domingo, 11 de octubre de 2026

LA ENFERMEDAD DEL HIJO DEL RÉGULO Y DE LA SALUD QUE CRISTO LE DIO. MEDITACIONES DIARIAS DE LOS MISTERIOS DE NUESTRA SANTA FE

 


Lunes de la XX semana después de Pentecostés

DE LA ENFERMEDAD DEL HIJO DEL RÉGULO Y DE LA SALUD QUE CRISTO LE DIO.

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA DE CRISTO,

NUESTRO SEÑOR

PARA

EL TIEMPO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 

 

ORACIONES PARA COMENZAR

Y TERMINAR TODOS LOS DÍAS

EL EJERCICIO DE LA MEDITACIÓN

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Lunes de la XX semana después de Pentecostés

DE LA ENFERMEDAD DEL HIJO DEL RÉGULO Y DE LA SALUD QUE CRISTO LE DIO.

 

PUNTO PRIMERO. Considera cómo este mozo era rico, libre y criado en regalos, y, con todo, enfermo; porque la abundancia de las comidas y regalos quita la salud, y la templanza y moderación la conservan.

Y si hace daño la demasía de los regalos al cuerpo, mucho mayor le hace al alma.

Debes sacar de esta meditación el huir de la gula y de la destemplanza, y abrazar la templanza y la mortificación en los manjares para excusar el vicio, así del cuerpo como del alma.

Acuérdate que el primer hombre, por la destemplanza de la comida, incurrió en las dos muertes que Dios le tenía amenazadas; y pídele que te tenga de su mano para que no te despeñes siguiendo sus pisadas.

 

PUNTO II. Considera el extremo de la vida a que trajo a este mozo su desorden, y cómo, hasta que llegó a él, no conoció su daño ni vino a buscar a Cristo.

¡Oh, qué ciegos andan los hombres en los desórdenes de su vida, y qué tarde vienen a buscar al Salvador, después de haber mendigado la salud por todas las puertas del mundo!

Abre los ojos y mira cuántas veces has caído en este yerro, acudiendo primero en tus necesidades y trabajos a los hombres del mundo, y a Dios en el extremo, cuando no hallaste remedio en sus criaturas.

Haz penitencia de tu culpa; arrójate a sus pies pidiéndole perdón y reconociendo que en sola su mano están la vida y la salud.

Pídele que te la dé, perdonándote los yerros pasados, y gracia para enmendarlos en lo porvenir.

 

PUNTO III. Considera cómo Cristo no quiso ir a casa de este régulo, como él lo pedía para curar a su hijo, y se ofreció a ir a casa del centurión para curar a su criado.

En esto nos dio grande lección de no lisonjear a los príncipes de la tierra, ni movernos por el resplandor de la nobleza, sino por la regla de la verdadera caridad, que mira a todos igualmente, como el sol.

Saca de aquí acudir a los pobres y desvalidos con tanto afecto como a los ricos y poderosos del siglo, y practicar siempre la humildad y la caridad con ellos, a ejemplo de Cristo, sin dejarte cautivar por la grandeza de los poderosos.

 

PUNTO IV. Pondera el sentimiento con que le respondió Cristo, diciendo: «Si no viereis señales y prodigios, no creeréis», en que reprendió su poca fe, pues no se extendía a creer que le podía sanar desde allí, sin ir a su casa; y que era tan corta que necesitaba de milagros.

Y, no obstante eso, le sanó luego sin dilación, campeando su misericordia tanto más cuanto era menor su fe y su merecimiento.

¡Oh Señor! Bendito seáis, que no miráis a lo poco que merecemos, sino que cerráis los ojos a nuestras culpas para usar de misericordia con nosotros y hacernos merced.

Saca de aquí olvidar las ofensas de tus prójimos y no mirar a sus yerros para hacerles caridad.

Pon los ojos también en el sentimiento que tiene Cristo de nuestra poca fe, y mira el que tendrá de ti, en quien está tan muerta la fe y tan caída la confianza, que apenas confías en Él.

Mira cuántas veces te ha llamado para que le sirvas de veras, y tú parece que esperas milagros para dar crédito a su servicio.

Duélete de tu dureza; acusa tu rebeldía; llora tu obstinación y perdición; y pídele que cierre los ojos a tus faltas, que te perdone los yerros pasados y abra las puertas de su misericordia para recibirte, como a este régulo, y darte salud, como a su hijo, en el cuerpo y en el alma.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.