viernes, 4 de septiembre de 2026

5. LA HUMILDAD, VIRTUD INTERIOR

 


DÍA 5

LA HUMILDAD, VIRTUD INTERIOR

 

TREINTENA
DE LA

HUMILDAD

Adaptación del Tratado de la Humildad

de san Juan Bautista de la Concepción,

 reformador de la Orden de la Santísima Trinidad

 

DÍA 5

LA HUMILDAD, VIRTUD INTERIOR

La humildad es una virtud tan escondida que resulta peligroso querer demostrarla exteriormente. Cuando alguien pretende que los demás vean que es humilde, fácilmente deja de serlo, porque la humildad verdadera no busca ser conocida ni reconocida. En cuanto el hombre se da cuenta de que es humilde y se complace en ello, corre el peligro de convertir esa virtud en soberbia o hipocresía.

Por eso es un engaño pedir al justo que dé muestras de humildad. La verdadera humildad vive en lo más profundo del corazón, donde nadie puede verla con claridad. La Sagrada Escritura la presenta como un corazón contrito y humillado: un corazón deshecho, que no busca afirmarse ni engrandecerse. Precisamente porque la humildad hace al hombre pequeño ante sus propios ojos, no puede medirse por vestidos, gestos, palabras o apariencias exteriores.

No es más humilde el religioso que lleva los pies descalzos, los vestidos remendados o los ojos bajos. También la soberbia puede servirse de esas mismas cosas para ocultarse. Puede haber quien se humille exteriormente y, sin embargo, busque interiormente el reconocimiento y la admiración de los demás. La soberbia sabe adoptar muchas formas y puede esconderse incluso bajo las apariencias más pobres.

Por eso no debemos juzgar el espíritu de una persona únicamente por lo que vemos exteriormente. Los Apóstoles, que eran pobres pescadores, se enfrentaron a un mundo entero para anunciar a Cristo. Podían parecer soberbios o presuntuosos a quienes no entendían su misión, pero su vida demostró todo lo contrario: no buscaban honores ni riquezas, sino la salvación de las almas. Trabajaban con sus propias manos, sufrían cárceles, cadenas, persecuciones y muerte, y todo lo soportaban por amor a Dios y al prójimo.

Lo mismo encontramos en san Francisco. Su pobreza exterior y su humildad no le impidieron tratar con Papas, cardenales y grandes personajes, ni influir profundamente en muchas almas. Lo importante no era el lugar donde se encontraba, sino lo que buscaba con ello. Después de haber alcanzado tanto fruto, no quiso quedarse con ninguna grandeza para sí. Su vida demuestra que el humilde puede encontrarse en medio de los poderosos sin hacerse poderoso de corazón.

Por eso, para conocer la verdadera humildad de una persona, hay que mirar sobre todo a su finalidad y al fruto de sus obras. Si alguien trata con grandes personajes y, después de hacerlo, vuelve a su vida sencilla sin apropiarse de honores, riquezas o reconocimientos, no debemos juzgarlo por las apariencias. Puede haber en ello una verdadera humildad que permanece escondida a los ojos de los hombres.

El corazón humilde recibe las cosas de este mundo como un cauce recibe el agua: no para quedárselas, sino para dejarlas pasar. Puede recibir honores, riquezas o responsabilidades cuando Dios se las confía, pero no permite que se peguen a su corazón. Las utiliza para el servicio de Dios y del prójimo y, cuando ya no son necesarias, las deja sin pesar.

 

JACULATORIA: Señor, que mi corazón no sea ambicioso ni mis ojos altaneros.   (Salmo 130, 1)

 

 

LETANÍAS DE LA HUMILDAD

Venerable Cardenal Merry del Val

 

Jesús manso y humilde de corazón, óyeme.

 

Del deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.

 

Del temor de ser humillado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.

Del temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.

Del temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.

 

Que otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda. Jesús, dame la gracia de desearlo.

 

Oración:

Oh Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.

***

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.

Glorioso Patriarca san José, ruega por nosotros.

Santos Ángeles custodios, rogad por nosotros.

San Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.

Todos los santos de Dios, rogad por nosotros.

Ave María Purísima, sin pecado concebida.