lunes, 31 de mayo de 2021

MES DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS. Día 1 Junio

MES DE JUNIO. DÍA 1

 

ACTO DE CONTRICIÓN

Por la señal, etc.

 

¡Dulcísimo Corazón de Jesús, que en este Divino Sacramento estáis vivo e inflamado de amor por nosotros! Aquí nos tenéis en vuestra presencia, pidiéndoos perdón de nuestras culpas e implorando vuestra misericordia. Nos pesa oh, buen Jesús, de haberos ofendido, por ser Vos tan bueno que no merecéis tal ingratitud. Concedednos luz y gracia para meditar vuestras virtudes y formar según ellas nuestro pobre corazón. Amén.

 

DÍA 1

EL SAGRADO CORAZÓN, MODELO DE AMOR

 

I

¿Qué motivos han inducido al buen Jesús a darnos su Sagrado Corazón? Sólo por motivos de amor. Porque nos amó se hizo hombre, porque nos amó sufrió Pasión y muerte, porque nos amó quiso quedarse en la Eucaristía, porque nos amó se dignó manifestarnos en estos últimos tiempos las riquezas de su adorable Corazón.

¿Y a quién amó? A criaturas ingratas y culpables, indignas de ocupar uno solo de sus pensamientos. Nos vio como éramos, pobres, infelices, llenos de corrupción y de pecados. por nuestra suma miseria nos amó. ¡Oh, amor tiernísimo del Corazón de Jesús!

¿Y cómo nos amó? No como aman los hombres, ni como aman los Ángeles, ni como ama la misma Virgen María. Nos amó como sólo puede amar El; con amor eterno, infinito, divino, amor del Corazón de un Dios.

¡Oh Pobre corazón mío! ¡Qué nobleza la tuya! ¡Has sido amado a pesar de tu miseria por el Corazón de todo un Dios! ¿Conoces ¡oh hombre! hasta qué punto te ha engrandecido Dios haciéndote objeto de su amor?

Medítese unos minutos.

II

¿Y qué pide el Corazón de Jesús en cambio de este amor? No pide nuestra vida, nuestra salud ni nuestras riquezas. Pide sólo el amor de nuestro corazón. Pide sólo ser amado, no como merece El, sino como podemos amar nosotros con nuestro pobrecito corazón. Con una gotita del nuestro se contenta Él, a trueque del océano que nos da del suyo.

Tengo sed, clama desde este sagrario, como desde la cruz. Tengo sed de vuestro amor. ¡Ah! ¡hermanos míos! ¡amigos míos! ¡no nos hagamos los sordos a este grito amoroso del Corazón de Jesús!

¡Amemos al Sagrado Corazón!

¿Y cómo se le ama? Se le ama guardando su ley, procurando seguir sus inspiraciones, buscándole amigos que le quieran, ganándoles almas que un día sean con El dichosas, evitándole injurias y menosprecios, desagraviándole por ellos. Así se aman los hombres unos a otros. Así debemos amar a Jesús.

¿Qué haces tú por aquel padre, por aquella esposa, por aquel hermano, por aquel amigo a quien amas tanto? ¿Cómo les hablas?

¿Cómo les sirves? ¿Cómo les contentas? pues bien; haz lo mismo con el Corazón de tu buen Jesús, y estará satisfecho de ti.

¡Ay de ti si no le amas por lo menos de esta suerte! ¡Infeliz! Deberás aborrecerlo por toda la eternidad.

Medítese y pídase la gracia particular.

 

DESPUÉS DE LA MEDITACIÓN DE CADA DÍA

ORACIÓN Y ACTO DE CONSAGRACIÓN

 

Rendido a vuestros pies; oh, Jesús mío, considerando las inefables muestras de amor que me habéis dado y las sublimes lecciones que me enseña de continuo vuestro adorabilísimo Corazón, os pido humildemente la gracia de conoceros, amaros y serviros como fiel discípulo vuestro, para hacerme digno de las mercedes y bendiciones que generoso concedéis a los que de veras os conocen, aman y sirven.

¡Mirad que soy muy pobre, dulcísimo Jesús, y necesito de Vos, como el mendigo de la limosna que el rico le ha de dar! ¡Mirad que soy muy rudo oh, soberano Maestro y necesito de vuestras divinas enseñanzas para luz y guía de mi ignorancia! ¡Mirad que soy muy débil, oh poderosísimo amparo de los flacos y caigo a cada paso, y necesito apoyarme en Vos para no desfallecer! Sedlo todo para mí, Sagrado Corazón: socorro de mi miseria, lumbre de mis ojos, báculo de mis pasos, remedio de mis males, auxilio en toda necesidad. De Vos lo espera todo mi pobre corazón. Vos lo alentasteis y convidasteis cuando con tan tiernos acentos, dijisteis repetidas veces en vuestro Evangelio: Venid a Mí... Aprended de Mí... Pedid, llamad... A las puertas de vuestro Corazón vengo pues hoy, y llamo, y pido, y espero. Del mío os hago, ¡oh, Señor! firme, formal y decidida entrega. Tomadlo Vos, y dadme en cambio lo que sabéis me ha de hacer bueno en la tierra y dichoso en la eternidad. Amén.

 

***Aquí se rezará tres veces el Padre Nuestro, Ave María y Gloria, en recuerdo de las tres insignias, cruz, corona y herida de la lanza, con que se apareció el Sagrado Corazón a Santa Margarita María Alacoque.

MARÍA ES REINA Y DISPENSADORA DE LA GRACIA. San Buenaventura

 

HOMILÍA DE MAITINES
 
Homilía de San Buenaventura, Obispo.
Sermón sobre la dignidad real de la B. Virgen María.
La Santísima Virgen María es la Madre del gran Rey en razón de un noble tipo de concepción, según el mensaje que le dio el Ángel. He aquí, dijo: concebirás y darás a luz un Hijo; y también: el Señor Dios le dará el trono de David su padre, y Él será rey sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin. En pocas palabras, dice: Concebirás y darás a luz un Hijo que es Rey, reinando eternamente en el trono real, y como Reina estarás sentada en el trono real. Porque si es propio de un hijo, que para honrar a su madre, comparta su trono real con ella, así la Virgen María, porque concibió a Aquél en cuyo muslo estaba escrito, Rey de reyes y Señor de señores, era Reina de la tierra y del cielo tan pronto como concibió al Hijo de Dios. Así lo indica el Apocalipsis, donde dice: Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, con la luna bajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas.
 María Reina supera a todos los demás en gloria, como lo muestra el Profeta en el Salmo, que se refiere particularmente a Cristo y a la Virgen María. Primero dice de Cristo: Tu trono, oh Dios, permanece para siempre jamás, y después de la Virgen: La Reina toma su lugar a tu diestra, es decir, en la posición de mayor bendición, porque se refiere a la gloria de alma. Continúa: En prendas de oro, con lo que se entiende el vestido de gloriosa inmortalidad propia de la Virgen en su Asunción. Porque no podría ser que el vestido que vistió a Cristo, el vestido santificado en la tierra por el Verbo encarnado, fuera alimento de los gusanos. Como era apropiado para Cristo otorgar la plenitud de la gracia a su Madre en su Concepción, así también que le concediera la plenitud de la gloria en su Asunción. Debemos sostener, pues, que la Virgen, gloriosa en alma y cuerpo, está entronizada junto a su Hijo.
 María es Reina también y distribuidora de la gracia. Esto se indica en el libro de Esther, donde se dice: La pequeña primavera que se convirtió en un río y en luz y el sol. La Virgen María, bajo el tipo de Esther, se compara con un manantial y con la luz, debido a la difusión de la gracia para dos usos, es decir, para la acción y la contemplación. La gracia de Dios, medicina para el género humano, desciende a nosotros a través de Ella como por un acueducto, ya que la dispensación de la gracia se atribuye a la Virgen no como su principio, sino por su posición a través del mérito. Por el mérito, la Virgen María es la Reina más excelente para con su pueblo, obteniendo el perdón, supera los conflictos, difunde la gracia, y de ese modo los conduce a la gloria.

MES DE JUNIO DEDICADO AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS. D. FELIX SARDA Y SALVANY, Pbro.

 

MES DE JUNIO DEDICADO AL SA... by IGLESIA DEL SALVADOR DE TOL...

Edición preparada por Iglesia del Salvador de Toledo – España Forma Extraordinaria del Rito Romano Si no es capaz de descargarla, puede escribir a misagregorianatoledo@gmail.com

domingo, 30 de mayo de 2021

MES DE MAYO A LA VIRGEN MARÍA. Día 31

MES DE MARÍA O MES DE MAYO CONSAGRADO A LA SANTÍSIMA VIRGEN

SEGÚN SE HACÍA EN LA IGLESIA DEL COLEGIO IMPERIAL DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS

 

DÍA 31

 

Por la señal …

 

ORACIÓN DEDICATORIA

¡Oh, dulce Virgen! De purpúreas flores,

cada día pondré guirnalda hermosa

en tus sienes divinas,

y me serán regalos las espinas,

Pues la que nace de ellas, pura rosa,

tantos alcanza en coronarte honores.

Tú en galardón; lo espero, Madre mía;

mi frente humilde ceñirás un día.

 

Canto

 

ORACIÓN INICIAL PARA TODOS LOS DÍAS

¡Oh Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra!  ¡Oh Paraíso del nuevo Adán sin serpiente! ¡Oh Lirio de los valles, Azucena sin mancha, Flor sin espinas, Rosa Mística! ¡Oh Flor de Jesé, Palma de Cadés, Cedro del Líbano!  ¡Oh Flor de todas las virtudes y Árbol de todas las gracias, cuyo Dulcísimo fruto es Nuestro Señor Jesucristo! Siempre te amamos, siempre te invocamos, pero especialmente en este mes de las flores que dedicamos a tu Amor.  Haz que en nuestras almas florezcan todas las virtudes y fructifique Nuestro Señor Jesucristo, en gracia y santidad.  Y pues eres fuente sellada y pura, no permitas que se sequen jamás en nuestras almas la flor de tu devoción y el fruto del Amor a Jesucristo, tu Hijo. Amén.

 

MEDITACIÓN

DÍA TREINTA Y UNO

Del amor a Jesucristo.

 

¿Te inclina tu corazón a amar? Ama, enhorabuena, pero ama al objeto más amable y digno de tu amor, que es Jesucristo.  Mira que, aunque es hombre, es el más hermoso y perfecto de los hombres: Speciosus forma prae filiis hominum. Y además es Dios, y de consiguiente, belleza y hermosura infinita. Nos aficionamos a veces a un mueble precioso, como un coche, una pintura, un reloj, un vaso, sólo porque son primorosos, ¿y no ha de merecer nuestro cariño el amabilísimo Jesús? ¿Dónde está nuestro juicio?

No amamos a Jesús, y Jesús nos ama; y nos ama tanto, que desde su concepción y nacimiento no pensó en otra cosa que en nuestro bien. Por ti se hizo niño en la cuna, artesano en el taller y predicador entre los trabajos; por ti sufrió tormentos, por ti murió en una cruz, y por ti vertió toda su sangre. ¿Te parece todavía poco?

Pues a Él no le pareció mucho, que a tanto amor quiso añadir más, dejándote su cuerpo en comida, y su sangre en bebida. ¿Es posible, hombre ingrato, que ha de ganar tu afecto un perrillo que te haga fiestas, o un infante que muestra alguna gracia, y a solo Jesucristo que te ama con infinito amor, no has de corresponder?

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No te parezca demasiada franqueza el decirle: Señor, amo. Esto es precisamente lo que desea. Díselo así, aunque seas pecador, que el serlo no es motivo para retirarte.  Él es el primero que sale a recibirte, te echa los brazos al cuello, te abre su piadoso pecho, te muestra el corazón y te dice que lo ames con ternura. O has de ser de piedra, o no es posible que resistas a tan amorosa invitación.

 

EJEMPLO

Dominica del Paraíso, de quien ya hemos hablado[1], entretejió un sábado dos coronas de flores, y las presentó a Jesús y María en sus imágenes, suplicándoles humildemente que se dignasen olerlas; pero viendo que no alcanzaba esta gracia, y creyendo que consistía en no haber dado aún cierta limosna que acostumbraba, se asomó a un balcón para llamar a un pobre y dársela. La primera que vio fue una mujer con un niño de la mano, que, aunque en traje pobre, mostraba en el aspecto mucha gravedad y nobleza; al instante levantó el niño las manos pidiéndole limosna, y la madre hizo lo mismo. Observó la doncella que él niño tenía llagas en las manos, y dijo, movida de compasión: «Esperadme un poco» Baja con la limosna; y antes de llegar a la puerta, que estaba cerrada, se encuentra dentro a los pobres, y admirada les pregunta: «¿Quién ha abierto la puerta? ¡Ay de mí, si mi madre lo ve! -Calla, hija, respondió la mujer, que nadie nos ha visto. - ¿Cómo puede andar vuestro hijo, dijo Dominica, con esas llagas que lleva en los pies? - El amor se las hizo», contestó la Señora. La modestia del niño era singularísima, y tenía como absorta a Dominca, quien le preguntó: «¿No te duelen las heridas? Y él dijo sonriendo: - ¿Qué?» Y al mismo tiempo se puso a mirar atentamente las flores de que estriban coronadas las dos imágenes, y a pedirlas a su madre. Esta las alcanzó y se las dio. «¿Quién te mueve, hija, dijo hablando otra vez con la doncella, a coronar de flores estas imágenes? ­ El amor que tengo a Jesús y a su bendita Madre. - ¿Cuánto los amas? - Todo cuanto puedo. - ¿Cuánto puedes? - Cuanto ellos me ayudan. - Pues sigue amándolos así, que Dios te dará el premio» No se saciaba Dominica de mirar ya al uno ya al otro. «¿Qué miras? le preguntó la mujer. - A vuestro hijo», contestó la joven; y acercándose algo más percibió un olor suavísimo, que salía de las llagas. Entonces dijo ella: «Señora, ¿con qué bálsamo le curáis las llagas que tienen tal fragancia? - Con el de la caridad. - ¿Y dónde se vende? - Se encuentra con la fe, la piedad y buenas obras.  Al llegar aquí tomó Dominica un lienzo para limpiar otra llaga, que el niño tenía en el pecho, la cual exhalaba mayor fragancia; pero su madre no lo consintió, y él se retiró un poco; «Ven, niño ven, dijo la doncella; te daré pan. - Su alimento, dijo su madre, es el amor; si tú quieres contentarle, ámale mucho.» Al oír estas palabras comenzó el niño a mostrar alegría y hablar con Dominica. «Amas mucho a Jesús? - Le amo tanto, que ni de día ni dé noche pienso en otra cosa más que en él, ni deseo más que hacer lo que le agrade. - El amor te enseñará cómo le has de agradar, dijo el niño. A todo esto, iba creciendo el olor exquisito de las heridas, en términos que, recreada Dominica, exclamó: «Si las llagas de un niño tienen un olor tan fragante, ¿cuál será el de la gloria? ­ No te admires, dijo la mujer, que donde Dios está, allí está el origen y fuente de los olores más suaves y aromáticos» Y al acabar estas palabras se mudó la escena repentinamente: el rostro del niño resplandeció como el sol y la Madre apareció también vestida de una luz clarísima; toma Jesús las flores de la falda de su Madre, y esparciéndolas sobre Dominica, le dice: «Recibe estas flores como prenda de las que te daré, después eternamente.» Dicho esto, desaparecieron, llevándose consigo todo el corazón de la dichosa doncella.

 

OBSEQUIO

Practicar alguna devoción en honra de los sagrados Corazones de Jesús y de María.

 

JACULATORIA

¡Oh, Madre amorosa mía! inflamad de noche y día todo el fuego de mi amor a mi dulce Salvador.


PARA FINALIZAR

3 avemarías

Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestro auxilio, haya sido desamparado. Animado por esta confianza, a Vos acudo, Madre, Virgen de las vírgenes, y gimiendo bajo el peso de mis pecados me atrevo a comparecer ante Vos. Madre de Dios, no desechéis mis súplicas, antes bien, escuchadlas y acogedlas benignamente. Amén.


[1] Auriem., t. II, pág. 323.

DIOS ES LA MISMA BONDAD. San Alfonso María de Ligorio



 COMENTARIO AL EVANGELIO

Fiesta de la Santísima Trinidad

San Alfonso María de Ligorio


AMOR DE LAS TRES DIVINAS PERSONAS HACIA EL HOMBRE

SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO


Euntes ergo docete omnes gentes, baptizantes eos in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti.

«Id pues, e instruid a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo».

(Matth. XXXVIII, 19)

El pontífice San León escribe, que la naturaleza de Dios es la misma bondad, por esencia: Deus cujus natura bonitas. La Bondad es, naturalmente, comunicativa por sí misma: Bonum est sui diffusivum. Y en efecto; se ve por la experiencia, aún entre los hombres, que las personas de buen corazón tienen mucho amor a todos, y desean comunicar a los demás los bienes de que gozan. Por esta razón, Dios, que es bondad infinita está lleno de amor hacia nosotros, que somos sus criaturas, como nos lo asegura San Juan, diciéndonos: «Dios es todo amor»: Deus charitas est. (I. Joann. VI, 8) Este es el motivo de que tiene un sumo deseo de hacernos participantes de sus bienes. La misma fe nos enseña, que las tres divinas Personas han amado mucho al hombre y le han enriquecido con los dones divinos. Cuando Jesucristo dijo a los Apóstoles: Docete omnes gentes baptizantes eos in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti: «Instruid a todas las naciones en el nombre del Padre  y del Hijo y del Espíritu Santo», no solamente quiso que las instruyesen en el ministerio de la santísima Trinidad, sino que les diesen a conocer el amor que esta Trinidad tuvo al hombre. Por este motivo me he propuesto hoy, oyentes míos, demostraros:

Punto 1. El amor que nos manifestó el Padre cuando nos creó.

Punto 2. El amor que nos tuvo el Hijo cuando nos redimió.

Punto 3. El amor del Espíritu Santo cuando nos santificó.

 EL AMOR QUE MANIFESTÓ EL PADRE AL CREARNOS

1. «Hijo mío, -dice Dios- yo te he amado con perpetuo y no interrumpido amor; y por eso; misericordioso, te atraje a mí». (Jer. XXXI, 3). De estas palabras se infiere, amados oyentes míos, que entre todos los que nos aman son nuestros padres; pero ellos no nos aman jamás sino después que nos han conocido. Empero Dios nos amaba ya antes de que nosotros existiéramos. Todavía no existían en el mundo nuestros padres, cuando ya nos amaba Dios; o por decirlo mejor, todavía no estaba creado el mundo, y ya nos amaba el Señor. ¿Y cuánto tiempo antes de crear el mundo nos amaba Dios? ¿Acaso mil años o mil siglos? No solamente mil siglos antes de la creación, sino que nos amaba desde la eternidad, como nos dice por Jeremías con estas palabras: In charitate perpetua dilexi te. Desde que Dios es Dios, siempre nos ha amado: desde que se amó a si mismo, siempre nos amó. Este pensamiento hacía decir a la virgen santa Inés: «Estoy comprometida con otro amador». Cuando las criaturas exigen de ella que las amase, siempre les respondía: «Yo no puedo preferir las criaturas a mi Dios; Él es el primero que me amó, y es justo que yo le prefiera que otro amor».

2. Por tanto, hermanos míos, sabed que Dios os amó desde la eternidad, y solamente por el amor que os tenía, os distinguió entre tantos hombres que podía haber creado en vuestro lugar, y dejándolos a ellos en la nada, os dió el ser a vosotros y os hizo salir al mundo. Por el amor que nos tiene, creó también tantas otras hermosas criaturas, para que nos sirviesen y nos recordasen el amor que nos ha tenido y el que le debemos por gratitud. Por esto decía san Agustín: «El Cielo y la tierra y todos los seres están diciendo que te ame». Cuando el santo miraba el sol, las estrellas, los montes, el mar y los ríos, creía que todas las criaturas le decían: Agustín, ama a Dios, porque Él nos ha creado por ti para que tu le ames. El abad Rancé, fundador de la Trapa, cuando veía las colinas, las fuentes y las flores, decía que todas estas criaturas le recordaban el amor que Dios le tenía. También santa Teresa solía decir, que estas criaturas le echaban en cara su ingratitud para con Dios. Cuando santa María Magdalena de Pazis tenía en la mano alguna hermosa flor, sentía su corazón herido como de una saeta, y embellecida en el amor divino, decía en su interior: «¡Con qué mi Dios pensó desde la eternidad en crear esta flor o este fruto por mi amor con el fin de que yo le amase!»

3. Además, viendo el Padre eterno, que nosotros estábamos condenados al Infierno por nuestras culpas, movido del grande amor que nos tenía, envió a su Hijo al mundo a morir en una cruz para librarnos del Infierno, y llevarnos consigo al Paraíso, como dice san Juan por estas palabras: «Tanto amó Dios a los hombres, que no paró hasta dar por ellos a su Hijo unigénito. (Joann. III, 16). Amor, que con razón llama el Apóstol, excesivo, en el capítulo II, v. 4 de su Epístola a los de Efeso: Propter nimium charitatem suam, qua dilexit nos, et cum essemus mortui peccatis, vivificavit nos in Christo.

4. Contemplemos, además, el especial amor que nos manifestó, haciéndonos nacer en países cristianos y en el gremio de la verdadera Iglesia Católica. ¡Cuántos nacen todos los días entre los gentiles, entre los judíos, entre los mahometanos, y entre los herejes, todos los cuales se condenan! Considerad, que con respecto al gran número de éstos, pocos son los hombres que tienen la suerte de nacer donde reina la verdadera fe, pues no llegan a la décima parte, y entre estos pocos nos ha hecho nacer Dios. ¡Oh, que don tan inmenso y apreciable es de la fe! ¡Cuántos millones de almas hay entre los infieles que están privados de los sacramentos, de la palabra divina, de los ejemplos de los buenos, y de todos los otros auxilios que tenemos en la Iglesia para salvarnos! Pues todos estos grandes auxilios quiso concedernos a todos nosotros el Señor, sin que nosotros lo mereciésemos, antes preveía nuestros grandes crímenes; porque cuando Dios pensaba crearnos y concedernos estas gracias, ya veía de antemano nuestros pecados y lo mucho que habíamos de injuriarle.

EL AMOR QUE NOS TUVO EL HIJO CUANDO NOS REDIMIÓ

5. Nuestro primer padre Adán, por haber comido el fruto prohibido fue condenado miserablemente a la muerte eterna con toda su descendencia. Viendo Dios que todo el género humano había perecido, determinó enviar un Redentor para salvar a los hombres. ¿A quién enviará para que los redima? ¿enviará a un ángel o a un serafín? No, porque el mismo Hijo de Dios, sumo y verdadero como el Padre, se ofrece a bajar a la tierra para tomar en ella carne humana, y morir por la salvación del género humano. ¡Oh prodigio admirable del amor divino! El hombre desprecia a Dios, como dice san Fulgencio, y se separa de Dios; y Dios viene a la tierra a buscar al hombre rebelde, movido del grande amor que le tiene. Viendo que a nosotros no nos era permitido acercarnos al Redentor, como dice san Agustín, no se desdeñó el Redentor de acercarse y venir a nosotros. ¿Y porqué quiso Jesucristo venir a nosotros? El mismo santo Doctor lo dice por estas palabras: «Vino Cristo al mundo, para que conociese el hombre lo mucho que Dios le ama».

6. Por eso escribió el Apóstol a Tito: «Dios nuestro Salvador ha manifestado su benignidad y su amor». (Tit. III, 4). Y en el texto griego se lee: «se ha manifestado el singular amor de Dios para con los hombres». San Bernardo escribe sobre el mismo texto, que antes que apareciese Dios en la tierra en la forma de siervo, hecho semejante a los demás hombres, no podían llegar a comprender los hombres la grandeza de la bondad divina: «por esta razón el Verbo eterno tomó carne humana, para que presentándose como hombre, conociesen los hombres su bondad». (S. Bern. serm. 1, in Epiph). ¿Y que mayor amor, que mayor bondad podía manifestarnos el Hijo de Dios, que hacerse hombre como nosotros? ¡Oh suma bondad de Dios! Se hizo gusano como nosotros para que nosotros no quedásemos perdidos. ¿No sería una maravilla ver, que un príncipe se convertía en gusano, para salvar a los gusanos de su reino? Pues cuanta mayor maravilla es ver, que un Dios se hizo hombre como nosotros para salvarnos de la muerte eterna? Verbum caro factum est: «El verbo se hizo carne». (Joann. I, 14). Pero ¿quién vió jamás hacerse carne un Dios? ¿Quién pudiera creerlo, si no nos lo asegurase la fe?  Ved aquí, dice san Pablo, «a un Dios casi reducido a la nada». (Philp. II 7). Con estas palabras nos manifiesta el Apóstol, que el Verbo que estaba lleno de majestad y de gloria, quiso humillarse y tomar la condición humilde y débil de la naturaleza humana, revistiéndose de la naturaleza de siervo, y haciéndose en forma semejante a los hombres; aunque, como observa san Juan Crisóstomo, no era simple hombre, sino hombre y Dios juntamente. Oyendo cantar un día a un diácono, aquellas palabras de san Juan: Et verbum caro factum est, salió fuera de sí mismo, dando un fuerte grito, y arrobado, voló por el aire en la iglesia hasta ponerse junto al santísimo Sacramento.

7. No se contentó empero, el Verbo encarnado, no le bastó a este Dios enamorado de los hombres, sino que quiso, además, vivir entre nosotros como el último, el más vil y despreciable de los hombres, como lo había predicho el profeta Isaías (LIII, 2 y 3) «No es de aspecto bello, ni es esplendoroso; nosotros le hemos visto… despreciado y el deshecho de los hombres, varón de dolores, porque fue formado de intento para estar siempre atormentado y perseguido hasta la muerte; pues desde que nació, hasta que murió, estuvo padeciendo por nuestro amor».

8. Y como había venido para hacerse amar de los hombres, según escribe san Lucas con aquellas palabras: «Yo he venido a poner fuego en la tierra, y, ¿que he de querer sino que arda?» (Luc. XII, 49); quiso darnos al fin de su vida las señales y pruebas más evidentes del amor que nos profesaba. Como hubiese amado a los suyos que vivían en el mundo, los amó hasta el fin (Joann. XIII, 1). Y no solamente se humilló hasta morir por nosotros, sino que quiso elegir una muerte la más amarga y afrentosa de todas. Y esta es la razón de decir del Apóstol en la Epístola a los Filipenses (II, 8): «se humilló a si mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz». El que entre los hebreos moría crucificado, era maldecido y vituperado por todo el pueblo Leemos en la Santa Escritura: «Es maldito el que está colgado del madero». (Deut. XXI, 23) Por esta razón también quiso terminar así su vida nuestro divino Redentor, muriendo afrentado en una cruz, cercado de ignominias y dolores, como había vaticinado el profeta David por estas palabras: «Llegué a alta mar y sumergióme la tempestad». (Psal. LXVIII, 3).

9. Escribe san Juan en su primera Epístola (III, 16), que conocimos el amor que Dios nos tenía, en que dió el Señor su vida por nosotros. Y en verdad; ¿cómo podía Dios manifestarnos más claramente su amor, que dando su vida por nosotros? Y ¿cómo es posible ver todo un Dios muerto por nosotros en una cruz, y no amarle? Por esto dice san Pablo en su segunda Epístola a los Corintios (v. 14); que el amor de Cristo nos urge. Por estas palabras nos advierte, que nos obliga  y nos mueve a amarle, no tanto lo que Cristo hizo y padeció por nosotros, cuanto el amor que nos manifestó padeciendo y muriendo por el género humano. Murió por todos los hombres, como añade el mismo Apóstol, para que los que viven, no vivan ya para sí, sino para el que murió. (II. Cor. v, 15). Y a fin de granjearse  todo nuestro amor, no contento con haber dado su vida por nosotros, quiso además quedarse Él mismo en el sacramento de la Eucaristía, para servirnos de manjar cuando dijo: «Tomad y comed; este es mi cuerpo» (Matth. XXIV, 26). Y ¿quién creyera una fineza como esta, si no nos la asegurase la fe?

EL AMOR QUE NOS MANIFESTÓ EL ESPÍRITU SANTO CUANDO NOS SANTIFICÓ

10. No contento el eterno Padre con habernos dado a Jesucristo su Hijo, para que nos salvase con su muerte, quiso darnos también el Espíritu Santo, para que habitase en nuestras almas y las tuviese continuamente inflamadas de su santo amor. Jesucristo mismo, a pesar de los malos tratamientos de los hombres en este mundo, olvidado de su ingratitud después de su ascensión a los Cielos, nos envió desde allí el Espíritu Santo, para que con su amor encendiese en nosotros la caridad divina y nos santificase. He ahí por que el Espíritu Santo, cuando descendió al Cenáculo, quiso dejarse ver en figura de lenguas de fuego. Y he ahí también, porque pide la Iglesia al Señor, que nos inflame  el Espíritu con aquél fuego que Jesucristo envió a la tierra, anhelando que ardiese. Este es aquél santo fuego que ha inflamado después a los santos para obrar grandes cosas por amor de Dios, para amar a sus más crueles enemigos, para desear los desprecios, para renunciar las riquezas y honores mundanos, y para abrazar con alegría los tormentos y la muerte.

11. El Espíritu Santo es aquella unión divina que hay entre el Padre y el Hijo, y el que una nuestras almas con Dios por medio del amor, cuyo efecto es unir los corazones y las almas justas con Dios, como dice san Agustín: Los lazos del mundo son lazos de muerte; pero los del Espíritu Santo sonlazos de vida eterna, puesto que nos unen con Dios, que es nuestra vida verdadera que no ha de tener fin.

12. Debemos también estar en la inteligencia, de todas las luces, todas las inspiraciones divinas, y todos los actos buenos que hemos practicado en toda nuestra vida, de dolor de nuestros pecados, de confianza en la misericordia de Dios, de amor y resignación: todos han sido dones del Espíritu Santo. Y el Apóstol añade, que el Espíritu Santo ayuda nuestra flaqueza, porque, no sabiendo nosotros siquiera que hemos de pedir en nuestras oraciones, ni como conviene hacerlo, el mismo Espíritu produce en nuestro interior nuestras peticiones a Dios con gemidos que son inexplicables. (Rom. VIII, 26).

13. En suma, toda la Santísima Trinidad se ha ocupado de manifestarnos el amor que Dios nos tiene, para que nosotros le correspondamos con gratitud; porque como dice san Bernardo, amándonos Dios, no busca otra cosa que ser amado de nosotros. Es muy justo, pues, que nosotros amemos a Dios, ya que Dios nos amó primero, y nos obligó a que le amemos con tantas finezas como nos dispensó. ¡Oh que tesoro tan precioso es el amor! Es también infinito, porque nos hace adquirir la amistad de Dios, como dice Salomón por estas palabras: «Es un tesoro infinito para los hombres, que cuantos se han validado de él, los ha hecho partícipes de la amistad de Dios». (Sap. VII, 14). Para adquirirlo es necesario apartar el corazón de las cosas terrenas. Por eso decía Santa Teresa: Aparta tu corazón de las criaturas y hallarás a Dios. En un corazón lleno de las cosas de la tierra, no tiene cabida el amor divino. Por esto suplicamos siempre al Señor en nuestras oraciones, y en las visitas al Santísimo Sacramento, que nos otorgue su santo amor, para que nos haga perder el afecto de las cosas del mundo. San Francisco de Sales dice que cuando se quema la casa todo se tira por la ventana. Quería manifestar con estas palabras, que cuando un alma está inflamada de amor divino, ella misma se aparta de todas las cosas de la tierra.

14. En el Cantar de los Cantares de Salomón leemos, que «el amor es fuerte como la muerte» (Cant. VIII, 6). Quieren decir estas palabras, que así como no hay fuerza creada que resista a la muerte, cuando ha llegado su hora, así no hay dificultad que una alma amante de Dios no venza con el amor. Cuando se trata de complacer a la persona amada, el amor vence todas las dificultades, dolores, pérdidas e ignominias, porque no hay dificultad ninguna que no pueda vencer el amor. El amor hacia los santos mártires, en medio de los tormentos, sobre los ecúleos y las parrillas alabasen y diesen gracias a Dios, porque les concedía padecer por su amor; y que otros santos, luego que faltaron los tiranos, se convirtieran ene verdugos de sí mismos con los ayunos y penitencias, por dar gusto a Dios. San Agustín dice: «No se experimenta fatiga ninguna cuando uno hace aquello que ama; y  si alguna se experimenta es amada por el mismo que la sufre»: In eo quod amatur, aut non laboratur, aut ipse labor amatur.