DÍA 5
LA HUMILDAD, VIRTUD INTERIOR
TREINTENA
DE LA
HUMILDAD
Adaptación del Tratado
de la Humildad
de san Juan Bautista
de la Concepción,
reformador de la Orden de la Santísima Trinidad
DÍA 5
LA HUMILDAD, VIRTUD INTERIOR
La
humildad es una virtud tan escondida que resulta peligroso querer demostrarla
exteriormente. Cuando alguien pretende que los demás vean que es humilde,
fácilmente deja de serlo, porque la humildad verdadera no busca ser conocida ni
reconocida. En cuanto el hombre se da cuenta de que es humilde y se complace en
ello, corre el peligro de convertir esa virtud en soberbia o hipocresía.
Por
eso es un engaño pedir al justo que dé muestras de humildad. La verdadera
humildad vive en lo más profundo del corazón, donde nadie puede verla con
claridad. La Sagrada Escritura la presenta como un corazón contrito y
humillado: un corazón deshecho, que no busca afirmarse ni engrandecerse.
Precisamente porque la humildad hace al hombre pequeño ante sus propios ojos,
no puede medirse por vestidos, gestos, palabras o apariencias exteriores.
No
es más humilde el religioso que lleva los pies descalzos, los vestidos
remendados o los ojos bajos. También la soberbia puede servirse de esas mismas
cosas para ocultarse. Puede haber quien se humille exteriormente y, sin
embargo, busque interiormente el reconocimiento y la admiración de los demás.
La soberbia sabe adoptar muchas formas y puede esconderse incluso bajo las
apariencias más pobres.
Por
eso no debemos juzgar el espíritu de una persona únicamente por lo que vemos
exteriormente. Los Apóstoles, que eran pobres pescadores, se enfrentaron a un
mundo entero para anunciar a Cristo. Podían parecer soberbios o presuntuosos a
quienes no entendían su misión, pero su vida demostró todo lo contrario: no
buscaban honores ni riquezas, sino la salvación de las almas. Trabajaban con
sus propias manos, sufrían cárceles, cadenas, persecuciones y muerte, y todo lo
soportaban por amor a Dios y al prójimo.
Lo
mismo encontramos en san Francisco. Su pobreza exterior y su humildad no le
impidieron tratar con Papas, cardenales y grandes personajes, ni influir
profundamente en muchas almas. Lo importante no era el lugar donde se
encontraba, sino lo que buscaba con ello. Después de haber alcanzado tanto
fruto, no quiso quedarse con ninguna grandeza para sí. Su vida demuestra que el
humilde puede encontrarse en medio de los poderosos sin hacerse poderoso de
corazón.
Por
eso, para conocer la verdadera humildad de una persona, hay que mirar sobre
todo a su finalidad y al fruto de sus obras. Si alguien trata con grandes
personajes y, después de hacerlo, vuelve a su vida sencilla sin apropiarse de
honores, riquezas o reconocimientos, no debemos juzgarlo por las apariencias.
Puede haber en ello una verdadera humildad que permanece escondida a los ojos
de los hombres.
El
corazón humilde recibe las cosas de este mundo como un cauce recibe el agua: no
para quedárselas, sino para dejarlas pasar. Puede recibir honores, riquezas o
responsabilidades cuando Dios se las confía, pero no permite que se peguen a su
corazón. Las utiliza para el servicio de Dios y del prójimo y, cuando ya no son
necesarias, las deja sin pesar.
JACULATORIA: Señor, que mi
corazón no sea ambicioso ni mis ojos altaneros. (Salmo
130, 1)
LETANÍAS DE LA
HUMILDAD
Venerable
Cardenal Merry del Val
Jesús
manso y humilde de corazón, óyeme.
Del
deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser humillado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.
Que
otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de
desearlo.
Que
otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la
gracia de desearlo.
Que
otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda.
Jesús, dame la gracia de desearlo.
Oración:
Oh
Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para
ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la
gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como
corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta
gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.
***
Sagrado
Corazón de Jesús, en Vos confío.
Inmaculado
Corazón de María, sed la salvación mía.
Glorioso
Patriarca san José, ruega por nosotros.
Santos
Ángeles custodios, rogad por nosotros.
San
Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.
Todos
los santos de Dios, rogad por nosotros.
Ave
María Purísima, sin pecado concebida.