domingo, 28 de julio de 2019

HACER LA VOLUNTAD DE DIOS. Homilía



Domingo VII después de Pentecostés 2019

“No todo el que me dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos; sino el que hiciere la voluntad de mi Padre celestial, ése es el que entrará en el reino de los cielos.”
Con estas palabras concluía el Evangelio de este domingo. Una afirmación de Nuestro Señor Jesucristo, que nos sorprende, que no nos deja indiferentes y que nos interroga. ¿Soy yo de esos que dicen “Señor, Señor” y viven confiados ciegamente en que serán salvados? O, ¿soy de los que hacen la voluntad del Padre?
Sin duda alguna, el hombre tiene la obligación de dar culto a Dios, de invocarle y alabarle, de rendirle gloria y acción de gracias, de ofrecerle sacrificios y hacerle promesas y votos. Obligación que nace de la justicia y forma parte de la virtud de la religión que nos ordena dar a Dios lo que es debido.
“Somos su pueblo y ovejas de su rebaño”, a él le pertenecemos y a él debemos rendir adoración. Así nos invita el salmo del introito en este domingo: “Batid palmas todas las gentes; vitoread a Dios con voces de júbilo. Porque el Señor es el Altísimo, el terrible; es el rey grande de toda la tierra.”
Esta alabanza y culto a Dios ha de ser individual pero también social y público, porque el hombre vive necesariamente y de forma indispensable en sociedad.
Muchos hoy, –fruto del pensamiento filosófico pietista-, entienden y quieren reducir la religión al ámbito de lo privado; considerando la manifestación pública de la fe como algo impropio y sobretodo como una provocación y falta de respeto a las minorías no creyentes o de religiones distintas.
Muchos, por una falsa prudencia, por respetos humanos y querer agradar a los enemigos acallan el nombre de Dios y dejan de cumplir con este deber de justicia, convirtiéndose en “perros mudos”.
Recordemos el testimonio de los mártires. Ellos no temieron el juicio del mundo ni la muerte, no renunciaron a reconocer al Dios verdadero, a pesar de ir en ello su vida. Alabaron a Dios con sus palabras y con sus obras, hasta el derramamiento de su sangre.

No todo el que me dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos; sino el que hiciere la voluntad de mi Padre celestial, ése es el que entrará en el reino de los cielos.”
Nuestro Señor Jesucristo en el Evangelio de este día nos previene contra el peligro de que nuestra vida religiosa –nuestra religión, o sea, nuestra relación con él- sea simplemente una acción externa o una pura hipocresía.
Desde niños, la gran mayoría hemos aprendido a invocar a Dios, nuestro Señor. Nuestros padres, abuelos, sacerdotes… nos enseñaron las oraciones principales. Aprendimos a base de repetir e imitar a aquellos que nos enseñaban. Pero ese primer aprendizaje había de ir siendo asimilado en un proceso de maduración, crecimiento e interiorización.
Es lamentable como tantas veces nuestras oraciones son un simple reproducir sonidos sin caer en la cuenta de los que estamos diciendo y a quien nos dirigimos.
Así como el alimento, no serviría de nada en nosotros, si al instante de comerlo, fuese expulsado… así también toda la actividad espiritual y anímica, nuestras oración y alabanza a Dios, si no es interiorizada queda simplemente como algo externo a nosotros, como simple follaje, que no deja poso en nosotros, que no arraiga y no fructifica.
San Benito, conocedor de esta facilidad del hombre de quedarnos simplemente en lo externo, avisa a sus monjes que han de dedicar largas horas al canto del oficio divino dando así culto público a Dios, les dice: “Consideremos, pues, cómo conviene estar en la presencia de la Divinidad y de sus ángeles, y asistamos a la salmodia de tal modo que nuestra mente concuerde con nuestra voz.”
“Que nuestra mente concuerde con nuestra voz”: he aquí la empresa a la que hemos de entregarnos para llegar al reino de los cielos, a la vida eterna. Nuestras oraciones particulares y nuestra participación en el culto público de la iglesia, han de servirnos para llegar a esta interiorización, a esta vida interior donde cuerpo y alma con todas nuestras potencias, facultades y capacidades sean una sinfonía armoniosa de alabanza a nuestro Creador y Señor. 

No todo el que me dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos; sino el que hiciere la voluntad de mi Padre celestial, ése es el que entrará en el reino de los cielos.”
Esto que hemos dicho acerca de la oración, lo debemos entender en general de toda nuestra vida y de todas nuestras palabras y acciones.  
Nuestro Señor Jesucristo en el Evangelio llama falso profetas a aquellos que dicen hablar en nombre de Dios pero sus frutos –su vida y sus obras- son incoherentes y contradictorias.  “Pienso de esta manera, pero vivo de esta obra; digo tales cosas, pero realizo las contrarias…”
¡Cuántas veces por nuestras incoherencias y malas acciones nos convertimos en motivo de escándalo para los débiles o aquellos que no tienen fe!
Alguien ha afirmado “que si vivimos, como no pensamos; terminaremos pensando cómo vivimos.”
Por eso, el cristiano ha de vivir en una reforma continúa. Nadie puede darse por perfecto mientras dure su vida. En el peregrinar de la vida, hemos de estar continuamente conformándonos a la voluntad de Dios: “El que hiciere la voluntad de mi Padre celestial, ése es el que entrará en el reino de los cielos.”
Podemos dejarnos llevar por la tentación de querer cambiar el evangelio, de querer reformarlo para adaptarlo a la medida de nuestros deseos y caprichos; pero no seríamos más que falsos profetas. Somos nosotros los que tenemos que convertirnos al Evangelio, a la voluntad de Dios.

No todo el que me dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos; sino el que hiciere la voluntad de mi Padre celestial, ése es el que entrará en el reino de los cielos.”
¿Qué es la voluntad de Dios? ¿Cómo conocerla?
La voluntad de Dios se manifiesta en su deseo de que tengamos vida eterna, su misma vida. “La voluntad de Dios es vuestra santificación” 1 Tes 4,3
La voluntad de Dios es su designio de salvación sobre toda la humanidad. “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.”  1 Tim 2,4
Y para cumplir su voluntad, se nos dió a conocer y se reveló.
En su pedagogía divina, fue dando a conocer su voluntad.
En Jesucristo, nuestro Señor, tenemos la voluntad de Dios revelada plenamente: Él es el camino, la verdad y la vida. Es la Palabra del Padre.
Sólo en Jesucristo podemos conocer la voluntad de Dios, lo que Dios quiere de nosotros. Sólo por medio de Jesucristo y su gracia, podemos cumplir la voluntad del Padre.
La voluntad de Dios se expresa concretamente en los mandamientos de su ley y los consejos de la Sagrada Escritura.
En cada uno de nosotros, esos mandmientos adquieren una concrección según nuestro estado de vida y son la obligaciones inherentes a nuestra condición. Es su cumplimiento nos va el hacer la voluntad de Dios y, en fin, nuestra santificación.
Hacer la voluntad del Padre es lo Jesucristo nos enseñó a pedir en el padrenuestro: Padre… hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Así como los ángeles y la creación entera obedece a la ley de Dios, así también nosotros obedezcamos a sus mandamientos.  
Esta petición, dice san Cipriano, hemos de entenderla como la súplica de ayuda para que “nosotros podamos hacer lo que Dios quiere” que hagamos en cada momento y circunstancia de la vida.
Para poder hacer lo que Dios quiere de nosotros: primero tenemos que conocerlo. Y, ¿esto cómo? Por el estudio de la fe y la moral. Hay que formarse y hay que crecer en la fe y en su compresión. ¿Podríamos enumerar cuales son nuestras obligaciones según nuestro estado de vida?  
Para hacer la voluntad de Dios, no sirve simplemente el esfuerzo humano. Es necesaria la oración. Jesucristo nos los dejó claro. Hemos de pedir ayuda por medio de la oración. El alma que ora llega por el Espíritu Santo a discernir cuál es la voluntad de Dios y obtiene constancia para cumplirla y perseverar en ella.
Con la iglesia, humildemente pidamos en este día:
“Oh Dios que en tu providencia no te engañas en tus disposiciones; te suplicamos apartes de nosotros todo lo dañoso –aquello que nos aparta de ti-, y nos concedas todo lo saludable –que nos ayude a cumplir tu voluntad.
Señor, que tu acción curativa nos libre de nuestras perversas tendencias –que tantas veces quieren separarnos de ti y luchan contra tu voluntad- y nos guíe a obrar lo que es recto.
Que este sea nuestro vivo deseo: cumplir siempre y en todo momento la voluntad de Dios. Que así sea.

EVANGELIO DEL DOMINGO: TODO ÁRBOL SANO DA FRUTOS BUENOS

VII DOMINGO DESPUES DE PENTECOSTÉS
Forma Extraordinaria del Rito Romano
Cuidado con los profetas falsos; se acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se cosechan uvas de las zarzas o higos de los cardos? Así, todo árbol sano da frutos buenos; pero el árbol dañado da frutos malos. Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos. El árbol que no da fruto bueno se tala y se echa al fuego. Es decir, que por sus frutos los conoceréis. No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.
Mt 7,15-21


COMENTARIOS AL EVANGELIO
Homilia de maitines ALGO HEMOS DE PONER DE NUESTRA PARTE. San Hilario
LA HIPOCRESIA. Santo Tomas de Villanueva
Benedicto XVI ARBOLES ROBUSTOS
LOS FALSOS PROFETAS. Homilía del VII domingo después de Pentecostés en la Iglesia del Salvador
SOMOS PROFETAS POR EL BAUTISMO. Homilía
LA HIPOCRESÍA
HACER LA VOLUNTAD DE DIOS. Homilía

LA SANTIDAD VA EN LAS OBRAS. San Juan Bautista de la Salle


MEDITACIÓN PARA EL DOMINGO SÉPTIMO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
San Juan Bautista de la Salle
Que la santidad no consiste en el hábito, sino en las obras

Asegura Jesucristo en el evangelio de este día que muchos se visten con piel de oveja, ocultando así su condición de lobos rapaces (1). Esto ocurre a veces en las comunidades más santas; por lo cual dice el con cilio de Trento que " el hábito no hace al monje ".
El hábito religioso, sencillo y basto, presta cierto aire de piedad y modestia que edifica al mundo, e impone a quienes lo llevan un mínimo de gravedad exterior. Es hábito santo, como señal visible del compromiso con traído por quienes lo visten de llevar vida santa. Mas, si es cierto que el hábito debe recordarles de continuo esa obligación; lo es también que, de por sí, no santifica y que, con demasiada frecuencia, sirve para cubrir graves defectos.
Sondead vuestros corazones para inquirir, si, al despojaros de las libreas del siglo, os desnudasteis también de todas sus falsas máximas; si, al revestir el hábito nuevo, os habéis renovado en el espíritu (2), y si habéis renunciado enteramente a las costumbres mundanas; ya que tanto la vida como el hábito, han de ser en vosotros diferentes en absoluto de los del siglo.
Prosigue el evangelio diciendo que no ha de mirarse tanto al hábito que se lleva, cuanto a los frutos que se producen: Por sus frutos, dice, los conoceréis. Dos clases de frutos tenéis que dar vosotros:
Frutos de gracia en vuestras personas; estos consisten en la santidad de las acciones. Vistiendo habito entera mente diverso del llevado en el mundo, debéis, en consecuencia, ser hombres nuevos, creados en justicia y santidad (3), según dice san Pablo. Todo en vosotros, lo interior y lo exterior, debe trascender la santidad a que os obliga vuestra profesión.
El exterior debe ser santo en vosotros, porque ha de ser edificante: tan recogidos, modestos y recatados debéis mostraros, que parezca transparentarse Dios en vosotros, y que le tenéis a El en cuenta cuando obráis. Vuestras acciones han de ser santas como hechas por motivos santos, con la mira puesta en Dios y conformes con las Reglas que os están prescritas, las cuales constituyen los medios apropiados a vuestra santificación.
Tales son los frutos que debéis producir en el estado en que Dios os ha puesto.
Pero tenéis que dar otros frutos, en relación con los niños por cuya instrucción estáis obligados a velar.
Es deber vuestro ensenarles la religión y, si no la conocen por ignorancia vosotros, o por vuestra negligencia en instruirlos; sois falsos profetas que, encargados de darles a conocer quien es Dios, los dejáis, por vuestro descuido, en tal estado de ignorancia, que puede acarrearles la condenación.
Debéis inspirarles horror al vicio y a cuanto les pueda inducir a llevar vida desarreglada. Y con todo, quizá no os inquieta el que frecuenten malas compañías, se entreguen al juego o pasen la mayor parte del día en la disipación y el desorden. Si tal hacéis, sois para ellos " falsos profetas, que producís frutos malos "
Tenéis que inculcarles la piedad, infundirles amor a la oración, asiduidad al templo y a los ejercicios devotos. Si son, pues, inmodestos en la iglesia, no guardando ningún recato en ella, no elevando a Dios sus preces o haciéndolo sin devoción; se descubrirá en su modo de proceder que también vosotros estáis faltos de piedad y que, " no llevando buenos frutos ", mal podréis conseguir que los produzcan los demás.

viernes, 26 de julio de 2019

MIRAD BIEN, NO CAIGAIS EN ESTERILIDAD. San Juan Baustista de la Salle



MEDITACIÓN SOBRE SANTA ANA, MADRE DE LA SANTISIMA VIRGEN
San Juan Bautista de la Salle
26 de julio
Santa Ana vivió veinte años casada con san Joaquín sin tener hijos, porque según atestigua san Juan Damasceno, quería Dios con ello manifestar que era don de la gracia el fruto que habría de dar a luz.
Pasó esos veinte años ocupada en toda clase de ejercicios piadosos, y haciendo muchas limosnas a los pobres según sus posibilidades, para no añadir la esterilidad del alma a la del cuerpo: ésa ha de ser la preocupación de toda alma que quiere verse enriquecida con gracias abundantes.
Mirad bien no caigáis en esterilidad que os prive del gusto de la oración y del gusto de Dios. Procurad que vuestros días sean llenos, como dice la Escritura (1), por la práctica de buenas obras, conformes a lo que en vuestra profesión Dios exige de vosotros. Ese será el medio de vivir contentos, y de tener contento a Dios.
Su asiduidad a la oración, y el haberse aplicado con empeño a solicitar de Dios con plegarias, durante el tiempo de su esterilidad, la gracia de verse libre de ella; le merecieron dar al mundo a la Santísima Virgen, Madre de Jesucristo nuestro Señor.
Admiremos cuán grande fue el honor que Dios le hizo, al elegirla para madre de tan santa y excelente hija y, por consiguiente, para ser la primera en contribuir al inefable misterio de la Encarnación. Ved ahí el fruto de sus fervorosas y constantes súplicas.
Eso movió a decir a san Juan Damasceno que, " como la antigua Ana concibió a Samuel por sus oraciones " (2); así santa Ana dio a luz a la Santísima Virgen por su perseverancia en la orción.
Dios, que os ha escogido a vosotros para que le deis a conocer, quiere también que, por decirlo así, engendréis a la Santísima Virgen su Madre en el corazón de los que instruís, inspirándoles tierna devoción hacia Ella.
Esta fecundidad debe ser efecto de vuestras fervientes súplicas, de vuestro amor a la Santísima Virgen y del celo que pongáis en las instrucciones que les deis para inculcarles su amor.
Después de dar a luz santa Ana a la Santísima Virgen, la ofreció a Dios, como cosa que le era debida; puesto que Él se la había dado, y había nacido para pertenecer de cerca al Hijo de Dios, por estar destinada a ser su Madre. Parecióle muy justo que, habiendo sido honrada con tan singular favor, debía demostrar a Dios su gratitud devolviéndole lo que de El había recibido.
Ofrecióse también ella misma a Dios, y le consagró el resto de sus días, en agradecimiento por haberla preferido a todas las mujeres del mundo, para ser madre de la más santa y más perfecta de todas las criaturas. Y era muy puesto en razón que, después de consagrar a Dios su santísima Hija, se diese ella misma a Dios, para no ocuparse sino en lo concerniente al divino servicio
Vosotros recibisteis especiales gracias de Dios, cuando os sacó del mundo y os llamó a un ministerio que mira únicamente a la salvación eterna de las almas: ¿os habéis consagrado a Dios de manera que lo hayáis renunciado todo, para no pensar más que en El y en los deberes de vuestro empleo? Procurad que así sea desde ahora, para poneros en estado de ejercer debida mente tan santo ministerio.

jueves, 25 de julio de 2019

SANTIAGO, CELOSO PROPAGADOR Y DEFENSOR DE LA FE. San Juan Bautista de la Salle


MEDITACIÓN PARA LA FIESTA DE SANTIAGO EL MAYOR
San Juan Bautista de la Salle
25 de julio
Aun cuando todos los apóstoles fueran especialmente amados de Jesús, por constituir el grupo de sus discípulos preferidos, a quienes confió sus misterios; descuella Santiago entre los que más amó, y a quienes descubrió más abiertamente sus secretos.
Tuvo la ventura de hallarse presente en la transfiguración de Jesucristo (1), y ver allí glorificado su cuerpo, aunque de modo transitorio; lo cual no fue otorgado más que " a él, a su hermano san Juan y a san Pedro ".
Tuvo también la suerte de acompañar a Jesucristo en el Huerto de Getsemaní (2), donde fue entregado por Judas a los judíos, que se apoderaron de su persona.
¿Seguís a Jesús tan gustosos en el Calvario como en el Tabor? La mayoría, aun de los que parece se dan a Dios, toman parte de muy buen grado en los consuelos de Jesucristo; pero son muy pocos los que participan con alegría en sus dolores. Y, con todo, a ello nos invita san Pedro: Alegraos, dice, cuando tenéis parte en los dolores de Jesucristo; sea éste el principal motivo de vuestro gozo (3).
Santiago, tan particularmente querido de Jesús, fue también uno de los más considerados entre los Apóstoles. De él da san Pablo este testimonio en una de sus epístolas: Santiago era tenido por una de las columnas de la Iglesia (4).
Si san Pablo, aunque elegido de manera milagrosa, y enseñado por Jesucristo, tuvo tan elevada estima y tanto respeto a Santiago; está muy puesto en razón que vosotros le honréis de modo especial, como a uno de los Apóstoles más ilustrados en las verdades de nuestra santa religión.
Y, pues debéis enseñarlas a los niños que tenéis bajo de vuestra tutela, pedid por intecesión de este santo Apóstol la gracia de conocerlas cumplidamente.
Demuestra, además, que Santiago era uno de los más celosos propagadores y defensores de la religión cristiana, el hecho de que, pretendiendo Herodes complacer a los judíos, mandó contarle la cabeza (5); lo que, efectivamente produjo alegría en éstos; pues temían que el establecimiento de la religión cristiana contribuye se en gran manera a destruir la suya. Tiénese por seguro que fue Santiago el primero de los Apóstoles en derramar su sangre por la fe de Jesucristo.
Dios os ha establecido sucesores de los santos Apóstoles para exponer la doctrina de Jesucristo, y para afianzar su santa ley en el espíritu y corazón de aquellos que instruís por la explicación del catecismo, que es vuestra función principal.
Teneos por " felices y bien pagados cuando os sacien de oprobios, o cuando padezcáis cualquier ultraje por amor de Jesucristo " (6). Si los malvados se complacen en causaros molestias, sea para vosotros motivo de extraordinaria alegría soportarlas; puesto que os ayudan a morir a vosotros mismos.

EVANGELIO DEL DÍA: EL CÁLIZ QUE YO HE DE BEBER LO BEBERÉIS

25 de julio
SANTIAGO, EL MAYOR. APÓSTOL
PATRONO DE ESPAÑA
En aquel tiempo, se acercó a Jesús la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, postrándose ante él y pidiéndole algo. Él le dijo:¿Qué quieres? Ella le dijo: Ordena que en tu reino se sienten estos dos hijos míos, uno a tu derecha, y el otro a tu izquierda. Entonces Jesús respondiendo, dijo: No sabéis bien lo que pedís. ¿Podéis beber del cáliz que yo he de beber, y ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado? Y ellos le dijeron: Podemos. El les dijo: El cáliz que yo he de beber lo beberéis, y recibiréis el bautismo con que yo voy a ser bautizado; pero el sentaros a mi derecha y a mi izquierda, no me toca a mí disponerlo, sino a aquellos para quienes está preparado por mi Padre.
Mt 20, 20-23
 
COMENTARIO AL EVANGELIO
INVOCACIÓN AL APÓSTOL SANTIAGO. Oración del Beato Narciso de Estenga
Benedicto XVI LA PEREGRINACIÓN DE LA VIDA CRISTIANA
CELEBRAR LA FIESTA DE SANTIAGO APÓSTOL, ES CELEBRAR LA MISERICORDIA DE DIOS.
DIA DE SANTIAGO, DÍA GRANDE. Homilía.
HONRAR Y VENERAR AL APÓSTOL SANTIAGO. Homilía
SANTIAGO APÓSTOL, NECESITAMOS TU EJEMPLO, NECESITAMOS TU PATROCINIO

miércoles, 24 de julio de 2019

LLAMADOS AL MARTIRIO. Homilía



LLAMADOS AL MARTIRIO. Homilía
San Apolinar, obispo y mártir.
Conmemoración mensual del Padre Pio. Julio 2019

Se celebra en este día, la fiesta en honor a San Apolinar, obispo.  Son poco los datos que conocemos de su vida, pero hay tres rasgos que hicieron de él uno de los mártires más venerados en los primeros siglos:
En primer lugar, su vinculación a San Pedro, apóstol, del que recibió la ordenación episcopal y la misión de apacentar la Iglesia de Ravena, en el noroeste de Italia, que nos recuerda la necesidad de estar siempre vinculados a la Iglesia, a sus pastores, a la Tradición recibida.
En segundo lugar, su celo apostólico y evangelizador que brota del conocimiento del amor de Jesucristo y que lleva a anunciarlo a los otros. Como San Pablo, cada uno de los cristianos tendríamos que exclamar: Ay de mí, si no predico el evangelio.
En tercer lugar, el martirio que se convierte en el mejor testimonio, en su más elocuente discurso, no ya con palabras, sino derramando su sangre y entregando su vida por la fe. 
Hoy la Iglesia celebra su martirio dando gracias a Dios porque en los mártires contemplamos la fuerza de la gracia y el poder de Dios.
¿Quién es, si no Dios, el que les concede a los mártires el ardor de la fe que incluso hace relegar el altísimo don de la propia vida, sabiendo que recibirán la vida eterna de las manos de Dios?
¿Quién es, si no Dios, el que les concede a los mártires la  firmeza y la perseverancia en medio de las tribulaciones y sufrimientos, y renunciar a los chantajes y seducciones de los torturadores?  
¿Quién es, si no Dios, el que concede a los mártires la victoria en el combate, saliendo vencedores ante la muerte, venciendo la muerte con su propia muerte como Nuestro Señor Jesucristo?
“A ti, oh Dios te alabamos, con el coro de los mártires” y con la Iglesia en este día te pedimos el perdón de nuestros pecados por intercesión de san Apolinar.  

Queridos hermanos:
Como cada 23 de mes, acudimos a la intercesión de nuestro querido Padre Pío de Pietrelcina. Venimos para rendir nuestra acción de gracias por sus favores, pero también cargados con nuevas intenciones y peticiones y las de aquellos a quienes amamos suplicando nuevas gracias.
Padre Pío no fue mártir en el sentido estricto de la palabra; pero es necesario recordar que todo cristiano está llamado en esencia a vivir una vida martirial, ofreciéndose a imagen de nuestra cabeza, Jesucristo, “completando en nuestro cuerpo lo que falta a la Pasión del Señor.”
No todos estamos llamados al martirio de sangre, pero hay otro martirio que santa Teresa del Niño Jesús llamaba martirio a “alfilerazos” que es la aceptación de las persecuciones, cruces y sufrimientos de cada día por amor de Dios. El Papa Juan Pablo II recordaba a toda la Iglesia: “Si el martirio es el testimonio culminante de la verdad moral, al que relativamente pocos son llamados, existe no obstante un testimonio de coherencia que todos los cristianos deben estar dispuestos a dar cada día, incluso a costa de sufrimientos y de grandes sacrificios”(VS 93).
Padre Pío no fue mártir pero, en cambio, llevó en su sagrado cuerpo, las marcas de una pasión dolorosa. Durante 50 años, su cuerpo estuvo marcado con las heridas del Redentor. Llagas santas que nos provocan admiración y asombro, pero que para el Padre Pío fueron causa de un sufrimiento corporal y espiritual muy grande. Él mismo escribía: “¿Quién llegará a comprender el martirio que sufría en mi interior? El solo recuerdo de aquellas luchas íntimas me congela la sangre en las venas. Escuchaba la voz que me llamaba a obedecerte, Dios mío, pero tus enemigos me tiranizaban, me dislocaban los huesos y me retorcían las entrañas...”
Sufrimiento interior y exterior en su cuerpo por los estigmas, al que hay que añadir toda la persecución que recibió por parte de las autoridades eclesiásticas de su tiempo y de su propia orden, que provocaron un gran sufrimiento.  
P. Pío no rechazó ni huyo ante la prueba, ante la cruz y el dolor. Se unió más fuertemente a Jesucristo por le fe y el amor, comprendió que Cristo sufría por él y en él. Ahí encontró su fuerza, su consuelo y su victoria. Dios le concedió el ardor de la fe, la perseverancia y la firmeza en el “martirio” cotidiano.
A una de sus hijas espirituales que estaba pasando por unas pruebas interiores  -pruebas que el mismo llama el “martirio de tu alma”, le dice: “Si sufres aceptando con resignación su voluntad, tú no le ofendes sino que le amas.  Y tu corazón quedará muy confortado si piensas que en la hora del dolor Jesús mismo sufre en ti y por ti.  Él no te abandonó cuando huiste de él;  ¿por qué te va a abandonar ahora que, en el martirio que sufre tu alma,  le das pruebas de amor? 

Queridos hermanos: cuando llega la prueba, hay una tentación que puede acecharnos: enfadarnos con Dios, renegar de él, huir. Como P. Pío, como san Apolinar, como tantos mártires y santos, hemos de escuchar la voz de Cristo que nos dice: “El que quiera ser mi discípulo, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame.”  
Si no huimos, sino que buscamos nuestra fortaleza en la cruz de Cristo, oiremos aquellas palabras que el Señor dirige a sus apóstoles en el Evangelio de hoy: "Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas; yo, por mi parte, dispongo un Reino para vosotros, como mi Padre lo dispuso para mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi Reino y os sentéis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel."
La santa misa es ese banquete donde al mismo tiempo que nos ofrecemos junto con Cristo en el martirio de nuestra vida, recibimos su Sagrado Cuerpo que es el pan de los fuertes y la bebida de su sangre que es la fortaleza de los mártires.
Que por intercesión de san Apolinar y san Pio de Pietrelcina comprendamos estas verdades y, suframos aceptando su voluntad, como acto de amor a Dios. Que así sea.