miércoles, 9 de septiembre de 2026

LOS FRUTOS DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR

 


Jueves de la XV semana después de Pentecostés

DE LOS FRUTOS DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

PARA

EL TIEMPO DESPUÉS

DE PENTECOSTÉS

 

ORACIONES PARA COMENZAR

Y TERMINAR TODOS LOS DÍAS

EL EJERCICIO DE LA MEDITACIÓN

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Jueves de la XV semana después de Pentecostés

DE LOS FRUTOS DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR

 

PUNTO PRIMERO. San Cirilo dice sobre este Evangelio que Cristo tocó a este difunto en su féretro para darle la vida, declarando que su carne santísima tenía virtud para dar la vida espiritual y que la comunica a todos los que la tocan dignamente. Por eso llamó a su carne sacramentada manjar de vida, porque quien come este pan vive para siempre.

El primer fruto, pues, de este divino manjar es desterrar del alma la muerte del pecado, conservando en ella la vida de la gracia.

Considera cuántas veces le has recibido y cuántas te ha tocado, y si estás vivo a su gracia y a su servicio, o muerto por tus pasiones y apetitos desordenados. Teme que no le recibes como debes, pues no obra en ti los efectos que produce en aquellos que dignamente le reciben.

 

PUNTO II. Considera lo que dice Cristo: que los antiguos comieron el maná y murieron, y que no ha de ser así con los que comen este maná del cielo, sino que han de vivir para siempre.

Cristo resucitó y no volvió a morir; así han de ser los que reciben su Cuerpo santísimo, resucitado y glorioso, en este divino manjar: han de conservar la vida de la gracia sin volver más a la muerte del pecado ni a los vicios pasados.

Considera si produce en ti estos efectos y qué cuenta has de dar a Dios del pan que comes y de la vida que haces. Pide a Dios perdón de tu tibieza; disponte a darle gracias por la merced que recibes y pídele, juntamente, la gracia de lograr en ti los frutos que comunica a quienes le reciben dignamente.

 

PUNTO III. Considera los efectos que causó en este difunto la resurrección y la vida que le dio Cristo: oyó su voz, se levantó y empezó a hablar, comenzando juntamente una vida nueva.

Estos mismos efectos ha de causar en ti la visitación y el toque de este Señor, que viene sacramentado a visitar tu alma y a darle vida en el féretro de tu cuerpo. Ha de abrir tus oídos para oír su voz; hacerte sentir los toques de tu conciencia y responder a las llamadas que da a tu corazón; purificar todos tus sentidos; levantarte de la tibieza y del regalo al fervor y a la mortificación; abrir tu boca para la oración y las alabanzas de Dios, dándole continuas gracias por las mercedes recibidas; y renovar tu vida, comenzando otra nueva en su santo servicio.

¡Oh, Señor! ¡Quién tuviera la virtud y disposición necesarias para lograr estos frutos en vuestro santo servicio! Tocadme Vos con el impulso de vuestra especialísima gracia, para que yo reciba y alcance estos frutos en la sagrada Comunión.

 

PUNTO IV. Considera lo que pasó en la resurrección de este mancebo: renovó su juventud. Del mismo modo, quien recibe a Cristo renueva la juventud de su alma.

Luego todos los presentes se llenaron del temor de Dios y de estimación y veneración hacia el Salvador, y prorrumpieron en alabanzas, sin cesar de engrandecer su poder y dar gloria a Dios.

Así es incomparable el gozo de los ángeles y de toda la corte celestial cuando un alma oye la voz de Dios y se dispone dignamente para recibirle en su alma; y no menor es la edificación de los hombres, que se mueven con su ejemplo a servirle, reverenciarle y recibirle dignamente.

¡Oh, Señor! Dadme una voz, como la disteis a este difunto; tocadme, como le tocasteis; extended hacia mí vuestra mano, como la extendisteis hacia él, y resucitadme de muerte a vida. Dad esta gloria a los ángeles y esta edificación a los hombres. Trocad mi tibieza en fervor y mi mala vida en buena. Dadme gracia para que yo os reciba siquiera una vez dignamente y, comunicándome vuestra vida, la comience de nuevo en vuestro santo servicio.

 

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.