martes, 24 de febrero de 2026

PROSIGUE LO QUE HIZO CRISTO DESPUÉS DE LA CENA DEL CORDERO

 


Miércoles de la I semana de Cuaresma.

PROSIGUE LO QUE HIZO CRISTO DESPUÉS DE LA CENA DEL CORDERO. (Joann. 3.)

 

MEDITACIONES

SOBRE

LA PASIÓN

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

"Mírame, oh, bueno y dulcísimo Jesús:

en tu presencia me postro de rodillas,

y con el mayor fervor de mi alma te pido y suplico que imprimas en mi corazón, dulcísimo Jesús,

vivos sentimientos de fe, esperanza y caridad,

verdadero dolor de mis pecados

y propósito firmísimo de enmendarme;

mientras con gran afecto y dolor

considero y contemplo en mi alma tus cinco llagas,

teniendo ante mis ojos aquello

que ya el profeta David ponía en tus labios

acerca de ti:

'Me taladran las manos y los pies,

puedo contar todos mis huesos' (Sal 21, 17-18)".

 

Esta oración tiene indulgencia parcial siempre que se rece después de la comunión ante una imagen de Cristo Crucificado. En los mismos términos, los viernes de cuaresma, se puede lucrar indulgencia plenaria con las condiciones habituales de confesión, comunión y oración por el Papa.

 

Miércoles de la I semana de Cuaresma.

PROSIGUE LO QUE HIZO CRISTO DESPUÉS DE LA CENA DEL CORDERO. (Joann. 3.)

 

PUNTO PRIMERO. Dice san Juan que sabiendo Jesús que llegaba su hora en que había de pasar de este mundo al Padre, hizo con los hombres mayores demostraciones de la fineza de su amor. Considera con san Cirilo, que por eso advierte el Evangelista una y dos veces que lo sabía y conocía que se llegaba su muerte y pasión, porque supiésemos cuán de voluntad padecía por nuestro amor, y que sciens, et volens moría y padecía, no por fuerza ni violencia de sus enemigos, sino por su mera voluntad; pues pudiendo no quiso escusar ninguno de sus tormentos. ¡Oh Señor, y cuánto os debo, pues tan de voluntad padecisteis por mi amor! Dadme vuestra gracia para que yo padezca por el vuestro y no rehúse ningún martirio, dolor o afrenta por vos.

PUNTO II. Pondera que sabiendo Cristo su hora no dilató el obrar para cuando llegase, sino que prevenidamente obró cosas tan grandes en servicio de Dios y gloria de su Eterno Padre; porque tú que no sabes la tuya no dilatases tu aprovechamiento para después, sino que desde luego te previnieses con obras de santidad y penitencia para cuando llegase; mira que la hora es cierta, y el cuándo llegará, muy incierto, y llora el descuido en que vives de tu aprovechamiento, y empieza desde luego a servir a Dios con fervor, y allegar riquezas inmortales para aquella hora con que eternamente vivas.

PUNTO III. Dice el Evangelista que sabiendo el Salvador que el Padre puso todas las cosas en su mano, se levantó de la mesa y se arrojó a los pies de sus discípulos, que fue como ponerles todas las cosas debajo de sus pies, para enseñarlos a pisarlas y despreciarlas. Considera la sabiduría de Cristo por una parte, y por otra mira esta acción y la elección que te da de despreciar todo lo terreno y darle de pie por su amor. Toma el consejo de san Agustín, y deja las riquezas antes que te dejen: haz como dicen, de la necesidad virtud; mira cómo a Cristo no se le pegan a las manos, y dales tú de mano por su amor.

PUNTO IV. Considera lo que dice el Evangelista que como el demonio entrase en el corazón de Judas para que vendiese a su Maestro, se levantó Cristo Señor nuestro de la cena con presteza y empezó a obrar tantos misterios: adonde has de ponderar la santidad del Evangelista, que siendo tan grave y notorio el pecado de Judas, le halló escusa, echando la culpa al demonio que le engañó. Aprende a no murmurar de tus hermanos, sino a escusar sus faltas por graves que sean dorándolas con caridad, y contempla otrosí el fervor de Cristo que tuvo por caso de menos valer, ser vencido de sus enemigos, y que fuesen ellos más diligentes para darle la muerte, que él para recibirla: y darles con ella la vida, y así se la ganó a Judas haciéndole tantas mercedes anticipadamente cuando él trataba entregarle a sus enemigos. ¡Oh Señor! ¡Oh divino Maestro, y quién tuviera un encendido fervor de amor para imitaros! Bendito seáis que tan de veras me amasteis y tan prevenidamente me hicisteis mercedes y a tanta costa vuestra me redimisteis; yo os doy mil gracias por tan grande misericordia y os suplico me deis esfuerzo y fervor para serviros con diligencia hasta dar la vida por vuestro amor.

 

Al finalizar

 

INVOCACIONES A JESÚS EN SU PASIÓN

San Buenaventura

 

Dulcísimo Jesús, Hijo de Dios vivo, Dios y Hombre verdadero, Redentor de mi alma: por el amor con que sufriste ser vendido de Judas, preso y atado por mi salvación: ¡Ten misericordia de mí!

Benignísimo Jesús mío: por el amor con que padeciste por mi alma tantos desprecios, irrisiones, negaciones y tormentos en la casa de Caifás: ¡Ten misericordia de mí!

Pacientísimo Jesús mío: por el amor con que por mi padeciste tantos falsos testimonios, afrentas injurias y acusaciones falsas en la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Mansísimo Jesús de mi alma: por los desprecios, escarnios y burlas de la casa de Herodes; por los azotes, corona de espinas y mofas sangrientas y condenación a muerte de la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Piadosísimo Jesús de mi alma: por todo lo que por mí padeciste en tu adorable Pasión, desde la casa de Pilatos hasta el monte Calvario, donde toleraste por mi amor el ser crucificado para que yo me salvase: ¡Ten misericordia de mí, ten misericordia de mí, ten misericordia de mí! Amén.

 

También puede terminarse recitando el viacrucis.