Día 10
EL CORAZÓN DE MARÍA UNIDO AL DE SAN JOSÉ POR UN CASTO VÍNCULO EN EL MATRIMONIO
EL MES DE AGOSTO
CONSAGRADO AL
SANTÍSIMO E INMACULADO
CORAZÓN DE MARÍA
En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Día 10
EL CORAZÓN DE MARÍA UNIDO AL DE SAN JOSÉ POR UN CASTO VÍNCULO EN EL MATRIMONIO
María, predestinada a concebir y dar a luz al Verbo eterno, debía ser al mismo tiempo Virgen y Madre; y este misterio debía permanecer oculto al príncipe de las tinieblas, como enseñan san Ignacio Mártir y san Jerónimo. Por ello, esta Santísima Virgen debía tener, como las demás mujeres, un esposo.
Así, un hombre fue señalado a los sacerdotes como digno de una esposa tan excelsa mediante signos maravillosos que, según algunos Santos Padres, consistieron en una vara que floreció en su mano y una paloma que descendió del cielo y se posó sobre su cabeza.
Lo que la Santísima Virgen había guardado hasta entonces en lo más secreto de su corazón, es decir, su voto de perpetua virginidad, tuvo que ser manifestado a José en el momento de los desposorios.
José hizo también el mismo voto.
Así, aquellos dos corazones fueron los primeros en quedar unidos por un doble vínculo: el de una castidad inviolable y el de un matrimonio indisoluble.
¡Cuántas bendiciones derramó Dios sobre un matrimonio sin precedente, preparado por Él mismo!
La Esposa llegó a parecerse de manera admirable al Padre eterno. Como fue revelado a santa María Magdalena de Pazzi en uno de sus éxtasis: «El Padre eterno, que no cesa jamás de engendrar al Verbo, concedió a María el poder de engendrar en nuestra carne mortal a ese mismo Verbo que Él engendra eternamente.»
Así, María lo engendró verdaderamente según la naturaleza humana, porque Dios quiso manifestar de este modo a su criatura la inmensidad de su amor.
Por eso, así como el Padre eterno es al mismo tiempo Virgen (es decir, absolutamente puro) y Padre, María es también Virgen y Madre del mismo Hijo.
¡Y cuánto debía parecerse a María y al Padre eterno aquel a quien el mismo Padre eligió para representarlo en la tierra y ser el compañero inseparable y el fiel custodio de la Santísima Virgen!
San José recibió gracias abundantísimas. Entre ellas sobresale esta, verdaderamente admirable: «Una llama de amor paternal descendió a su corazón desde el mismo seno de Dios Padre.»
En estos dos corazones encontramos dos amores únicos, que ninguna otra criatura ha poseído jamás: el amor maternal del Corazón de María; y el amor paternal del corazón de san José. Ambos amores estaban totalmente dirigidos hacia la Persona del Hijo de Dios.
Que los esposos aprendan de un ejemplo tan sublime a santificar su unión y a hacerse dignos de las bendiciones del cielo.
Y quienes no están llamados al matrimonio, afiáncense cada vez más en el amor a la santa castidad.
El divino Retoño que floreció sobre el lirio de María fue fruto de esa virtud.
¿Y nosotros? ¿Qué estima hemos tenido por esta hermosa virtud?
¡Ay!, con demasiada frecuencia la hemos despreciado y la hemos perdido «por un puñado de cebada», es decir, por un placer brutal; «por un pedazo de pan», es decir, por una miserable ganancia.
¡Virgen Inmaculada!
¡Castísimo Esposo de María!
¡Venid en mi ayuda y socorredme!
ORACIÓN
¡Oh María! Te invoco y te venero como la más pura de todas las criaturas. Socórreme en todas las ocasiones en que pueda verme expuesto a las tentaciones de la carne y al peligro de sucumbir a ellas. No permitas que mi alma sea jamás manchada por el más leve pecado de impureza; y haz que, después de haber conservado con todo el cuidado posible la delicada flor de la castidad, pueda morir revestido de la vestidura nupcial, para ser admitido a las bodas del Cordero sin mancha. Amén.
FLOR. Repetir con frecuencia: «Virgen purísima, Virgen castísima, rogad por mí.»
FRUTO. Conservar escrupulosamente la pureza, evitar todo lo que pueda ponerla en peligro y vigilar cuidadosamente los propios sentidos.
ORACIONES FINALES
ORACIÓN
AL SANTÍSIMO CORAZÓN DE MARÍA
¡Oh Corazón de María, Madre de Dios y Madre nuestra! Corazón amabilísimo, objeto de las complacencias de la adorable Trinidad, digno de toda la veneración y del amor de los ángeles y de los hombres; Corazón que más se asemeja al de Jesús, del cual sois la imagen más perfecta; Corazón lleno de bondad y tan compasivo con nuestras miserias: os suplicamos que derritáis el hielo de nuestros corazones y hagáis que se conviertan enteramente al Corazón de nuestro divino Salvador. Llenadlos del amor de vuestras virtudes e inflamadlos con ese fuego celestial que arde sin cesar en Vos.
¡Oh divino Corazón!, tomad bajo vuestra protección a la santa Iglesia; o mejor aún, recibidla y encerradla en Vos mismo. Sed siempre para ella dulce refugio y fortaleza inexpugnable contra todas las tentaciones y todos los ataques de sus enemigos.
Sed nuestro camino para llegar a Jesús y el canal por el cual recibamos todas las gracias necesarias para nuestra salvación.
Sed nuestro auxilio en las necesidades, nuestro consuelo en las aflicciones, nuestra fortaleza en las tentaciones, nuestro refugio en las persecuciones y nuestro socorro en todos los peligros.
Pero, sobre todo, asistidnos en el último combate que habremos de librar al final de nuestra vida, cuando se acerque la muerte y todo el infierno se desencadene contra nosotros para arrebatarnos el alma.
En ese momento solemne, en esa hora terrible de la que depende nuestra eternidad, ¡oh Virgen tierna, misericordiosa y siempre pronta a socorrer!, hacednos experimentar la dulzura de vuestro Corazón maternal y manifestadnos cuán grande es el poder que tenéis sobre el Corazón de vuestro divino Hijo.
Abridnos, en la misma fuente de la Misericordia, un refugio seguro desde el cual podamos llegar a bendecirlo con Vos en el Paraíso por los siglos de los siglos. Amén.
ALABANZA A LOS SAGRADOS CORAZONES DE JESÚS Y DE MARÍA
Que el Santísimo Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María sean conocidos, alabados y bendecidos, amados, servidos y glorificados, siempre y en todo lugar. Amén.
Indulgencias concedidas a quienes reciten la oración y la alabanza anteriores
A petición de varios obispos y sacerdotes devotos del Santo Corazón de María, Su Santidad el papa Pío VII, mediante un rescripto del 18 de agosto de 1807, concedió las siguientes indulgencias:
- Una indulgencia de sesenta días a todo aquel que rece devotamente cada día la Oración y la Alabanza precedentes.
- Una indulgencia plenaria a quienes las reciten diariamente durante el curso de un año entero, en las fiestas de:
- la Natividad de la Santísima Virgen María,
- la Asunción de la Santísima Virgen,
- y la fiesta del Santísimo Corazón de María,
con tal de que, además de cumplir las condiciones ordinarias (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Santo Padre), visiten una iglesia dedicada a la Bienaventurada Virgen María y oren allí según las intenciones del Romano Pontífice.
- Una indulgencia plenaria en la hora de la muerte para quienes hayan practicado fielmente este piadoso ejercicio todos los días de su vida.
- Todas estas indulgencias pueden aplicarse, en sufragio, por las santas almas del Purgatorio.