sábado, 4 de abril de 2026

De cómo Cristo bajó al Limbo, sacó las almas de los Santos Padres y apareció a su Santísima Madre.

 


Domingo de Resurrección.

De cómo Cristo bajó al Limbo, sacó las almas de los Santos Padres y apareció a su Santísima Madre.

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

PARA

EL TIEMPO PASCUA

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

MEDITACION

Domingo de Resurrección.

De cómo Cristo bajó al Limbo, sacó las almas de los Santos Padres y apareció a su Santísima Madre.

 

PUNTO PRIMERO. Considera cómo en consumando Cristo la obra de nuestra redención quedó su cuerpo en la cruz y su alma santísima unida con la divinidad bajó al limbo, lugar en el corazón de la tierra, a cumplir los deseos de aquellas almas que por tantos siglos le estaban esperando , y estando en aquellos calabozos los alumbró más que el sol y glorificó con su presencia. Contempla el gozo que tendrían aquellos santos viendo cumplidas sus esperanzas dilatadas por tantos años; la alegría con que le recibirían; las palabras con que le darían gracias por tan incomparable beneficio, y cómo darían por bien empleados todos sus trabajos y la dilación de su promesa por verla cumplida tan colmadamente y con un gozo tan grande, sin recelo de perderle: anímate con su ejemplo a esperar en el Señor, y a no descaecer aunque se tarde, que sus promesas son infalibles y sus premios sobre todo merecimiento mayores que los pudiéramos pedir.

 

PUNTO II. Considera que habiendo el Redentor libertado a aquellos santos de las prisiones en que estaban y comunicándoles parte de su gloria, vino al sepulcro a donde estaba su santísimo cuerpo y a vista de toda aquella santa compañía de bienaventurados que traía consigo se volvió a unir con él, y le glorificó de manera que venció su hermosura a la del sol y a la luna y a todo cuanto hay criado, y salió vivo y glorioso del sepulcro sin que le impidiese como a Lázaro la piedra con que estaba cerrado. Considera la gloria del Salvador y los parabienes que le darían todos aquellos santos y las muchas gracias por haberlos rescatado a tanta costa suya, pudiendo redimirlos con sola una palabra; la música de los ángeles que le cantarían la victoria , y todo lo demás que allí pasaría; mira el premio que tienen los trabajos padecidos con paciencia por amor de Dios, y la corona que se da a los vencedores, y resuélvete a pelear varonilmente las batallas del Señor, y a sufrir con paciencia los trabajos que te vinieren por su amor, esperando por ellos el premio de su divina mano; y no te apartes de su presencia sin darle mil para bienes de su gloria, gozándote de ella más que si fuera tuya propia.

 

PUNTO III. Carga el peso de la consideración sobre lo dicho, y pondera para provecho de tu alma que pudo Cristo fácilmente sacar a los santos Padres y resucitarlos de la muerte con sola una palabra, como resucitó a Lázaro y al hijo de la viuda de Nain, o con la voz de un ángel, como ha de resucitar a todo el mundo en el día último del juicio, y no quiso sino por su misma persona; lo uno para aumentar su gozo; lo otro para triunfar del infierno; lo otro para enseñarnos a visitar y consolar a los afligidos por nuestras propias personas en las cárceles, hospitales y destierros, y consolarlos en sus aflicciones como lo hicieron sus amigos con el santo Job. Contempla aquellas cuatro dotes que comunicó Cristo a su cuerpo de agilidad, sutilidad, claridad e impasibilidad, y vuelve los ojos a ti y pídele que te resucite de la muerte del pecado a la vida de la gracia, y que te comunique estos cuatro dones en tu alma, de agilidad en el fervor y presteza en su servicio; de sutilidad para vencer todos los impedimentos sin que alguno te detenga; de claridad, teniéndola con tus padres espirituales sin encubrirles cosa alguna de tu conciencia; de impasibilidad para no volver a pecar eternamente, sino conservar entera y sin mácula la vida de la gracia, así como Cristo resucitado nunca más volvió a morir.

 

PUNTO IV. Considera con san Buenaventura cómo luego sin tardanza fue el Redentor del mundo a visitar y consolar a su santísima Madre, la cual, como dice el santo, estaba en su retrete orando, pidiendo afectuosamente al Eterno Padre que le cumpliese su promesa y resucitase a su benditísima Hijo, y en estas plegarias le vio delante de sí gloriosísimo sobre cuanto se puede imaginar, acompañado de aquel ejército de santos, todos vestidos con librea de gloria. Contempla los coloquios dulcísimos que tendrían en tal ocasión el Hijo y la Madre viendo pasada la borrasca de su pasión, y hallándose en la tranquilidad de la bienaventuranza; los parabienes que le darían todos aquellos santos, y las gracias por la parte que había tenido en su redención, el gozo de verle y de verlos: gózate con ellos y saca para tu provecho cuánto logro tienen los que son consortes con Cristo en sus penas, pues tal y tan en breve les da el premio de sus merecimientos; mira el que dio a su cuerpo santísimo y a su Beatísima Madre, atropellando el tiempo por no dilatarle su consuelo; y aliéntate a llevar tu cruz en su compañía para que merezcas ser coronado con él en su gloria.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.