En aquel tiempo, los
judíos como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos
en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día grande, pidieron a Pilato
que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le
quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él;
pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las
piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y
al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es
verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. Esto
ocurrió para que se cumpliera la Escritura: «No le quebrarán un hueso»; y en
otro lugar la Escritura dice: «Mirarán al que traspasaron».
Para
disponerse antes de la comunión para recibir a Dios
MEDITACIONES DIARIAS
DE LOS MISTERIOS DE NUESTRA SANTA
FE,
DE LA VIDA DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR
PARA EL
TIEMPO DESPUÉS
DE
PENTECOSTÉS
por el P. Alonso de Andrade,
DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.
Al comenzar
Por
la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor
mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te
adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para
hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre
y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
MEDITACION
Viernes
de la II semana después de Pentecostés.
Para
disponerse antes de la comunión para recibir a Dios.
Aunque
las meditaciones pasadas pueden aprovechar para disponerse con fervor para la
sagrada Comunión, y también por acción de gracias, después de haber comulgado,
ha parecido conveniente añadir aquí las dos siguientes para disponerse antes y dar
gracias después, a ejemplo de Zaqueo, conforme a lo que dice san Lucas en el
cap. 19.
PUNTO
PRIMERO. Considera cómo andando Cristo por Jericó, Zaqueo, que era rico y
principal, deseó sumamente verle y tratarle, e hizo las diligencias que pudo
para ello. En que te enseña la primera diligencia que debes hacer para recibir a
este Señor dignamente en tu casa; conviene a saber, el deseo de recibirle;
porque el pan que se come con hambre entra en provecho, y para esto has de
avivar la fe y el conocimiento de este Señor, y con él la estimación de su
persona y de la merced que te hace, y despertar en tu alma vivos deseos de
recibirle y lograr esta merced.
PUNTO
II. Considera las diligencias que hizo Zaqueo, entre las cuales la primera fue
subirse en un árbol alto para verle, por ser pequeño de estatura. Este árbol
frondoso, dice san Ambrosio, que fue símbolo de la vanidad y soberbia del
mundo, raíz de muchos vicios, los cuales conviene pisar cómo Zaqueo,
purificando la conciencia de todo pecado para recibir a Cristo; era pequeño y
rico, porque ha de ser pequeño por la humildad, y rico por las virtudes el que
le hubiere de recibir; aquí debes entrar en tu conciencia y examinarla
rigurosamente, limpiándola de toda imperfección, regándola con lágrimas de contrición
y adornándola de virtudes para que sea digna posada del Señor.
PUNTO
III. Considera la atención, gusto y devoción con que Zaqueo miró a Cristo sin
perturbarle tanta multitud de gente como concurrió a ver al Salvador y ser él
tan pequeño, todo lo venció para mirarle, y mereció por esto que Cristo le
mirase y llamase entre todos; en que tienes documento de lo que has de hacer
antecedentemente a la sagrada comunión; conviene a saber, mirar al Señor que
pretendes recibir con los ojos de la meditación y contemplación, recogiéndote a
la oración sin dar lugar a que te perturbe la muchedumbre de los negocios
seglares, ni las visitas de los hombres. Considera quién es el Señor que ha de
venir a tu casa, y quién eres tú que le has de recibir. Pondera su alteza en
vista de tu bajeza, y tu indignidad a vista de su majestad. Mírale en el cielo,
adorado de los ángeles en el trono de su grandeza, y la pequeñez de tu humilde
posada, tan indigna de tan alto Señor, y pídele que te disponga con su gracia y
que te envíe los ángeles sus aposentadores para que aperciban tu pobre casa y
la adornen de manera que sea digna posada para venir a ella.
PUNTO
IV. Considera cómo miró Cristo a Zaqueo y le llamó y mandó que bajase con
presteza; porque le convenia entrar en su casa; y Zaqueo obedeció al mandato
del Señor y bajó con mucha diligencia y le recibió en su casa; en que tienes
otro documento de preparación para recibirle en la tuya; conviene a saber, de
obediencia y diligencia en su servicio, avivando tu fervor y no llegándote a
recibir a Cristo sin su obediencia, intimada por medio de tu Padre espiritual.
Llora tu tibieza y pídele a Dios nuestro Señor que te dé aquel fervor de
espíritu y aquel fuego de amor con que le han recibido los mayores santos en la
tierra, y le aman, adoran y reverencian en el cielo; y llega con temblor y
reverencia a recibirle en tu pobre casa, reconociéndote por indigno de tan
grande merced.
Al terminar
Te
doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones
que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra.
Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda:
interceded por mí.
CONSIDERADAS EN TREINTA Y TRES
MEDITACIONES CORRESPONDIENTES
A LOS TREINTA Y TRES AÑOS DE LA VIDA
DEL DIVINO SALVADOR.
Traducido libremente
de la obra del
P. Francisco J. Gautrelet, de la Compañía
de Jesús,
fundador del Apostolado de la Oración
EJERCICIO
PRÁCTICO
PARA TODOS LOS
DÍAS DEL MES.
Por la señal, etc.
Señor mío Jesucristo, etc.
ORACIÓN PARA EMPEZAR.
¡Oh Jesús!,
amable Salvador mío, que os habéis hecho hombre y quisisteis pasar treinta y
tres años en este mundo miserable para mostrarnos el camino del Cielo;
concededme la gracia de venerar este año de vuestra vida que voy a contemplar,
y de poner en práctica las virtudes de que en él me dais tantos ejemplos.
Enseñadme la imitación fiel de vuestro divino Corazón.
Y pues sois mi
dueño y mi modelo, mi redentor y mi padre, ilustrad mi entendimiento, purificad
mi corazón, fortificad mi voluntad, gobernad, dirigid, santificad mis acciones,
enseñadme a hacer buen uso de las facultades de mi alma y de los sentidos de mi
cuerpo.
Haced que os
tenga siempre en mi pensamiento, que mi boca pronuncie a menudo vuestro santo
nombre, que mi corazón os ame sin cesar, que no busque yo sino vuestra gloria
en todo, y no trabaje ni viva sino para vos. Esta gracia os la pido también
para todos mis prójimos. Bien pocos son los que os aman de veras. ¡Qué dolor
ver tantas almas agobiadas de penas y trabajos, y más aún de culpas y pecados!
Acordaos de esos infelices, a quienes todavía queréis llamar hermanos y tened
piedad de ellos. Acabad vuestra obra, amable Redentor, dulce esperanza mía,por los méritos de vuestra santa vida, dolorosa
Pasión, preciosa muerte y gloriosa resurrección. Os la pido por el dulcísimo
nombre que lleváis, por ese Corazón que tanto nos ha amado, y que os habéis
dignado darnos para que sea nuestro refugio, nuestro asilo, nuestra fortaleza y
esperanza en estos aciagos días. Os lo pido por la intercesión de vuestra
Santísima Madre, que también lo es nuestra.
Con esta
intención os ofrezco mis obras y trabajos del presente día en unión de lo que
por mí hicisteis y padecisteis en la tierra, y, sobre todo, en unión con el
sacrificio adorable de la Misa, en cualquier parte de la tierra que se celebre.
Oíd, Señor, a vuestros hijos, y tened piedad de nosotros.Amén.
DÍA DUODÉCIMO.
(Año duodécimo.)
POBREZA Y RIQUEZA
DEL CORAZÓN DE JESUS.
Primer
preludio. Ver al Niño-Dios en la pobreza de Nazaret.
Segundo. Decir: Dadme,
Señor, vuestra gracia, y ésta me basta.
Punto Primero. Nada más pobre
que Jesús, Segundo. Nada más rico que Jesús.
PUNTO PRIMERO.
Nada más pobre
que Jesús. Una de las más funestas enfermedades que contrajo el hombre en el
Paraíso es la codicia de los bienes terrenos, que San Pablo llama raíz de todos
los males. Para convencerse, basta mirar lo que pasa en el mundo, donde no se
encuentra quien no adolezca de ese mal. Lo mismo el pobre que el rico, el viejo
que el joven, todos, aun los mismos niños, sienten ese desordenado apetito. ¿De
dónde viene esa inquietud, esa agitación que padecen todas las clases de la
sociedad? De la sed del oro, de la ambición, de riquezas. Ciegos los hombres
por la codicia, van en pos de bienes perecederos, que no son sino humo y vapor
que desaparece por el aire.
Para curar este
mal, consagra Jesús y diviniza la pobreza, escogiéndola para sí como una
preciosa herencia, y dejando sus riquezas para ser pobre, como dice San Pablo.
Entremos en la cueva de Belén: pasemos de allí a Egipto; visitémosle en
Nazaret; acompañémosle en sus viajes apostólicos; en una palabra, sigámosle
desde el establo hasta la cruz, y siempre le veremos pobre. En el nacimiento,
yace en un pesebre, envuelto en pobres pañales. En Egipto, pasa muchas hambres.
En Nazaret, gana el pan con su sudor. En la vida pública, no tiene donde
reclinar la cabeza. En la cruz, está desnudo. De suerte que, si predica la
pobreza, la practica mejor que la enseña. Goza en tratar con los pobres, los
llama bienaventurados, y dice que a evangelizarlos ha venido, y que de ellos es
el Reino de los cielos. Condena a los ricos, poniendo muy en duda su salvación.
¿Qué más pudo hacer para curar la llega cancerosa que corroía la humanidad?
Pues todavía no
le bastó lo que hizo en su vida mortal, y quiso hacer más después de glorioso,
perpetuando y practicando con creces la pobreza de Belén y de Nazaret. La
Eucaristía es como un monumento levantado en honra de la pobreza. Veamos
nuestros templos y altares, morada perpetua de Jesús sacramentado. Al lado del
palacio de un grande, se ve una miserable capilla donde se hospeda el Dios del
cielo. ¿Quién no se avergonzaría de cubrir su mesa con los paños que a menudo
cubren los altares?
¡Oh, Dios mío!
¡Qué distintos son mis pensamientos de los vuestros! Lejos de amar vuestra
pobreza, huyo de ella. Muy lejos estoy de decir: Dios es mi todo; Dios es la
parte que me ha caído en herencia, y otras expresiones que usaban los Santos en
fuerza de su amor a Dios y desprecio del mundo. Me gusta una habitación cómoda y
vestido, si no ricos, al menos bien ajustados a mi talla y elegantes, alimentos
delicados, y todo tan a mi elección, que nada sienta de las privaciones del
pobre. Busco la amistad de los ricos, y me alejo del trato con los pobres.
Ahora, Señor,
me avergüenzo de que no me falte nada, al veros mal alimentado, mal alojado y
pobremente vestido. Vuestro ejemplo me condena y, por lo tanto, me enseña y me
persuade. Vos sois el consuelo del pobre, a quien enseñáis a amar su desnudez.
Desde esas pobres iglesias donde vivís se eleva vuestra voz para protestar
contra el mundo, animar al pobre y ensalzar al que por vos desprecia los bienes
de la tierra.
PUNTO SEGUNDO.
Nada más rico
que Jesús. Lo que le falta de bienes de la tierra, le sobra de riquezas del
Cielo, y como esas son las que valen, podemos decir que no es pobre sino en
apariencia. La palabra pobreza parece dura, aunque tan alabada por Cristo, y es
porque no entendemos que, despojándonos del afecto a los bienes terrenos,
echamos de encima una carga insoportable. La codicia es un tormento, el apego a
lo que uno tiene le hace avaro e injusto, le quita la caridad con los pobres,
le inutiliza para hacer obras pías o ayudar a ellas. Si tiene fe, debe temer el
cargo que le ha de hacer el justo Juez del uso de sus bienes, y su fe será su
torcedor, que no le dejará sosegar. Bien podemos entender por qué llama el
Señor espinas a las riquezas.
El
alma desprendida goza paz y santa libertad, ya conserve sus bienes, ya sea que
el Señor la prive de ellos con un revés de fortuna, en el que dirá como Job: Dios
me le dio, Dios me lo quitó: sea su nombre bendito. Esto aquí en la tierra.
¿Y qué diremos
de la corona prometida a los pobres de espíritu en el cielo? Se os da el Cielo
por la tierra, Dios por las criaturas, ¿no es bastante ganar?
Anímate, pues,
a desprender tu corazón de todo. Mira a Jesús, que todo lo dejó por ti. Codicia
sus riquezas de gracia, virtudes y méritos. No es rico sólo para sí, sino para
todos, y de un modo semejante los que poseen sus riquezas tienen la virtud de
enriquecer a otros.
Di como el
Apóstol: “A todo renuncié, mirándolo como detrimento y daño de mi alma; y
así como se desprecia el estiércol y la basura, lo desprecié todo con el fin de
ganar los tesoros de Jesucristo.” (Filip., III.)
Bástame Cristo,
cuyo Corazón es mi tesoro.
Considera si
estás apegado a algo en este mundo, y rompe esas cadenas. Ama la limosna: que
lo que das al pobre, lo das a Cristo.
ORACIÓN FINAL.
Acto
de consagración y desagravio
al
Sagrado Corazón de Jesús.
¡Oh Corazón de
Jesús! Yo quiero consagrarme a ti con todo el fervor de mi espíritu. Sobre el
ara del altar, en que te inmolas por mi amor, deposito todo mi ser; mi cuerpo,
que respetaré como templo en que tú habitas; mi alma, que cultivaré como jardín
en que te recreas; mis sentidos, que guardaré como puertas de tentación; mis
potencias, que abriré a las inspiraciones de tu gracia; mis pensamientos, que
apartaré de las ilusiones del mundo; mis deseos, que pondré en la felicidad del
Paraíso; mis virtudes, que florecerán al abrigo de tu protección; mis pasiones,
que se someterán al freno de tus mandamientos, y hasta mis pecados, que
detestaré mientras haya odio en mipecho, y que lloraré sin cesar mientras haya en mis ojos lágrimas. Mi
corazón quiere desde hoy ser para siempre todo tuyo, asícomo tú, ¡oh Corazón divino!, has querido
ser siempre todo mío. Tuyo todo, tuyo siempre, no más culpas, no más tibieza.
Yo te serviré por los que te ofenden; pensaré en ti por los que te olvidan, te
amaré por los que te olvidan; te amaré por los que te odian, y rogaré, y gemiré
y me sacrificaré por los que te blasfeman sin conocerte.Amén.
***
Sagrado Corazón de Jesús, en
vos confío.
Corazón Sacratísimo de
Jesús, ten misericordia de nosotros.
Jesús, manso y humilde de
Corazón, haced nuestro corazón semejante al vuestro.
Inmaculado Corazón de María,
sed la salvación mía.