miércoles, 12 de agosto de 2026

DÍA 13. DOLOR DEL CORAZÓN DE MARÍA CUANDO LA SANGRE DE SU HIJO JESÚS FUE DERRAMADA POR PRIMERA VEZ EN LA CIRCUNCISIÓN. EL MES DE AGOSTO CONSAGRADO AL SANTÍSIMO E INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

 


DÍA 13

DOLOR DEL CORAZÓN DE MARÍA CUANDO LA SANGRE DE SU HIJO JESÚS FUE DERRAMADA POR PRIMERA VEZ EN LA CIRCUNCISIÓN

 

EL MES DE AGOSTO
CONSAGRADO AL
SANTÍSIMO E INMACULADO
CORAZÓN DE MARÍA

 

En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

DÍA 13

DOLOR DEL CORAZÓN DE MARÍA CUANDO LA SANGRE DE SU HIJO JESÚS FUE DERRAMADA POR PRIMERA VEZ EN LA CIRCUNCISIÓN

 

Considera el cruel dolor con que el Corazón de María fue herido por primera vez cuando vio correr la sangre de la herida hecha a su amado Niño Jesús durante la circuncisión.

Ninguna madre en el mundo experimentó un dolor semejante, ni siquiera ante la muerte de su hijo único, porque jamás hubo un hijo tan digno de ser amado, ni una madre con un corazón capaz de amar tanto como el de María.

Por eso, su Corazón fue herido tanto más profundamente cuanto más tiernamente amaba. Fue un verdadero milagro que María no muriera de dolor. Las fuerzas naturales de su delicado cuerpo no habrían bastado para sostener aquel Corazón desgarrado.

Este dolor no fue pasajero. Se unió a todos los demás dolores que continuamente afligían el Corazón de María al prever los tormentos que habría de sufrir su Hijo; y todos esos dolores no cesaron sino cuando el cuerpo de Jesús fue depositado en el sepulcro.

Son nuestros pecados los que causaron aquella primera herida sangrienta en la carne inocente de Jesús, abierta por el cuchillo del sacerdote que realizó la circuncisión.

¡Cuántos pecados, Dios mío! Son los míos; son mis malditos pecados los que descargaron así su violencia sobre el hermoso Niño Jesús y los que inundaron de tan amarga tristeza el Corazón purísimo de la Virgen, su Madre.

¿Cómo podré reparar ofensas tan crueles?

Solo con vuestra propia Sangre, oh dulce Jesús; con esa Sangre preciosa que yo mismo os hice derramar.

¡Ah!, lavad con ella mis manchas; purificad con ella todas mis impurezas. Las detesto y las aborrezco de todo corazón.

 

ORACIÓN

Sí, María, Madre de Dios, fueron nuestros pecados los que hicieron derramar la sangre de tu divino Hijo; son, por tanto, nuestros pecados la causa de los dolores que experimentaste al contemplar sus sufrimientos. Y no podemos darte una prueba más auténtica de nuestra piedad filial que evitar el pecado con el mayor cuidado. Esto es lo que hemos resuelto firmemente hacer, ¡oh tierna Madre, digna de todo nuestro amor! Alcánzanos la circuncisión del corazón y las gracias necesarias para caminar por la senda de la santidad hasta el último instante de nuestra vida. Amén.

 

FLOR. Custodiar cuidadosamente los sentidos.

 

FRUTO. Concebir un profundo horror por toda clase de pecado, especialmente por el pecado de impureza.

 

 

ORACIONES FINALES

 

ORACIÓN

AL SANTÍSIMO CORAZÓN DE MARÍA

 

¡Oh Corazón de María, Madre de Dios y Madre nuestra! Corazón amabilísimo, objeto de las complacencias de la adorable Trinidad, digno de toda la veneración y del amor de los ángeles y de los hombres; Corazón que más se asemeja al de Jesús, del cual sois la imagen más perfecta; Corazón lleno de bondad y tan compasivo con nuestras miserias: os suplicamos que derritáis el hielo de nuestros corazones y hagáis que se conviertan enteramente al Corazón de nuestro divino Salvador. Llenadlos del amor de vuestras virtudes e inflamadlos con ese fuego celestial que arde sin cesar en Vos.

¡Oh divino Corazón!, tomad bajo vuestra protección a la santa Iglesia; o mejor aún, recibidla y encerradla en Vos mismo. Sed siempre para ella dulce refugio y fortaleza inexpugnable contra todas las tentaciones y todos los ataques de sus enemigos.

Sed nuestro camino para llegar a Jesús y el canal por el cual recibamos todas las gracias necesarias para nuestra salvación.

Sed nuestro auxilio en las necesidades, nuestro consuelo en las aflicciones, nuestra fortaleza en las tentaciones, nuestro refugio en las persecuciones y nuestro socorro en todos los peligros.

Pero, sobre todo, asistidnos en el último combate que habremos de librar al final de nuestra vida, cuando se acerque la muerte y todo el infierno se desencadene contra nosotros para arrebatarnos el alma.

En ese momento solemne, en esa hora terrible de la que depende nuestra eternidad, ¡oh Virgen tierna, misericordiosa y siempre pronta a socorrer!, hacednos experimentar la dulzura de vuestro Corazón maternal y manifestadnos cuán grande es el poder que tenéis sobre el Corazón de vuestro divino Hijo.

Abridnos, en la misma fuente de la Misericordia, un refugio seguro desde el cual podamos llegar a bendecirlo con Vos en el Paraíso por los siglos de los siglos. Amén.

 

ALABANZA A LOS SAGRADOS CORAZONES DE JESÚS Y DE MARÍA

Que el Santísimo Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María sean conocidos, alabados y bendecidos, amados, servidos y glorificados, siempre y en todo lugar. Amén.

 

Indulgencias concedidas a quienes reciten la oración y la alabanza anteriores

A petición de varios obispos y sacerdotes devotos del Santo Corazón de María, Su Santidad el papa Pío VII, mediante un rescripto del 18 de agosto de 1807, concedió las siguientes indulgencias:

  1. Una indulgencia de sesenta días a todo aquel que rece devotamente cada día la Oración y la Alabanza precedentes.
  2. Una indulgencia plenaria a quienes las reciten diariamente durante el curso de un año entero, en las fiestas de:
    • la Natividad de la Santísima Virgen María,
    • la Asunción de la Santísima Virgen,
    • y la fiesta del Santísimo Corazón de María,

con tal de que, además de cumplir las condiciones ordinarias (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Santo Padre), visiten una iglesia dedicada a la Bienaventurada Virgen María y oren allí según las intenciones del Romano Pontífice.

  1. Una indulgencia plenaria en la hora de la muerte para quienes hayan practicado fielmente este piadoso ejercicio todos los días de su vida.
  2. Todas estas indulgencias pueden aplicarse, en sufragio, por las santas almas del Purgatorio.