Por
la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor
mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro
con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con
fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor,
Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Viernes
de la I semana de Pascua
De
las llagas con que Cristo resucitó.
PUNTO
PRIMERO. Contempla hoy viernes a Cristo nuestro Señor resucitado y glorioso con
las señales de su pasión, cada una más resplandeciente que el sol; y mírala gloria que le dio su Eterno Padre por
lo que padeció por los hombres, y que aunque pudo resucitar sin aquellas
señales, como resucitó sin las de los azotes y espinas, y las que hicieron en
su divino rostro las bofetadas que le dieron, quiso dejar las de los clavos y
costado porque eran señales de su cruz, por la cual y en la cual consumó
nuestra redención; de lo que has de sacar un grande aliento y consuelo en tus
penas y fatigas, acordándote que son prendas de la gloria, y medio para
alcanzarla, y que dentro de pocos días se han de convertir en descanso eterno,
de que has de gozar en la bienaventuranza.
PUNTO
II. Considera las causas por qué Cristo reservó las llagas de su pasión en su
sagrado cuerpo después de su resurrección, de las cuales fue una para despertar
nuestra memoria y refrescar la de su pasión en nosotros y darnos a entender que
así como dice san Juan en su Apocalipsi que en el cielo cantaban los ángeles y
los bienaventurados cánticos de su pasión, así en la tierra los deben cantar
sus escogidos, teniéndola siempre presente, meditándola y contemplándola, y hablando
de ella en sus pláticas, porque no hay cosa más gustosa para el Señor; pídele a
Dios gracia para meditarla como debes, con la ternura y agradecimiento a tan
grande merced que tienes obligación.
PUNTO
III. Considera otra razón que trae san Bernardo, y es para interceder por los
hombres delante del Eterno Padre, mostrándole sus llagas abiertas y pidiéndole
por ellas el perdón de sus culpas, y que les haga nuevas gracias y mercedes ¡Oh
Señor, qué gracias te daré por el amor queme tienes, pues no una, sino tantas
veces quisiste abrir las llagas de tu sagrado cuerpo por mí! ¡Oh alma mía! mira
qué abogado tienes delante de la presencia de Dio , y la escritura firmada con su sangre que
presenta en su tribunal por ti; ora con él y ofrece aquellas llagas
preciosísimas en satisfacción de tus pecados, y pídele al Eterno Padre por
ellas que te haga nuevas mercedes, y que pues su valor es infinito, por mucho
que pidas y recibas valen más; y pide para ti y para toda la Iglesia abundancia
de bienes celestiales, y suple con su valor el que falta a tus obras.
ΡUNTO
IV. Considera lo que dice san Pablo, que traía en su cuerpo esculpidas las
llagas de Cristo, ya por la mortificación y penitencia, haciéndose una imagen
suya, ya por lo que se honraba de ellas, preciándose de la ignominia de Cristo más
que de todas las honras del mundo, y ya por la agradecida memoria que tenía
siempre de tan señalado beneficio: de lo cual tengo de sacar mirarme siempre en
este espejo del Redentor para transformarme en él y hacer mi cuerpo una estampa
suya por la mortificación y penitencia, y honrarme de sus ignominias, como él
se honró de padecerlas por mí, y animarme con su ejemplo a padecer cruz y
muerte, si fuese necesario, por su servicio.
Al terminar
Te
doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones
que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra.
Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda:
interceded por mí.
Unión de la vida
activa y de la vida contemplativa
Soy pobre y trabajo desde mi juventud.
Salmo 82,16.
No hay precepto en torno del cual se
forjen más ilusiones en una cierta clase de la sociedad, que el que nos obliga
a todos al trabajo. En él estamos incluidos todos, después del pecado de
nuestro primer padre, condenado a comer el pan con el sudor de su frente. Si la
necesidad de vivir no obliga a todos los hombres, necesidades de orden superior
imponen su obligatoriedad: la de someterse al castigo que nos fue impuesto; la
de obedecer a la Ley de Dios, que no admite excepciones; en fin, la de
asemejarse a Jesús, a María y a José, si queremos ser del número de los
predestinados.
Representémonos el interior de Nazaret.
Un pobre artesano que trabaja desde la mañana hasta la noche, para proveer a
las necesidades primordiales de su familia... Una Esposa cuya perfección y
méritos sólo Dios conoce, ocupada en cuanto hay de más ordinario en los
trabajos domésticos
Un Niño en quien están encerrados todos
los tesoros de la ciencia y la Sabiduría del Padre celestial, que ayuda primero
a su Madre, y a medida que crece en edad y fuerzas, ayuda a su padre en los
trabajos de su profesión: Nonne hic est faber? (Marc. VI, 3). ¡Qué
espectáculo! ¡Qué tema para meditar!
Es un espectáculo digno de los ángeles, y
si no estamos realmente conmovidos, es que nos falta la fe y no sabemos ver las
cosas, como las ve Dios: Et respexit Deus humilitatem nostram, et laborem
atque angustiam.
Meditemos atentamente la vida laboriosa
de San José, muy a propósito para avergonzar nuestro orgullo y condenar nuestra
delicadeza. Ante todo, ¿quién es este que así trabaja?… El heredero de David,
descendiente de reyes y de los más ilustres patriarcas, el esposo de la Madre
de Dios, de la Reina de los ángeles, el padre adoptivo del Verbo encamado, el
depositario de los secretos y los designios de la adorable Trinidad, en cuyas
manos se hallan los destinos del mundo, los más preciosos tesoros del cielo y
de la tierra. ¿Con qué ojos se mira en el mundo la suerte de un obrero? ¿Qué
piedad no inspira un hombre a quien un revés de fortuna le obliga a descender a
tan baja condición?
Trabajo de San José, trabajo asiduo,
continuo, desde la juventud hasta la muerte, como los pobres que ganan cada día
de su vida. Trabajo penoso, oscuro, humillante: Nonne hic est faber,
fabri filius?... Trabajar la madera y el hierro; manejar toscas
herramientas; estar sujeto al patrón que da la paga; volver a comenzar cada día
los trabajos apenas interrumpidos por un frugal almuerzo hecho apresuradamente
y por un breve sueño... In laboribus, in vigiliis, in ieiuniis.
Expuesto a todas las pobrezas de una
condición despreciable a los ojos de los hombres, San José se consideraba feliz
de encontrar a quien quisiera utilizar sus servicios: Vide humilitatem meam
et laborem meum. Nadie lo compadecía; era tratado, no hay duda, como a uno
de esos pobres artesanos a los que se cree hacer favor dándoles de comer en un
rincón del patio alguna sobra del almuerzo. Tal es la condición de San José;
sea ello lo que fuere, lógicamente hemos de deducir que se cumple en su persona
la palabra del real Profeta, uno de sus ilustres antepasados: «Yo soy pobre, y
me dedico al trabajo desde mi juventud».
No dejemos pasar ejemplos tan saludables,
sin sacar alguna práctica provechosa para nuestra conducta. Toda persona
sólidamente piadosa, ama el trabajo, se lo impone como deber y aprovecha todos
los momentos, huyendo con diligencia de la ociosidad. El trabajo nos mantiene
dentro de nosotros mismos; nos aleja de las divagaciones del espíritu. En el
tiempo de las consolaciones impide que nos abandonemos, y en, el de la aridez
es alimento del alma. En las tentaciones, y en las pruebas, una persona piadosa
no podría sostenerse si no tuviera trabajo, pues entonces es menester que por
cuanto sea posible aleje el pensamiento de lo que pasa en su interior.
Toda alma interior es activa por
naturaleza, necesita siempre de alguna ocupación, ya material, ya espiritual; y
si no tiene suficiente con los deberes de su estado, debe ingeniarse buscando
las tareas que lo mantengan ocupado. Debe, empero, evitar con el mayor cuidado
el abandonarse sin discreción a las buenas obras y darse por entero a una gran
actividad natural: la multiplicidad de obras y la premura le harán perder la
paz interior, que bien puede no hallarse en la agitación de un corazón
ardoroso.
Aprendamos también de San José, que no
hay ocupación, por despreciable que sea a los ojos del mundo, de la cual un
cristiano deba avergonzarse; antes bien, pensar que tiene sobrados motivos para
estimarse honrado, siendo que su condición lo acerca más y más a Jesús, a María
y a José; y para tener una conformidad más perfecta con ellos, debe aceptar,
por amor al trabajo, el oficio a que su condición lo sujete.
Y para honrar este estado oscuro y
silencioso de la Sagrada Familia, las comunidades de regulares acostumbran
servirse unos a otros en los oficios, en las enfermedades y en todas las
circunstancias de la vida. Cuando los enviados del Padre Santo fueron a
presentar al seráfico doctor San Buenaventura el capelo cardenalicio, lo
encontraron ocupado en ayudar a sus hermanos conversos lavando la vajilla de la
cocina. San Luis, rey de Francia, gloria de su siglo, lavaba con todo respeto
los pies de los pobres que cada sábado reunía en su palacio. Queriendo dar a
San Francisco Javier, legado pontificio, un familiar que lo sirviera en el
barco que debía trasportarlo a las Indias, lo recibió el santo con estas
hermosas palabras: «Hasta tanto Dios me conserve estos dos brazos, yo los
emplearé para servir a todos, y nadie habrá de incomodarse para servirme a mí»…
Imitemos a estos siervos de Dios. Como San José, hagamos todos estos trabajos
con Jesús, por Jesús y con el mismo espíritu que Jesús, y nunca nos acontecerá
de realizarlos con negligencia o con precipitación, sino que siempre los
haremos con alegría y consuelo, aunque sean largos y penosos: Labores huius
magnas habent virtutes.
Pero si queremos que nuestros trabajos
sean realmente medios de santificación, no basta que sean honestos o
convenientes, conformes con los designios de Dios y hechos con rectitud de
intención, sino también que estén acompañados con el espíritu de oración.
Entremos en el corazón de José; la oración está constantemente unida al trabajo
de sus manos; en las fatigas bendice a Dios, que ha condenado al hombre a
trabajar con el sudor de su frente la tierra que ha de proporcionarle el pan
que come. Cuando recibe órdenes, adora en las criaturas el dominio supremo de
Dios; si recibe un salario módico en recompensa de sus trabajos, da gracias a
la Divina Providencia, que vela sobre las criaturas y da sustento a todos los
hombres. ¿Recibe repulsas, desprecios, injusticias, observaciones inmerecidas?
Acepta todo en silencio, para reparar la gloria de Dios ultrajada por el
pecado.
¡Cuántas y qué admirables virtudes ofrece
a nuestro ejemplo San José, en medio de sus ocupaciones de cada día!. . .
Trabaja, sí, pero sin afán de lucro: bástale cubrir las necesidades de Jesús y
de María. Es asiduo en el trabajo, pero sin perder de vista a su divino Hijo,
como lo hacen los ángeles, los cuales, aun cuando nos vigilan, no por eso dejan
de contemplar a Dios y de gozarse en su eterna beatitud.
Así debemos atender a nuestras
ocupaciones y a los deberes de nuestro estado; de otro modo, el trabajo
alimenta la actividad del carácter, las solicitaciones del amor propio, el
malhumor; disipa el espíritu, seca el corazón, lo aleja poco a poco de la oración,
y lo envuelve en dificultades y distracciones innumerables. No quiere decirse
con esto que debéis meditar trabajando, lo cual es poco menos que imposible, ni
recitar oraciones vocales que os cansarían y terminarían por ser un movimiento
mecánico de los labios. Basta estar unidos a Dios con un cierto afecto del
espíritu y del corazón, que es la oración recomendada por el Santo Evangelio en
estas palabras: Sine intermissione orate.
Por lo tanto, el amor nos enseña a hacer
esta especie de oración durante el trabajo, y a no interrumpirla aun cuando
estemos dedicados a otras cosas: este es el medio más seguro para conservar el
espíritu de oración, y de pasar del trabajo a la oración y de esta al trabajo;
de hacer, como dice San Francisco de Sales, el oficio de Marta y de María. ¿Qué
hombre más espiritual que San Agustín, San Bernardo, San Alfonso de Ligorio, y
quién más laborioso y ocupado?… Lo mismo podría decirse de un gran número de mujeres,
de una Santa Catalina de Siena, de una Santa Teresa de Jesús y otras muchas,
cuya vida, aunque toda de oración, estuvo llena de toda clase de buenas obras.
En una palabra, San José trabajaba para
Jesús y para María. ¿Quién podría creerlo? ¡Un hombre gana con el sudor de su
frente todo cuanto necesita para vestirse y alimentarse su propio Dios!… Manos
sagradas, destinadas a conservar la vida de Jesús, ¡qué glorioso es vuestro
ministerio! ¡Vuestra suerte es digna de los ángeles! ¡Sudores verdaderamente
preciosos, cuyo galardón ha de ser la conservación de un Hombre-Dios! De
labore manuum mearum victum deferebat...
También en esto podemos imitar estas
santas disposiciones del corazón de San José, trabajando como él para ayudar y
alimentar a Jesucristo en la persona de sus miembros dolientes; y para
inducirnos más eficazmente a socorrer a los pobres, el mismo divino Salvador
nos dice en el Santo Evangelio que todo lo que haremos por aquellos, lo
considera como hecho a Sí mismo, y así también lo recompensa.
Es este el misterio de la caridad
cristiana, misterio que se ofrece como una nueva Eucaristía, por la que podemos
alimentar a Dios en los pobres, así como Dios nos alimenta de Sí mismo bajo las
especies sacramentales. Los misteriosos dones que se hacen a Jesús en la
persona de sus miembros, traen consigo las bendiciones y la abundancia de la
paz que derrama en el corazón, llenándolo de una alegría la más santa y la más
pura. Reddes ei pretium laboris sui.
MAXIMAS DE VIDA
ESPIRITUAL
Haced
bien lo que hacéis, y alabareis a Dios (San Agustín).
Cuando
las obras de la vida activa están animadas por el amor de Dios, son la perfección
suprema (Santa Teresa de Jesús).
No miréis
nunca la calidad de lo que hacéis, sino solamente el honor que tenéis de ser
gratos a Dios (San Francisco de Sales).
AFECTOS
Augusto
jefe de la Sagrada Familia, ¡que consuelo y satisfacción admirables siento al
contemplar el edificante espectáculo que ofrece vuestra pobre casita de
Nazaret, más hermosa a mis ojos que palacio de reyes!... La oración, el
silencio, el trabajo reinan incesantemente en ella, haciéndola el santuario de
la virtud y de la paz.
Mientras
vuestra divina Esposa se ocupa del gobierno de la casa, vos trabajáis en un
oscuro taller con mi adorable Jesús: el mandato de Dios a nuestro primer padre,
jamás se cumplió mejor que en esa Casa, que es la más santa, la más inocente.
Oh Sagrada Familia, yo quiero imitaros en el trabajo, quiero trabajar como
vosotros y por amor a vosotros, a fin de merecer en vuestra compañía el eterno
descanso. Así sea.
PRÁCTICA
Trabajar
para los pobres; distribuir medallas e imágenes de San José.