martes, 31 de marzo de 2026

El coloquio que tuvo Cristo con las mujeres devotas que lloraban cuando iba al Calvario

 


Miércoles Santo.

El coloquio que tuvo Cristo con las mujeres devotas que lloraban cuando iba al Calvario

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

PARA EL TIEMPO DE 

TIEMPO DE SEPTUAGÉSIMA,

CUARESMA

Y TIEMPO DE PASIÓN

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

MEDITACION

Miércoles Santo.

El coloquio que tuvo Cristo con las mujeres devotas que lloraban cuando iba al Calvario

Lc 23, 27 – 31

PUNTO PRIMERO. Considera que, como dice san Buenaventura, la Santísima Virgen, que acompañada de san Juan y de santa María Magdalena y de otras santas mujeres, no pudo por la muchedumbre de la gente ver al Salvador cuando salía con la cruz a cuestas, atajó por otras calles y le espero al salir de la puerta con su santa compañía en lugar a donde pudiesen verle y hablarle, y llegado allí el Salvador enmudecieron las lenguas por la grandeza del dolor, y hablaron los ojos derramando ríos de lágrimas; allí se miraron tiernísimamente los dos amantes y se hablaron los corazones, conformándose con la voluntad del Altísimo, a quien obedecían en todo. Contempla en este paso lo que sentiría la Reina de los ángeles, ver a su preciosísimo Hijo condenado y en poder de homicidas, y qué eco haría en su corazón el pregón que resonaba en sus oídos, y los clamores de la gente, y los dichos y palabras afrentosas del vulgo que le condenaría y blasfemaría como ignorante ¡Oh Virgen Santísima! retiraos a vuestro retrete, que no es decente para vos la compañía de ladrones y homicidas; ¡pero cómo podréis retiraros y dejar en tales riesgos al amado de vuestro corazón y al autor de la vida! ¡Oh qué doloroso paso ha sido este para ambos! ¡Oh quién supiera y pudiera consolaros y serviros!

PUNTO II. Considera las palabras que en esta ocasión dijo el Salvador a las devotas mujeres que le lloraban: Hijas de Jerusalén, no queráis llorar sobre mí, sino llorad sobre vosotras, porque vendrán días en que se tendrán por infelices las que tuvieren hijos, y pedirán a los montes que caigan y las sepulten vivas, porque si en el árbol verde se ejecuta este rigor, en el seco y árido ¿qué será? Estas palabras les dijo Cristo con vivo sentimiento, todas dignas de mucha ponderación ¿En qué se pudieron emplearlas lágrimas mejor ni más dignamente que en llorar la pasión del Salvador? Y con todo eso dice que no lloren, sino que lloren la ruina espiritual y temporal de su ciudad, en que hace alarde de la grandeza de su caridad, pues antepone los trabajos ajenos a los propios, y les enseña a llorarse primero a sí mismos y después a los otros, y juntamente les profetiza el castigo que les amenaza por el pecado tan atroz que cometían. Rumia estas palabras del Salvador, que son un panal de dulcísima devoción, y una triaca saludable para la vida espiritual. Aprende a llorar y compadecerte de las calamidades ajenas y a llorar tus faltas y pecados, y mira el castigo que te amenaza por ellos cuando ves las penas que el Redentor padece por los ajenos, y conforme a esta lección endereza tus pasos para el cielo.

PUNTO III. Considera cómo una de aquellas devotas mujeres, dándole Dios ánimo y esfuerzo, rompió por medio de la gente y se llegó al Salvador con un lienzo y le limpió el sudor del rostro, y como premiando este piadoso oficio dejó el Redentor impresa la imagen de su rostro en aquel paño, pagándole con aquella preciosa reliquia el obsequio que había usado con él ¡Oh buen Jesús! Y qué liberal sois con vuestros siervos, y cuán de contado pagáis los servicios que recibís, y por tan leve consuelo dais un don de tan subido precio. Considera qué rica y consolada quedaría aquella santa mujer con la imagen del Redentor; y llégate tú a ofrecerle las telas de tu corazón para que imprima en ellas su santísima estampa y quede siempre impresa en tu alma sin que la borre ni la olvides jamás.

PUNTO IV. Carga el peso de la consideración sobre todo lo dicho, y contempla el camino que llevó el Redentor por tu causa y la gente que le acompaña, y levanta los ojos al cielo, y mira otra diferente procesión de ángeles que le acompañan y cantan varios loores por las virtudes que ejercita y por lo que padece por los hombres, diciendo con celestial armonía, digno es el Cordero de la divinidad de la salud, del reino, de la gloria, y de reinar para siempre, porque da su vida por la salud del mundo; la cruz se trueque en trono de majestad, y la muerte en vida: esto cantaban los ángeles a la sazón que le pregonaban en la tierra por mal hechor y digno de muerte; consuélate con el premio que le espera, y anímate con su ejemplo a padecer afrentas, cruz y muerte por alcanzar la eterna vida.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

DE LA CUARTA PALABRA QUE CRISTO HABLÓ EN LA CRUZ. (MATH. 27. LUC. 23.) DIOS MÍO, DIOS MÍO, ¿POR QUÉ ME DESAMPARASTE?

 


Miércoles Santo.

DE LA CUARTA PALABRA QUE CRISTO HABLÓ EN LA CRUZ. (MATH. 27. LUC. 23.) DIOS MÍO, DIOS MÍO, ¿POR QUÉ ME DESAMPARASTE?

 

MEDITACIONES

SOBRE

LA PASIÓN

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

"Mírame, oh, bueno y dulcísimo Jesús:

en tu presencia me postro de rodillas,

y con el mayor fervor de mi alma te pido y suplico que imprimas en mi corazón, dulcísimo Jesús,

vivos sentimientos de fe, esperanza y caridad,

verdadero dolor de mis pecados

y propósito firmísimo de enmendarme;

mientras con gran afecto y dolor

considero y contemplo en mi alma tus cinco llagas,

teniendo ante mis ojos aquello

que ya el profeta David ponía en tus labios

acerca de ti:

'Me taladran las manos y los pies,

puedo contar todos mis huesos' (Sal 21, 17-18)".

 

Esta oración tiene indulgencia parcial siempre que se rece después de la comunión ante una imagen de Cristo Crucificado. En los mismos términos, los viernes de cuaresma, se puede lucrar indulgencia plenaria con las condiciones habituales de confesión, comunión y oración por el Papa.

 

Miércoles Santo.

DE LA CUARTA PALABRA QUE CRISTO HABLÓ EN LA CRUZ. (MATH. 27. LUC. 23.) DIOS MÍO, DIOS MÍO, ¿POR QUÉ ME DESAMPARASTE?

 

PUNTO PRIMERO. Considera lo que dice el sagrado Evangelista, que desde la hora de tercia hasta la de nona, en que hubo tres horas, se oscureció el sol y se cubrió todo el mundo de tinieblas, compadeciéndose la criatura de su Criador, y cubriéndose de luto por la muerte de su Señor, como cerrando los ojos a tan enorme pecado como cometían los hombres contra su Redentor. ¡Oh alma mía! y cuánto tienes aquí que aprender, que imitar, que temer y que llorar. Si las criaturas inanimadas se compadecen de tu Dios, y sin tener sentido dan muestras de sentimiento en su pasión, mira cuánta más razón es que te compadezcas tú, y des vivas muestras de sentimiento y dolor de lo que padece por ti; y si se cubre el sol los ojos por no ver aquel pecado, mira cuántas veces le crucificas tú con los tuyos, y teme no los cierre y te niegue su luz por no verlos, y ciego en las tinieblas de tus culpas te despeñen en el abismo de la maldad y del infierno.

PUNTO II. Considera lo que dice el Evangelista, que cerca de la hora de nona, que fue la de su muerte, clamó Cristo con voz grande, para mostrar que no le faltaba el sentido, sino que le tenía muy entero, y las angustias y dolores que padecía su alma en aquella cruz; que gran voz es indicio de gran sentimiento; mira el que tuvo de tus pecados, y de hallarse desamparado en aquella ocasión, pues le declara con voz grande, y duélete de haber dejado al Salvador y olvidádole en medio de tantas penas. ¡Oh Señor y bien mío! pésame de haber dado causa a tal angustia y sentimiento, yo os ofrezco de olvidarme de mí antes que olvidarme de vos, y de padecer todos los tormentos del mundo antes que dejaros solo en los trabajos.

PUNTO III. Medita las palabras que dijo Cristo, conviene a saber: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me desamparaste? La reduplicación en las palabras, como dice san Gerónimo, es señal de sentimiento, y muestra Cristo el que tuvo duplicando la palabra Dios mío, Dios mío, ¿cómo me has desamparado? Mucho sentimiento fue que le desamparase su pueblo, a quien hizo tantos beneficios; mayor que le dejasen sus discípulos, a quien dió su propia sangre; pero que le dejase en un mar de angustias su propio Padre, esto excede a todo sentimiento; debía el hombre por el pecado ser desamparado de Dios, que quien a Dios deja, merece ser dejado de él; y como Cristo tomó todas sus penas, y las quiso padecer por el hombre, tomó también esta, y fue desamparado de su Padre en tantas angustias y dolores, porque no lo fuese el hombre. Por mí, Señor, padecéis la mayor pena, que es veros desamparado en los tormentos de vuestro propio Padre: yo os doy mil gracias por ello, y os pido otra de nuevo, y es que no sea yo desamparado de vos; no miréis a mis pecados, que por ellos merezco que me dejéis eternamente, más mirad a vuestra piedad y tenedla de mí, y no me desamparéis.

PUNTO IV. Contempla a Cristo en este desamparo, y vuelve los ojos a ti mismo, y aprende la lección que te lee en estas palabras en la cátedra de su cruz: si Dios dejó á su Hijo a todo padecer en los trabajos, en la forma que le pudo dejar, no extrañes si te dejare a ti en los tuyos para tu mayor corona; y si el Redentor no se despechó en este desamparo, más recurrió con viva oración a su Padre, llamándole con amor grande una y otra vez, no te despeches tú en los tuyos, más ten firme confianza en la bondad del Señor, y acude a él en la oración, multiplicando ruegos, clamores y gemidos, y confía que serás oído y favorecido de su mano, como lo fue su Benditísimo Hijo.

 

Al finalizar

 

INVOCACIONES A JESÚS EN SU PASIÓN

San Buenaventura

 

Dulcísimo Jesús, Hijo de Dios vivo, Dios y Hombre verdadero, Redentor de mi alma: por el amor con que sufriste ser vendido de Judas, preso y atado por mi salvación: ¡Ten misericordia de mí!

Benignísimo Jesús mío: por el amor con que padeciste por mi alma tantos desprecios, irrisiones, negaciones y tormentos en la casa de Caifás: ¡Ten misericordia de mí!

Pacientísimo Jesús mío: por el amor con que por mi padeciste tantos falsos testimonios, afrentas injurias y acusaciones falsas en la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Mansísimo Jesús de mi alma: por los desprecios, escarnios y burlas de la casa de Herodes; por los azotes, corona de espinas y mofas sangrientas y condenación a muerte de la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Piadosísimo Jesús de mi alma: por todo lo que por mí padeciste en tu adorable Pasión, desde la casa de Pilatos hasta el monte Calvario, donde toleraste por mi amor el ser crucificado para que yo me salvase: ¡Ten misericordia de mí, ten misericordia de mí, ten misericordia de mí! Amén.

 

También puede terminarse recitando el viacrucis.