Viernes de la XVIII semana después de Pentecostés
DE LA TERCERA PETICIÓN: «HÁGASE TU VOLUNTAD ASÍ EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO».
MEDITACIONES DIARIAS
DE LOS MISTERIOS
DE NUESTRA SANTA FE,
DE LA VIDA DE CRISTO,
NUESTRO SEÑOR
PARA
EL TIEMPO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
ORACIONES PARA COMENZAR
Y TERMINAR TODOS LOS DÍAS
EL EJERCICIO DE LA MEDITACIÓN
Al comenzar
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Viernes de la XVIII semana después de Pentecostés
DE LA TERCERA PETICIÓN: «HÁGASE TU VOLUNTAD ASÍ EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO».
PUNTO PRIMERO. Considera lo que nos manda nuestro Padre Cristo: que se haga la voluntad de Dios en todas las cosas, así en la tierra como se hace en el cielo; en que tienes mucho que pensar. Lo primero, qué es la voluntad de Dios; conviene a saber, la regla de todo acierto y el nivel con que se disponen y miden todas las cosas; y la que se aparta de esta regla va desordenada y perdida.
Considera cómo todas las cosas fueron criadas por la voluntad de Dios, y todas por ella tienen su orden, peso y medida, y con ella se conservan, y sin ella no se pueden conservar. Atiende cuánto te importa a ti no discrepar un ápice de la voluntad del Altísimo, y pídele una y mil veces que se haga, cumpla y ejecute en todo y por todo su santa voluntad en la tierra, como lo hacen, cumplen y ejecutan los ángeles en el cielo.
PUNTO II. Contempla asimismo cómo todas las cosas criadas hacen la voluntad de Dios, sirviendo para aquello que las crió, y estando a su orden y disposición sin resistirle jamás, conforme a lo que dice David: «Todo lo que Dios quiso en el cielo y en la tierra, en el mar y los abismos.»
Míralos, óyelos: los astros, los elementos, las yerbas y todos los vivientes, cómo hacen su voluntad; y córrete de que los animales y las criaturas insensibles le obedezcan y sirvan mejor que tú. Alábale de todo tu corazón por su gobierno, disposición y voluntad, y pídele que se cumpla y ejecute en ti mucho más que en todas las criaturas.
PUNTO III. Sobre todo considera cómo la ejecutan los ángeles y santos en el cielo. Carga aquí el peso de la meditación, y contempla la prontitud de ánimo con que moran en aquella corte celestial para obedecer a Dios a cualquiera significación de su voluntad, por ardua que sea la obediencia que les impone; y cómo la ejecutan con suma presteza y gusto, sin género de tardanza, ni resistencia, ni repugnancia, ni parecer o juicio contrario, sino con sumo rendimiento y alegría, con que gozan de eterna paz y suma gloria.
¡Oh, si así obedeciésemos todos al Señor! Ésta es la regla que nos dio Cristo, y éste es el modelo que nos manda guardar. Pídele a Dios con toda instancia que te dé a ti y a todos esta gracia: que se haga su voluntad en ti y en todos, así en la tierra como se hace en el cielo; en lo próspero y en lo adverso, en lo difícil y en lo fácil, en lo alto y en lo bajo; con gozo y alegría, con presteza y prontitud, sin tardanza ni repugnancia, no teniendo otro querer o no querer más de lo que Dios quiere o no quiere, unido y conforme con su santísima voluntad.
PUNTO IV. Considera ahora dentro de ti mismo, en la presencia de tu Dios, cuál es al presente la voluntad de Dios; qué es lo que quiere de ti, y en qué gusta que le sirvas. Dios te dio el libre albedrío y te dejó en manos de tu voluntad, para que hicieses la tuya y merecieses el cielo, sujetándote libremente a la suya. Mira ahora, pues, qué es lo que Dios quiere de ti, y resuélvete firmísimamente a hacer su santísima voluntad, sin discrepar un ápice de ella. Ríndete a sus pies, y dile de todo tu corazón:
«Señor y Dios mío, Criador y Dueño mío: aquí me ofrezco a Vos, para que se cumpla y haga vuestra santísima voluntad en mí. Esto os pido y suplico: que no me aparte un punto de lo que Vos gustáis. Dadme esta gracia, que yo haga vuestra voluntad en la tierra, como la hacen los ángeles en el cielo.»
Al terminar
Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Ofrecimiento diario de obras
Ven Espíritu Santo
inflama nuestros corazones
en las ansias redentoras del Corazón de Cristo
para que ofrezcamos de veras
nuestras personas y obras
en unión con Él
por la redención del mundo
Señor mío y Dios mío Jesucristo
Por el Corazón Inmaculado de María
me consagro a tu Corazón
y me ofrezco contigo al Padre
en tu Santo Sacrificio del altar
con mi oración y mi trabajo
sufrimientos y alegrías de hoy
en reparación de nuestros pecados
y para que venga a nosotros tu Reino.
Te pido en especial
Por el Papa y sus intenciones,
Por nuestro Obispo y sus intenciones,
Por nuestro Párroco y sus intenciones.