lunes, 24 de agosto de 2026

DÍA 25. EL CORAZÓN DE MARÍA ES PARA NOSOTROS UN CORAZÓN DE MADRE. EL MES DE AGOSTO CONSAGRADO AL SANTÍSIMO E INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

 


DÍA 25

EL CORAZÓN DE MARÍA ES PARA NOSOTROS UN CORAZÓN DE MADRE

 

EL MES DE AGOSTO
CONSAGRADO AL
SANTÍSIMO E INMACULADO
CORAZÓN DE MARÍA

 

En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

DÍA 25

EL CORAZÓN DE MARÍA ES PARA NOSOTROS UN CORAZÓN DE MADRE

 

Hasta ahora María nos había amado como a hermanos y hermanas; ahora contemplemos su amor hecho verdaderamente maternal. Desde que Jesús nos confió a sus manos, Ella nos ama como a hijos predilectos. No se equivocó acerca del sentido de las palabras de su Hijo.

«Este discípulo escogido —dice Dionisio el Cartujo— representa a cada uno de los fieles. Así, cuando Jesucristo dijo a Juan: “He ahí a tu Madre”, dio a su Madre como Madre de cada cristiano.»

San Bernardino de Siena dice igualmente: «Vemos en la persona de Juan a todos los cristianos, de quienes la Santísima Virgen llegó a ser Madre por amor.»

Y san Bernardo lo confirma al afirmar: «En la Pasión de Jesucristo, todos los hijos de la gracia llegaron a ser hijos de María.»

Comprendió, pues, perfectamente el sentido de las palabras de Jesús al aceptarnos como hijos suyos. «Desde aquel momento —dice san Bernardino de Siena— nos llevó a todos en su seno, como una verdadera madre lleva en él a sus hijos.»

Y san Ambrosio enseña: «Ella es, según el espíritu, Madre de los miembros del Salvador, porque cooperó con su caridad al nacimiento de los fieles en la Iglesia.»

¿Quién podría expresar con cuánto amor nos llevó en sus entrañas espirituales y nos dio a luz para la vida de la gracia?

Semejante al Padre eterno, «amó al mundo hasta el punto de entregar por él a su Hijo único», dice san Buenaventura.

Examinemos ahora cuál ha sido nuestro amor hacia una Madre tan buena. A una madre que nos ama con amor maternal, debemos corresponder con un amor de hijos. Pero ¿tenemos realmente ese amor filial hacia tan excelsa Madre?

Si lo tuviéramos, ¿seguiríamos ofendiendo al mismo tiempo a su divino Hijo? ¿No seríamos capaces de hacer, por amor a Ella, el más pequeño sacrificio, después de que Ella hizo uno tan grande por amor a nosotros?

Confieso, oh Madre nuestra, que hasta ahora mi amor hacia Vos ha consistido más en palabras que en obras.  Que no sea así en adelante. Quiero corregirme; quiero convertirme; y para ello pongo toda mi confianza en Vos.

«¡Oh saludable confianza! La Madre de Dios es nuestra Madre.» Vos misma dijisteis a santa Brígida que erais «la Madre de todos los pecadores que desean convertirse».

A Vos, pues, recurro y a Vos me encomiendo.

 

ORACIÓN
Salve

Dios te salve, Reina y Madre de misericordia; vida, dulzura y esperanza nuestra, Dios te salve. A ti llamamos los desterrados hijos de Eva; a ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. Ea, pues, Señora y Abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos; y, después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. ¡Oh clementísima! ¡Oh piadosa! ¡Oh dulce Virgen María!

 

V/. Dígnate aceptar mis alabanzas, Virgen santa.

R/. Dame fortaleza contra tus enemigos.

Oh Dios, bendito seas en tus santos. Amén.

 

FLOR. Repetir con frecuencia la jaculatoria: «Mostrad que sois nuestra Madre.»

 

FRUTO. Demostrar con obras nuestro amor filial hacia María.

 

ORACIONES FINALES

 

ORACIÓN

AL SANTÍSIMO CORAZÓN DE MARÍA

 

¡Oh Corazón de María, Madre de Dios y Madre nuestra! Corazón amabilísimo, objeto de las complacencias de la adorable Trinidad, digno de toda la veneración y del amor de los ángeles y de los hombres; Corazón que más se asemeja al de Jesús, del cual sois la imagen más perfecta; Corazón lleno de bondad y tan compasivo con nuestras miserias: os suplicamos que derritáis el hielo de nuestros corazones y hagáis que se conviertan enteramente al Corazón de nuestro divino Salvador. Llenadlos del amor de vuestras virtudes e inflamadlos con ese fuego celestial que arde sin cesar en Vos.

¡Oh divino Corazón!, tomad bajo vuestra protección a la santa Iglesia; o mejor aún, recibidla y encerradla en Vos mismo. Sed siempre para ella dulce refugio y fortaleza inexpugnable contra todas las tentaciones y todos los ataques de sus enemigos.

Sed nuestro camino para llegar a Jesús y el canal por el cual recibamos todas las gracias necesarias para nuestra salvación.

Sed nuestro auxilio en las necesidades, nuestro consuelo en las aflicciones, nuestra fortaleza en las tentaciones, nuestro refugio en las persecuciones y nuestro socorro en todos los peligros.

Pero, sobre todo, asistidnos en el último combate que habremos de librar al final de nuestra vida, cuando se acerque la muerte y todo el infierno se desencadene contra nosotros para arrebatarnos el alma.

En ese momento solemne, en esa hora terrible de la que depende nuestra eternidad, ¡oh Virgen tierna, misericordiosa y siempre pronta a socorrer!, hacednos experimentar la dulzura de vuestro Corazón maternal y manifestadnos cuán grande es el poder que tenéis sobre el Corazón de vuestro divino Hijo.

Abridnos, en la misma fuente de la Misericordia, un refugio seguro desde el cual podamos llegar a bendecirlo con Vos en el Paraíso por los siglos de los siglos. Amén.

 

ALABANZA A LOS SAGRADOS CORAZONES DE JESÚS Y DE MARÍA

Que el Santísimo Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María sean conocidos, alabados y bendecidos, amados, servidos y glorificados, siempre y en todo lugar. Amén.

 

Indulgencias concedidas a quienes reciten la oración y la alabanza anteriores

A petición de varios obispos y sacerdotes devotos del Santo Corazón de María, Su Santidad el papa Pío VII, mediante un rescripto del 18 de agosto de 1807, concedió las siguientes indulgencias:

  1. Una indulgencia de sesenta días a todo aquel que rece devotamente cada día la Oración y la Alabanza precedentes.
  2. Una indulgencia plenaria a quienes las reciten diariamente durante el curso de un año entero, en las fiestas de:
    • la Natividad de la Santísima Virgen María,
    • la Asunción de la Santísima Virgen,
    • y la fiesta del Santísimo Corazón de María,

con tal de que, además de cumplir las condiciones ordinarias (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Santo Padre), visiten una iglesia dedicada a la Bienaventurada Virgen María y oren allí según las intenciones del Romano Pontífice.

  1. Una indulgencia plenaria en la hora de la muerte para quienes hayan practicado fielmente este piadoso ejercicio todos los días de su vida.
  2. Todas estas indulgencias pueden aplicarse, en sufragio, por las santas almas del Purgatorio.