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jueves, 29 de octubre de 2026

DÍA 7. EL DESCUIDO DE LOS MORTALES EN ALIVIAR A LAS ÁNIMAS DEL PURGATORIO. NOVENA EN SUFRAGIO DE LAS BENDITAS ÁNIMAS DEL PURGATORIO

 


DÍA SÉPTIMO

EL DESCUIDO DE LOS MORTALES  EN ALIVIAR A LAS ÁNIMAS DEL PURGATORIO

NOVENA

EN SUFRAGIO DE

LAS BENDITAS ÁNIMAS DEL PURGATORIO

Tomada del devocionario Áncora de Salvación,

compilado y publicado por el Padre José Mach, SJ, en 1860.

 

Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos líbranos, Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.

 

ACTO DE CONTRICIÓN

Señor mío Jesucristo, Creador, Padre y Redentor mío, en quien creo y espero, a quien amo y quisiera haber siempre amado sobre todas las cosas; me pesa, sí, una y mil veces me pesa de haberos ofendido, por ser Vos quien sois, bondad infinita. Pésame también porque merecí las terribles penas del Purgatorio, y ¡ay!, tal vez las eternas llamas del Infierno. Propongo firmemente nunca más pecar, y apartarme de todas las ocasiones de ofenderos, ayudado de vuestra divina gracia. ¡Oh, tenga yo, Jesús mío, la dicha de confesarme bien, enmendar la vida y perseverar hasta la muerte! Os lo pido por esas benditas Ánimas, por vuestra Sangre preciosísima y por los dolores de vuestra afligidísima Madre. Amén.

 

DÍA SÉPTIMO

MEDITACIÓN

EL DESCUIDO DE LOS MORTALES  EN ALIVIAR A LAS ÁNIMAS DEL PURGATORIO

 

PUNTO PRIMERO. ¡Pobres almas! Están padeciendo tormentos y penas inexplicables; no pueden merecer ni esperar alivio sino de los vivos, y estos, ingratos, no cuidan de ellas.

Tienen en el mundo tantos hermanos, parientes y amigos, y no hallan, como José, un Rubén piadoso que las saque de aquella profunda cisterna. Sus tinieblas son más dolorosas que la ceguera de Tobías, y no encuentran un Rafael que les dé la vista deseada para contemplar el rostro hermosísimo de Dios.

Se abrasan en una sed más ardiente que la del criado de Abraham, y no hallan una oficiosa Rebeca que se la alivie. Son infinitamente más desgraciadas que el caminante de Jericó y el paralítico del Evangelio, pero no encuentran un samaritano ni otra persona compasiva que las consuele.

¡Pobres Ánimas! ¡Qué tormento tan grande será para vosotras este olvido de los mortales! ¡Podrían tan fácilmente aliviaros y libertaros del Purgatorio! Bastaría una Misa, una Comunión, un Vía Crucis o una indulgencia que os aplicasen, y nadie se preocupa de ofrecérosla.

¿Y quiénes son esos ingratos? ¡Ah! Son vuestros mismos parientes y amigos, vuestros herederos, vuestros propios hijos. Ellos se alimentan y recrean con los bienes que les dejasteis, y ahora, desconocidos, ya no se acuerdan de vosotras.

Tal vez por haberlos estimado y complacido demasiado, por haberlos enriquecido con usuras y otros medios ilícitos, ardéis en esas llamas; y los ingratos se divierten ahora sin compadecerse ni acordarse de vuestras penas.

¡Pobres almas! Con mucha más razón que David podéis decir:

«Si un extraño que jamás hubiese recibido favor alguno de mi mano, si un enemigo me tratara así, por sensible que me fuera, podría soportarlo con paciencia. ¡Pero tú, hijo mío, que me debes tantos beneficios y te sustentas y regalas con el sudor de mi rostro; tú, hija mía, por quien pasé tantos dolores y tantas malas noches; tú, esposo; tú, esposa mía, que tantas pruebas recibisteis de mi amor, siendo objeto de mis desvelos y blanco de mis incesantes favores; que tú me trates así, que, descuidando los sufragios que tanto te encargué, me dejes en este fuego sin querer socorrerme!».

¡Ah! ¡Esta sí que es ingratitud y crueldad superiores a toda ponderación!

Medita un poco sobre lo dicho.

 

PUNTO SEGUNDO. ¡Pobres almas! Pero más pobres e infelices seremos nosotros si no las socorremos.

«Acuérdate —gritan los difuntos— de cómo he sido yo juzgado, porque así mismo lo serás tú. A mí, ayer; a ti, hoy. Tú también serás del número de los difuntos, y tal vez muy pronto. Y, por rico y poderoso que seas, ¿qué sacarás de este mundo? Lo que nosotros sacamos, y nada más: las obras. Si son buenas, ¡qué consuelo! Si malas, ¡qué desesperación! Como tú hayas hecho con nosotros, harán contigo».

¿Lo oyes? Si ahora eres duro e insensible con las benditas Ánimas, duros e insensibles serán contigo los mortales cuando tú hayas dejado de existir.

Y no es este el parecer de un sabio, sino el oráculo de la Sabiduría infinita, que nos dice por San Mateo: «Con la misma medida con que midiereis, seréis medidos».

Sí, del mismo modo que nos hubiésemos portado con las almas de nuestros prójimos, se portarán también con nosotros los mortales. Y «¡ay de aquel que no hubiese usado de misericordia, porque le espera —dice el apóstol Santiago— un juicio sin misericordia!».

¿Y no tiemblas tú, heredero y testamentario, insensible para con los difuntos? Si el Juez supremo, lleno de indignación, arroja al Infierno al que niega limosna a un pobre que tal vez era enemigo de Dios por el pecado, ¿con cuánta más justicia y rigor condenará al que niegue a sus amadísimas esposas los sufragios procedentes de los bienes que le pertenecían?

Medita lo dicho un poco; encomienda a Dios las Ánimas de tu mayor obligación y pide, por la intercesión de María Santísima, la gracia que deseas conseguir en esta Novena.

 

EJEMPLO

Refiere San Nicéforo de Constantinopla que, habiendo sido derrotado por Cayano el ejército de Mauricio y hechos prisioneros gran número de soldados, Cayano pidió al emperador una moneda, y no de valor muy subido, por el rescate de cada prisionero.

Mauricio se negó a darla. Cayano pidió entonces una moneda de menor valor, pero también se la rehusaron. Exigió, por último, una cantidad ínfima; y, al no conseguirla tampoco, el bárbaro, irritado, mandó cortar la cabeza a todos los soldados imperiales que tenía en su poder.

Mas ¿qué sucedió? Pocos días después, Mauricio tuvo una espantosa visión. Citado al tribunal de Dios, veía una gran multitud de esclavos que arrastraban pesadas cadenas y, con horrendos gritos, pedían venganza contra él.

Oyendo el Juez supremo tan justas quejas, se volvió a Mauricio y le preguntó:

—¿Dónde quieres ser castigado: en esta vida o en la otra?

—¡Ah, benignísimo Señor! —respondió el prudente emperador—. Prefiero ser castigado en este mundo.

—Pues bien —dijo el Juez—, en pena de tu crueldad con aquellos pobres soldados, cuya vida no quisiste salvar a tan poco precio, uno de tus soldados te quitará la corona, la fama y la vida, acabando con toda tu familia.

En efecto, pocos días después se le insurreccionó el ejército, proclamando emperador a Focas. Mauricio, fugitivo, se embarcó en una pequeña nave con unos pocos que le seguían; mas en vano: las furiosas olas lo arrojaron a la playa. Al llegar los partidarios de Focas, lo ataron a él y a cuantos le acompañaban y los llevaron a Eutropia, donde, ¡oh padre infeliz!, después de haber visto con sus propios ojos la cruel carnicería de cinco de sus hijos, fue muerto ignominiosamente. No pasó mucho tiempo sin que el resto de su familia sufriera la misma desgracia.

¡Ah, cristianos que oís esto! No son unos pobres soldados, sino vuestros propios hermanos y vuestros propios padres los que han caído prisioneros de la Justicia divina. Este Dios misericordioso pide por su rescate una moneda muy pequeña: de gran valor, es verdad, pero muy fácil de dar.

¿Y seréis tan duros que se la neguéis? ¿Tan insensibles seréis a la felicidad de las Ánimas y a vuestros propios intereses?

 

ORACIÓN A JESÚS

LLEVANDO LA CRUZ A CUESTAS

¡Oh dulcísimo Jesús! ¡Qué sensible habrá sido a vuestro corazón mi olvido e indiferencia para con las almas del Purgatorio, pues tanto las amáis, por una parte, y, por otra, sois tan caritativo que, cuando subíais a la montaña del Calvario, olvidasteis vuestro dolor acerbísimo para consolar a aquellas piadosas mujeres que lloraban vuestra suerte!

Aplaque, pues, ¡oh Padre celestial!, vuestra ira la caridad inmensa de vuestro Hijo santísimo. Aceptad esos dolorosos pasos que da, oprimido por el enorme peso de la cruz; aceptad esas tres lastimosas caídas, junto con los escarnios, el sudor y la sangre que derrama por nuestro amor.

Yo os lo ofrezco todo en remisión de mi poca paciencia en los trabajos y en sufragio de las pobres almas del Purgatorio.

¡Ah! Compadeceos de sus lágrimas; enjugadlas, ¡oh Padre clementísimo!, y haced que participen dichosas cuanto antes de la gloria de vuestro rostro divino en la patria celestial. Amén.

 

OBSEQUIO: El mayor sufragio que reclaman las benditas Ánimas, el más necesario para nosotros y el más acepto a Dios, es hacer una buena confesión, sin callar pecado alguno al confesor.

 

RESPONSO POR NUESTROS DIFUNTOS

V. No te acuerdes, Señor, de mis pecados.

R. Cuando vengas a purificar al mundo en fuego.

V. Dirige, Señor Dios mío, a tu presencia mis pasos.

R. Cuando vengas a purificar al mundo en fuego.

V. Dales, Señor, el descanso eterno y brille para ellos la luz eterna.

R. Cuando vengas a purificar al mundo en fuego.

 

Señor, ten piedad.

Cristo, ten piedad.

Señor, ten piedad.

Padre nuestro… (se recita en silencio)

 

V. Libra, Señor, su (sus) alma (almas)

R. De las penas del infierno.

V. Descanse (-n) en paz.

R. Amén.

V. Señor, escucha nuestra oración.

R. Y llegue a ti nuestro clamor.

 

Oremos. Oh Dios mío, de quien es propio compadecerse y perdonar: te rogamos suplicantes por las almas de tus siervos que has mandado emigrar de este mundo, especialmente por las almas de nuestros familiares, amigos y bienhechores (pueden nombrarse por su nombre  propio), para que no las dejes en el purgatorio, sino que mandes que tus santos ángeles las tomen y las lleven a la patria del paraíso, para que, pues esperaron y creyeron en ti, no padezcan las penas del purgatorio, sino que posean los gozos eternos. Por Cristo nuestro Señor. Amén.

 

V. Dales, Señor, el descanso eterno.

R. Y brille para ellos luz perpetua.

V. Descansen en paz.

R. Amén.

V. Por la misericordia de Dios y la intercesión de la Bienaventurada Virgen María las almas de los fieles difuntos descansen en paz.

R. Amén.