sábado, 28 de febrero de 2026

DE LA INSTITUCIÓN DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO

 


II domingo de Cuaresma

DE LA INSTITUCIÓN DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO.

MEDITACIONES

SOBRE

LA PASIÓN

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

"Mírame, oh, bueno y dulcísimo Jesús:

en tu presencia me postro de rodillas,

y con el mayor fervor de mi alma te pido y suplico que imprimas en mi corazón, dulcísimo Jesús,

vivos sentimientos de fe, esperanza y caridad,

verdadero dolor de mis pecados

y propósito firmísimo de enmendarme;

mientras con gran afecto y dolor

considero y contemplo en mi alma tus cinco llagas,

teniendo ante mis ojos aquello

que ya el profeta David ponía en tus labios

acerca de ti:

'Me taladran las manos y los pies,

puedo contar todos mis huesos' (Sal 21, 17-18)".

 

Esta oración tiene indulgencia parcial siempre que se rece después de la comunión ante una imagen de Cristo Crucificado. En los mismos términos, los viernes de cuaresma, se puede lucrar indulgencia plenaria con las condiciones habituales de confesión, comunión y oración por el Papa.

 

II domingo de Cuaresma

DE LA INSTITUCIÓN DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO. (Math. 26.)

 

Acabado el lavatorio sentóse Cristo a cenar segunda vez, y dando gracias a su Padre tomó el pan en las manos y dióle a sus discípulos diciendo: tomad; que este es mi cuerpo que ha de ser entregado por vosotros; y el cáliz de la misma manera, diciendo: tomad y bebed, que esta es mi sangre que será derramada por vosotros, y por todos, etc.

PUNTO PRIMERO. Considera cómo primero lavó Cristo los pies a sus discípulos y después les dió su santísimo cuerpo sacramentado, porque primero nos debemos lavar y purificar de todas las culpas antes de llegar a recibir este divino manjar; contempla su bondad y tu indignidad, y cómo te debes preparar para recibirle dignamente; y pide al Señor que te disponga, purificando tu alma como lavó los pies de sus discípulos y los purificó de toda mancha.

PUNTO II. Entra en el pecho de Cristo y contempla las llamas de amor que ardían en su corazón; por una parte sentía en el alma apartarse de los suyos; por otra, no podía dejar de obedecer a su Padre y partir a redimirlos; el amor le tiraba, la obediencia le llevaba, y fue tal la fineza de su caridad, que dio traza cómo irse y quedarse; obedecer, partiéndose a morir por los hombres; y quedarse con ellos, uniéndose íntimamente con sus almas, sacramentado en este divino manjar. ¡Oh Redentor del mundo! ¿cómo os daré yo gracias por tan inmenso amor? ¿quién me dará que nunca me aparte de vos, y que siempre os ame sobre cuanto se puede amar?

PUNTO III. Considera cómo instituyó este divino Sacramento memorial de su pasión para que la tuviésemos siempre presente, y el sentimiento que causaría en los corazones de los apóstoles verle sacrificado y muerto místicamente antes de haber padecido; y cómo se ofrecería el Salvador en aquella mesa al Eterno Padre por la salvación del mundo. Mucho tienes, alma mía, que contemplar en este punto: entra en el corazón de Cristo y mira lo que allí pasa, y luego entra en los de los discípulos y mira la admiración y estupor que les causaría tan alto y nunca imaginado misterio, y mira cómo le partiría y repartiría Cristo, cómo comulgaría él y daría la comunión a los demás, armándoles para la batalla tan próxima que les esperaba; y no dejes de llegar tú también, aunque tan indigno de aquella mesa, a que te dé alguna de las migajas que caen de ella; ponte allí presente, clava los ojos en el Redentor, clama y suspira, contempla y espera con perseverancia, que sin duda tendrá piedad de ti, y no te dejará ayuno dando a todos de comer.

PUNTO IV. Considera cómo entre los demás que en aquella cena última comulgaron fue uno Judas, a quien dio su sagrado cuerpo Cristo como a los demás, a la sazón que estaba maquinando en su corazón la entrega de su persona a los Escribas. ¡Oh Señor, qué lengua podrá decir vuestra bondad, y quién podrá conocer y predicar lo que vos sois! ¡quién vio jamás tal paciencia, ni tal fineza de amor! bendito, alabado y glorificado seáis por todos los siglos de los siglos. Amen. Mira la dureza de aquel traidor que tan inaudito beneficio no hizo mella en él, y cómo en recibiendo el manjar de vida entró en su corazón la muerte por su mala disposición. Teme y tiembla de caer en tal pecado; mira cómo te llegas a esta mesa, y cuántas veces has vendido al Hijo de Dios por menos precio que Judas; pide al Señor que te perdone y te tenga de su mano para que no llegues a su mesa indignamente ni caigas en tan enorme pecado.

 

Al finalizar

 

INVOCACIONES A JESÚS EN SU PASIÓN

San Buenaventura

 

Dulcísimo Jesús, Hijo de Dios vivo, Dios y Hombre verdadero, Redentor de mi alma: por el amor con que sufriste ser vendido de Judas, preso y atado por mi salvación: ¡Ten misericordia de mí!

Benignísimo Jesús mío: por el amor con que padeciste por mi alma tantos desprecios, irrisiones, negaciones y tormentos en la casa de Caifás: ¡Ten misericordia de mí!

Pacientísimo Jesús mío: por el amor con que por mi padeciste tantos falsos testimonios, afrentas injurias y acusaciones falsas en la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Mansísimo Jesús de mi alma: por los desprecios, escarnios y burlas de la casa de Herodes; por los azotes, corona de espinas y mofas sangrientas y condenación a muerte de la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Piadosísimo Jesús de mi alma: por todo lo que por mí padeciste en tu adorable Pasión, desde la casa de Pilatos hasta el monte Calvario, donde toleraste por mi amor el ser crucificado para que yo me salvase: ¡Ten misericordia de mí, ten misericordia de mí, ten misericordia de mí! Amén.

 

También puede terminarse recitando el viacrucis.