lunes, 20 de abril de 2026

De otras calidades del buen Pastor.



Martes de la II semana de Pascua.

De otras calidades del buen Pastor.

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

PARA

EL TIEMPO PASCUA

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

MEDITACION

Martes de la II semana de Pascua.

De otras calidades del buen Pastor.

 

PUNTO PRIMERO. Considera que el buen Pastor tiene del pan y del palo, y que rige su ganado con el báculo y cayado y le da también el pasto; en figura de lo cual (como dice san Gregorio) aquella Arca del Testamento encerraba el maná dulce del cielo y la vara de Moises; porque en el pecho del buen Pastor ha de haber el maná de la blandura y la vara del castigo cuando fuere menester: de ambas cosas usa Dios con los suyos, como buen Pastor; dales la dulzura de la devoción y consolación y de la prosperidad, y también cuando es necesario usa de la vara del rigor y del castigo para avivarlos en su servicio; de lo cual has de sacar dos afectos; el uno de enseñanza para regir a los tuyos y a ti mismo, usando cuando convenga de la blandura, y otras veces del rigor; y el otro de humildad y resignación en la voluntad de Dios, sujetándote a su obediencia y tomando con igualdad de ánimo el castigo, la sequedad y el trabajo que te enviare, como la consolación y prosperidad cuando te la diere.

 

PUNTO II. El buen Pastor tiene mirra y medicamento para curar sus ovejas; así Cristo proveyó a su Iglesia de las medicinas de los Santos Sacramentos para curar las almas: pondera cuán fáciles son y cuán eficaces, pues lavándolas en el bautismo con el agua, las cura de la lepra del pecado que contrajeron en Adan, mucho mejor que se purificó Naaman de la suya en las aguas del Jordán: compara esta medicina con el acero sangriento de la circuncisión, y reconoce la benignidad de Cristo y la blandura y mansedumbre de este buen Pastor: discurre por los demás Sacramentos, y dándole gracias al Señor por ellos, atiende cómo los debes usar y aprovecharte de tan saludables medicinas; llora la negligencia que hasta ahora has tenido en valerte de ellos, y propón con firmeza enmendarte en lo porvenir.

 

PUNTO III. Considera cuán grande merced fue esta que te hizo el Señor, la cual negó al rebaño de los ángeles con ser de tan subido valor, a quien tocó la roña de la soberbia; y no les concedió el Señor medicina para recuperar la gracia perdida, sino que al instante que pecaron los lanzó al infierno. Considera qué fuera de ti si Dios hubiera usado este rigor contigo, y qué dieran hoy los demonios por esta medicina u otra mayor, por más penosa y trabajosa que fuera, para curar su dolencia y recuperar la salud perdida y volver a la gracia de Dios y a la herencia de la gloria; pues sin duda no hay cosa tan ardua ni tan penosa que no abrazaran con aliento y con sumo agradecimiento por conseguir este bien; procura con todas las veras posibles estimar la merced que Dios te ha hecho, no seas ingrato a sus beneficios porque no te prive de ellos; logra estas espirituales medicinas, que es lo que pretendió el Señor cuando las instituyó para bien tuyo.

 

PUNTO IV. Considera de qué se confeccionó la mirra de estas medicinas, no de las yerbas o de la resina de los árboles, o de las raíces de la tierra, o zumo de las flores, sino de la sangre preciosísima de Cristo, que como buen Pastor abrió sus venas y la dio para curar tus llagas y sanar tus enfermedades: éste fue el bálsamo (como dice san Bernardo) que dio el árbol de la vida para restaurar la tuya; él quiso ser herido y llagado para sanar tus llagas y tus  heridas con el bálsamo de su sangre ¡Oh Señor! adonde llegó la fineza de vuestro amor para quien tanto os ha ofendido, pues hicisteis más por mí que yo pude imaginar ni pediros a vos: pondera qué linaje de caridad fuera el de un hombre que viendo a otro enfermo y sin remedio abriese sus venas con la violencia del acero y derramase su sangre y quedase llagado por curar a su amigo de sus llagas, y qué agradecimiento debiera a tal fineza de amor quien así le recibiera; y saca de aquí lo que tú debes a Dios y cuán poco es lo que haces y padeces por él: mira tus enfermedades y la roña de tus malas costumbres; y pues tienes tal médico y tal pastor, arrójate a sus pies y pídele con humildad que te cure y sane de tus enfermedades, y que purifique tu alma de la lepra del pecado, para que le seas agradable y merezcas entrar en el aprisco de su gloria en compañía de sus escogidos.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.


DÍA 21. Felicidad que las almas piadosas encuentran en la Comunión

 


PREPARACIÓN

PARA LA CONSAGRACIÓN A SAN JOSÉ

el próximo 1 de mayo de 2026 con la obra:

“GLORIAS Y VIRTUDES

DE SAN JOSÉ”

 del R. P. HUGUET

 

 

DÍA 21

Felicidad que las almas piadosas

encuentran en la Comunión

 

Mi amado me pertenece, y yo a él.

Cantar de los cantares 2, 16

 

Jamás podremos comprender los consuelos divinos y las inenarrables delicias que San José gustó en sus íntimas vincula­ciones con Jesús. ¿Quién podrá medir los trasportes de amor, los éxtasis de este padre bienaventurado, la primera vez que tuvo la suerte de estrechar sobre su corazón tan tierno y tan puro a Aquel a quien adoran los ángeles en dulces deliquios de amor: Trementes adorant angeli?

¿Quién podrá referir los sentimientos de esa alma tan amante, cuando con las suyas se confundían las dulces miradas de Jesús, que respondía al amor de su dilecto padre, no sólo con el reconocimiento, sino también con la efusión de sus divinos favores?… Las caricias que Jesús hacía a José, no eran como las de los niños comunes, de simple instinto: eran demostraciones razonadas de caridad, emanaciones de su divinidad, pruebas infa­libles de su predilección; eran caricias inspiradas, que producían efectos deliciosos de santidad y perfección. ¿No podemos decir de José como de Simeón: El anciano llevaba al Niño, y el Niño gobernaba al anciano; el anciano era la fuerza del Niño, y el Niño era la ciencia del anciano; el anciano sostenía el cuerpo del Niño, y este sostenía el alma del anciano?...

Tertuliano admiraba la gloria y la suerte del trozo de tierra que fue tocado por las manos de Dios, cuando quiso modelar el cuerpo de nuestro primer padre, pues que sus manos adorables santifican y divinizan cuanto tocan: Ita toties honoratur, quoties manus Dei patitur.

¡Oh, San José, qué grande fue vuestra suerte al tener tantas veces el honor de acariciar al Salvador!… Pero aun has sido más afortunado, porque aquellas manos poderosas, que son fuen­te tan abundante de gracias, de bendiciones y de vida, os hayan acariciado a Vos: Itaque toties honoratur, quoties manus Dei patitur.

¡Ah, no, el divino Salvador no os tocó jamás con sus sagradas manos sin dejar alguna divina impresión, y cada vez ma­yor!… ¿Cómo podremos hacernos una idea exacta de los indecibles favores y consuelos con los que Jesús inundaba el corazón de su padre, en su continuo trato con él?…

Si Juan, el discípulo amado, repitió doquiera que la suerte que tuvo de reposar sobre el pecho adorable de su divino Maes­tro, fue un favor insigne, lo que para San José era un derecho, y lo que fue concedido una sola vez al afortunado Apóstol, era felicidad de todos los días para nuestro Santo Patriarca, en la in­fancia de Jesús, cuando reposaba amorosamente sobre el corazón de José, y en la vejez de este, cuando junto al divino Salvador saboreaba un dulce descanso: Sub umbra illius, quem desideraveram sedi, et fructus eius dulcís gutturi suo.

María Magdalena acercó sus labios y dejó su alma cautiva a los pies del Salvador, y José recibió con María el primer beso, la primera caricia del Dios Niño.

Decídnoslo, si podéis, bienaventurado José; ¿qué pasaba en vuestro corazón cuando ese Niño divino sonreía a vuestro amor, estrechaba con sus divinas manos vuestra frente virginal, y acercaba a vuestros labios su boca adorable?...

¡Qué delicio­so júbilo debió de ser el vuestro, cuando el divino Niño articuló las primeras palabras, vuestro nombre y el de vuestra augusta y castísima esposa!… Vox enim tua dulcis… ánima mea lique­facta est ut locutus est.

«¡Oh gran San José —exclama el santo Obispo de Ginebra—, esposo amantísimo de la Madre de Jesús, cuántas veces tuvisteis en vuestros brazos ese Amor del cielo y de la tierra, mientras, inflamado por los besos y abrazos de aquel divino Niño, vuestra alma se deshacía de gozo al oír repetir a vuestro oído (¡oh Dios mío, qué suavidad!) que vos erais su gran amigo, su padre!…»

¡Con qué lágrimas, con qué celestiales acentos le responde­ríais!… ¡En verdad que vos habéis hallado al dilecto de vues­tra alma: Inveni quem diligit anima mea, tenui eum, nec dimittam! ...

Si el seráfico San Francisco de Asís gustaba dulzuras inde­cibles en repetir durante noches enteras estas conmovedoras pa­labras: Mi Dios y mi todo; José, más bienaventurado, podía decir, no sólo como Santo Tomás: Dios mío y Señor mío, sino: Mi hijo y mi todo.

Este padre bienaventurado no vivía en la tierra sino con el cuerpo: su alma estaba en el cielo, cuyas puras delicias gusta­ba a raudales. Lo afirma la Santa Madre Iglesia cuando, diri­giéndose a San José, le dice: Maravilloso destino: desde esta vida sois igual a los ángeles, participáis de su felicidad y gozáis de Dios: Tu vivens superis par, frueris Deo, mira sorte beatior (Oficio de San José).

¡Qué satisfacción para ese padre bienaventu­rado, contemplar ese templo vivo que la divinidad llenaba de su gloria, crecer entre sus manos; esa soberana razón escondida bajo la debilidad de la humanidad, desarrollarse bajo sus cuidados, y hacer resplandecer bajo el velo de la infancia los primeros destellos de esa sabiduría infinita que debía confundir toda la prudencia del siglo: Puer autem crescebat et confortabatur,in sapientia!

¡Oh, gloria de Nazaret! ¡Qué felicidad estar solo con Él durante treinta años, ignorado de toda la tierra; solo con Él, olvidado del mundo entero!…

¡Oh, alegrías puras, alegrías desco­nocidas! ¡Oh felicidad, el verle crecer bajo vuestros ojos! ¡Oh dulce imagen de las alegrías del cielo! ¡Qué torrentes de delicias inundaban vuestro corazón, oh San José!...

Si San Juan Bautista, que no vio al Salvador sino a través de un muro, al decir de un Santo Padre, sintió tanta alegría, que saltó de júbilo; si el santo anciano Simeón, por haberle tenido entre sus brazos un momento, creyó que sus ojos no podrían hallar sobre la tierra nada que fuera digno de sus miradas, ¡qué efectos debían de producir en el alma de José las caricias y la continua familiaridad con Jesús!...

¡Cuántas veces, oh bienaventurado padre, contemplando vuestra dulce imagen, envidié vuestra venturosa intimidad con Jesús!… Y sin embargo, esa misma mañana me había sido dado gozar de una felicidad me atrevería a decir aun mayor que la vuestra. También yo, a pesar de mi miseria, he ordenado a Jesús, y El, obedeciendo a mi palabra como a la vuestra, bajó del cielo al altar por mi ministerio, y repitió en mi favor el adorable sacrificio del Calvario.

Pero esto no bastó a su amor; no solamente Jesús me permi­tió reposar sobre su Corazón, sino que descendió al mío, mezcló su Sangre con la mía, y unió mi alma a su alma: Erant cor unum et anima una; nuestras dos vidas se confundieron; nuestras dos existencias formaron una sola: Vivo ego, jam non ego, vivit vero in me Christus; y esta felicidad se renueva para mí cada día.
¡Cuántas veces, oh mi bienaventurado padre, tuve como vos la suerte incomparable de llevar a Jesús escondido bajo los velos del Sacramento!… Como a vos, me es dado habitar bajo el mismo techo que Jesús, entretenerme con El familiarmente a cada momento; no hay hora que pueda llamar más propicia o favorable, pues siempre está pronto con su santo amor, por­que Él no se oculta con el sol; su ojo está siempre abierto, y su oído siempre atento; siempre está dispuesto a interrumpir la ora­ción que por mí dirige a su Eterno Padre, para escuchar mis penas y mis necesidades.

Jesús os llamaba su padre, y su condescendencia y su amor llegan hasta darme los dulces nombres de hermano y amigo: Vos autem dixi amicos... Vado ad fratres. Permite que a su Padre celestial le llame Padre mío: Pater noster qui es in caelis, y a María, su santísima Madre, Madre mía: Ecce Mater tua.

Después de haber vivido, como vos, en la intimidad de Jesús, tengo también la dulce esperanza de dormirme entre sus brazos y entrar con El en la casa de mi eternidad.

En efecto, es propio de la Eucaristía el darnos todo un Dios a los hombres, no sólo como un objeto de adoración, sino también como un objeto de piadoso, tierno, religioso amor. Aquel que reina en los cielos, el Dueño, principio y fin de todas las cosas, quiere ser amado, y como la debilidad humana no podía elevarse hasta su infinita grandeza, Él, que es la misma fortaleza, se hizo, como se dice, débil con los débiles, abajándose hasta nosotros despojado de su infinita majestad, como un amigo que se da, no para ser tratado como monarca, sino como esposo y amigo de nuestra alma.

La comunión eucarística es un paso entre la unión con Dios concedida a los antiguos justos en este lugar de destierro, y la de que gozan los santos en la patria. Más felices nosotros que los primeros, no sólo participamos de la gracia, sino de la sustancia misma del Hombre-Dios, que se une cada día a nosotros para purificar nuestra alma y para alimentarnos con su Sangre. Es la unión con Dios llevada, si así puede decirse, a la más alta potencia que pueda alcanzarse en los límites del orden presente; más allá está el cielo. Y en verdad, si cuando la sustancia divina se mezcla a nuestra sustancia, Dios trasformara en la misma proporción nuestra inteligencia, nuestro amor en su amor, le veríamos cara a cara, le amaríamos con un amor semejante a aquella clara visión, y habríamos logrado la plenitud de la regeneración, seríamos tan bienaventurados como los santos.

Hubieras tenido por gran favor, oh alma mía, que José hubiese puesto a Jesús sobre tu corazón y te hubiese permitido colmarle de besos y caricias. Reaviva tu fe, ya que en la santa comunión tienes una felicidad mayor aún, pues posees plenamente, bajo el velo del Sacramento, al mismo Dios que constituye la felicidad de los elegidos en el esplendor de los santos.

Agradezcamos a Dios, quien en las maravillosas invenciones de su amor halló el medio de unirse a nosotros aún más estrechamente de lo que se unió con San José. Lamentémonos en nuestras comuniones y en nuestras visitas al Santísimo Sacramento, de no tener el espíritu de fe y el amor de que estaba animado el casto esposo de María en sus tiernas comunicaciones con Jesús. Recibamos con reconocimiento, pero sin apegarnos a ellos, los consuelos que alguna vez quiera darnos, a fin de desprender nuestro corazón de todo lo que no es El, y hacernos más animosos y más fieles en el tiempo de la prueba.

Pidamos a San José que nos obtenga la gracia de amar como él lo hizo, no sólo los consuelos de Dios, sino y por sobre todas las cosas, al Dios de los consuelos.

 

MÁXIMAS DE VIDA ESPIRITUAL

Cuando poseas a Jesús, serás rico, y Él solo te bastará (Imitación).

Vale más una aflicción bien recibida, que cien consuelos muy gustados (San Andrés).

El verdadero amor de Dios no es el que se siente y se gusta, sino el que humilla y nos despega (Fenelón).

 

AFECTOS

Oh bienaventurado José, también a mí me es dado tener parte en vuestra felicidad; pero ¡ay de mí, qué lejos estoy de participar de vuestro amor!… Haced que, como vos, descanse más en Jesús que en las criaturas; más que en los placeres y que en la alegría, en los consuelos y en las dulzuras, en las esperanzas y en las promesas; más que en todos los méritos y en todos los deseos, y también más que en sus mismos dones y recompensas, más que en todas las cosas visibles e invisibles; en una palabra, más que en todo lo que no es mi Dios.

Vos solo, oh Jesús, sois infinitamente bueno, Altísimo, Omnipotente; Vos solo bastáis, porque Vos solo poseéis y lo dais todo. Vos solo sabéis consolar con vuestras inenarrables dulzuras. Vos sois la verdadera paz del corazón y su único reposo; fuera de Vos, todo es pesadez e inquietud. En esta paz, es decir, sólo en Vos, Eterno y Soberano Dios, dormiré y descansaré. Así sea.

 

PRÁCTICA

Disponerse con la fidelidad a la gracia a hacer cada miércoles, día consagrado a San José, la santa comunión.