viernes, 1 de mayo de 2026

DIA 2. CONSAGRÁDO A HONRAR LA CONCEPCIÓN INMACULADA DE MARÍA. MES DE MAYO DE MARÍA INMACULADA

 


DIA 2

CONSAGRÁDO A HONRAR

LA CONCEPCIÓN INMACULADA DE MARÍA

 

MES DE MAYO

DE

MARÍA INMACULADA

POR EL PRESBÍTERO

Don Rodolfo Vergara Antúnez

 

Por la señal de la santa cruz…

 

DIA 2

CONSAGRÁDO A HONRAR

LA CONCEPCIÓN INMACULADA DE MARÍA

 

Consideración

Si Dios escogió a María por madre desde la eternidad, convenía a su divina grandeza que fuese preservada del pecado que condenaba a muerte a toda la raza de Adán. Repugnaba a la razón y a la bondad divina, que el Hijo de Dios que venía a destruir el pecado, hubiera querido revestirse de una carne manchada en su origen. La pureza y la santidad por excelencia no podían habitar ni un solo instante en un tabernáculo en que el pecado hubiese dejado sus inmundas huellas y donde Satanás hubiese tenido su asiento y ejercido su imperio. ¿Y cómo podría ocupar la Reina del cielo el primer puesto entre todas las criaturas, después de Jesucristo, si habiendo estado sujeta a la desgracia común, era igual a todas ellas por el pecado y compañera de todas ellas en la participación de tan triste herencia? ¿Cómo los espíritus angélicos, criados y confirmados por Dios en gracia y justicia original, habrían podido reconocer y aclamar por reina a la que había sido esclava de Satanás, de ese osado enemigo de la gloria de Dios que ellos habían arrojado del cielo? Y si los ángeles y nuestros primeros padres fueron criados en gracia, ¿cómo podía ser concebida en pecado aquella que estaba destinada a ser la Madre de Dios?

¡Oh triunfo incomparable de la gracia! Dios necesitaba para su Hijo de una madre digna, y hela aquí ataviada con todos los dones de la munificencia divina. Ella sola está de pie, mientras que todos caímos heridos por la maldición primitiva. Jamás soplo alguno de esos que empañan el alma, mancilló ni un instante su virginal pureza. Ella fue el arca misteriosa que sobrenadó sobre las aguas cenagosas del pecado; la fuente sellada cuyas corrientes fueron siempre límpidas y puras; el jardín cerrado que jamás dio entrada a la antigua serpiente cuya cabeza quebrantó.

Si María fue preservada de toda culpa y si jamás el pecado entró en su corazón, nosotros debemos imitarla preservándonos de toda culpa.

Nada hay más bello en el mundo que un alma en gracia, y nada más abominable a los ojos de Dios y de María que un alma en pecado.

Un alma pura es la amiga predilecta de Dios: en su seno reside como en su más rico santuario, derramando sobre ella sus bendiciones, regalándola con inefable consuelo e inspirándole las más santas resoluciones. Dios es su esposo, y como tal, la hace saborear toda la dulzura de sus castísimos abrazos. Mora en esa alma una paz dulcísima, hija de la conciencia pura, y que en vano se busca en los mentidos placeres que brinda el mundo. Los contratiempos de la vida, si le arrancan lágrimas, no alcanzan a turbar el sosiego del alma en gracia que busca en Dios el consuelo en la adversidad. Ella ve en Él un padre amoroso, y esa dulce persuasión derrama gotas de dulzura en el cáliz que la desgracia acerca a sus labios; y humilde y resignada bendice la mano que la hiere.

En el estado de gracia el hombre está íntimamente unido a Dios y seguro de que, si su vida mortal terminase en ese feliz estado, esa unión se consumaría en el cielo. La muerte es para el justo un tránsito de la tierra a la bienaventuranza. Era un peregrino de estos valles regados con sus lágrimas, y con la muerte termina su penosa jornada; era un desterrado, y la muerte le abre las puertas de su Patria; era un navegante que surcaba un mar sembrado de escollos, y la muerte es el momento venturoso en que arriba al puerto donde encuentra eterno abrigo contra las tempestades.

Todas las obras buenas ejecutadas en el estado de gracia son para el justo otros tantos merecimientos que lo hacen acreedor a mayores grados de gracia y a mayores grados de gloria. Sus acciones, palabras y pensamientos, referidos a Dios, son preciosas monedas que van aumentando el caudal con que pueden comprar el cielo.

¡Felices las almas que pueden decir: Dios está conmigo y yo con Él; mi amado es para mí y yo soy para mi amado! Cuando no hay una espina que torture la conciencia, nuestros días transcurren serenos, es tranquilo nuestro sueño y sin mezcla de amargura nuestros goces. ¡Horas afortunadas de gracia y de inocencia, no os alejéis jamás!…

 

Ejemplo
La conversión de una pecadora

En los Anales de la Archicofradía del Corazón de María se lee la siguiente carta, dirigida al abate Desgenettes por una distinguida señora de París: «Educada en los sanos principios de la religión católica, tuve la dicha de practicarla, hasta que una pasión ciega me precipitó en el abismo del vicio. Desde entonces me empeñé por arrojarla de mi corazón y hasta de mis recuerdos, porque la voz austera de sus enseñanzas me importunaba con el aguijón del remordimiento. Devorada por la inextinguible sed de las pasiones, deseaba carecer de alma racional para entregarme sin temores, como los animales, al exceso de mis desórdenes. A fuerza de trabajo, logré extinguir en mí la idea de la inmortalidad del alma, mirando esa eterna verdad como una invención de los curas, y me felicitaba de haber triunfado de lo que yo llamaba mis antiguas preocupaciones.

»Sin embargo, de vez en cuando, los estímulos de mi conciencia me hacían oír un grito aterrador, y sentía miedo de mí misma. Pero en estos momentos lúcidos de la pasión, la desesperación destruía la obra del remordimiento, pues la salvación me parecía una cosa imposible; y entonces, animándome a mí misma, me decía: si he de condenarme forzosamente, gozaré cuanto pueda en el plazo que me dure la vida. En medio de esta lóbrega noche de mi alma, solía cruzar, como rayo fugitivo, una lejana confianza en María, que parecía alivianarme del peso enorme del terror y remordimiento.
»Siete años pasaron de profunda degradación, de locos devaneos, de entero olvido de Dios; siete años de tortura perpetua del alma, de indefinible tristeza, de hastío incurable. Un día, una mano desconocida, hizo llegar hasta mí el primer cuaderno de los Anales de la Archicofradía, de la cual no tenía antecedente alguno. Abrí el libro por curiosidad, leí algunas páginas y sentí que mi corazón daba cabida a una dulce, si bien lejana esperanza.

»La conversión de Ratisbona me conmovió profundamente; y tal vez hubiera cedido a este primer toque de la gracia, si no hubiese dejado el libro para disipar las saludables impresiones, pues comprendí que podría obrar un cambio en una vida que me parecía dulce, a pesar de sus amarguras. Sin embargo, pocos días después, hube de ceder a las instancias de una persona piadosa para asistir a la distribución de la Archicofradía; y me dirigí a la Iglesia, no con el ánimo de convertirme, sino para ver si por este medio lograba la paz interior sin cambiar de vida. ¡Insensata! ¡Pretendía un imposible!…

»En el momento de las súplicas, el sacerdote leyó una carta de una joven de mi edad, pecadora como yo, que se encomendaba a las oraciones de la Archicofradía, y añadió: La pobre alma que en su aflicción os dirige la presente carta no se halla ahora en este templo; pero tal vez algunos de los que me escuchan, podrán hallar en lo que ella ha sido un retrato fiel de sus desórdenes, y se han de persuadir de que Dios los llama a penitencia por mis labios.

»Al oír estas palabras, que parecían dirigidas a mí, sentí un estremecimiento que no pude evitar, y mi corazón se agitaba con violencia; las lágrimas inundaron mi rostro; la gracia obraba en mi alma suave y eficazmente, haciéndome comprender toda la profundidad del abismo en que me hallaba; pero en mi insensatez temía ser oída con exceso; temía verme convertida… Sin embargo, la gracia pudo más que mi obstinación; y mi espíritu, tanto tiempo encorvado hacia la tierra, se elevó hacia Dios, y la voz de la inmortalidad, como recogida hasta entonces en los pliegues secretos de mi corazón, hizo llegar sus ecos hasta los más recónditos senos de mi alma. Me postré entonces a los pies de la Santísima Virgen; y esta fue la primera vez que oré, después de siete años de vida criminal. Aquél fue el momento dichoso en que sentí desatarse, romperse y desaparecer las cadenas que hasta entonces habían amarrado mi corazón al poste de las pasiones criminales. La incredulidad cedió el lugar a las esplendorosas luces de la fe: ya no solo creía en todo, sino que me parecía ver con mis propios ojos las verdades más sublimes de la religión. De tal suerte me penetró esta luz divina que por unos instantes dudé de si yo era la misma, porque todo había cambiado, pensamientos, deseos e inclinaciones.

»La confesión debía poner el sello a esta transformación; y no es mi pluma capaz de traducir cuánta fue entonces mi felicidad, y cuán suave es el bálsamo que vierten sobre el corazón herido las lagrimas penitentes! ¡Gloria a vos!, ¡oh, María, mi dulce y soberana libertadora!».

Hasta aquí la carta. Lo que María hizo a favor de esa pobre alma, que iba en camino de perdición, está dispuesta a hacerlo a favor de todos los pecadores, si la invocan con confianza. No en vano ha recibido de la Iglesia el título de Refugio de los pecadores.

 

Jaculatoria

Libradme, ¡oh Virgen bendita!,
Del pecado, que a mi alma
Hará de Dios enemiga.

 

Oración

¡Oh, María!, ¡Virgen purísima e inmaculada!, cuán dulce nos es mirar en vos a la mujer bendita, única entre los hijos de Adán, a quien respetó el torrente del pecado, que a todos nos envolvió en sus ondas emponzoñadas. ¡Cuán dulce es a vuestros hijos amantes contemplaros; ¡oh, Madre querida!, más bella que el primer rayo del alba, sin que jamás soplo alguno haya empañado el purísimo cristal de vuestra alma. Jamás un hijo puede ser indiferente a la gloria y grandeza de su madre, por eso nosotros, vuestros hijos, os enviamos hoy nuestras ardientes felicitaciones por el singular privilegio de haber sido preservada de la culpa original. Porque fuisteis pura, el Padre os adoptó por hija, el Verbo os escogió por madre y el Espíritu Santo puso en vuestro dedo el anillo de esposa. Por eso los ángeles os aclaman su reina; las vírgenes deponen a vuestros pies sus coronas; los profetas bendicen vuestras grandezas y los apóstoles publican vuestra gloria. Por eso los peregrinos de la vida os invocamos con filial confianza desde nuestro destierro, y por eso todas las generaciones y todos los pueblos os llaman bienaventurada. Permitid, ¡oh, Madre del amor hermoso y de la santa esperanza!, que en este día, en que recordamos la más excelente de vuestras prerrogativas, elevemos a vos nuestras plegarias suplicantes, pidiéndoos nos alcancéis la gracia de vivir y morir en la inocencia y pureza de nuestras almas. Bien sabéis vos que soplan en el mundo vientos que pasan sobre las almas, arrancándoles la inocencia, y bien conocéis la debilidad de nuestra naturaleza viciada en su origen por el pecado. Pero vos que amáis tanto la pureza, simbolizada en el blanco lirio que llevamos en homenaje a vuestras plantas, apartad de nosotros el soplo corruptor del mundo y preservad a nuestra alma de dolorosas caídas, a fin de que, siendo siempre amigos de Dios en la tierra, cantemos un día vuestras alabanzas en el cielo. Amén.

 

3 avemarías

 

Prácticas espirituales

1.—Rezar siete Salves en honra de la Concepción Inmaculada de María.

2.—Abstenerse, por amor a María, de todo acto de impaciencia o de ira.

3.—Hacer una piadosa visita a la Virgen en algún santuario en que se le venere o delante de una imagen suya, pidiéndole que interceda por el triunfo de la Iglesia sobre sus perseguidores.

De la gloria que tuvieron Cristo y su Santísima Madre, de la del glorioso san José

 


Sábado de la II semana de Pascua .

De la gloria que tuvieron Cristo y su Santísima Madre, de la del glorioso san José.

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

PARA

EL TIEMPO PASCUA

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

MEDITACION

Sábado de la II semana de Pascua .

De la gloria que tuvieron Cristo y su Santísima Madre, de la del glorioso san José.

 

Aunque como se ha dicho en la meditación pasada, Cristo nuestro Señor tuvo aumentos de gloria de la de todos los santos; pero como en el cielo no son todos iguales, sino que unos se diferencian de otros en los grados de gloria, como las estrellas en la magnitud y resplandor, el Redentor del mundo recibe más gozo del que tiene más gloria; no se puede negar, sino que le recibiría mayor de la del glorioso san José, así por ser más crecida como por ser Padre según la opinión, suyo en la tierra, y no haber hijo que no reciba gozo y tenga por felicidad la de su padre; por lo cual se pone aquí esta meditación, y después se pondrán las de otros santos cuyas fiestas se celebran por este tiempo, pertenecientes a la gloria de Cristo, y de camino se meditarán sus méritos y virtudes.

 

PUNTO PRIMERO. Considera lo primero la santidad y méritos del glorioso san José, a quien escogió Dios para esposo meritísimo de su Santísima Madre y padre, según la opinión, suyo. Pondera cuánta fue su humildad, su mansedumbre, su caridad, el amor de Dios y del prójimo que ardía en su corazón; su paciencia y obediencia en tantos caminos y peregrinaciones como anduvo por amor de Cristo; el amor que tuvo así a Cristo como a la Santísima Virgen; la conformidad en todo con la voluntad de Dios, y los grados de santidad á que llegó su benditísima alma, pues buscando Dios en todos los siglos pasados, presentes y por venir un esposo semejante en costumbres y santidad a la Beatísima Virgen, escogió entre todos los hombres al glorioso san José: adjutorium simile sibi, una ayuda y un compañero y coadjutor en su vida muy semejante a ella: da gracias al cielo por las que hizo a este santo patriarca; gózate de su dicha, y pide a Dios que te haga semejante a él, como la hizo a él semejante a su Santísima Madre, y a la Virgen que interceda para que tenga logro tu deseo.

 

PUNTO. II. Considera al glorioso san José en cuerpo y alma en el cielo; pues es muy probable, como lo afirman graves autores, que fue uno de los santos a quien resucitó Cristo consigo y le llevó triunfante a su gloria, por donde así como fue semejante a la Virgen en las virtudes, de la misma manera lo fue en los merecimientos y en la gloria que recibió en el cielo; la cual fue tan grande, que se puede creer que después de Cristo y su Santísima Madre fue la mayor, o de las mayores del cielo. Contempla su dicha, mírale coronado y favorecido de Cristo, honrándole con su lado en el trono de la gloria: dale mil parabienes, gozándote de su felicidad, y pídele que te tenga en su memoria para hacerte mercedes y alcanzarte gracias del Señor.

 

PUNTO III. Considera la gloria que tendría Cristo de ver a su Padre, según la opinión, en tan subido grado de gloria, y la que tiene asimismo la Santísima Virgen de verle glorificado en el cielo, y la que el mismo san José tiene de la de ambos; las gratificaciones que se dan y el gozo inamisible de su dicha, que si un hijo se gloría de la honra y buena dicha de sus padres, y un padre tiene por suya la de su hijo, y la esposa la de su esposo, a quien el amor unió con vínculo tan estrecho de caridad, como fue a estos santos amantes en la tierra y mucho más en el cielo, no se puede dudar sino que cada uno tiene por propia la gloria del otro, y que la de san José aumenta la de Cristo y de su Santísima Madre, y la de los dos aumenta la de san José, gozándose cordialísimamente los unos de la gloria de los otros, al paso que se aman, conocen y estiman, y desean su felicidad ¡Oh dichosos amantes! ¡oh caridad inmensa! ¡oh gloria inefable! ¡oh felicidad dichosa! Sea Dios bendito y alabado, y glorificado en sus santos, y los mismos santos glorificados en Dios por todos los siglos de los siglos. Amen.

 

PUNTO IV. Habiendo contemplado lo referido, vuelve los ojos á ti mismo, y medita los pasos por donde subió el glorioso patriarca san José a esta felicidad, y mira cómo le has de imitar para conseguir alguna parte de su gloria; pídele su favor para seguirle, y a Dios que te dé la mano y su gracia para copiar en tu alma sus virtudes, y a la reina del cielo que te las alcance por medio de su intercesión, que con tales patronos puedes tener mucha confianza de que tendrá buen logro tu petición.

 

 

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.