Viernes de la IV semana de Cuaresma.
DE CÓMO PILATOS REMITIÓ AL SALVADOR AL REY HERODES
MEDITACIONES
SOBRE
LA PASIÓN
por el P. Alonso de Andrade,
DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.
Al comenzar
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
"Mírame, oh, bueno y dulcísimo Jesús:
en tu presencia me postro de rodillas,
y con el mayor fervor de mi alma te pido y suplico que imprimas en mi corazón, dulcísimo Jesús,
vivos sentimientos de fe, esperanza y caridad,
verdadero dolor de mis pecados
y propósito firmísimo de enmendarme;
mientras con gran afecto y dolor
considero y contemplo en mi alma tus cinco llagas,
teniendo ante mis ojos aquello
que ya el profeta David ponía en tus labios
acerca de ti:
'Me taladran las manos y los pies,
puedo contar todos mis huesos' (Sal 21, 17-18)".
Esta oración tiene indulgencia parcial siempre que se rece después de la comunión ante una imagen de Cristo Crucificado. En los mismos términos, los viernes de cuaresma, se puede lucrar indulgencia plenaria con las condiciones habituales de confesión, comunión y oración por el Papa.
Viernes de la IV semana de Cuaresma.
DE CÓMO PILATOS REMITIÓ AL SALVADOR AL REY HERODES.
PUNTO PRIMERO. Considera cómo viendo los judíos inclinado al presidente a librar a Cristo, le acusaron con mayor fuerza levantándole nuevos y mayores testimonios, a los cuales estuvo mudo el Salvador como a los primeros; mira aquella muchedumbre del pueblo en la cual habría muchos de los que había sanado y libertado de los demonios, y los que habían sido testigos de sus milagros y de los que había dado de comer en el desierto con los cinco panes y dos peces, y todos enmudecieron por temor de los judíos, y le dejaron padecer y condenar al inocentísimo Cordero; duélete de su desamparo, ofrécete a su servicio y a serle agradecido hasta dar la vida por su amor.
PUNTO II. Considera que oyendo Pilatos que Cristo era galileo, y reconociendo su inocencia y no hallándose con valor para defender su justicia, rindiéndose como cobarde a las voces del pueblo, le remitió al rey Herodes como a preso de su jurisdicción para que le juzgase, en que hizo al Salvador una grande injuria; lo uno, no juzgando su causa pues le tocaba; lo otro, haciéndole ir preso de un tribunal a otro con tanta ignominia. ¡Oh alma mía! qué estación tienes aquí que andar en compañía de tu dulce esposo. Mírale desamparado de todo favor humano, cercado de acusadores, alguaciles, verdugos, que le llevan a empellones por en medio de las calles con grande algazara al palacio del rey Herodes, adonde camina sin despegar su boca, ni defenderse, ni quejarse de los agravios que le hacen. ¡Oh inmensa paciencia la de tu Dios! ¡Oh inmensa malicia la de los hombres perversos que así tratan y maltratan a la misma inocencia! ¡Oh Señor, y quién pudiera libraros y ponerse en vuestras prisiones porque tuviérades algún alivio y no padeciérades semejantes ignominias como padecéis por mi amor!
PUNTO III. Contempla lo que dice el seráfico doctor san Buenaventura (1), que a esta sazón ya estaba a vista del pretorio la Santísima Virgen y san Juan y las santas mujeres que los acompañaban y vieron y oyeron lo que pasaba, y cómo arrebataron con furor a Cristo de la presencia del presidente, diciéndole muchos baldones y dándole golpes y ramalazos para que anduviese y caminase. Contempla el dolor de la piadosísima Virgen en este paso, y lágrimas del santo discípulo, y de las benditas mujeres, los gemidos y llantos de ver maltratar y llevar en prisiones al amado de sus corazones sin poderle remediar: llégate a la Beatísima Virgen y recoge sus lágrimas, y pídela te admita en su compañía, y no dejes ni ceses de servirla y consolarla y compadecerte de sus penas en todo cuanto pudieres: entra en lo interior de su corazón y atiende a los coloquios que tiene con Dios en estas ocasiones, y la conformidad con su santa voluntad, y aprende la que debes tener en los tuyos.
PUNTO IV. Considera lo que dice el Evangelista que llegado Cristo a la presencia de Herodes se holgó mucho de verle, porque movido con la fama de sus milagros, había mucho tiempo que deseaba conocerle y oírle y ver alguna de sus maravillas; advierte qué mal logró este rey los deseos de ver y oír a Cristo, pues pudo tan fácilmente cumplirlos cuando predicaba en las plazas y sinagogas públicamente cada día y por no haberlos cumplido fue despreciado y no le quiso hablar en esta ocasión; teme no cierre Dios su boca para hablarte, porque no te aprovechas de sus inspiraciones y de lo que te habla al corazón, y de los deseos que te da; examina tu conciencia y mira cuántos han sido y los que has dejado pasar sin ejecutarlos ni lograrlos como Herodes, y teme no te castigue como a él. Pide al Señor gracia para enmendarte y que no te olvide en pena de tus pecados.
(1) S. Bonav. med. 76.
Al finalizar
INVOCACIONES A JESÚS EN SU PASIÓN
San Buenaventura
Dulcísimo Jesús, Hijo de Dios vivo, Dios y Hombre verdadero, Redentor de mi alma: por el amor con que sufriste ser vendido de Judas, preso y atado por mi salvación: ¡Ten misericordia de mí!
Benignísimo Jesús mío: por el amor con que padeciste por mi alma tantos desprecios, irrisiones, negaciones y tormentos en la casa de Caifás: ¡Ten misericordia de mí!
Pacientísimo Jesús mío: por el amor con que por mi padeciste tantos falsos testimonios, afrentas injurias y acusaciones falsas en la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!
Mansísimo Jesús de mi alma: por los desprecios, escarnios y burlas de la casa de Herodes; por los azotes, corona de espinas y mofas sangrientas y condenación a muerte de la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!
Piadosísimo Jesús de mi alma: por todo lo que por mí padeciste en tu adorable Pasión, desde la casa de Pilatos hasta el monte Calvario, donde toleraste por mi amor el ser crucificado para que yo me salvase: ¡Ten misericordia de mí, ten misericordia de mí, ten misericordia de mí! Amén.
También puede terminarse recitando el viacrucis.