Soberana
Reina de los cielos, abogada de los pecadores y consuelo de todos los
afligidos, que quisiste inspirar al gran Patriarca Santo Domingo de Guzmán, tu
fiel siervo, la devoción del Santísimo Rosario. Alcánzanos de tu Divino Hijo,
nuestro adorable Redentor, que hagamos este santo ejercicio con la mayor
piedad, atención y recogimiento, para que, por este medio, consigamos ser
durante toda nuestra vida incansables devotos del Santísimo Rosario. ¡Oh, Virgen
María, cuyas gracias y misericordias para con los que te invocan no se agotan
jamás! Haz que en estos días participemos de ellas con mayor abundancia, a fin
de que podamos cantar tus alabanzas en la gloria por toda una eternidad. Amén.
DÍA
30
MARÍA,
HIJA, MADRE Y ESPOSA
Mas,
para que los cielos vieran la justicia con que a María se la elevaba con tan
grande dignidad, el Padre Eterno manifiesta que aquella es su Hija; el Hijo la
aclama por su Madre, y el Espíritu Santo inspira a aquellas celestiales
inteligencias que Él la ha aceptado por Esposa.
Los
espíritus angélicos se postran reverentes y entonan a María este himno sagrado:
«Dios
te salve, Hija de Dios Padre; Dios te salve, Madre de Dios Hijo; Dios te salve,
Esposa del Espíritu Santo; Dios te salve, templo y sagrario de la Santísima
Trinidad; sea dada gloria a Ella por los siglos de los siglos».
Espectáculo
más grandioso no han presenciado el cielo ni la tierra, tratándose de una pura
criatura.
***
La
Virgen prometió a Santa Matilde que asistirá en la vida y en la hora de la
muerte a quienes recen diariamente tres Avemarías.
Avemaría (x3)
Oración
Final
Reina
del Santísimo Rosario,
esperanza
de los cristianos,
Madre
de Misericordia,
dulzura
de mi vida.
A
ti suspiro desterrado en este valle de lágrimas.
EL DESCUIDO DE LOS MORTALES EN ALIVIAR A LAS ÁNIMAS DEL PURGATORIO
NOVENA
EN SUFRAGIO DE
LAS BENDITAS ÁNIMAS DEL PURGATORIO
Tomada del devocionario Áncora de
Salvación,
compilado y publicado por el Padre José
Mach, SJ, en 1860.
Por la señal ✠
de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos líbranos,
Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y
del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
ACTO DE CONTRICIÓN
Señor mío
Jesucristo, Creador, Padre y Redentor mío, en quien creo y espero, a quien amo
y quisiera haber siempre amado sobre todas las cosas; me pesa, sí, una y mil
veces me pesa de haberos ofendido, por ser Vos quien sois, bondad infinita.
Pésame también porque merecí las terribles penas del Purgatorio, y ¡ay!, tal
vez las eternas llamas del Infierno. Propongo firmemente nunca más pecar, y
apartarme de todas las ocasiones de ofenderos, ayudado de vuestra divina
gracia. ¡Oh, tenga yo, Jesús mío, la dicha de confesarme bien, enmendar la vida
y perseverar hasta la muerte! Os lo pido por esas benditas Ánimas, por vuestra
Sangre preciosísima y por los dolores de vuestra afligidísima Madre. Amén.
DÍA SÉPTIMO
MEDITACIÓN
EL DESCUIDO DE LOS MORTALES EN ALIVIAR A LAS ÁNIMAS DEL PURGATORIO
PUNTO PRIMERO. ¡Pobres almas!
Están padeciendo tormentos y penas inexplicables; no pueden merecer ni esperar
alivio sino de los vivos, y estos, ingratos, no cuidan de ellas.
Tienen en el mundo
tantos hermanos, parientes y amigos, y no hallan, como José, un Rubén piadoso
que las saque de aquella profunda cisterna. Sus tinieblas son más dolorosas que
la ceguera de Tobías, y no encuentran un Rafael que les dé la vista deseada para
contemplar el rostro hermosísimo de Dios.
Se abrasan en una
sed más ardiente que la del criado de Abraham, y no hallan una oficiosa Rebeca
que se la alivie. Son infinitamente más desgraciadas que el caminante de Jericó
y el paralítico del Evangelio, pero no encuentran un samaritano ni otra persona
compasiva que las consuele.
¡Pobres Ánimas!
¡Qué tormento tan grande será para vosotras este olvido de los mortales!
¡Podrían tan fácilmente aliviaros y libertaros del Purgatorio! Bastaría una
Misa, una Comunión, un Vía Crucis o una indulgencia que os aplicasen, y nadie
se preocupa de ofrecérosla.
¿Y quiénes son
esos ingratos? ¡Ah! Son vuestros mismos parientes y amigos, vuestros herederos,
vuestros propios hijos. Ellos se alimentan y recrean con los bienes que les
dejasteis, y ahora, desconocidos, ya no se acuerdan de vosotras.
Tal vez por
haberlos estimado y complacido demasiado, por haberlos enriquecido con usuras y
otros medios ilícitos, ardéis en esas llamas; y los ingratos se divierten ahora
sin compadecerse ni acordarse de vuestras penas.
¡Pobres almas! Con
mucha más razón que David podéis decir:
«Si un extraño que
jamás hubiese recibido favor alguno de mi mano, si un enemigo me tratara así,
por sensible que me fuera, podría soportarlo con paciencia. ¡Pero tú, hijo mío,
que me debes tantos beneficios y te sustentas y regalas con el sudor de mi rostro;
tú, hija mía, por quien pasé tantos dolores y tantas malas noches; tú, esposo;
tú, esposa mía, que tantas pruebas recibisteis de mi amor, siendo objeto de mis
desvelos y blanco de mis incesantes favores; que tú me trates así, que,
descuidando los sufragios que tanto te encargué, me dejes en este fuego sin
querer socorrerme!».
¡Ah! ¡Esta sí que
es ingratitud y crueldad superiores a toda ponderación!
Medita un poco
sobre lo dicho.
PUNTO SEGUNDO. ¡Pobres almas!
Pero más pobres e infelices seremos nosotros si no las socorremos.
«Acuérdate —gritan
los difuntos— de cómo he sido yo juzgado, porque así mismo lo serás tú. A mí,
ayer; a ti, hoy. Tú también serás del número de los difuntos, y tal vez muy
pronto. Y, por rico y poderoso que seas, ¿qué sacarás de este mundo? Lo que
nosotros sacamos, y nada más: las obras. Si son buenas, ¡qué consuelo! Si
malas, ¡qué desesperación! Como tú hayas hecho con nosotros, harán contigo».
¿Lo oyes? Si ahora
eres duro e insensible con las benditas Ánimas, duros e insensibles serán
contigo los mortales cuando tú hayas dejado de existir.
Y no es este el
parecer de un sabio, sino el oráculo de la Sabiduría infinita, que nos dice por
San Mateo: «Con la misma medida con que midiereis, seréis medidos».
Sí, del mismo modo
que nos hubiésemos portado con las almas de nuestros prójimos, se portarán
también con nosotros los mortales. Y «¡ay de aquel que no hubiese usado de
misericordia, porque le espera —dice el apóstol Santiago— un juicio sin
misericordia!».
¿Y no tiemblas tú,
heredero y testamentario, insensible para con los difuntos? Si el Juez supremo,
lleno de indignación, arroja al Infierno al que niega limosna a un pobre que
tal vez era enemigo de Dios por el pecado, ¿con cuánta más justicia y rigor condenará
al que niegue a sus amadísimas esposas los sufragios procedentes de los bienes
que le pertenecían?
Medita lo dicho un
poco; encomienda a Dios las Ánimas de tu mayor obligación y pide, por la
intercesión de María Santísima, la gracia que deseas conseguir en esta Novena.
EJEMPLO
Refiere San
Nicéforo de Constantinopla que, habiendo sido derrotado por Cayano el ejército
de Mauricio y hechos prisioneros gran número de soldados, Cayano pidió al
emperador una moneda, y no de valor muy subido, por el rescate de cada
prisionero.
Mauricio se negó a
darla. Cayano pidió entonces una moneda de menor valor, pero también se la
rehusaron. Exigió, por último, una cantidad ínfima; y, al no conseguirla
tampoco, el bárbaro, irritado, mandó cortar la cabeza a todos los soldados
imperiales que tenía en su poder.
Mas ¿qué sucedió?
Pocos días después, Mauricio tuvo una espantosa visión. Citado al tribunal de
Dios, veía una gran multitud de esclavos que arrastraban pesadas cadenas y, con
horrendos gritos, pedían venganza contra él.
Oyendo el Juez
supremo tan justas quejas, se volvió a Mauricio y le preguntó:
—¿Dónde quieres
ser castigado: en esta vida o en la otra?
—¡Ah, benignísimo
Señor! —respondió el prudente emperador—. Prefiero ser castigado en este mundo.
—Pues bien —dijo
el Juez—, en pena de tu crueldad con aquellos pobres soldados, cuya vida no
quisiste salvar a tan poco precio, uno de tus soldados te quitará la corona, la
fama y la vida, acabando con toda tu familia.
En efecto, pocos
días después se le insurreccionó el ejército, proclamando emperador a Focas.
Mauricio, fugitivo, se embarcó en una pequeña nave con unos pocos que le
seguían; mas en vano: las furiosas olas lo arrojaron a la playa. Al llegar los
partidarios de Focas, lo ataron a él y a cuantos le acompañaban y los llevaron
a Eutropia, donde, ¡oh padre infeliz!, después de haber visto con sus propios
ojos la cruel carnicería de cinco de sus hijos, fue muerto ignominiosamente. No
pasó mucho tiempo sin que el resto de su familia sufriera la misma desgracia.
¡Ah, cristianos
que oís esto! No son unos pobres soldados, sino vuestros propios hermanos y
vuestros propios padres los que han caído prisioneros de la Justicia divina.
Este Dios misericordioso pide por su rescate una moneda muy pequeña: de gran
valor, es verdad, pero muy fácil de dar.
¿Y seréis tan
duros que se la neguéis? ¿Tan insensibles seréis a la felicidad de las Ánimas y
a vuestros propios intereses?
ORACIÓN A JESÚS
LLEVANDO LA CRUZ A CUESTAS
¡Oh dulcísimo
Jesús! ¡Qué sensible habrá sido a vuestro corazón mi olvido e indiferencia para
con las almas del Purgatorio, pues tanto las amáis, por una parte, y, por otra,
sois tan caritativo que, cuando subíais a la montaña del Calvario, olvidasteis
vuestro dolor acerbísimo para consolar a aquellas piadosas mujeres que lloraban
vuestra suerte!
Aplaque, pues, ¡oh
Padre celestial!, vuestra ira la caridad inmensa de vuestro Hijo santísimo.
Aceptad esos dolorosos pasos que da, oprimido por el enorme peso de la cruz;
aceptad esas tres lastimosas caídas, junto con los escarnios, el sudor y la
sangre que derrama por nuestro amor.
Yo os lo ofrezco
todo en remisión de mi poca paciencia en los trabajos y en sufragio de las
pobres almas del Purgatorio.
¡Ah! Compadeceos
de sus lágrimas; enjugadlas, ¡oh Padre clementísimo!, y haced que participen
dichosas cuanto antes de la gloria de vuestro rostro divino en la patria
celestial. Amén.
OBSEQUIO: El mayor sufragio
que reclaman las benditas Ánimas, el más necesario para nosotros y el más
acepto a Dios, es hacer una buena confesión, sin callar pecado alguno al
confesor.
RESPONSO POR NUESTROS DIFUNTOS
V.
No te acuerdes, Señor, de mis pecados.
R.
Cuando vengas a purificar al mundo en fuego.
V.
Dirige, Señor Dios mío, a tu presencia mis pasos.
R.
Cuando vengas a purificar al mundo en fuego.
V.
Dales, Señor, el descanso eterno y brille para ellos la luz eterna.
R.
Cuando vengas a purificar al mundo en fuego.
Señor, ten piedad.
Cristo, ten piedad.
Señor, ten piedad.
Padre nuestro… (se
recita en silencio)
V. Libra, Señor, su (sus) alma (almas)
R. De las penas del infierno.
V. Descanse (-n) en paz.
R. Amén.
V. Señor, escucha nuestra oración.
R. Y llegue a ti nuestro clamor.
Oremos. Oh Dios mío, de quien es propio
compadecerse y perdonar: te rogamos suplicantes por las almas de tus siervos
que has mandado emigrar de este mundo, especialmente por las almas de nuestros
familiares, amigos y bienhechores (pueden nombrarse por
su nombrepropio), para que no
las dejes en el purgatorio, sino que mandes que tus santos ángeles las tomen y
las lleven a la patria del paraíso, para que, pues esperaron y creyeron en ti,
no padezcan las penas del purgatorio, sino que posean los gozos eternos. Por
Cristo nuestro Señor. Amén.
V. Dales, Señor, el descanso eterno.
R. Y brille para ellos luz perpetua.
V. Descansen en paz.
R. Amén.
V. Por la misericordia de Dios y la
intercesión de la Bienaventurada Virgen María las almas de los fieles difuntos
descansen en paz.
El glorioso centurión y mártir de Cristo san Marcelo
fue de nación español y tiénese por tradición que nació en la ciudad de León,
que después fue cabeza y corte del reino de su nombre. Floreció en la profesión
militar en tiempo del presidente Anastasio Fortunato que gobernaba aquella
provincia de España, y celebrándose por este tiempo la exaltación de Maximiano
Hercúleo al imperio; para que la función fuese más solemne, el presidente
Anastasio Fortunato publicó un edicto por el que se mandaba que todos los
pueblos de la provincia concurriesen a León el día señalado para la festividad
y regocijo público. Marcelo, estando delante de las banderas de su legión,
lastimado de ver tanta gente entregada a la idolatría, a vista de todos se
quitó el cíngulo o banda militar y dijo: «Yo solo sirvo a Jesucristo, Rey de
reyes y Señor de los señores, por lo que desisto de servir más a los
emperadores de la tierra y desprecio sus falsos dioses.» Diciendo esto arrojó
también el sarmiento que llevaba en la mano como divisa de su grado de
centurión en la milicia. Dio orden el gobernador que luego pusiesen a san
Marcelo en la cárcel y terminadas las fiestas y sacrificios idólatras,
preguntóle lleno de ira: «¿Qué causa has tenido para arrojar el cíngulo
militar?» «La causa es, respondió Marcelo, que siendo como soy cristiano no
puedo conservar estas insignias que parece obligan a prestar sacrificio a
vuestras deidades quiméricas.» «Yo no puedo disimular tu temeridad, repuso
Fortunato; daré parte de ella al César, enviándote por ahora a Tánger a mi
principal Agricolano.» «Haz lo que te parezca, contestó Marcelo; pero entiende
que aquí y en todas partes haré la misma confesión de mi Señor Jesucristo.»
Envió con efecto Fortunato a Marcelo cargado de prisiones a la metrópoli de la
Mauritania, donde a la sazón se hallaba Agricolano; y habiendo llegado el santo
a aquella ciudad, después de innumerables trabajos que padeció en el viaje,
enterado Agricolano del proceso hecho por Fortunato, mandó a uno de sus
oficiales leerlo en alta voz y preguntó después a Marcelo: «¿Qué furor te ha
preocupado para arrojar las insignias militares y blasfemar contra los dioses
del imperio?» Respondió el mártir: «No hay furor alguno en los que temen al
Señor»; y en habiendo oído la sentencia de muerte, mostrándose agradecido al
prefecto, le dijo: «Agricolano, Dios te haga bien y tenga misericordia de ti.»
Fue conducido después al lugar del suplicio el mismo día que entró en Tánger y
puesto en oración fue degollado. Los cristianos recogieron el venerable cuerpo
del ilustre soldado de Cristo en el silencio de la noche y habiéndole embalsamado
le dieron honrosa sepultura.
Reflexión: ¡Qué heroico vencedor de los respetos
humanos se mostró el cristiano centurión san Marcelo, arrojando el cíngulo
militar delante de tan grande muchedumbre y en medio de aquella fiesta tan
solemne! ¡Cómo podrán leer este ejemplo tan sublime sin cubrirse de vergüenza
las miserables víctimas del qué dirán! Pero ¿no es razón hacer más caso del qué
dirá Dios que del qué dirán los hombres? Y si llega la alternativa de haber de
perder la amistad de Dios o la del mundo, ¿qué amistad ha de preferirse y
conservarse a todo trance? La del mundo, que es tan mudable, fementida y
transitoria, o la de Dios, que es constante, fidelísima y eterna? Mira cuan
necios son los que, por no desagradar al mundo por un poco de tiempo, no
reparan en perder la eterna amistad de Dios.
Oración: Rogámoste, oh Dios omnipotente, que los
que veneramos el nacimiento para la gloria de tu bienaventurado Marcelo mártir,
por su intercesión crezca en nosotros el amor de tu santo nombre. Por
Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
Santa
María de la Almudena, Madre de Dios y Madre nuestra: mira con misericordia a
tus fieles hijos que acuden a venerar tu imagen, hallada por singular
providencia y devoción en la muralla antigua de Madrid. Te rogamos que infundas
en nuestras almas el amor más puro a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, para
que podamos ser fieles a las gracias recibidas en el Bautismo y alcanzar, por
tu intercesión, la eterna bienaventuranza en el cielo. Por Jesucristo, nuestro
Señor. Amén.
Se reza la oración propia de cada día y, después de pedir la gracia
particular que se desea alcanzar en esta novena, se rezan tres avemarías,
precedidas de esta jaculatoria: «Bendita sea la hora en que tu imagen
milagrosa apareció en el muro de la Almudena».
ORACIÓN
FINAL PARA TODOS LOS DÍAS
Dios
todopoderoso y eterno, animados por el amor que Jesucristo nos demostró en la
cruz y fortalecidos por la gracia del Espíritu Santo, te pedimos que el nombre
de la Virgen María de la Almudena sea siempre alabado y que, por su
intercesión, vivamos la caridad cristiana para gozar eternamente de la gloria
celestial. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en
la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
Santa
María de la Almudena, ruega por nosotros.
DÍA
PRIMERO
INMACULADA
CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA
¡Inmaculada
Virgen María! Tú, que fuiste escogida por la Santísima Trinidad para ser Madre
de Jesucristo y preservada del pecado original desde el primer instante de tu
concepción, por los méritos de Cristo, tu Hijo y Salvador del género humano, te
rogamos que, por tu intercesión, logremos estar limpios de todo pecado y,
practicando las virtudes de tu vida santísima, alcancemos los premios eternos.
Concédenos
la gracia que te pedimos en esta novena, si es para mayor gloria de Dios, honra
tuya y bien de nuestras almas. Así sea. (Hacer la petición).
DÍA
SEGUNDO
NATIVIDAD
DE LA VIRGEN MARÍA
¡Excelsa
Hija del Eterno Padre! Con tu nacimiento se alegró la creación entera, porque
Dios hizo en ti maravillas para que fueras la Madre de nuestro Redentor. Haz
que, habiendo aparecido tu sagrada imagen de la Almudena, el pueblo madrileño
nazca continuamente a la vida de la gracia por la oración y los sacramentos, te
aclame como Madre y Abogada en las necesidades, tanto materiales como
espirituales, y florezca en la fe y las buenas costumbres. Concédenos la gracia
que te pedimos en esta novena. Así sea. (Hacer la petición).
DÍA
TERCERO
PRESENTACIÓN
DE LA VIRGEN MARÍA EN EL TEMPLO
¡Oh,
dulce Virgen María! Tú, que con tu santo nombre eres la estrella de los mares y
la paz de todo caminante, y que, según la tradición, fuiste presentada por tus
padres en el templo para gloria de Dios, te suplicamos que nos ayudes a seguir
el ejemplo de tus virtudes, consagrando nuestra vida al servicio de Dios y al
bien del prójimo, e invocando con frecuencia el nombre de María de la Almudena
para que seas nuestro auxilio en las tentaciones y los peligros. Concédenos la
gracia que te pedimos en esta novena. Así sea. (Hacer la petición).
DÍA
CUARTO
ANUNCIACIÓN
DEL ÁNGEL A NUESTRA SEÑORA
¡Dignísima
Esclava del Señor! Tú, que fuiste escogida por Dios para ser Madre virginal del
Verbo eterno hecho hombre, nuestro Señor Jesucristo, y lo aceptaste con
humildad y sabiduría, tal como lo quiso la divina Providencia, haz que vivamos
con humildad nuestra propia vocación cristiana, siendo obedientes a las
inspiraciones divinas y fieles a nuestro estado de vida. Concédenos la gracia
que te pedimos en esta novena. Así sea. (Hacer la petición).
DÍA
QUINTO
VISITACIÓN
DE LA VIRGEN MARÍA A SANTA ISABEL
¡Corazón
Inmaculado de María! Con la visita a tu prima santa Isabel, esta se llenó del
Espíritu Santo, fue santificado en su seno Juan el Bautista y ella proclamó que
eres «la bendita entre todas las mujeres», por ser la Madre del Señor. Te
rogamos que, por la visita de tu imagen de la Almudena a esta villa de Madrid,
se santifiquen nuestras familias, como ocurrió con la de Zacarías, viviendo en
paz y alegría todos los días y acontecimientos de nuestra vida. Concédenos la
gracia que te pedimos en esta novena. Así sea. (Hacer la petición).
DÍA
SEXTO
MATERNIDAD
DE LA VIRGEN MARÍA
¡Madre
de Dios y Madre de la Iglesia! Dichoso el día en que de ti nació el Hijo de
Dios, nuestro Señor Jesucristo, en la gruta de Belén. Dichoso también el día en
que tu sagrada imagen llegó a esta villa de Madrid y, más tarde, fue hallada en
uno de sus muros, pues desde entonces no cesamos de aclamarte como Madre,
Patrona y Señora, esperando que seas nuestro socorro en las enfermedades y
nuestra alegría en el camino de la vida.
Concédenos
la gracia que te pedimos en esta novena. Así sea. (Hacer la petición).
DÍA
SÉPTIMO
PURIFICACIÓN
DE LA VIRGEN MARÍA
¡Purísima
Virgen María! Tú, que, siendo la «llena de gracia» por el Espíritu Santo,
fuiste a Jerusalén con san José para ofrecer el sacrificio mandado por la Ley
de Moisés y presentar en el templo al Niño Jesús, Salvador del mundo, haz que
nosotros seamos también obedientes a las leyes de la Iglesia y ofrezcamos con
humildad nuestra vida para iluminar las almas con la fe y disipar las tinieblas
del pecado con el amor que Cristo nos enseñó. Concédenos la gracia que te
pedimos en esta novena. Así sea. (Hacer la petición).
DÍA
OCTAVO
LOS
DOLORES DE NUESTRA SEÑORA
¡Oh,
Madre Dolorosa! ¡Cuánto sufriste al ver padecer a tu Hijo Jesucristo en los
distintos momentos de su vida, especialmente al permanecer junto a Él al pie de
la cruz y recordar las palabras del anciano Simeón: «Una espada atravesará tu
alma»! Te rogamos que nuestros corazones se unan a tu Corazón Inmaculado para
cooperar en la redención del hombre, que Jesucristo realizó con su Pasión y
Resurrección. Concédenos la gracia que te pedimos en esta novena. Así sea.(Hacer la petición).
DÍA
NOVENO
ASUNCIÓN
Y CORONACIÓN DE LA VIRGEN
¡Virgen,
Madre y Reina, santa María la Real de la Almudena! Llenos de gozo al saber que
estás en el cielo en cuerpo y alma, coronada como Reina y Señora de todo lo
creado, pues el Señor miró la humildad de su esclava y por eso te llamarán
bienaventurada todas las generaciones, te rogamos que te muestres siempre
Patrona, Reina y Señora de Madrid y corones nuestra vida con las virtudes de la
fe, la esperanza y la caridad, para gozar contigo de la visión de Dios en el
cielo. Concédenos la gracia que te pedimos en esta novena. Así sea. (Hacer la
petición).