les da la salud del alma y los bienes celestiales, y recibe las enfermedades y calamidades que el Señor te enviare, aunque vengan sobre lo que más estimes, con reverencia y agradecimiento, entendiendo que son mercedes que te hace, y que por su medio te quiere enriquecer de los tesoros celestiales, si tú te dispones y sabes venir a él como este centurión, para recibirlos de su divina mano.
PUNTO II. Considera la fe y humildad del centurión que se tuvo por indigno de recibir a Cristo en su casa, creyendo firmísimamente que podría dar salud a su hijo con una sola palabra, yal paso de su fe recibió la merced que deseaba, dándole luego el Salvador salud con una palabra: mete la mano en tu pecho y mira cuán muerta está la fe en ti: cotéjala con la de este centurión, y avergüénzate de ver que un hombre gentil tenga más fe y más confianza en Cristo que tú: llora tu tibieza y pide al Señor que te dé luz y conocimiento de su bondad y que avive la fe en ti, para que merezcas alcanzar lo que pidieres de su divina mano: pasa los ojos por tantas cosas como le has pedido y tan pocas como has alcanzado estando Dios tan pronto como liberal para concedértelas, y conoce que no te las ha concedido por falta de fe y por no tener la confianza que tuvo este centurión, y avívala en tu alma, para que las merezcas alcanzar.
PUNTO III. Toma las palabras de este centurión en la boca, y di: Señor, yo no soy digno de que vuestra Divina Majestad entre en mi pobre casa; mas decid una palabra y mi alma será sana y salva. Considera quién es Dios, y quién eres tú. Quién es Dios, su bondad infinita; su grandeza inmensa, su omnipotencia, etc. A quien los cielos de los cielos no son dignos de recibir; y luego baja los ojos a ver quién eres tú, un asqueroso muladar y un vil gusano en cuanto al cuerpo, y una sentina de pecados y miserias en cuanto al alma: ¿pues cómo puedes ser digno de recibir en tu casa a tan soberano e inmenso Señor? Humíllate a sus pies y di: Señor, mi alma está enferma, y mucho mas enferma que el hijo del centurión, y yo no soy digno de que entréis en mi pobre casa; mas por vuestra infinita bondad os ruego y suplico que digáis una sola palabra y luego será sana: esto creo y esto os pido humildísimamente; no miréis a quien yo soy sino a quien vos sois, usad esta misericordia con este indigno pecador para que campee mas vuestra bondad en quien menos la merece, que soy yo.
PUNTO IV. Considera aquella sentencia tremenda del Salvador, que dijo: De verdad os digo que muchos extraños vendrán del Oriente y Poniente y entrarán en el reino de los cielos, y los hijos serán lanzados fuera en las tinieblas del inferno. Mira atentamente si mereces ser tú uno de los excluidos, o de los admitidos: atiende a tus obras y a tus merecimientos que ellos te han de abrir la puerta o te la han de cerrar: considera la diferencia que hay entre salvarse y condenarse, y que necesariamente te ha de caber la una o la otra; y mira también cuántos son más los que se condenan que los que se salvan, y que muchos de tu misma profesión y estado se han condenado en el infierno y que es muy posible que te condenes tú si vives como ellos: coteja tu vida con la de muchos seglares que viven mejor que tú, y mira cuán desdichada cosa será que se cumpla en ti lo que dice Cristo, que ellos irán al cielo a reinar con. Abrahán, Isaac y Jacob, y tú serás excluido de él y lanzado en las tinieblas del infierno; y habiendo meditado todo esto, saca la conclusión en tu favor, y sea llorar los pecados pasados y enmendar la vida en adelante y ordenarla de tal suerte, que puedas tener alguna seguridad de no condenarte: arrójate a los pies de Cristo y dile con entrañable contrición de tus pecados: Pésame, Señor, por ser vos quien sois, de haberos ofendido, y propongo firmemente la enmienda en adelante: dadme vuestra gracia para que lo cumpla y merezca ser admitido en vuestro reino con este centurión y con los demás siervos vuestros escogidos para gozaros sin fin
(1) Mt. 8.
ORACIÓN PARA TERMINAR TODOS LOS DÍAS
Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Ofrecimiento diario de obras
Ven Espíritu Santo
inflama nuestros corazones
en las ansias redentoras del Corazón de Cristo
para que ofrezcamos de veras
nuestras personas y obras
en unión con Él
por la redención del mundo
Señor mío y Dios mío Jesucristo
Por el Corazón Inmaculado de María
me consagro a tu Corazón
y me ofrezco contigo al Padre
en tu Santo Sacrificio del altar
con mi oración y mi trabajo
sufrimientos y alegrías de hoy
en reparación de nuestros pecados
y para que venga a nosotros tu Reino.
Te pido en especial
Por el Papa y sus intenciones,
Por nuestro Obispo y sus intenciones,
Por nuestro Párroco y sus intenciones.