sábado, 31 de enero de 2026

EL PADRE DE FAMILIAS Y LA VIÑA #meditacion #evangelio

Domingo de la Septuagésima

El padre de familias y la viña

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

PARA EL TIEMPO DE  

TIEMPO DE SEPTUAGÉSIMA,

CUARESMA

Y TIEMPO DE PASIÓN

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

MEDITACION

Domingo de la Septuagésima

El padre de familias y la viña

Mt 20, 1-6

Dice Cristo que es semejante el reino de los cielos a un padre de familias, que salió al amanecer y a todas horas a alquilar obreros para su viña, y acabado el día, mandó a su mayordomo que les pagase su jornal, empezando por los últimos y acabando con los primeros, de lo que estos se sintieron y él los satisfizo diciendo: que sin agravio suyo podía dar de su hacienda, tanto a los unos como a los otros; de aquí concluye el Salvador, que de la misma manera serán preferidos en su reino los últimos a los primeros; porque aunque sean muchos los llamados, son pocos los escogidos.

PUNTO PRIMERO. Considera el desvelo del padre de familias, que al reír del alba estaba en la plaza para llevar obreros a su viña; en que significa el cuidado que tiene Cristo de su iglesia y de proveerla en todos tiempos de predicadores, confesores y maestros que la cultiven y labren, y arranquen las herejías y malas costumbres, y planten en ella las buenas y santas, y como buenos prelados y padres de esta familia la conserven en su verdor y la mejoren cada día. Da muchas gracias a Dios por el cuidado que tiene de su iglesia, y por el que tiene de ti en particular y por los padres, prelados y maestros que te ha dado para bien de tu alma, la cual si no fuera por ellos estuviera como un sequeral, sin jugo de devoción, ni luz, ni enseñanza para caminar al cielo.

PUNTO II. Considera que esta viña es tu alma y entra despacio y con atención por ella y mira el cuidado que tienes de su aprovechamiento, si velas sobre ella, como este padre de familias velaba a todas horas sobre la suya, si está mejorada o menoscabado su valor. Tiembla de la cuenta que has de dar de ti al padre de familias y pon desde luego todo tu cuidado y desvelo en labrarla y cultivarla, arrancando las malezas de los vicios y plantando las virtudes.

PUNTO III. Considera cómo todos los que llamó este padre de familias a trabajar a su viña, le obedecieron y fueron sin excusarse alguno; acuérdate cuántas veces te ha llamado a ti y te has hecho sordo a su voz, y has resistido a su llamamiento, y cuánto te importa obedecerle y seguir su santa inspiración y los consejos que te da por medio de los padres espirituales y libros devotos: hiere tus pechos y clama al Señor de lo íntimo de tu Corazón y dile : pésame Dios mío, de haber sido tan ingrato y desconocido a vuestra voz; erré como torpe y mal considerado; aquí me postro a vuestros pies esperando vuestra voz y la menor seña, Señor, de vuestra voluntad: habladme Señor que vuestro siervo oye; decid lo que quisiéredes, mandad lo que gustáredes, que en todo y por todo os obedeceré.

PUNTO IV. Considera cómo, acabado el día, mandó el padre de familias pagar el jornal a los obreros ; en que declaró cómo en acabando el día de esta vida, cuando llega el ocaso de la muerte, ha de dar Dios el premio de sus trabajos a los que le hubieren servido; no será como los hombres del mundo, que se quedan con el jornal de sus criados después de haberles servido muchos años, sino que por el trabajo de un día da un peso de gloria eterna a los suyos. Pondera que presto dará fin el trabajo de este siglo y vendrá el Señor a premiar a sus siervos, y pon los ojos en el valor del premio eterno con que Dios nuestro Señor paga a los suyos para que se encienda tu voluntad en un fervoroso deseo de servirle.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

1 de febrero SAN IGNACIO OBISPO Y MÁRTIR

San Ignacio, obispo y mártir. — 1º de febrero.

(+ 110)

En tiempo que imperaba Trajano, era obispo de Antioquía san Ignacio, que sucedió en aquella silla a Evodio, y Evodio a san Pedro. Tuvo Ignacio estrecha familiaridad con san Juan Evangelista y con san Policarpo, obispo de Esmirna, su condiscípulo y compañero, lo cual es grande argumento de su admirable santidad. Hacía en todo, oficio de vigilante pastor y habiendo oído en una maravillosa visión que tuvo, multitud de ángeles que cantaban a coros himnos y alabanzas a la Santísima Trinidad, ordenó en su iglesia de Antioquía que se cantase a coros; lo cual siguieron e imitaron después las otras iglesias. Vino en esta sazón a Antioquía el emperador Trajano, y mandando llamar al santísimo obispo le dijo: ¿Eres tú aquel Ignacio que te haces llamar Deífero y eres cabeza de los que hacen burla de los dioses? Yo, respondió el santo, soy Ignacio, y me llaman Deífero, porque traigo esculpido en mi alma a Cristo que es mi Dios. Yo te prometo, le dijo Trajano, hacerte sacerdote del gran Júpiter, si sacrificas, a los dioses inmortales. A lo cual contestó el santo pontífice: Soy sacerdote de Cristo, al cual ofrezco cada día sacrificio, y ahora deseo sacrificármele a mí mismo, muriendo por él, así como él murió por mí. Finalmente, después de largas razones, no teniendo el emperador esperanza de hacer mella en aquel pecho armado de Dios, dio sentencia contra él que fuese llevado a Roma, y allí, en el teatro, echa do vivo a los leones. Lloraban todos los fieles de Antioquía, y habiendo el santo mártir encomendado al Eterno Pastor aquella Iglesia que había gobernado por espacio de cuarenta años, él mismo, con grande gozo se puso las cadenas y se entregó a los soldados y sayones que habían de conducirle a Roma. Al pasar por Esmirna halló a su queridísimo amigo Policarpo, y se abrazaron el uno al otro, llorando Policarpo porque Ignacio le había ganado de mano, e iba antes que él a gozar de Dios por la corona del martirio. Y no sólo los fieles de Esmirna, mas también las otras iglesias del Asia le enviaron a visitar con sus obispos y clérigos. Entró el fervoroso mártir de Cristo en el teatro de las fieras, y viendo que toda la ciudad le miraba y tenía puestos los ojos en él, les dijo estas palabras: No penséis, oh romanos, que soy condenado a las bestias por algún maleficio o delito indigno de mi persona, sino porque deseo unirme con Dios, del cual tengo una sed insaciable. Y oyendo los bramidos de los leones que ya venían, clamó: Trigo soy de Cristo, voy a ser molido por los dientes de los leones para hacerme sabroso pan de mi Señor Jesucristo. Y diciendo estas palabras, los leones hicieron presa en el santo, y le devoraron.

Reflexión: En una de las admirables epístolas que escribió a varias iglesias este gloriosísimo pontífice y mártir de Cristo, dice estas palabras: «El fuego, la cruz, las bestias, el ser mis miembros cortados, quebrantados, molidos, hechos pedazos, y la muerte de este miserable cuerpo y todos los tormentos del demonio vengan sobre mí, con tal que yo llegue y sea unido con Cristo, que ser rey de todo el mundo». Cúbranse de vergüenza todos aquellos hombres carnales, que ni siquiera entienden este divino lenguaje, pero sepan que es Cristo muy sabroso para los que le aman y tienen el paladar purgado de todos los otros sabores sensuales y terrenales.

Oración: Señor Dios, por cuyo amor deseó el bienaventurado mártir san Ignacio, ser desmenuzado entre los dientes de las fieras para hacerse así limpio trigo de la cosecha del cielo, concédenos un verdadero anhelo de padecer mucho por ti y una firme constancia para tolerar lo que padecemos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

PRIMER DOMINGO DE SAN JOSE EN HONOR DE SUS DOLORES Y GOZOS

EJERCICIOS DE LOS SIETE DOMINGOS

consagrados a honrar

los Dolores y Gozos de San José

 

Por la señal de la santa Cruz…

 

ACTO DE CONTRICION

Oración inicial para cada domingo

Dios y Señor mío, en quien creo y espero y a quien amo sobre todas las cosas; al pensar en lo mucho que habéis hecho por mí y lo ingrato que he sido a vuestros favores, mi corazón se confunde y me obliga a exclamar: Piedad, Señor, para este hijo rebelde, perdonadle sus extravíos, que le pesa de haberos ofendido, y desea antes morir que volver a pecar. Confieso que soy indigno de esta gracia, pero os lo pido por los méritos de vuestro Padre nutricio, San José.

Vos, glorioso San José, Abogado mío, recibidme bajo vuestra protección y dadme el favor necesario para emplear bien este rato en obsequio vuestro y utilidad de mi alma. Amén.

 

A continuación, se lee la meditación propuesta para cada domingo.

 

PRIMER DOMINGO

La Santa comunión de este día se ofrecerá para dar gracias a San José por los servicios que prestó a Jesús y a María; la indulgencia plenaria se aplicará por las almas del Purgatorio que más amaron a este glorioso Patriarca.

 

MEDITACIÓN PRIMER DOMINGO

Sobre los dolores y gozos de San José

con motivo de la maternidad de María.

1. María y José, fieles a su voto de virginidad, vivían como espíritus angélicos en su humilde morada de Nazaret. Sin embargo, Dios había operado en la augusta Virgen la grande obra de su poder y de su amor. El Espíritu Santo había descendido a Ella, y el Hijo del Altísimo se había encarnado en sus virginales entrañas. José ignoraba este misterio. ¡Cuál debió ser su asombro viendo a su esposa inmaculada hacerse madre! Era un fenómeno que él no podía explicarse. El Cielo le preserva, no obstante, de que formule la más leve sospecha sobre la fidelidad de la Reina de los corazones puros. José, como lo afirma San Agustín, había recibido directamente a María a su salida del templo y la había conducido de la casa de Dios a su propia morada. José, según la expresión de San Pedro Crisóstomo, era el testigo de su inocencia, el guardián de su pudor y el apologista de su virginidad. José, aunque veía que María iba a ser Madre, advertía al mismo tiempo que ella conservaba radiante el destello de la Santa Virginidad, y que el fruto que llevaba en su seno no había alterado en manera alguna su angelical pudor. Testigo de la pureza de los pensamientos de María, de la santidad de sus afecciones, del recato de sus modales, leía en sus miradas la prueba de su inocencia. Por esto, según opinión de San Juan Crisóstomo, José, no se fijó en las apariencias; prefirió proseguir en María un milagro de la gracia a creer en una debilidad de la naturaleza por parte de una criatura más que angelical. Además era José muy versado en las Santas Escrituras, las que meditaba continuamente. No podía, pues, ignorar que el Mesías debía nacer de una Virgen, y que había llegado el tiempo en que este misterio iba a cumplirse; y como era testigo de la santidad de María, creyó fácilmente que Ella solo podría ser la Madre del Libertador prometido, en atención a ser la más inmaculada de las vírgenes. ¿Quién soy yo, se decía a sí mismo, -según el sentir de un gran número de Padres de la Iglesia-, quién soy yo para osar tener cerca de mí, como esposa mía, a la Madre de mi Dios? ¡Cuán lejos estoy de ser bastante puro para vivir con la noble criatura! ¡Ay de mí! Uzzah cayó herido de muerte por haber llevado con demasiada ligereza la mano sobre el Arca material del viejo Testamento, ¿qué me sucederá a mí si una sola vez faltase yo a la veneración debida a esta Arca de la Nueva Alianza, donde está encerrado el verdadero maná del cielo, y que contiene no solamente la ley sino al Divino Legislador mismo? Tales eran los sentimientos que llenaban el corazón del humilde san José contemplando a María.

2. En tanto que José es presa de estas ansiedades, el Señor le envía un ángel para tranquilizarle. Las palabras que le dirige demuestran claramente que la humildad, la desconfianza de sí mismo, el temor reverencial -que es como el pudor del alma- han motivado la resolución de este Santo Patriarca. En efecto, el Ángel Gabriel no le acusa, no le responde: al contrario, le tranquiliza y anima. “No temáis, José.” Le dice: “Noli timere”. Palabras llenas de dulzura que son como una firmeza dada a la virtud medrosa y timorata. Son las mismas palabras que el arcángel había dirigido a María para liberarla de la turbación en que la sumió el anuncio de que iba a ser Madre de Dios, aunque hubiese consagrado su virginidad al Señor: “Ne timeas, María”. Así la misma frase que sirvió para tranquilizar y dar ánimo a María cuyo pudor virginal y tímido había experimentado una turbación grande, sirve también para calmar y confortar la humilde timorata de José. Pero al decirle que no tema, el ángel se sirve de esta fórmula: José, hijo de David. Joseph, fili David, noli timere. Estas palabras están llenas de misterios, dice San Juan Crisóstomo. Gabriel le llama por su nombre para inspirarle confianza, recordándole en su origen la promesa que Dios había hecho a David que el Mesías nacería de su raza, misterio inefable que se cumplía en aquel momento en María, descendiente como él de la tribu de David. San Fulgencio traduce así las palabras del ángel: “¡José!, María es vuestra legitima esposa y el Espíritu Santo es el que os ha hecho don de ella, quien ha obrado en su seno el misterio que os llena de temor santo. Pero este espíritu de amor no quiere romper el casto matrimonio que él mismo ha formado. Aun cuando haya hecho infinitamente más precioso el tesoro que os ha dado, no quiere por esto privaros de la dicha de poseerle. Dios, haciendo de María su Madre, no pretende que cese de ser vuestra esposa; al contrario, Él la confía a vuestra piedad, a fin de que protejáis su honor y sustentéis a su Divino Hijo.” Las palabras del Ángel llenaron el corazón de José de una alegría inefable. Asegurado por entonces de manera de no poder poner en duda la dignidad incomparable de su santa esposa, su gozo fue tan grande, su contento tan perfecto, tan completo, que hubiera podido decir a Dios como el Rey profeta: “Vuestras consolaciones han regocijado mi alma en proporción a la multitud de mis dolores.” De este modo, un solo instante le bastó a Dios para apaciguar esta tempestad que agita el espíritu de José y hace renacer en él la más dulce tranquilidad. Esto sucede siempre en casos análogos, cuando el alma está sometida a la Voluntad de Dios como debe estarlo. “Por vuestra bondad, Señor, decía el Santo hombre Tobías, la calma sigue de cerca a la tempestad, y después de la aflicción y las lágrimas derramáis la alegría en los corazones.” ¡Qué poderoso motivo de paciencia y conformidad a la Voluntad del Señor!

 

EJEMPLO

He aquí un hecho referido por autores muy graves y dignos de fe que prueba cuán agradable es a San José la consideración de sus principales dolores y gozos, que es lo que forman la devoción de los Siete Domingos, y cuán preciosas gracias procura a los que la practican con piedad.

Dos padres franciscanos navegaban por las costas de Flandes, cuando se levantó una horrorosa tempestad que sumergió el buque con trescientos pasajeros que llevaba. La Divina Providencia dispuso que estos religiosos se amparasen en una de las tablas del buque sobre la cual se sostuvieron entre la vida y la muerte durante tres días, teniendo siempre el abismo debajo de ellos, que amenazaba tragarlos. Siendo muy devotos de San José, llenos de  confianza en su poderosa de protección se encomendaron a él como verdadera tabla de salvación y como benigna estrella que debía conducirlos a su puerto. Apenas terminaron su plegaria, fueron atendidos: la tempestad cesó, el cielo se puso despejado y sereno, la mar se calmó y la esperanza volvió a tener cabida en el fondo de sus corazones. Pero lo que colmó su alegría fue el presentárseles un joven lleno de gracia y majestad quien, después de haberlos saludado bondadosamente, se ofreció a servirles de piloto, lo que hizo con tanta facilidad, que al cabo de poco saltaban ya en tierra. Allí los dos religiosos se arrojaron a los pies de su libertador y después de haberle declarado con afectuosas palabras su eterno agradecimiento, le rogaron encarecidamente que se dignasen decirles quien era: “Yo soy José -les  respondió- si queréis hacer algo que me sea agradable, no dejéis pasar día sin rezar devotamente siete veces la oración dominical y la salutación angélica en memoria de los siete Dolores con que mi alma fue afligida, y en consideración a los siete Gozos con que mi corazón fue consolado en grado eminente durante el tiempo que pasé sobre la tierra, viviendo con Jesús y María.” Dichas estas palabras desapareció, dejándolos llenos de alegría y penetrados de un sincero deseo de honrar y servir durante toda la vida su glorioso protector.

En este suceso tan conmovedor encontramos poderosísimos motivos para admirar la fidelidad de San José en socorrer profundamente a los que le invocan, y para ensalzar su inefable bondad, que pide tan poco por tan grande beneficio, por un bien tan grande como es la conservación de la vida.

Fieles servidores de San José que queréis ser agradable a vuestro protector y servirle según sus deseos, haced esta práctica establecida en su honor, después de que él mismo ha declarado de una manera formal cuán grata le es.

Figuraos que os dice como a aquellos pobres religiosos: Yo soy José, en quien debéis poner toda vuestra confianza; tengo el poder y la voluntad de asistiros en todas vuestras necesidades; Jesucristo, mi hijo, y la bienaventurada Virgen María, mi esposa, nada me rehusarán de lo que les pediré por vosotros, honrad con amor la memoria de mis dolores y de mis gozos, y experimentaréis inefablemente los saludables efectos de mi ayuda en medio del borrascoso mar del mundo en que vivís y en el que sois continuamente asaltados por mil tentaciones y por toda suerte de prueba.

Piadosos devotos de San José, aceptad esta promesa y estad seguros que el mejor medio de alcanzar los favores de este gran Santo, es como él mismo lo ha declarado terminantemente, tomar parte en sus dolores y en sus gozos rezando con esta intención las oraciones aprobadas y enriquecidas por indulgencias por los Sumos Pontífices. Los sentimientos llenarán vuestro corazón meditando estos tiernos misterios serán uno de los más poderosos testimonios de amor que podéis tributar a San José, y le inclinarán inefablemente a protegeros durante vuestra vida, y sobre todo en la hora de la muerte.

 

Récense los dolores y gozos.

 

LOS 7 DOLORES Y GOZOS

DE SAN JOSÉ

Este ejercicio consiste en hacer memoria de los 7 dolores y gozos de san José, con su Padrenuestro, avemaría y gloria en cada uno de ellos. Se puede hacer cualquier día del año, pero tradicionalmente se rezan estos dolores y gozos durante 7 domingos consecutivos como preparación a la fiesta del Santo del 19 de marzo, comenzando 7 domingos antes de la fiesta.

La Iglesia ha concedido Indulgencias a esta devoción: 1ª.- 300 días de indulgencia cada domingo, rezando durante siete domingos consecutivos en el curso del año, a elección de los fieles, los siete gozos y siete dolores de san José, y el séptimo domingo se puede ganar además una indulgencia plenaria. (Gregorio XVI, 22 de enero de 1836).  2ª.- Indulgencia plenaria en cada domingo, aplicable a las almas del purgatorio. Los que no saben leer o no tienen la deprecación de los siete dolores y gozos, pueden ganar esta indulgencia rezando en los siete domingos siete Padrenuestros con Avemaría y Glorias. (Pio IX, 1 de febrero y 22 de marzo de 1847).  Otra fórmula más breve pág. 48.

 

PRIMER DOLOR Y GOZO

¡Oh castísimo Esposo de María!, me compadezco de las terribles angustias que padeciste cuando creíste deber separarte de tu Esposa Inmaculada, y te doy el parabién por la alegría inefable que te causó saber de boca de un ángel el misterio de la Encarnación. Por este dolor y alegría te pido consueles nuestras almas en vida y muerte, obteniéndonos la gracia de vivir como cristianos y morir santamente en los brazos de Jesús y de María. Padre Nuestro y Avemaría y Gloria.

 

SEGUNDO DOLOR Y GOZO

¡Oh felicísimo Patriarca, que fuiste elevado a la dignidad de padre putativo del Verbo encarnado!, te compadezco por el dolor que sentiste viendo nacer al Niño Jesús en tanta pobreza y desamparo; y te felicito por el gozo que tuvisteis al oír la suave melodía con que los ángeles celebraron el nacimiento, cantando “Gloria a Dios en las alturas”. Por este dolor y gozo, te pido nos concedas oír, al salir de este mundo, los cánticos celestiales de los ángeles en la gloria. Padre Nuestro y Avemaría y Gloria.

 

TERCER DOLOR Y GOZO

¡Oh modelo perfecto de conformidad con la voluntad divina!, te compadezco por el dolor que sentiste al ver que el Niño Dios derramaba su sangre en la circuncisión; y me gozo del consuelo que experimentaste al oírle llamar Jesús. Por este dolor y gozo, te pido nos alcances que podamos vencer nuestras pasiones en esta vida y morir invocando el dulcísimo nombre de Jesús. Padre Nuestro y Avemaría y Gloria

 

CUARTO DOLOR Y GOZO

¡Oh fidelísimo Santo, a quien fueron confiados los misterios de nuestra redención!, te compadezco por el dolor que te causó la profecía con que Simeón anunció lo que habían de padecer Jesús y María; y me gozo del consuelo que te dio el mismo Simeón profetizando la multitud de almas que se habían de salvar por la Pasión del Salvador. Te suplico por este dolor y gozo, nos alcances ser del número de los que se han de salvar por los méritos de Cristo y por la intercesión de su Madre. Padre Nuestro y Avemaría y Gloria

 

QUINTO DOLOR Y GOZO

¡Oh Custodio vigilante del Hijo de Dios humanado!, me compadezco de lo mucho que padeciste en la huida a Egipto, de las grandes fatigas de aquella larga peregrinación y de lo que te costó el poder atender a la subsistencia de la Sagrada Familia en el destierro; pero me gozo de tu alegría al ver caer los ídolos por el suelo cuando el Salvador entraba en Egipto. Por este dolor y gozo, te pido nos alcances que huyendo de las ocasiones de pecar, veamos caer los ídolos de los afectos terrenos y no vivamos sino para Jesús y María, hasta ofrecerle nuestro último suspiro. Padre Nuestro y Avemaría y Gloria

 

SEXTO DOLOR Y GOZO

¡Oh glorioso San José, ángel de la tierra que viste con admiración al Rey del Cielo sujeto a tus disposiciones!, si tu consuelo, al volverte de Egipto, fue alterado con el temor al Rey Arquélao, tranquilizado después por el Ángel, viviste alegre con Jesús y María en Nazaret. Por este dolor y gozo, alcánzanos a tus devotos que, libre nuestro corazón de temores nocivos, gocemos de tranquilidad de conciencia, vivamos seguros con Jesús y María y muramos teniéndolos a nuestro lado. Padre Nuestro y Avemaría y Gloria  

 

SEPTIMO DOLOR Y GOZO

¡Oh modelo de santidad, glorioso San José! Te compadezco por el dolor que sentiste al perder al Niño Dios sin poderle hallar en tres días, y te doy el parabién por la alegría con que lo encontraste en el templo. Por este dolor y gozo, te pido nos alcances la gracia de no perder jamás a Jesús por el pecado; y si por desgracia lo llegamos a perder, sírvanos tu intercesión por las lágrimas de la penitencia, y poder vivir unidos con Él hasta el último aliento de nuestra vida. Padre Nuestro y Avemaría y Gloria.

 

ANTIFONA. Tenía Jesús al empezar su vida pública cerca de treinta años y aún se le creía hijo de José.

 

V. ¡Oh San José!, Ruega por nosotros.

R. Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.

 

ORACIÓN

Oh Dios, que con providencia inefable te dignaste elegir al bienaventurado San José por esposo de tu Madre, te rogamos, nos concedas que merezcamos tener en los cielos por intercesor a quien en la tierra veneramos por protector. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos, Amén.

 

Por el santo Padre, por su persona e intenciones para ganar las indulgencias concedidas a esta devoción.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.