sábado, 21 de febrero de 2026

DE LAS CIRCUNSTANCIAS QUE INTERVINIERON EN LA CENA LEGAL DEL CORDERO.

  


I domingo de Cuaresma.

DE LAS CIRCUNSTANCIAS QUE INTERVINIERON EN LA CENA LEGAL DEL CORDERO.

 

MEDITACIONES

SOBRE

LA PASIÓN

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

"Mírame, oh, bueno y dulcísimo Jesús:

en tu presencia me postro de rodillas,

y con el mayor fervor de mi alma te pido y suplico que imprimas en mi corazón, dulcísimo Jesús,

vivos sentimientos de fe, esperanza y caridad,

verdadero dolor de mis pecados

y propósito firmísimo de enmendarme;

mientras con gran afecto y dolor

considero y contemplo en mi alma tus cinco llagas,

teniendo ante mis ojos aquello

que ya el profeta David ponía en tus labios

acerca de ti:

'Me taladran las manos y los pies,

puedo contar todos mis huesos' (Sal 21, 17-18)".

 

Esta oración tiene indulgencia parcial siempre que se rece después de la comunión ante una imagen de Cristo Crucificado. En los mismos términos, los viernes de cuaresma, se puede lucrar indulgencia plenaria con las condiciones habituales de confesión, comunión y oración por el Papa.

 

I domingo de Cuaresma.

DE LAS CIRCUNSTANCIAS QUE INTERVINIERON EN LA CENA LEGAL DEL CORDERO.

 

PUNTO PRIMERO. Considera que, como dice san Buenaventura, la Santísima Virgen con santa María Magdalena y otras piadosas mujeres siguieron al Salvador y subieron de Betania a Jerusalén, y se hallaron en la misma casa y celebraron la Pascua en su compañía, aunque en diferentes mesas, según la costumbre de los hebreos; las cuales prepararían todo lo que se había de poner en la mesa. Contempla el amor que tenían a Cristo que no les permitía apartarse un punto de su lado, llora el poco que tú tienes, pues tan fácilmente le pierdes de vista y dejas su santa compañía. Mira a la Reina del cielo ocupada con aquellas santas mujeres en los oficios domésticos, y el afecto y devoción con que servían a Cristo y a sus apóstoles, y aprende el que debes tener en todas las cosas que tocaren a su servicio.

PUNTO II. Considera que, como dice san Justino (1), acostumbraban asar el cordero en forma de cruz atravesado en un hierro por los hombros para sazonarle mejor; y contempla el dolor que atravesaría el corazón de la Santísima Virgen, mirando en aquel espejo a su preciosísimo Hijo atravesado en la cruz que tan presto le esperaba; si bien disimularía su dolor por no contristar aquellas santas mujeres. Entra en aquel Cenáculo, y consuela como pudieres a la Sacratísima Virgen, compadécete de su dolor, mírate en aquel espejo y ofrécete a su servicio.

PUNTO III. Considera lo que dice Metafraste (2), que Cristo envió desde la mesa un plato de aquel cordero a su Santísima Madre y a las devotas mujeres para que celebrasen la Pascua con él; mira con la devoción que recibiría este presente, y cómo le partiría con aquella santa compañía y las gracias que retornaría a su Santísimo Hijo; y llégate a aquella mesa, ponte en la presencia de la piadosísima Virgen, como los hijos en la de su madre, para que te dé un bocado de su mano; pídele con el corazón y con los ojos, más que con las palabras, confiando firmísimamente en su inmensa piedad que la usará contigo, y mira el agradecimiento que le debes en retorno de esta merced.

PUNTO IV. Considera lo que mandaba la ley, que no quebrantasen los huesos del cordero, sino que los fuesen pasando todos uno a uno; en que que nos enseña, que debemos meditar, como enseñó san Buenaventura, todos los misterios de Cristo y de su sagrada Pasión sin dejar alguno: establece en tu alma esta devoción y propón en su presencia considerarlos y rumiarlos todos, compadeciéndote del Señor, acompañándole en sus estaciones y regando con lágrimas los caminos que regare con su sangre.

(1) D. Jus. in dial. cum Triphone. (2) Metaph. ord. de vita Deip.

 

Al finalizar

 

INVOCACIONES A JESÚS EN SU PASIÓN

San Buenaventura

 

Dulcísimo Jesús, Hijo de Dios vivo, Dios y Hombre verdadero, Redentor de mi alma: por el amor con que sufriste ser vendido de Judas, preso y atado por mi salvación: ¡Ten misericordia de mí!

Benignísimo Jesús mío: por el amor con que padeciste por mi alma tantos desprecios, irrisiones, negaciones y tormentos en la casa de Caifás: ¡Ten misericordia de mí!

Pacientísimo Jesús mío: por el amor con que por mi padeciste tantos falsos testimonios, afrentas injurias y acusaciones falsas en la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Mansísimo Jesús de mi alma: por los desprecios, escarnios y burlas de la casa de Herodes; por los azotes, corona de espinas y mofas sangrientas y condenación a muerte de la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Piadosísimo Jesús de mi alma: por todo lo que por mí padeciste en tu adorable Pasión, desde la casa de Pilatos hasta el monte Calvario, donde toleraste por mi amor el ser crucificado para que yo me salvase: ¡Ten misericordia de mí, ten misericordia de mí, ten misericordia de mí! Amén.

 

También puede terminarse recitando el viacrucis.