▼

miércoles, 28 de octubre de 2026

DÍA 6. LA PACIENCIA Y RESIGNACIÓN DE LAS BENDITAS ÁNIMAS. NOVENA EN SUFRAGIO DE LAS BENDITAS ÁNIMAS DEL PURGATORIO

 


DÍA SEXTO

LA PACIENCIA Y RESIGNACIÓN DE LAS BENDITAS ÁNIMAS

NOVENA

EN SUFRAGIO DE

LAS BENDITAS ÁNIMAS DEL PURGATORIO

Tomada del devocionario Áncora de Salvación,

compilado y publicado por el Padre José Mach, SJ, en 1860.

 

Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos líbranos, Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.

 

ACTO DE CONTRICIÓN

Señor mío Jesucristo, Creador, Padre y Redentor mío, en quien creo y espero, a quien amo y quisiera haber siempre amado sobre todas las cosas; me pesa, sí, una y mil veces me pesa de haberos ofendido, por ser Vos quien sois, bondad infinita. Pésame también porque merecí las terribles penas del Purgatorio, y ¡ay!, tal vez las eternas llamas del Infierno. Propongo firmemente nunca más pecar, y apartarme de todas las ocasiones de ofenderos, ayudado de vuestra divina gracia. ¡Oh, tenga yo, Jesús mío, la dicha de confesarme bien, enmendar la vida y perseverar hasta la muerte! Os lo pido por esas benditas Ánimas, por vuestra Sangre preciosísima y por los dolores de vuestra afligidísima Madre. Amén.

 

DÍA SEXTO

MEDITACIÓN

LA PACIENCIA Y RESIGNACIÓN DE LAS BENDITAS ÁNIMAS

 

PUNTO PRIMERO. Es verdad que las almas del Purgatorio padecen penas imponderables y sin mérito, pero las padecen con una paciencia y resignación admirables. Conocen a Dios con luz perfectísima, lo aman con purísimo amor y desean ardentísimamente poseerlo; pero, al ver sus faltas, bendicen y adoran la mano justa y amorosa que las castiga.

¡Oh, y con cuánta más resignación que los hermanos de José exclaman: «Merito haec patimur»! «Con mucha razón nos castigáis, Señor, pues, cuando pecamos, no temimos vuestro poder y justicia; frustramos los designios de vuestro amor y sabiduría, despreciamos vuestra majestad y grandeza, y ofendimos vuestras perfecciones infinitas. Justo es que seamos castigadas.

»Hombres sin conocimiento de la verdadera religión fueron agradecidos a sus bienhechores: Faraón hizo a José virrey de Egipto porque le interpretó un sueño misterioso; Asuero elevó a Mardoqueo a los primeros empleos de Persia porque le descubrió una conspiración; hasta los osos, los leones y otras fieras indómitas defendieron agradecidos a sus bienhechores. Y nosotras, creadas a vuestra imagen, redimidas con vuestra Sangre, honradas con bienes de fortuna y exaltadas con tantos dones de la gracia, ingratas, ¡ay!, os abandonamos en vida.

»Sí, purificadnos en este fuego; por acerbas que sean nuestras penas, bendeciremos y ensalzaremos vuestra justicia y misericordia infinita. «Iustus es, Domine, et rectum iudicium tuum».»

Todavía más: es tanta la fealdad del pecado, por leve que sea, que, si Dios abriera a esas Ánimas las puertas del Cielo, no se atreverían a entrar en él, manchadas como están, sino que suplicarían al Señor que las dejara purificarse primero en aquellas llamas.

No de otra suerte que una doncella escogida por esposa de un gran monarca, si el día de las bodas apareciese una llaga asquerosa en su rostro, no se atrevería a presentarse en la corte y suplicaría al rey que difiriese las bodas hasta que estuviera perfectamente curada.

¡Oh pecado! Por leve que parezcas, ¡qué mal tan grave eres, cuando las mismas almas preferirían los horrores del Purgatorio a entrar en el Cielo con la menor sombra de tu mancha!

Medita un poco sobre lo dicho.

 

PUNTO SEGUNDO. Mira, cristiano, si puede darse locura mayor que la tuya. Te reconoces deudor a la Justicia divina de horribles penas por los pecados enormes que cometiste en la vida pasada y por las innumerables faltas en que caes todos los días. Sabes que no basta confesarte; que la absolución borra, sí, la culpa, mas no condona toda la pena, por lo que es preciso satisfacer a la Justicia divina en este o en el otro mundo. Y, no obstante, jamás te cuidas de hacer penitencia.

Ahora podías expiar tus culpas fácilmente y con mucho más mérito tuyo: una confesión bien hecha, una Misa bien oída, un trabajo sufrido con paciencia, una ligera mortificación, una limosna, una indulgencia o un Vía Crucis hecho con devoción podrían excusarte espantosos suplicios; y tú todo lo descuidas, todo lo dejas para la otra vida.

¡Ay! ¿Has olvidado, por ventura, cuán horribles son aquellos tormentos y cuánto tiempo duran? ¿No sabes que, según afirman ciertos autores, fundados en revelaciones muy respetables, varias de aquellas almas han estado siglos enteros en el Purgatorio y otras estarán allí hasta el Juicio final?

¡Insensato! «Las Ánimas —dice San Cirilo de Jerusalén— mejor querrían sufrir hasta el fin del mundo todos los tormentos de esta vida que pasar una sola hora en el Purgatorio». ¿Y tú quieres más arder siglos enteros en el Purgatorio que mortificarte en esta vida un solo momento?

¡Oh espantosa locura!

Medita lo dicho un poco; encomienda a Dios las Ánimas de tu mayor obligación y pide, por la intercesión de María Santísima, la gracia que deseas conseguir en esta Novena.

 

EJEMPLO

Refiere el venerable jesuita Pablo Señeri que había en Bolonia una viuda noble que tenía un hijo único y muy querido.

Estando este divirtiéndose un día con otros jóvenes, pasó un forastero y les interrumpió el juego. El hijo de la viuda lo reprendió ásperamente y, resentido, el forastero sacó un puñal, se lo clavó en el pecho y, dejándolo palpitando en el suelo, echó a huir calle abajo con el puñal ensangrentado en la mano, hasta que se metió en la primera casa que encontró abierta.

Allí suplicó a la señora que, por amor de Dios, lo ocultase. Ella, que era precisamente la madre del joven asesinado, lo escondió, en efecto.

Entre tanto, llegó la justicia buscando al asesino. Al no hallarlo, uno de los que lo buscaban dijo:

—Sin duda, esta señora no sabe que el muerto es su hijo, pues, si lo supiera, ella misma nos entregaría al reo, que indudablemente debe de estar aquí.

Poco faltó para que la madre muriese de sentimiento al oír estas palabras. Mas luego, cobrando ánimo y conformándose con la voluntad divina, no solo perdonó al que había matado a su único y estimado hijo, sino que le entregó una cantidad de dinero y el caballo del difunto para que huyese con mayor prontitud. Después, lo adoptó por hijo.

¡Cuán agradable fue a Dios esta generosa conducta! Pocos días después, la buena señora estaba haciendo oración por el alma del difunto cuando, de pronto, se le apareció su hijo, todo resplandeciente y glorioso, diciéndole:

—Enjugad, madre mía, vuestras lágrimas y alegraos, que me he salvado. Muchos años tenía que estar en el Purgatorio, pero vos me habéis sacado de él con las virtudes heroicas que practicasteis al perdonar y hacer bien al que me quitó la vida. Más os debo por haberme librado de tan terribles penas que por haberme dado a luz. Os doy las gracias por uno y otro favor. Adiós, madre mía, adiós; me voy al Cielo, donde seré dichoso por toda la eternidad.

 

ORACIÓN A JESÚS CORONADO DE ESPINAS

¡Oh amabilísimo Redentor mío! ¡Los pecadores se coronan de rosas, los reyes de la tierra se ciñen coronas de diamantes y perlas, y Vos, Rey inmortal de los siglos, estáis coronado de espinas!

¡Oh, si esa vuestra corona se clavase en mi cabeza para arrancar de una vez mi soberbia y mis malos pensamientos! ¡Oh, si al menos una de esas espinas atravesara mi conciencia y no me dejara reposar hasta que hubiese mudado de vida!

Señor, no quiero ya coronarme de flores en este mundo, sino de espinas por vuestro amor.

Y Vos, Padre misericordiosísimo, aceptad, en sufragio de las pobres almas del Purgatorio, aquellas befas, humillaciones y dolores acerbísimos que sufrió vuestro amable Hijo cuando lo coronaron de espinas.

Por aquellas asquerosas salivas que recibía; por aquellos escarnios con que lo ultrajaban; por aquella sangre que corría de su cabeza santísima a fuerza de los cruelísimos golpes que le daban sobre las espinas; por aquel dolor que atravesó el corazón de su angustiadísima Madre, aliviad, os suplico, a las afligidas almas del Purgatorio y concededles pronto la corona incorruptible de la Gloria. Amén.

 

OBSEQUIO: En sufragio de las Ánimas del Purgatorio, aplicar las indulgencias parciales que se puedan ganar cada vez que se diga devotamente: «Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía».

 

RESPONSO POR NUESTROS DIFUNTOS

V. No te acuerdes, Señor, de mis pecados.

R. Cuando vengas a purificar al mundo en fuego.

V. Dirige, Señor Dios mío, a tu presencia mis pasos.

R. Cuando vengas a purificar al mundo en fuego.

V. Dales, Señor, el descanso eterno y brille para ellos la luz eterna.

R. Cuando vengas a purificar al mundo en fuego.

 

Señor, ten piedad.

Cristo, ten piedad.

Señor, ten piedad.

Padre nuestro… (se recita en silencio)

 

V. Libra, Señor, su (sus) alma (almas)

R. De las penas del infierno.

V. Descanse (-n) en paz.

R. Amén.

V. Señor, escucha nuestra oración.

R. Y llegue a ti nuestro clamor.

 

Oremos. Oh Dios mío, de quien es propio compadecerse y perdonar: te rogamos suplicantes por las almas de tus siervos que has mandado emigrar de este mundo, especialmente por las almas de nuestros familiares, amigos y bienhechores (pueden nombrarse por su nombre  propio), para que no las dejes en el purgatorio, sino que mandes que tus santos ángeles las tomen y las lleven a la patria del paraíso, para que, pues esperaron y creyeron en ti, no padezcan las penas del purgatorio, sino que posean los gozos eternos. Por Cristo nuestro Señor. Amén.

 

V. Dales, Señor, el descanso eterno.

R. Y brille para ellos luz perpetua.

V. Descansen en paz.

R. Amén.

V. Por la misericordia de Dios y la intercesión de la Bienaventurada Virgen María las almas de los fieles difuntos descansen en paz.

R. Amén.