SERMON XLIX
PARA LA DOMINICA VIGÉSIMA DESPUES DE PENTECOSTES
DE LA PASION DOMINANTE
Incipiet enim mori. Domine descende, priusquam moriatur filius meus.
JOAN 4, 47
«Estaba muriéndose. Ven, Señor, antes que muera mi hijo».
(Joan. IV, 47, 49.)
Las pasiones, por sí mismas, no son malas ni dañosas. Cuando la razón y la prudencia las dirigen, no causan daño al alma, sino provecho. Pero cuando se desordenan, ocasionan grandes perjuicios al que se abandona a ellas; porque la pasión que llega a apoderarse de nosotros oscurece la razón e impide distinguir lo que es bueno y lo que es malo. Por eso el Eclesiástico suplicaba a Dios que le librase de un alma obcecada por la pasión: Animae irreverenti et infrunitae ne tradas me (Eccl. XXIII, 6).
Guardémonos, pues, de dejarnos dominar por alguna pasión desenfrenada. En el Evangelio de hoy se cuenta que cierto régulo tenía un hijo que estaba en peligro próximo de muerte, y sabiendo que Jesucristo acababa de llegar de Galilea, fue a verle y le suplicó que fuese a curarle: Descende priusquam moriatur filius meus.
Lo mismo podemos decir de quien comienza a dejarse dominar por alguna pasión, pues también este comienza a morir o está próximo a la muerte del alma, mucho más temible que la del cuerpo. Por tanto, si quiere conservar la vida del alma, debe suplicar al Señor que lo libre pronto de aquella pasión: Domine, descende, priusquam moriatur anima mea; pues de otro modo se perderá miserablemente.
Esto es lo que quiero demostraros hoy en el presente sermón: el gran peligro de condenarse que corre quien se deja dominar por alguna pasión desordenada. Para el acierto necesito de la gracia. Ayudadme a implorar de la Madre de Jesucristo que nos la alcanzará de su Hijo santísimo, que es la fuente de ella; a este fin digámosle con el ángel: Ave María.
1\. El hombre puede dominar sus pasiones
Escribe Salomón: Solummodo hoc inveni, quod fecerit Deus hominem rectum, et ipse se infinitis miscuerit quaestionibus (Eccl. VII, 30).
Dios creó al hombre recto, esto es, justo y sin pecado; pero él, prestando oídos a la serpiente, se expuso a las tentaciones y combates, y quedó vencido por el demonio: porque, rebelándose contra Dios, las pasiones se rebelaron contra él; estas, como dice san Pablo, mueven una continua guerra entre la carne y el espíritu: Caro enim concupiscit adversus spiritum, spiritus autem adversus carnem (Gal. V, 17).
Sin embargo, el hombre puede no solo resistir con la ayuda de la gracia divina y no dejarse dominar de las pasiones, sino que también puede dominarlas y sujetarlas a la razón, como dijo el Señor a Caín: Sed sub te erit appetitus ejus, et tu dominaberis illius (Gen. IV, 7).
Por grandes que sean los ataques de la carne y del demonio para separarnos del camino trazado por Dios, Jesucristo dijo que el reino de Dios está dentro de nosotros: Ecce regnum Dei intra vos est (Luc. XVII, 21).
Hay dentro de nosotros un reino constituido por Dios mismo, cuya reina es nuestra voluntad, que domina nuestros sentidos y nuestras pasiones. ¿Y qué honor más bello y apreciable puede tener un hombre que ser rey y dueño de sus pasiones?
2\. La mortificación interior
Para dominarlas y sujetarlas es necesaria la mortificación interior que tanto nos recomiendan los doctores y maestros espirituales; y en esta sumisión consiste especialmente la salud y santificación de nuestra alma.
La robustez y la salud del cuerpo nacen de la templanza y equilibrio de los humores, y cuando uno de ellos abunda más que los otros, introduce el desorden en la organización y causa la muerte. Del mismo modo, pues, exige la salud del alma que las pasiones estén sometidas a la razón y sean dirigidas por ella. Pero cuando estas dominan la razón, esclavizan al alma y al fin la matan.
3\. No basta la devoción exterior
Muchos ponen todo su cuidado en adquirir y conservar una modestia exterior y un porte respetuoso, mas conservan en su corazón afectos y pasiones depravadas, que no pueden conciliarse ni con la justicia, ni con la caridad, ni con la humildad, ni con la castidad.
Estos hallarán preparado el castigo con que el Salvador amenazó a los escribas y fariseos, los cuales tenían cuidado de tener limpios sus vasos y platos, y alimentaban en su alma pensamientos injustos e impuros. Por eso el Señor les dice:
Vae vobis, Scribae et Pharisaei hypocritae, quia mundatis quod de foris est calicis et paropsidis; intus autem pleni estis rapina et immunditia.
«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!, que limpiáis por fuera la copa y el plato, y por dentro, en el corazón, estáis llenos de rapacidad e inmundicia» (Matth. XXIII, 25).
El real profeta dice que en su interior, en su propia voluntad, está la gloria o belleza de un alma hija verdadera de Dios: Omnis gloria ejus filiae regis ab intus (Psal. XLIV, 14).
¿De qué sirve, pues, abstenerse de manjares, como dice san Jerónimo, si se tiene el alma llena de soberbia? ¿De qué sirve abstenerse del vino y estar embriagado de cólera?
Quid prodest tenuari abstinentia, si animus superbia intumescit? Quid vinum non bibere, et odio inebriari?
Los que así lo hacen no se despojan de los vicios, sino que los ocultan con el manto de la devoción.
Es preciso, por tanto, que el hombre se despoje de todas las pasiones desordenadas, pues, de otro modo, no será su dueño, sino su esclavo, y el pecado reinará en él, contra lo que nos previene san Pablo con estas palabras:
Non ergo regnet peccatum in vestro mortali corpore, ut obediatis concupiscentiis ejus.
«No reine el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que obedezcáis a sus concupiscencias» (Rom. VI, 12).
El hombre es rey de sí mismo, dice santo Tomás, cuando gobierna con la razón su cuerpo y sus inclinaciones carnales: Rex est homo per rationem, quia per eam regit totum corpus et affectus ejus.
Pero cuando sirve a sus vicios, dice san Jerónimo que pierde su dignidad real y se hace esclavo del pecado: Perdit honorem regii, quando anima vitiis servit.
En efecto, según escribe san Juan Evangelista, todo aquel que comete pecado es esclavo del pecado: Qui facit peccatum, servus est peccati (Joan. VIII, 34).
Santiago nos amonesta que debemos gobernar el cuerpo y sus apetitos como gobernamos a los caballos: les ponemos un freno en la boca para que nos obedezcan y los conducimos adonde queremos: Equis frena in ora mittimus ad consentiendum nobis, et omne corpus illorum circumferimus (Jac. III, 3).
Cuando sintamos, pues, dentro de nosotros alguna pasión que nos mueva a satisfacerla, debemos sujetarla con el freno de la razón; porque si queremos hacer lo que ella exige, nos haremos semejantes a las bestias que no van donde las guía la razón, sino adonde las induce su brutal apetito.
Por esto dice David: Homo cum in honore esset, non intellexit; comparatus est jumentis insipientibus, et similis factus est illis.
El hombre, constituido en honor, no ha tenido discernimiento; se ha igualado a los jumentos y se ha hecho como uno de ellos (Psal. XLVIII, 13-14).
Y aun es peor, como dice san Juan Crisóstomo, igualarse a los jumentos que haber nacido jumento: Pejus est esse jumentum quam nasci jumentum; porque no tener razón por naturaleza no es tan deplorable, dice el santo, como haber nacido hombre dotado de razón y vivir después como una bestia, siguiendo los apetitos de la carne sin hacer caso de la razón.
¿Os imaginaríais a un hombre que, por gusto, habitase en los establos con los caballos, comiese paja y cebada y durmiese como ellos? Pues todavía obran peor aquellos que se dejan llevar del ímpetu de las pasiones.
4\. El peligro de dejarse llevar por las pasiones
De este modo vivían los gentiles, que tenían oscurecido y lleno de tinieblas el entendimiento y, no pudiendo distinguir el bien del mal, se abandonaban a la disolución y se sumergían con ardor insaciable en toda suerte de impurezas, como dice san Pablo:
Non ambulant sicut et gentes ambulant in vanitate sensus sui, tenebris obscuratum habentes intellectum… Qui desperantes, semetipsos tradiderunt impudicitiae, in operationem immunditiae omnis (Ephes. IV, 17-19).
A este miserable estado quedan reducidos hoy aquellos cristianos que, despreciando la razón y a Dios, hacen lo que les dicta la pasión; Dios los abandona después como castigo por su pecado, como abandonó a los gentiles, de quienes dice el Apóstol:
Propter quod tradidit illos Deus in desideria cordis eorum (Rom. I, 24).
Y este es el mayor castigo que puede sobrevenirles.
San Agustín enseña que en nuestra alma se levantan dos ciudades: una fundada en el amor de Dios y otra en el amor propio:
Dilectionem civitatem et ipsam amor. Dei usque ad contemptum sui; et terrenam usque ad contemptum Dei.
Si reina en nosotros el amor de Dios, nos despreciaremos a nosotros mismos; si reina el amor propio, llegaremos a despreciar a Dios. Pero la victoria no se obtiene sino combatiendo contra nuestras mismas pasiones, y el precio de la victoria será la gloria eterna.
5\. El amor propio, enemigo del alma
La máxima favorita de san Francisco Javier, y la que inculcaba cuanto podía a sus discípulos, era que se vencieran a sí mismos: Vince te ipsum.
Todos los sentidos y los pensamientos del corazón humano están inclinados al mal desde su mocedad: Sensus enim et cogitatio humani cordis in malum prona sunt ab adolescentia sua (Gen. VIII, 21).
De ahí que debamos combatir durante toda nuestra vida para vencer las malas inclinaciones que nacen sin cesar en nuestro corazón, como crecen las malas hierbas en los jardines.
Pero me dirá alguno: ¿Cómo podemos librarnos de las malas inclinaciones si nacen en nosotros mismos? San Gregorio responde: Aliud est has bestias aspicere, aliud intra cordis caveam tenere (Mor. lib. VI, cap. 16).
Hay gran diferencia, dice el santo, entre contemplar fuera de nosotros esas bestias —así llama a los malos pensamientos— y darles entrada en nuestro corazón. Porque mientras están fuera de nosotros, no pueden dañarnos; mas cuando están dentro, nos devoran.
Todas las pasiones malignas nacen del amor propio, y este es el principal y más tenaz enemigo contra el que debemos combatir. Para vencerle nos es indispensable la abnegación de nosotros mismos, como previene Jesucristo a los que quieren seguirle, por estas palabras de san Mateo:
Qui vult venire post me, abneget semetipsum.
«El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo» (Matth. XVI, 24).
Y Tomás de Kempis escribe: Non intrat in te amor Dei, nisi eruat amor tui.
No entrará el amor de Dios en nosotros si no arrancamos antes de nuestro corazón el amor propio.
Por eso decía la beata Ángela de Foligno que temía más al amor propio que al demonio. Menos cuesta vencer al demonio, pues basta que el alma se resuelva a seguir a Dios para inducirnos al bien. Del mismo modo se explica santa María Magdalena de Pazzi, como se lee en la historia de su vida.
El mayor enemigo que tenemos es el amor propio traidor, que nos engaña al mismo tiempo que nos acaricia; él nos fuerza, nos vence y nos arrastra al mal. Pero, una vez vencido, se perderá irremisiblemente.
Este amor no busca lo honesto ni lo justo, sino lo que lisonjea a los sentidos. Por eso dijo Jesucristo que aquel que ama su alma, esto es, su propia voluntad, la perderá: Qui amat animam suam, perdet eam (Joan. XII, 25).
Quien se ama verdaderamente a sí mismo y desea salvarse debe negar a sus sentidos todo aquello que apetecen cuando está prohibido por Dios; porque si no lo hace así, perderá a Dios y se perderá a sí mismo.
6\. Combatir las malas inclinaciones
Todas las pasiones malignas nacen del amor propio, y este es el principal y más tenaz enemigo contra el que debemos combatir. Para vencerle nos es indispensable la abnegación de nosotros mismos, como previene Jesucristo a los que quieren seguirle.
Es necesario combatir durante toda nuestra vida para vencer las malas inclinaciones que nacen sin cesar en nuestro corazón, como crecen las malas hierbas en los jardines.
Hay gran diferencia entre considerar estas bestias fuera de nosotros mismos y abrirles nuestro corazón. Porque mientras están fuera, no pueden dañarnos; mas cuando están dentro, nos devoran.
7\. La abnegación de sí mismo
Todas las pasiones malignas nacen del amor propio, y este es el principal y más tenaz enemigo contra el que debemos combatir. Para vencerle nos es indispensable la abnegación de nosotros mismos, como previene Jesucristo a los que quieren seguirle.
El que quiera venir en pos de Cristo debe negarse a sí mismo. No entrará el amor de Dios en nosotros si no arrancamos antes de nuestro corazón el amor propio.
Por eso decía la beata Ángela de Foligno que temía más al amor propio que al demonio. Menos cuesta vencer al demonio que vencer el amor propio, porque este se encuentra siempre dentro de nosotros.
8\. Las dos pasiones principales: amor y odio
Dos son las pasiones principales que nos dominan: la concupiscencia y la ira; es decir, el amor y el odio. He dicho principales, porque cada una de ellas, cuando son viciosas, van acompañadas de otras viciosas pasiones.
A la concupiscencia la acompañan la temeridad, la ambición, la glotonería, la avaricia, la envidia y el escándalo. A la ira la acompañan la venganza, de la injusticia, de la maledicencia y del odio.
San Agustín aconseja que en la guerra que tenemos con las pasiones no debemos pretender vencerlas todas de una vez, en una sola batalla, sino de una en una y sucesivamente: Calcata jacentem, conflige cum resistente.
Cuando veamos vencida y humillada una, hollémosla fuertemente hasta que no le queden fuerzas para volver a combatir; y después de vencida esta, debemos atacar a otra.
9\. Descubrir cuál es la pasión dominante
Sobre todo, debemos averiguar cuál es la pasión que nos domina y tratar de vencerla, pues, vencida esta, será más fácil vencer las demás; y, por el contrario, si ella nos vence, estamos perdidos sin remedio.
Mandó Dios a Saúl que destruyese a todos los amalecitas, sus animales y sus bienes. Pero Saúl obedeció solo a medias, porque destruyó los objetos menos preciosos y conservó otros de gran valor, y, además, dejó con vida al rey Agag.
En esto imitaron a Saúl los escribas y fariseos, a los cuales reprende el Señor con estas palabras:
Vae vobis, Scribae et Pharisaei hypocritae, qui decimatis mentham et anethum et cyminum, et reliquistis quae graviora sunt legis: judicium et misericordiam et fidem.
«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!, que observáis las cosas pequeñas y habéis abandonado las cosas más esenciales de la ley: la justicia, la misericordia y la fe» (Matth. XXIII, 23).
Practicaban ceremonias de menor importancia y despreciaban la justicia y la caridad para con el prójimo y la confianza en Dios. Pues lo mismo hacen muchos: se abstienen de ciertos defectos poco importantes y se dejan dominar de pasiones grandes y vergonzosas; pero, si no matan a estas, jamás lograrán vencer los vicios que los dominan.
El rey de Siria mandó a sus capitanes que no peleasen contra nadie, ni chico ni grande, sino tan solamente contra el rey de Israel: Ne pugnetis contra minimum nec contra maximum, nisi contra regem Israel (III Reg. XXII, 31). Así consiguieron matar al rey Acab y vencer a sus enemigos.
Pues lo mismo debemos tener presente nosotros: si no matamos al rey, esto es, la pasión dominante, jamás conseguiremos la victoria.
Lo primero que hace la pasión cuando llega a dominar al hombre es cegarlo y no dejarle ver el peligro en que se halla. ¿Cómo evitará caer en un precipicio quien, ciego, se deja guiar por otro ciego, como lo es la pasión?
Caecus autem si caeco ducatum praestet, ambo in foveam cadunt (Matth. XV, 14).
El ardid de que se sirve el demonio para cegar a los hombres consiste, según dice san Gregorio, en inflamar más y más la pasión dominante, y de este modo los conduce a horribles excesos.
¿Qué es lo que movió a Herodes a derramar la sangre de tantos niños inocentes? La pasión desapoderada de reinar que le dominaba. El amor que Enrique VIII, rey de Inglaterra, tenía a Ana Bolena le indujo a quitar la vida a muchas personas y, finalmente, a separarse del seno de la Iglesia.
Pero ¿quién se maravillará de que sea ciego el que está dominado de una pasión? ¿Y qué extraño es que el que se halla en tal estado no haga caso de correcciones, de amenazas ni de excomuniones, y ni siquiera atienda a evitar su misma condenación?
El infeliz dominado por una pasión solo trata de satisfacerla, y así como una virtud eminente arrastra tras sí a otra virtud, así un vicio arrastra a otro vicio, y un pecado a otro pecado: Iniquitates federatae sunt.
10\. El peligro de la pasión dominante
Pues lo mismo debemos tener presente nosotros: si no matamos al rey, esto es, la pasión dominante, jamás conseguiremos la victoria.
Lo primero que hace la pasión cuando llega a dominar al hombre es cegarlo y no dejarle ver el peligro en que se halla. ¿Cómo evitará caer en un precipicio quien, ciego, se deja guiar por otro ciego, como lo es la pasión?
El ardid de que se sirve el demonio para cegar a los hombres consiste, según dice san Gregorio, en inflamar más y más la pasión dominante, y de este modo los conduce a horribles excesos.
¿Qué es lo que movió a Herodes a derramar la sangre de tantos niños inocentes? La pasión desapoderada de reinar que le dominaba.
El amor que Enrique VIII, rey de Inglaterra, tenía a Ana Bolena le indujo a quitar la vida a muchas personas y, finalmente, a separarse del seno de la Iglesia.
Pero ¿quién se maravillará de que sea ciego el que está dominado de una pasión? ¿Y qué extraño es que el que se halla en tal estado no haga caso de correcciones, de amenazas ni de excomuniones, y ni siquiera atienda a evitar su misma condenación?
El infeliz dominado por una pasión solo trata de satisfacerla, y así como una virtud eminente arrastra tras sí a otra virtud, así un vicio arrastra a otro vicio, y un pecado a otro pecado.
11\. Extirpar la pasión antes de que eche raíces
Es necesario, pues, que cuando veamos que comienza a dominarnos alguna pasión procuremos sofocarla inmediatamente, antes de que eche raíces, como dice san Agustín: Ne sero medicina paretur, cum morbus invaluit.
La herida que no se cierra pronto tarda mucho en degenerar en una llaga incurable, como voy a probar con un ejemplo.
Un monje antiguo mandó a uno de sus discípulos que arrancase un ciprés (san Doroteo, serm. 11). El discípulo obedeció y lo arrancó. En seguida, el monje le mandó arrancar otro un poco mayor; el discípulo no pudo conseguirlo sino con mucho trabajo, pero le fue imposible arrancar el tercero, que era un poco mayor que el segundo.
Entonces le habló así el monje:
«Hijo mío, semejantes a estos cipreses son nuestras pasiones; y cuando ellas se han arraigado mucho en nuestro corazón, ya no es fácil desarraigarlas».
Tened presente siempre esta máxima, amados oyentes míos; porque no hay remedio: o el alma se sobrepone a la carne, o será avasallada por ella.
12\. Convertir las pasiones y recurrir a Dios
Casiano nos da también una buena regla sobre este asunto, diciendo: procuremos que nuestras pasiones cambien de objeto, y de este modo se convertirán de viciosas en santas.
Hay hombres inclinados a maltratar a todos los que están sujetos a ellos. Que cambien el objeto de esa pasión y dirijan toda su cólera contra el pecado, que es más peligroso para ellos que todos los demonios del infierno.
Hay otros hombres que muestran inclinación a todas las personas dotadas de alguna buena prenda: estos deben dirigir esa inclinación hacia Dios, que está dotado de todas las buenas cualidades.
Pero el mejor remedio contra las pasiones es suplicar a Dios que nos libre de ellas y multiplicar nuestras súplicas a medida que la pasión nos molesta más.
Mientras nos hallamos en este estado, sirven de poco las razones y las reflexiones, porque la pasión oscurece la razón. Entonces, cuanto más reflexionamos, más deleitable nos parece aquello en que se ceba nuestra pasión; y así no nos queda otro remedio que recurrir a Jesucristo por medio de María Santísima, suplicándole con lágrimas y suspiros, y diciéndole:
Domine, salva nos, perimus.
«Señor, sálvanos, que perecemos».
Sub tuum praesidium confugimus, sancta Dei Genitrix.
«Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios».
Señor, sálvame, y si no, perdido estoy sin remedio. No permitáis, Señor, que yo me separe de Vos. Virgen María, bajo tu amparo me acojo.
Tened ánimo, almas creadas para amar a Dios y redimidas con la sangre de Jesucristo. Dejemos de poner nuestros pensamientos en las cosas perecederas de este mundo. Empleemos todas nuestras facultades y potencias en conocer y amar a Dios, que es nuestro supremo bien y que nos espera en el cielo para hacernos disfrutar de su eterna gloria.
