jueves, 28 de agosto de 2025

29 DE AGOSTO. DEGOLLACIÓN DE SAN JUAN (AÑO 31)

 


29 DE AGOSTO

DEGOLLACIÓN DE SAN JUAN

(AÑO 31)

LA santidad del Bautista brilla con tan divinos fulgores, que se nos antoja un retrato fiel del Salvador. Sin duda, todos los Santos se han asemejado a Cristo, pero San Juan —aparte su posible parecido físico con Él, en virtud del parentesco — se le asemeja más que todos. La razón la da el mismo Jesús: porque, «entre los nacidos de mujer, no ha habido ninguno mayor que Juan el Bautista». ¡Qué admirable humildad y rectitud las suyas, qué maravillosa sinceridad, qué tajante entereza, qué amor a la verdad, a la justicia, a la virtud, qué firmeza insobornable, qué carácter de fuego y, a la vez, qué inefable ternura mística, qué actitud, en fin, tan callada y señora frente al dolor y la muerte...! «En el Bautista —dice Cristiani— se resumen los dos Testamentos. Pertenece a la raza de los antiguos profetas: posee su energía, su intrepidez, su sentido de los derechos divinos frente a las prevaricaciones de los poderes humanos. Pero, al mismo tiempo, pertenece al Nuevo Testamento por su bondad hacia los pequeños y humildes, que prenuncia la mansedumbre sin límites de Jesús».

Un día, sus discípulos, al ver que la gente se va en pos del milagroso Galileo, corren a decirle a Juan, con mal disimulado despecho: «Maestro, Aquel que estaba contigo a la otra parte del Jordán, de quien diste testimonio, he aquí que se ha puesto a bautizar, y todos se van a Él».

El Bautista —perfecto en su modestia, heroico en su sinceridad— disipa la falsa alarma con una respuesta sublime: «Nada hay en el hombre que no le sea dado del Cielo. Vosotros sabéis que yo os he dicho: No soy el esposo, sino el amigo del esposo; no soy el Cristo, sino el Precursor... Conviene que Él crezca y que yo mengüe».

Nada como este episodio —broche de oro con que Juan cierra su ministerio público— revela la elevación de su carácter y su grandeza moral.

Si tal es la santidad del Bautista, ¿por qué languidece en los calabozos de la fortaleza de Maqueronte? ¡Ah!, es que, Precursor de Cristo en su vida santísima, debe serlo también y asemejarse a Él en la muerte inocente y trágica...

El escándalo provocado entre los judíos por la unión ilícita de Herodes con Herodías, ha sido grande. Nadie, sin embargo, se ha atrevido a lanzar una censura pública. Sólo el Bautista, debelador del humano respeto, deja oír su voz insobornable. Como los Profetas de la antigua Ley, el Profeta de fuego de la Ley -nueva —hombre seco y enérgico, crecido entre las tempestades del desierto, de ojos deslustrados por la abrumadora vigilia de luchar —, comparece ante el omnipotente Tetrarca y, desafiando la muerte, le echa en cara la ilicitud nefanda de su incestuoso concubinato.

La consecuencia de tan noble actitud la refiere San Marcos en una página patética, escalofriante, capaz de encoger el ánimo mejor templado. Merece la pena transcribirla íntegra.

«Herodes —dice el Evangelista— mandó prender a Juan, y le aprisionó en la cárcel, a causa de Herodías, mujer de su hermano Filipo, con la cual se había juntado. Porque Juan decía a Herodes: No te es lícito tener a la mujer de tu hermano. Mas Herodías le acechaba y deseaba matarle, pero no podía; porque Herodes temía a Juan, sabiendo que era varón justo y santo, y le respetaba y hacía muchas cosas por su consejo, y le oía con aúado. Mas llegó un día oportuno en que Herodes, en el aniversario de su natalicio, dio un banquete a los principales de Galilea. Y entrando la hija de Herodías, bailó y agradó a Herodes y a los convidados; tanto, que dijo el Rey a la muchacha: Pídeme lo que quieras y te lo daré.

Y le, juró: Todo lo que me pidieres te daré, hasta la mitad de mi reino. Ella, saliendo, dijo a su madre: ¿Qué pediré? Respondióle: La cabeza de Juan Bautista. Y volviendo a entrar en seguida, a toda prisa, delante del Rey, hizo esta demanda: Quiero que ahora mismo me des en un plato la cabeza de Juan Bautista. El Rey se entristeció; más, a causa del juramento y de los comensales, no quiso disgustarla, sino, enviando un soldado, mandó que le trajesen su cabeza. El soldado, pues, le degolló en la cárcel, y trajo su cabeza en un plato, y la entregó a la muchacha, y ésta se la ofreció a su madre. Sabido el caso, fueron sus discípulos y tomaron su cuerpo y lo pusieron en un sepulcro».

Tras la lectura de esta página impresionante, sólo cabe añadir alguna reflexión. La meditación se impone. ¡Qué bella virilidad la del Protomártir de la moral evangélica! ¡Qué contraste con la repugnante depravación de Herodes Antipas, de Herodías y de Salomé! Es la luz frente a la tiniebla, la verdad frente a la mentira, la pureza del ángel frente a los instintos brutales de la bestia. Dice la tradición que Herodías se ensañó en su víctima, clavando un estilete en aquella lengua que, viva, no había podido encadenar. Pero la voz acusadora del Profeta quedó flotando sobre la fortaleza de Maqueronte como una conjura de muerte, y el rayo de la venganza divina no tardó en caer sobre aquellas cabezas malvadas que, por un caprichoso sadismo, pusieron la cabeza del Bautista a precio de un baile impúdico. Juan —roca firme y señera— es ejemplo para todos cuantos en el decurso de la Historia han defendido y defenderán la Verdad, con perfecta independencia en lo humano y absoluta sumisión en lo divino.